DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación.


***Edward***

Las cenas de antiguos alumnos tienen el privilegio de estar organizadas en los mesones más improbables. Tendrían que realizar un estudio al respecto, es una incógnita quién es el que toma la iniciativa y sobre todo quién se encarga de reservar el restaurante.

No se sabe cómo, se acaba con todo el mundo alrededor de una mesa, deshaciéndonos en diplomacia y tratando de reconocernos después de años de olvido.

En este caso, detrás de nosotros hay una chimenea apagada, decorada con una hilera de salchichas y un fajo de espaguetis dentro de una canasta de mimbre, y alrededor mesas ruidosas, un futbolín y alegres familias al completo. Dejando a un lado el decorado, mis antiguos compañeros de clase me deparan no pocas sorpresas.

En total somos unos veinte, y todavía no han llegado todos. Me he sentado al lado de Emmett, que no para de sonreír, hasta por una nadería, con el mismo entusiasmo con el que nos íbamos a dar una vuelta por las afueras.

Delante de mí está mi primera novia y compañera de pupitre durante años, hoy con un barrigón de nueve meses. Acaba de anunciarme que se casó hace unos años, precisando que su marido la ha acompañado hasta el restaurante y que vendrá a recogerla luego, una vez termine la cena.

Más allá del embarazo, se ha marchitado y me mira como si, después de esto, no supiera qué decir.

—Te veo bien —se limita a constatar, mirando a su alrededor.

Recuerdo que hubo un tiempo en el que nos quisimos tanto que nos entregamos el uno al otro por primera vez.

A su lado está sentada Jane, la empollona desgraciada que, aunque se fuera a acabar el mundo, no te pasaba una respuesta.

Como era previsible, se ha vuelto una brillante abogada; lo que no era tan previsible es que es de una belleza, quedándome corto, explosiva.

La cara de hija de puta, sin embargo, no la ha perdido, y tampoco su lengua entrometida. Según Emmett, incluso en épocas absolutamente alejadas de toda sospecha, tenía la mirada de puerca.

Está ausente Dimitri, el fornido y deportista Dimitri, líder de la clase. Me atrevo a pedir noticias suyas y mi antigua novia me contesta abriendo los ojos de par en par:

— ¡Cómo es posible, Edward! ¿No lo sabes?

— ¿El qué?

—Dimitri tuvo un grave accidente, desde hace dos años va en silla de ruedas.

Noto el hormigueo del fluir de la sangre. También a Emmett le ha cambiado la expresión; de su cara ha desaparecido todo rastro de la sonrisa infantil que la ha acompañado hasta este momento.

—Coño, lo siento.

—Ha abandonado la natación y ahora se dedica a la política —subraya Jane con su entonación de biógrafa oficial—. Este año se presentará al ayuntamiento, tendríamos que pensar en votarle.

Y es entonces cuando Dimitri entra en el restaurante. A su espalda, una mujer guapísima que empuja la silla. Nos quedamos todos estupefactos al verlo: sigue teniendo la misma cara de Big Jim y la misma expresión de triunfador.

—Bueno, chicos, ¿os parece ésta la forma de saludar a un viejo amigo? —nos dice—. Vosotros que podéis, tendríais que levantaros y venir a darme un beso. —

Mantiene también la simpatía que le caracterizaba en el colegio, y se merece toda una procesión de saludos.

Por lo visto la mujer guapísima que lo ayuda es su esposa: sus gestos dispuestos a atender cada necesidad y una mirada rebosante de amor que no se cansa nunca de acariciarlo.

A pesar del accidente, Dimitri parece un joven feliz y todavía enamorado de la vida. Lo recuerda todo de nosotros, hasta el nombre del chico del gimnasio que estuvo en nuestra clase sólo un año.

Dimitri y su mujer parecen deseosos de conocer los caminos emprendidos por nuestras vidas; ella debe de estar al día de todos los pormenores, tanto que jura que le parece conocernos desde siempre.

Pocos minutos después llega también nuestro antiguo profesor de Historia, el profesor Bonelli, con su inconfundible pinta de bonachón, digna de su nombre, y el pelo gris, permanentemente revuelto.

Aunque parece que ha empequeñecido, se ha mantenido idéntico a como era cuando nos contaba la invasión de los lansquenetes. Se sienta a la cabecera de la mesa, después de ser acogido con un aplauso.

Estamos listos para pedir, y empezamos por un tinto de la casa, poco pretencioso, para un brindis por el reencuentro. El reencuentro en Facebook, debería decir.

No podemos prescindir de la herramienta que ha permitido que nos reencontráramos después de tantos años, de manera que es de ahí de donde parte la conversación.

Sin embargo, como sucede a menudo con el centro de la atención, Facebook recibe más críticas que una chica de la televisión de muslos anchos servida en bandeja a la audiencia y en un pis-pás se convierte en nuestra caja de Pandora, receptáculo de todos los males del mundo.

Jane lanza enseguida una alarma que nos explica unas cuantas cosas de su vida privada.

—Cuidado, no guardéis la contraseña para acceder a Facebook en vuestro ordenador y borrad el historial de todas vuestras conversaciones —nos avisa—. Vuestro compañero o compañera podría llegar a conocer cada detalle de vuestras escapadas.

— ¿Qué quieres decir con historial? —pregunta mi antigua novia con tal preocupación que desentona con el tamaño de su barriga.

—Cuando chateas o envías mensajes —explica Jane—, Facebook graba cada palabra, y si te olvidas de borrar, cada vez que abras un mensaje o cliquees en el perfil de la persona con la que quieres chatear saldrán también todas las conversaciones anteriores.

También Sergio Deodati, hoy en día conocido arquitecto, tiene que añadir algo al respecto:

— ¡Por no hablar de los comentarios en el muro! Para meterte en la vida de todo el mundo, ¡hoy en día y gracias a Facebook no necesitas contraseña!

—Es cierto —subraya Victoria, antigua empollona y antigua amiga de Jane, que sigue siendo claramente feúcha y gordita (por alguna razón se han sentado una lejos de la otra) —. ¡Fijaos que un tío se ha permitido dejarme con un mensaje en mi muro!

Aquí hay que reír para quitarle dramatismo al proceso público.

—No tiene ninguna gracia... —refunfuña Victoria—. Ya quisiera veros en mi lugar. ¡Leed las razones que esgrime ese idiota!

Por mucho que la pobre se haya cavado la tumba con sus propias manos, ninguno de nosotros se atreve a ensañarse con ella pidiendo que detalle las condenadas razones, síntoma de que, quizá, al hacernos mayores hemos perdido algo de nuestro cinismo.

—Victoria, ¿qué te dijo? ¡Se habrá hartado de follarse a una hortera como tú!

Pues eso. Mientras tanto alguien no se ha hartado de retroceder. Naturalmente se trata de Taylor, el gamberro de la clase, que hace poco heredó el taller mecánico de la familia.

Dejando a un lado a Emmett, que hace lo que puede para aguantar la risa, el resto de la mesa trata de mantenerse serio para ser solidario con Victoria, que, levantando los ojos al cielo, concluye:

—Taylor, espero que los científicos se den prisa para encontrar la cura contra la gilipollez aguda que llevas padeciendo tantos años.

Ahora la risa sí está permitida.

Un instante más tarde, el tipo del gimnasio cuyo nombre ya he olvidado vuelve a llevar la conversación al terreno de Facebook.

—Hablando de descubrir traiciones —nos dice—, a mí me pasó una cosa verdaderamente absurda.

Hace un tiempo me veía con una tipa casada: ella me manda una invitación en Facebook para una exposición de joyas. No caigo en la cuenta de que se trata de una invitación dirigida a todos sus contactos, marido inclusive, y entonces le contesto con una de mis guarradas sin saber que no le estoy contestando sólo a ella...

— ¡Dios mío, contestaste en una cadena! —aclara Jane.

—Sí, bueno, le contesté cosas que no se pueden repetir, y además un tanto vulgares, que naturalmente se leyeron todos, marido incluido.

—¿Y ella?

—Los hijos de puta de sus amigos añadieron sus comentarios al mensaje, ella se conformó con decir: "¿Es una broma?", y acto seguido me borró de su listado de amigos de Facebook. Después de eso no he vuelto a comunicarme con ella. De hecho no sé si seguirá casada.

También Victoria tiene una anécdota parecida.

—Esperad un momento, ¿no os ha pasado nunca que hayáis contestado a un comentario de una foto en la que os han etiquetado a vosotros y a otra gente pensando que sólo era para vosotros? Porque una vez contesté a un "eres guapísima" que en realidad se dirigía a mi vecina de foto...

Por suerte Dimitri, como el buen político en ciernes que es ahora, se encarga de salvar a la Victoria de otro posible ataque de Taylor, y lo hace con una intervención sobre las polémicas que Facebook está suscitando en todo el mundo sobre la violación de la privacidad.

Nos cuenta que la Comisión para la Privacidad de Canadá ha asegurado que Facebook viola la ley con su política de privacidad en al menos veintidós casos.

Por suerte se ahorra el listado completo: típico del político, hacer gala de cifras sin pararse demasiado a explicarlas.

Su guapísima mujer, en cambio, asumiendo el papel de primera dama, nos invita a reflexionar sobre el hecho de que Facebook se promueva a sí mismo como red social, pero al mismo tiempo esté implicado en actividades comerciales que tienen que ver con la publicidad focalizada.

Taylor interrumpe el debate, casi con timidez, para proponer otra, según él, urgente cuestión:

— ¿Alguno de vosotros... ha entendido qué coño es dar un toque?

Esta vez la risa surge espontánea, volviendo a llevar el curso de la conversación hacia derroteros más generales.

Durante todo el tiempo el profesor Bonelli nos ha escuchado con un aire perplejo y al mismo tiempo interesado, pero no ha dicho ni mu.

—Profesor, ¿usted qué opina? —le pregunto, porque su expresión ha despertado mi curiosidad.

Bonelli me sonríe confesando que de Facebook sabe poco y que no tiene ni idea de lo que hay que hacer para entrar.

—De la cena lo avisé yo por teléfono —me aclara Emmett.

—Entonces le aseguro que no se está perdiendo nada —lo tranquilizo—. Como ha podido comprobar, nuestro querido teléfono sigue funcionando a la perfección.

Bonelli me aprieta un hombro sin dejar de sonreír.

—Me encanta veros a todos juntos —admite—, sois la clase de la que más orgulloso estoy, los que a nivel profesional me habéis dado mayores satisfacciones. ¿Y vuestra vida privada? Emmett ya me ha explicado algo y sé que la idea de sentar la cabeza no lo tienta en lo más mínimo...

—Para nada —confirmo, mientras agarro un trozo de pan y separo con los dedos la miga de la corteza—. ¡Está demasiado ocupado organizando fiestas!

—Divertirse es importante —comenta Bonelli, con su aire bonachón e indulgente de siempre—. ¿Recordáis vuestras incursiones en el colegio? ¡La de gritos que ha dado el señor director por vuestra culpa!

—Por cierto, ¿cómo está?

—Como siempre.

—¿Y qué hará? —Pregunta Emmett, después de engullir un buen trago de vino—. Quiero decir cuando cierren la escuela.

— ¿Os habéis enterado?

La noticia de que el cierre de nuestra escuela está al caer se une a la llegada de los platos principales. Con la comida en la boca, le pedimos al profesor aclaraciones sobre el tema.

— ¿Cierra de verdad?

—El director quería mantener la noticia en secreto para no distraer a los estudiantes —nos explica Bonelli—. Ya sabéis, muchos de ellos se tienen que examinar ahora de selectividad...

—Sí que lo sé —se le escapa a Emmett, que pone cara de pihuelo. Le golpeo con el codo para que se calle.

Por suerte el profesor sigue su discurso sin darse cuenta del sentido de su ocurrencia.

—Por otro lado hay demasiadas personas implicadas para que se pueda mantener el secreto.

— ¿Y usted qué hará?

Antes de contestar, Bonelli traga el último bocado de pizza y se limpia el bigote con la servilleta.

—Por suerte este año me jubilo —nos dice—. Por fin podré dedicar todo mi tiempo a los libros que quiero escribir y haré lo que siempre deseé: disfrutar en calma de mi ocaso.

— ¿De qué ocaso está hablando? —lo reñimos Emmett y yo—. ¡Si todavía es un chiquillo!

—Ojalá —contesta sonriendo hacia la barriga de mi antigua novia, que está sentada a su lado—. En realidad soy un viejecito, en este mundo siempre hay gente que llega y otra que se va...

—Profesor, por favor, ¡no lo diga ni en broma!

—Estoy hablando completamente en serio, y prueba de ello es que por casualidad esta estupenda barriga está justo a mi lado. El mayor y el más joven siempre tienen algo que decirse, es el cambio de testigo. Por cierto, ¿es chico o chica?

—Chica —contesta la futura madre mientras se acaricia la barriga.

Bonelli me mira esperanzado.

— ¿Y es... vuestra?

Emmett es el primero en echarse a reír.

—Profesor, usted se ha quedado atrás, estos dos se dejaron hace ya mucho tiempo, y Edward está tan lejos del matrimonio como yo.

—Bueno, tampoco te pases —contesto riendo al tiempo que le doy un golpe en el hombro.

Mi antigua novia se ha quedado seria y, dirigiéndome una mirada ambigua, casi melancólica, suelta una nostálgica perla de sabiduría.

—Los amores nacidos en los pupitres de la escuela nunca aguantan las pruebas del tiempo.

Por suerte, una vez más, el infalible Dimitri se ocupa de amortiguar el embarazoso silencio que se ha creado.

—Yo no estaría tan seguro de eso —nos dice—. ¿Alguien recuerda a mi hermana Sara?

— ¿La pequeña Sara? ¡Claro! —interviene siempre lista Jane—. En la escuela era una niña de belleza abrumadora. Bueno, ¿qué tal le va?

—A día de hoy es una joven guapísima y ha tenido un hijo con su primer amor, nacido en los pupitres, imaginaos, en primaria.

— ¿Han estado juntos todo este tiempo? —pregunta Victoriacon un deje de envidia en el tono de voz mientras se sacudía las últimas migas de una doble ración de pastel de chocolate.

—A decir verdad volvieron a encontrarse hace unos años...

—A lo mejor gracias a Facebook —supone Jane.

Y por una vez se equivoca.

—No, cuando está escrito que dos personas vuelvan a encontrarse, Facebook no sirve —le explica—. El suyo fue un banal encuentro en el supermercado, y de allí hasta hacer la compra juntos el paso ha sido breve.

Mi antigua novia me mira y resopla.

—Pero eso es diferente —insiste casi nerviosa—. Si te dejas y vuelves a juntarte, es otra historia.

— ¡Tienes toda la razón! —Interviene entonces Taylor—. ¡Imagina qué rollazo follar desde primaria siempre con la misma tía!

Estará enfermo de gilipollez como dice Victoria, pero Taylor logra siempre regalarnos una risa liberadora, y es lo ideal para cerrar una velada como ésta.

Nos despedimos en el aparcamiento prometiéndonos no dejar pasar otros quince años antes de la próxima cena.

El marido de mi antigua novia ha venido a recogerla en coche, y no sabría explicar por qué, pero para ella es un motivo de orgullo presentármelo.

Es un señor distinguido, tendrá unos cuarenta años, y a juzgar por la manera en la que me observa, creo que no le caigo demasiado bien.

Me lanza miradas amenazantes con las que parece reprocharme algo que hice. Por suerte los dos se van rápidamente.

La atmósfera empezaba a hacerse pesada y no podía ni siquiera contar con la diplomacia de Dimitri, ya desaparecido después de saludarnos mil veces.

Una vez solos, Emmett y yo acompañamos al profesor Bonelli hasta el coche.

— ¿Cómo son los estudiantes hoy en día? —Le pregunta Emmett, y sé a dónde quiere llegar con su conversación—. ¿Es sólo mi impresión o son todos mucho más espabilados?

—Aparentemente de los temas de la vida lo saben todo —nos contesta Bonelli, con cierta aflicción—. Pero luego son ignorantes como cabras. Lo cierto es que tienen demasiada libertad, según mi opinión.

Emmett está a punto de hacer una pregunta inoportuna, se lo adivino en los ojos, de manera que me adelanto y consigo cambiar de tema:

— ¿Hay otros antiguos estudiantes con los que se haya mantenido en contacto?

—A decir verdad, muy pocos —admite Bonelli, mientras rebusca las llaves del coche en sus bolsillos—. La única estudiante con quien conservo una estupenda relación de amistad es una tal Isabella Swan, pero es más joven que vosotros y no creo que la recordéis.

Ese nombre no puede dejarme indiferente.

— ¿Isabella Swan?

—Exacto. Es la hija de los propietarios de la histórica librería-papelería que está al lado de la escuela. ¿La recordáis?

—Pues claro, la librería-papelería.

—Sí, ese lugar tremebundo en el que comprábamos libros y cuadernos —comenta Emmett con ironía sin hacer la conexión entre ese nombre y la niña del colegio.

—¿Y tiene con ella una relación muy estrecha?

—La considero una especie de hijastra; es buena chica, como las de antes. De vuestros tiempos, para que os hagáis una idea.

—Pues yo tengo mis dudas en cuanto a que nuestra época destacara por sus valores, querido profesor —comento con la misma pena que tenía él hace poco.

—En cualquier caso, era mejor que el rumbo que han tomado los chicos de hoy en día —apunta el profesor, sacudiendo la cabeza con aire resignado—. Por suerte Isabella es diferente. Tiene una estupenda familia tras ella, porque ya lo sabéis: todo empieza en la familia.

Asiento, aunque espero que mi caso constituya una excepción.

El profesor abre la portezuela, pero se queda de pie para seguir hablando de ella.

—Para Isabella éste no es un buen momento, sale de un noviazgo muy largo y absorbente y precisa también de mi ayuda para salir airosa... —Luego se da cuenta de que Emmett aburrido, está mirando hacia otro lado y corta enseguida—: De todas formas no os quiero cansar hablando de personas que no conocéis... —A mí me hubiera gustado que siguiera—. Se ha hecho muy tarde.

Mientras el profesor se despide con afecto y cordialidad, en mi mente se quedan Isabella y su sonrisa.

— ¿Qué haces? —me pregunta Emmett cuando nos quedamos solos—. ¿Vienes conmigo al Doney? Esta noche va a estar bien, se supone que va a haber una fiesta.

Desafortunadamente para él, no tengo ganas de seguirle el juego. Lo que me acaba de contar el profesor Bonelli sobre Isabella me ha dado ganas de aprovechar las herramientas modernas y enviarle una solicitud de amistad en Facebook.

— ¿Entonces? ¿Me acompañas?

—Voy a casa, Emmett. Tengo que trabajar con el ordenador.

—Qué pena, te quería presentar a Rosalie.

— ¿Vas con ella por los locales nocturnos? Entonces es una historia seria.

—No digas gilipolleces. Nos vemos allí, y como no vienes me la llevaré a casa para continuar la conversación que habíamos dejado a medias.

—Cuidado con las esposas —bromeo, y me dirijo hacia el coche.

—Y tú, pringado, ¡no trabajes demasiado!


Bueno aqui esta el siguiente capitulo de esta historia,

espero que les haya gustado y cualquier error u otra

cosa solo avisenme, y gracias a los que dejan un comentario

y nos leemos el proximo lunes ^-^

lunha222 ahi esta tu respuesta y gracias por dejar un comentario

me alegro recibirlo...

ahhh y otra cosa mas gracias a el o ella que siempre deja un

comentario que no se quien eres talvez dejas un nombre o

algo para agradecerte mejor...

Adios...