DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación.
***Isabella***
He pasado la noche tratando de calmar a Félix y limpiando mi cocina azul de sus desastres.
Había restos de la masa de su pastel salado por doquier, hasta por encima de la nevera y debajo del microondas. No tengo ni idea de cómo han podido llegar hasta allí.
Mientras pasaba la esponja más o menos por todas partes, Félix estaba demasiado ocupado gestionando una crisis histérica como para ayudarme. Por lo visto se presentó en casa de Rodrigo con el pastel salado, preparado ex profeso con sus inútiles manitas, tocó el timbre y, cuando Rodrigo contestó, Félix tuvo la brillante idea de poner en el móvil la melodía Your Song, de la banda sonora de Moulin Rouge, para que la escuchara por el telefonillo.
—Pero ¿no era tu obsesión por Ewan McGregor la causante de la discordia? —le he preguntado.
—Sí —me ha contestado—, pero ¿qué tiene que ver? Quería que supiera que era yo. Y, si me quiere, ¡me tiene que aceptar con todas mis obsesiones y mis defectos!
— ¿Y él?
— ¡Me ha rechazado!
Y se sorprende, el muy chalado. Por favor, una petición de perdón un poco más romántica, como, por ejemplo, un Richard Gere que saca un ramo de flores de una limusina, ¿no te parece?
— ¡Tú ves demasiadas películas, mi amor! ¡La realidad no funciona así! —seguía repitiendo Félix, mientras lloraba, sosteniendo al pobre Schopenhauer debajo del brazo, tanto que, meneado de derecha a izquierda en medio de tantos sollozos, ha acabado por vomitar una papilla de croquetas en el fregadero de mi cocina azul.
No sabría decir si daba más asco el hedor del vómito de Schopenhauer o el de la mohosa masa del pastel salado que trataba de desincrustar de las baldosas.
En resumidas cuentas: Félix se ha dormido a las cinco de la mañana después de haber chateado con medio mundo por Internet y de haberse soplado una botella entera de vodka; Schopenhauer ha sido recostado casi moribundo en la cuna de Matita, y Matita y yo nos hemos dejado el espacio suficiente para enfrentarnos a otra noche en la misma cama.
Esta mañana me he despertado con el último disco de Tiziano Ferro, que, a toda pastilla, desgarraba el silencio, y Félix afanado en la cocina haciendo una tortilla que ha acabado en el suelo.
Me ha dado los buenos días con un zumo fresco de naranja (cómo un par de semillas pegajosas se las han arreglado para llegar al sofá del comedor sigue siendo un misterio) y ha anunciado que hoy se inaugura la temporada del cantante de Latina, la de los cuchillos hundidos en las llagas infligidas por Rodrigo.
No es casualidad el hecho de que, a las nueve de la mañana, ya había actualizado su estado en Facebook al menos diez veces: todos los mensajes, encriptados para Rodrigo.
¿Un ejemplo? "Félix se interroga sobre el porqué del fin de una historia y se pregunta si alguna vez podrá superar el shock mientras limpia la cocina de los restos de un pastel salado que fue preparado con tanto amor". Y suerte que estaban encriptados. Por no hablar de la sinceridad de los mensajes.
La atmósfera que me espera en la tienda es todavía menos alentadora que el panorama que he dejado en casa.
Mi madre y mi tía tienen un aspecto aún más aciago, miran a su alrededor perdidas, les hablan a los clientes con una entonación melancólica. Han decidido que informarán a los chicos del cierre de la tienda antes de la selectividad para que se enfrenten mejor a la difícil temporada que les espera.
Pronto todo el mundo sabrá que la librería-papelería más antigua del barrio va a cerrar. No es algo de lo que estar contento, claro, aunque yo, en mi fuero interno, estoy convencida de que con el tiempo será una liberación para todos.
Empezando por mí, ya que con tan sólo alzar la mirada más allá del escaparate choco cada día con mi pasado. Además hoy hay una novedad: la del cardado ha ido de compras, al pastor de los Abruzos enjuto e infeliz se le ha añadido un cachorro de labrador que nada sabe del triste destino que le espera.
En este momento, la muy cabrona está cruzando el umbral de la tienda del sinvergüenza llevando un abrigo de piel fucsia y los dos animalitos atados a la correa.
Para variar, sólo de verla me dan arcadas. Mejor salir de esta jaula al borde de la quiebra, antes de que todas y cada una de las razas perrunas acaben en sus garras.
Tengo cita con el profesor Bonelli para tomar un té en la cafetería de la esquina. Hace algunos días que no nos vemos y tengo ganas de charlar con él.
Ya está sentado a la mesita, con una taza de café humeante debajo de la nariz. Sonríe, parece contento de verme.
Nos ponemos al día sobre nuestras vidas: él me habla sobre el cierre de la escuela, la pensión que pronto cobrará del Estado, los estudios de Ángela y Rosalie, y yo le hablo del sinvergüenza, la del cardado y las fotos que he visto en Facebook.
—Todos están locos por Facebook —comenta Bonelli—. También ayer por la noche, en una cena de antiguos estudiantes, sólo se hablaba de eso. Tarde o temprano tendré que ver de qué va la cosa.
—No merece la pena —me apresuro a consolarlo—. Esa máquina infernal es capaz de quebrar todos tus sueños en un instante.
—No puedes seguir considerando a Jake un sueño, tienes que seguir adelante, querida Isabella.
Asiento, aunque el profesor no sabe que con «sueños» no me refería sólo a los que tienen que ver con Jake, y sería demasiado complicado contarle la historia de Edward Cullen.
—Tienes mala cara, ¿estás cansada?
—He dormido poco, en casa se está hospedando un amigo que no para de causar desastres...
—¿Alguien interesante? Quiero decir, ¿un posible enamorado?
—No, profesor, qué va, es Félix, un viejo amigo.
—Ah... —Bonelli levanta sus tupidas cejas con decepción—. ¿Qué tal el trabajo?
—Por suerte va mal, mejor dicho: fatal.
— ¿En serio? — me pregunta.
—Por lo de la escuela...
—No me digas que pensáis cerrar la tienda.
—Afortunadamente sí.
—No tendrías que hablar de esa forma.
—En este momento nadie lo ve, pero acabará siendo una liberación para todo el mundo.
El profesor Bonelli no puede evitar mostrar su desaprobación.
— ¿Y qué vas a hacer —me pregunta con un deje de sarcasmo— una vez que estés libre de esa carga?
Quiero ponerme a estudiar, y le recuerdo que él mismo in illo tempore me había aconsejado que me apuntara a la facultad de Humanidades. Pero Bonelli sacude la cabeza.
—Tienes que pensar en el trabajo —me aconseja—, la universidad a estas alturas sería sólo un capricho.
Me duele observar tanta contrariedad en su mirada.
—Esa tienda, profesor, me ha tenido prisionera durante demasiado tiempo, todo lo que sea huir de ese camino será más interesante que mi trabajo.
Bonelli no está de acuerdo, sigue diciendo que no con la cabeza.
—Tu problema es otro —me dice con sinceridad—, no hablarías de esta forma si Jake no trabajara en la tienda de enfrente. Mostrarías mayor respeto hacia la historia de tu familia y te preocuparías por su destino, como antes te preocupabas por todos los clientes que entraban y salían de la tienda.
Y llegado a este punto se interrumpe para apurar el último sorbo del café.
Luego retoma su discurso y con expresión más indulgente dice:
—Nadie te impide leer los libros que tanto echas de menos; es más, podrías proponer a tu familia un cambio de rumbo que podría darle una nueva opción de supervivencia a vuestra actividad. Me refiero a la posibilidad de enriquecer la librería, reduciendo la papelería. Dicho de otra manera, alejaros de la escuela para ofrecer al barrio una cultura que no sea sólo didáctica.
La pinta bonachona del profesor Bonelli se oscurece y un velo de lágrimas ofusca el brillar de su mirada de Papá Noel.
—Deseo tanto que encuentres pronto tu camino... — me dice —. Sabes dónde encontrarme, siempre que necesites mi apoyo.
Pagamos la cuenta y salimos de la cafetería. Bonelli quiere pasar por la tienda para acaparar las postales pintadas a mano que tanto le gustan.
Será difícil no poder seguir coleccionándolas.
Le pido por favor que no le diga a mi madre y a mi tía que le he comentado lo del cierre inminente, creo que preferirán ser ellas mismas las que se lo comuniquen cuando llegue el momento.
Bonelli entiende perfectamente la situación, y de hecho se despide diciendo que prefiere comprar las postales otro día. Mientras se aleja hacia la otra acera, parece verdaderamente henchido de dolor. ¿Es posible que este dolor que embarga a todos todavía no me invada?
— ¿Profesor Bonelli?
Se da la vuelta.
— ¿Por qué no viene esta noche a cenar a casa de mi abuela? A mi familia le encantaría.
Bonelli suspira.
—Gracias, querida Isabella, pero ayer esos depravados de mis antiguos estudiantes me obligaron a trasnochar, ¡y ya no tengo edad para salir dos días seguidos!
— ¿Era una cena de antiguos alumnos?
—Sí, ¡de una clase de hace muchos años que se volvió a encontrar en Facebook!
Hablando de Facebook, vuelvo a pensar en Edward y sus kilos de más. Si no me equivoco, él también tenía a Bonelli como profesor de Historia. De repente se lo pregunto.
—Profesor, Edward Cullen era estudiante suyo, ¿verdad?
—Claro —me contesta Bonelli, angelical—. Fíjate, estaba en la cena de anoche. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Lo conoces?
Durante un instante el corazón me late tan fuerte como cuando era una niña. Cruzo corriendo la calle y me acerco con una sonrisa incrédula.
—Era mi gran amor de la infancia —le confieso, una vez llegada a la acera.
El profesor Bonelli parece sorprendido.
—Lo conozco muy bien, a Edward —me revela—. Es muy buen chico, lo tuve en el colegio... ¿Por qué no me has hablado nunca de este amor?
Tengo que admitir que cuando él era mi profesor me daba un poco de vergüenza.
—Y no es sólo eso, cuando en el colegio finalmente encontré a Jake, me olvidé de él durante años.
Bonelli me mira con ternura.
—Y ahora, ¿qué quiere sugerir esa sonrisa? ¿Te gustaría volver a verlo?
Asiento con cierta timidez, pero enseguida la sonrisa se apaga con un matiz de decepción.
—Por desgracia, ha cambiado muchísimo desde cuando venía a nuestra escuela.
—No me lo parece —me lleva la contraria el profesor, un tanto perplejo—. Lo vi ayer por la noche y parecía igual que antes. Sigue siendo el buen chico que tantas preguntas me hacía sobre los lansquenetes.
—Vale, lo entiendo, pero... físicamente no se puede negar que se ha venido abajo.
Además, con toda esa grasa, no será fácil que siga tan sano.
Bonelli se queda pasmado.
— ¿De qué grasa estás hablando? ¿Se trata de la misma persona?
—Profesor, déjese de bromas, ¡pesará al menos ciento cincuenta kilos!
—Te aseguro, querida Isabella, que, de ser así, me habría dado cuenta.
— ¿Y el pelo? ¿No ha perdido todo el pelo?
—Puede que tenga algo menos, pero me parece que todavía le queda un estupendo pelo castaño.
— ¿Habla en serio?
—Claro que sí, cené con él ayer por la noche.
No puede ser. Mi asombro no para de crecer.
—En su opinión, ¿cuántos Edward Cullen pasarían por nuestra escuela?
—Sólo uno —me contesta convencido—, que yo recuerde, y hoy en día tendrá más o menos treinta años, o algo por el estilo.
—Y es la misma persona de la que hablo yo, ¡sin duda! —Aun así no me cuadran las cuentas—. Y entonces, ¿quién rayos es el de Facebook?
— ¿Otra vez el Facebook? —Se queja entre bromas Bonelli—. Pero ¡es una obsesión!
Me despido de él deprisa y corriendo, quiero llegar a la tienda para encender el ordenador y visitar su perfil.
A lo mejor nos hemos equivocado y el devorador de nocilla no era nada más que un homónimo que se le parecía un montón.
— ¡Mantenme al tanto, Isabella! —Me grita Bonelli mientras me alejo a toda prisa—¡Quiero saber cómo acaba esto!
Llego volando a la tienda. A mi madre y a mi tía no les da tiempo de preguntarme nada, me ven escabullirme al almacén, hacia la mesa de echar las cuentas.
Enciendo el ordenador, tamborileando los dedos durante la espera. La pantalla hace sus estiramientos, se recupera, se conecta a la red y me deja precipitarme en Facebook.
No me da tiempo a teclear el nombre de Edward cuando me doy cuenta de que he recibido una solicitud de amistad.
Allí está, el chico que cuando yo era niña me robó el corazón delante de la verja de la escuela. La calle se lo tragó ese día en el tráfico de la ciudad y hoy la red vuelve a escupirlo como si no hubiera pasado más de un segundo.
Sonrío: está delgado, con el pelo en su lugar e, increíble pero cierto, sus tremendos ojos
verdes me están proponiendo ser su amiga.
El sistema me informa de que no tenemos amigos en común, señal de que me ha buscado, tal como hice yo el otro día. La cena de ayer lo devolvería a los años en los que daba tumbos por la escuela sintiendo mi mirada encima de él.
A lo mejor el profesor Bonelli le habló de mí, me quiere tanto que cada vez que puede me saca a relucir. En casos como éste, lo único que tengo que hacer es clic en «confirmar» y luego pensar en el mensaje que le voy a escribir.
Me voy arriba corriendo para comunicarles todo mi entusiasmo a mi madre y a mi tía.
Sé que, con lo que les está pasando, no es el mejor momento para las explosiones de felicidad, pero todo el mundo tiene que saber que lo he vuelto a encontrar, idéntico a como se había quedado en mis recuerdos de niña. Cojo a mi madre de las manos y giramos en redondo.
— ¿Te acuerdas, mamá?
Ella se esfuerza en sonreír.
—Vale, estupendo, pero ahora tranquilízate...
— ¡No puedo! ¡Tengo que ir a ver a Félix! ¡Diles a Rose y Ang que están oficialmente invitadas a cenar para una reunión urgente! —
Luego me precipito afuera, hacia el aparcamiento. No puedo ni imaginar la cara que habrán puesto al verme huir.
Vuelvo a tomar aliento cuando llego a la portezuela del coche. Mientras me lleno los pulmones de aire, me paro a pensar en un detalle aparentemente de poca importancia: he entrado y salido de la tienda sin lanzar la mirada de costumbre al escaparate del sinvergüenza. Y esto es algo que no pasaba desde hacía muchísimo tiempo.
Bueno aqui esta el siguiente capitulo de esta historia
espero que les haya gustado, gracias a todas por sus
favoritos, alertas y demas asi que nos leemos hasta
el prixmo lunes ^-^.
