Disclaimer:Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación.
***´***Edward***´***
Cuando llego a casa desde la oficina, en la red me espera una sorpresa: por fin Isabella ha aceptado mi solicitud de amistad y, como por arte de magia, está entre mis contactos.
Sin embargo no me ha escrito nada, ni un saludo. Debe de haberse amoldado a mi falta de cortesía. Habría sido mejor si le hubiera escrito algo. Hasta el banal y previsible "¿te acuerdas de mí?" habría sido mejor que nada.
¿Qué me pasa? Nunca he sido paranoico. Será culpa de la red, estas redes sociales acabarán por volvernos locos a todos.
De todas formas nada me impide satisfacer mi curiosidad y echar un vistazo a su perfil, total ya estoy aturdido...
Ha publicado un álbum de fotos.
Se trata de una cena familiar: hay personas mayores, jóvenes, los rasgos de todos son semejantes. La atmósfera parece acogedora. Entre los familiares reconozco a las dos hermanas propietarias de la histórica librería-papelería cercana a la escuela.
Al fin y al cabo no han envejecido demasiado en estos últimos años. La más delgada, tiene que ser la madre de Isabella. La recuerdo detallista en la tienda y de andares delicados cuando venía a recoger a su hija a la salida de la escuela. Más de una vez se la llevó a casa arrastrándola de un brazo; Isabella se dejaba hacer sin quitarme los ojos de encima. Un día hasta llegó a gritarla.
— ¡Isabella! —la riñó—. Deja de mirarlo de esa manera. Es de maleducados, ¡no se hace! —Mientras, le daba tirones para alejarla y ella no apartaba la mirada de mí, embobada.
Y ahora vuelvo a encontrarlos a todos en Facebook, casi quince años más tarde.
El pequeño gran mundo de la librería-papelería justo en medio de una cena de familia. Está también la abuela de Isabella, la señora con el pelo blanco y el collar de perlas que cuando yo era pequeño me vendía las gomas de borrar y los cromos Panini.
Isabella la abraza a menudo en las fotos, y abraza también al perro, el perro simpático que sale en la foto de su perfil. Su forma de abrazar tiene que ser bastante arrolladora, porque no para de desordenar peinados, incluido el pelo del perro.
Además tiene una sonrisa particularmente dulce y una familia que sabe a familia, a comidas consumidas en medio de charlas y risas, al placer de pasar un tiempo juntos.
Me recuerda lo agradable que era cada septiembre, antes de que comenzara la escuela, hacer acopio de libros y cuadernos en esa tienda que sabía a nuevo, a mochila todavía por estrenar y a libros aún por abrir.
De la contemplación del álbum de Isabella me distrae Emmett, que irrumpe en mi casa envuelto en perfume y con una botella de Châblis.
— ¿Teníamos una cita romántica para cenar? —bromeo mientras lo dejo pasar.
—No me ha dado tiempo de avisarte: yo sí tengo una cita romántica, aquí en tu casa.
—Si necesitabas mi piso me lo podías haber pedido con algo de antelación. ¿Y ahora qué hago? ¿Voy a pedirle ayuda a Cáritas?
—No, te quedas con nosotros. En un momento llegará la cena, he pedido unas especialidades chinas en el restaurante de abajo.
—Espera un momento. ¿Quiénes somos nosotros?
—Viene Rosalie, la chiquilla —me contesta mientras coloca la botella en la nevera.
— ¿Lo dices en broma? ¿Y por qué la has invitado a cenar aquí?
—Ayer se quejó de que no tenemos vida social —aclara, mientras saca todo lo necesario para poner la mesa como es debido—. Entonces se me ocurrió que podía llevarla a cenar a casa de mi mejor amigo.
— ¡Qué idea tan mona! —digo riéndome de él—. Pero ¿no era sólo una cuestión de sexo? ¿De sexo puro y duro?
—Claro, pero una cena se la concedes a todas. Después te dejamos en paz y me la llevo a casa para seguir esa conversación sobre el sexo puro y duro, que, por cierto, para que conste, se vuelve cada vez más puro y duro, te lo puedo asegurar.
A juzgar por el tiempo que tarda eligiendo las copas, diría que esta vez está colado por ella.
— ¿Están bien éstas?
—No sé, son de Baccarat, decide tú. —Y me dejo caer en el sofá pensando que al fin y al cabo un poco de comida china no me viene mal.
Jamás he visto a Emmett tan nervioso: está encendiendo todas las velas. En unos instantes este loft parecerá un velatorio. Por suerte en la tele hay un concurso que me relaja.
— ¿Has llamado a Gianni por el asunto de los vinos para su local?
—Me he olvidado —admito estirando los labios en una mueca culpable.
El número lo marca directamente él.
—Vamos, habla con él. Es un amigo —me dice mientras me alcanza el auricular.
Charlo un rato por teléfono con Gianni. Nos ponemos de acuerdo sobre los vinos y concluyo la llamada prometiendo que iré a verle muy pronto. Cuando cuelgo, todavía no hay señal ni de comida china ni de la chica que tenía que llegar de un momento a otro.
Tocan el timbre y Emmett se pone de pie de un salto, como un niño durante un examen. Corre a contestar.
— ¿Quién era?
—La comida china —contesta un tanto decepcionado.
— ¿Y la jovencita?
— ¿Y yo qué sé? Lleva media hora de retraso.
—Llegará —lo tranquilizo mientras vuelvo a hacer zapping con el mando a distancia.
Sin embargo, un SMS en su móvil me desmiente enseguida.
—Dice que tiene que ir a casa de su prima y que vendrá dentro de una hora —me informa Emmett, y es la primera vez, desde que le conozco, que le veo sufrir en serio—. Vaya cabrona —se queja—, al menos me lo podía haber dicho antes.
—Entonces te gusta de verdad. Oh, ¿no será que te estás enamorando de una de dieciocho años? ¡Ahora resulta que tendré que afeitarme la cabeza si ganas la apuesta!
—No digas gilipolleces. Te he dicho...
—Ya, vale, lo pillo, es única y exclusivamente una cuestión de sexo —me anticipo bromeando al tiempo que arremeto contra los raviolis al vapor que acaba de sacar de la caja—. ¿Qué quieres que te diga? ¡Habrá que esperarla!
El problema es que esperamos demasiado y nos da tiempo no sólo de acabar con toda la comida, hasta el último grano de arroz cantonés, sino de ver una policiaca en la tele. Por desgracia la ansiedad de Emmett no conoce freno, tanto que no me deja ver a gusto la película. Abre y cierra el móvil sin parar y justo cuando el asesino está a punto de salirse con la suya decide llamarla para saber por qué no ha venido todavía. Por culpa de esa llamada no sabré nunca cómo pudieron descubrir al culpable.
Al final Emmett cuelga henchido de dolor.
—Dice que no la dejan salir de casa, ¡no sabe qué coño inventar!
Y tanto que la creo. Yo, si tuviera una hija de dieciocho años, la dejaría encerrada bajo llave y establecería el toque de queda a las ocho.
—Estoy sufriendo —admite Emmett, que apaga el móvil.
—Ya lo veo.
—Ojo, sólo porque tenía ganas de llevármela a casa para continuar esa conversación...
—Sobre sexo puro y duro. Vale, lo importante es que tú te lo creas.
—Te aseguro que no se trata de nada serio.
—Pues es una pena, Emmett, porque ya va siendo hora de que te comprometas.
—Ya, pero éste no es el caso.
—Vale, vale, lo entiendo. Al fin y al cabo, con una de dieciocho años es mejor que la cosa se quede así.
—Hombre, nos llevamos trece años, tampoco es que sea una tragedia.
Está enamorado. Puede negarlo hasta la muerte, pero está enamorado. El «publicista llenalocales» ha caído con una chica de dieciocho años. ¿Y quién lo recupera ahora?
—Voy al Rhome —concluye, y se pone la chaqueta—. Hay una fiesta. ¿Vienes?
Esta noche tampoco tengo ganas de seguirle el juego.
—Otro día —le contesto, porque creo que prefiero entrar en Facebook para ver si Isabella se ha dignado contestarme.
—Me estás deprimiendo. ¿No será por culpa de la hija de puta de Tanya?
No adivina mi estado de ánimo ni de casualidad. Aunque, siendo tan amigos, tendría que ser algo automático. Al menos es una buena persona en la que puedo confiar a ciegas. Y, con los tiempos que corren, no es poco.
—Si insisto, ¿crees que puedo convencerte de venir conmigo?
—No te conviene perder el tiempo.
— ¡Vaya amigo! —me riñe con ironía.
—Bueno, si para ti es importante, te acompaño.
Por suerte decide sonreír.
—No es tan importante, me guardo el comodín para la próxima vez que lo necesite.
—Conmigo no tienes que guardarte los comodines.
—Si es por eso, tú tampoco.
Antes de que el ascensor se lo trague, se me ocurre pensar que la mirada enamorada de Emmett es menos frecuente que el cometa Halley, y no puedo evitar una sonrisa.
Cuando me quedo solo, aprovecho para volver a entrar en Facebook.
Casi cada vez que me conecto a la red alguien me escribe en el chat. ¿Y para qué? A veces sólo para decirme "hola" sin pretensiones de entablar una conversación, con lo que no hago más que perder el tiempo. Estoy a punto de ir a las opciones del chat para aparecer desconectado, cuando me llega otro mensaje.
Esta vez no es estúpido ni una pérdida de tiempo. Era lo que estaba esperando.
"¿Eres tú de verdad? ¿Mi gran amor de la infancia?".
Es ella, la niña del colegio. Me sonríe desde la foto en la que abraza a su simpático perro.
Se me ocurre decirle que ha conservado los mismos ojos de entonces.
Como si lo hubiéramos hecho siempre, empezamos a escribirnos. Las preguntas son muchas, demasiadas, diría yo. Y el tono de sus mensajes es dulce, travieso.
"¿Cómo te sentías al ser marcado tan de cerca?". — me pregunta.
"Me han acusado de pedofilia todos mis compañeros de clase, podría denunciarte". — le escribo.
"Mi madre no paraba de regañarme, decía que tú eras demasiado mayor y que yo era demasiado descarada". — me escribió.
La verdad es que era guapísima. Y, de haber tenido ella unos años más, me habría enamorado.
"El mundo es pequeño visto desde la red, ¿no te parece?".
Estoy de acuerdo con ella. Y Facebook es, quedándome corto, desconcertante.
Sin embargo ella afirma que lo detesta, a pesar de que lo usa:
"Desde tu punto de vista, ¿a cuánta gente de la que se encuentra en Facebook le es concedido encontrarse también en la vida real?".
Es una pregunta que no me había hecho nunca. Me limito a considerar el placer de haber vuelto a encontrarla.
«He soñado con que nos encontraríamos al menos un millar de veces —confiesa, sincera, como había pensado que sería—. Imaginaba que nos encontraríamos en un lugar romántico, que me reconocerías prácticamente enseguida y que el hecho de verme adulta te impresionaría". — me escribe.
"No ha sido tan distinto". — le contesto
"Nos hemos encontrado en la red, como cada día se encuentran otros millones de personas".
"Pero te puedo asegurar que me has impresionado y que te he reconocido casi enseguida".
"¿Has visto la película Serendipity?".
"Sinceramente, no la recuerdo".
"Intenta verla en cuanto puedas. Eso sí que es desafiar al destino. Dos personas se encuentran en un momento equivocado de su vida y deciden escribir su número de teléfono en un billete de cinco dólares esperando volver a dar con él un día. El final está cantado, como en muchas comedias románticas, pero demuestra que nuestras pequeñas exigencias se hallan encima de un tablero en el que el destino se lo pasa bien confundiendo todas las jugadas".
"Quizá en nuestro caso el destino ha querido que nos encontráramos en Facebook" — le digo.
"No, créeme, el destino está cabreadísimo con el tal Facebook —me escribe, y los extraños razonamientos hilados por su cabeza desatan toda mi curiosidad—. La red permite encontrarse a cualquiera —me explica—, mientras que el destino es mucho más selectivo, y decididamente más romántico. Creo que para nosotros tenía pensado algo distinto, menos previsible. El problema es que no hemos tenido la paciencia de esperar".
Habla del destino y de sus intenciones como si se tratara de un tipo con barba al que le gusta mirarnos desde arriba. Y su convicción es más contagiosa que la de un niño. Mientras escribe, puedo imaginarla: tan soñadora que parece que pertenece a otra época, en cierto modo sigue siendo la niña que no se cansaba de mirarme.
Nos hacemos compañía mientras me preparo un café y ella se calienta una taza de leche. Nos describimos nuestros días, nos explicamos algo de nuestras vidas, todo rigurosamente en Facebook.
Su perro es una hembra y se llama Matita, y en este momento está durmiendo en su cama; su cocina es azul y la taza en la que está bebiendo, su favorita, ha sido recientemente rota y arreglada por un tal Felix, un amigo suyo gay que se le presentó en casa el otro día y que parece tener toda la intención de quedarse "indefinidamente", como dice Julia Roberts en Notting Hill, la peli que acaba de ver en la tele.
Es la segunda peli romántica que cita. De hecho admite tener debilidad por las películas en las que hay al menos tres escenas de amor y una petición de perdón, a ser posible que sea el hombre quien le pida perdón a la mujer. ¿Por qué?
"Porque con todo lo que tenemos que sufrir por cuestiones genéticas, eso es lo mínimo que podéis hacer por nosotras".
Ah, se ha olvidado de añadir un detalle al listado de características que la llevan a preferir una peli a otra: "Si hubiera un toque parisino, tal vez incluso que estuviera ambientada en París, sería increíble, aunque me conformo con la música o el estilo de la decoración". A este propósito, me cita French Kiss, subrayando el hecho de que casi todas las películas con Meg Ryan la enloquecen.
"Me encanta Truffaut", le digo. Le cuesta esconder su entusiasmo: "Estaba segura de que tendrías gustos sofisticados —comenta—. Mi cultura cinematográfica no es tan limitada como pudieras imaginar. Yo también adoro a Truffaut, y podría volver a ver todas sus películas, desde la primera hasta la última, nunca me canso de ellas".
"Me ocurre lo mismo". — le escribo.
"¿Sabías que a Truffaut le gustaba repetir que una persona se forma entre los siete y los dieciséis años y que el resto de su vida vivirá de todo lo que ha asimilado entre estas dos edades? No es casualidad que en esa época yo estuviera perdidamente enamorada de ti".
Me divierte su forma de sacar este tema acorde con la tenacidad que mostraba de niña. "¿Te das cuenta de que así me echas encima una gran responsabilidad?".
"Eso lo ha dicho Truffaut. En cambio mi abuela sostiene que, entre todos sus nietos, yo soy sin duda la más interesante. Entonces es posible que la estima de mi abuela te la deba un poco a ti".
"¿Qué edad tenías cuando viste la primera película de Truffaut?".
"Creo que doce".
"Entonces se lo debes también a él".
Nos prometemos una velada hecha de palomitas y Truffaut. "Pero será el destino quien decida cuándo —establece—. No quiero dejarte mi número de teléfono, quiero darle al destino la posibilidad de hacer que nos encontremos en algún lugar".
Sonrío. "Pero ¿no tienes ganas de volver a verme?".
"Me muero de ganas. Pero la idea de ir a tomar un café después de una banal llamada telefónica me deprime. Eres el amor de la infancia con el que he soñado, te mereces un encuentro diferente, algo realmente especial".
Es increíble que ella esté hablando de amor y expectativas hacia mí y que todo eso no me moleste.
Este tema en boca de cualquier otra mujer me habría parecido fuera de lugar. En cambio ella es simpática, me recuerda a una mariposa de mil colores, se posa sobre mí con ligereza. Y además este juego, esta idea de dejarlo todo en manos del destino, me divierte, y acaba aumentando el deseo de verla.
"Mientras tanto, ¿qué hacemos? ¿Seguimos escribiéndonos en Facebook?".
"Sí, quedemos prisioneros de este limbo —me contesta añadiendo una carita sonriente—. A la espera de que el destino siga su camino".
"Oye, eres increíble. ¿Y estás segura de que el destino nos ha preparado algo?".
"A lo mejor podemos echarle una mano". — me escribe.
"¿Qué quieres decir?". — le pregunto.
"No sé, podríamos darnos algunas coordenadas de referencia. Como por ejemplo decir que vamos al cine, pero sin especificar cuál, y ver si vamos al mismo".
Ahora toca otra carita sonriente. Es una idea.
"¿Has ido alguna vez al cine solo?".
"Sinceramente, no".
"Es algo que tienes que probar —me dice—, como ir por la tarde. Si te gusta el cine, te aseguro que el efecto es completamente diferente... Me gustaría ir contigo a ver una reposición de Truffaut, La noche americana o Jules y Jim, quizá en una filmoteca".
"En este momento estoy mirando el cartel de Jules y Jim que casualmente tengo colgado en la entrada. Qué guapa era Jeanne Moreau. Y qué precioso está París en esta película».
"¿Al final fuiste allí en tu viaje de fin de curso de tres meses antes de la selectividad?".
Esta vez tarda un poquito más en contestarme. "¿Lo recuerdas? —me escribe luego—. Me habías prometido que me llevarías allí contigo".
Me confiesa que pasó mucho tiempo fantaseando sobre ese viaje. Tiene la sensación de que fue a partir de ese día cuando empezó a amar París sin haber estado nunca.
Me dice que su casa está llena de fotos de la ciudad, empezando por el beso delante del Hotel de Ville, el beso que un día le dará al hombre amado, y un peatón hará una foto para guardar ese momento para siempre.
Me pide que le hable de esa ciudad, que le cuente si he estado allí a menudo, aunque sea por motivos de trabajo. Le digo todo lo que se me ocurre, pero le confieso que prefiero mucho más Roma, sin lugar a dudas.
Chateando y bromeando, por la ventana empieza a entrar la luz del día. No nos hemos dado cuenta de que la noche ha volado y todavía no tenemos nada de sueño. Pero reímos. Reímos porque hay una primera vez para todo. También para pasar una noche entera delante del ordenador en compañía de una persona que no ves desde hace casi quince años.
Bueno aqui esta lo prometido
espero que les guste, gracias a todos
por sus comentarios y por agregar esta historia
a sus favoritos y alertas, etc.
Y bueno ya saben el lunes nuevo capitulo ^-^
Hasta luego...
