DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación.
***´***Isabella***´***
He pasado toda la noche chateando con Edward Cullen. Sí, eso: toda la noche.
Me despierto con ojeras y nuestras charlas, escritas en negro sobre blanco, siguen dando vueltas por mi cabeza. Jamás había chateado con alguien antes, y no sé si es mérito del ordenador y de la distancia que de alguna manera hace que te sientas más protegida, pero he estado desinhibida y espabilada como nunca.
Pensándolo ahora con la mente fresca, casi me dan vergüenza muchas de las cosas que le he escrito.
Hemos hablado de todo. En cierta manera ha sido también una liberación poderle confesar por fin todo lo que pensaba de él cuando era niña y que jamás me atreví a decirle. Creo que, en muchos momentos a lo largo de esta noche, he llegado a escribirle sin pensármelo antes, sin reparar en las consecuencias de mis ideas, pero, eso sí, con una confianza intuitiva en su buen juicio.
He descubierto que adora el cine y que ha ido un montón de veces a París.
Compartimos el mismo amor por Truffaut, pero no por su ciudad: por delante de la Ville Lumière, él prefiere, y por mucho, nuestra ciudad. Es un hombre que viaja mucho, tanto por trabajo como por placer; tiene un montón de conocidos, pero pocos que pueda considerar amigos, y una educación estricta, que lo empuja a portarse de una forma muy meditada.
Está licenciado, qué suerte la suya, y es claramente más culto que yo; por suerte he tenido la lucidez de citarle una frase de Truffaut, yo, que para estas cosas tengo muy mala memoria; al menos le habrá hecho olvidar el ridículo que he hecho al creer que el Hotel de Ville era un hotel y no el ayuntamiento, como me ha explicado él, que naturalmente habla el francés como el italiano, ya que cursó la primaria en Ginebra.
No hemos hablado de nuestras vidas sentimentales, pero creo que está libre, si no imagino que no habríamos pasado la noche chateando de esa forma. Y, por una vez, durante unas cuantas horas seguidas no he pensado en Jake. Me parece un muy buen principio.
Me he atrevido a explicarle mi punto de vista sobre nuestro encuentro, y hemos empezado un juego del que se podría decir que de momento parece divertido: azuzaremos al destino, sin intercambiarnos dirección ni número de teléfono, para ver si hubiéramos podido encontrarnos incluso sin Facebook.
Él me puede encontrar en la librería-papelería, aunque no sabe que pronto la cerraremos; no me parece que venga a cuento contárselo. De todas formas ha prometido que no pasará a verme, a no ser que se lo pida yo, porque al fin y al cabo si no fuera por Facebook ni habría recordado que la tienda pertenece a mi familia.
Me gustaría que nuestro primer encuentro no fuera una banal consecuencia de nuestra amistad en la red. Después de tantos años dedicados a fantasear, es lo mínimo que me puede conceder. Aun así confieso que, después de esta noche, me muero de ganas por encontrarme lo antes posible delante de él.
Facebook será, a lo mejor durante poco tiempo, nuestro limbo. Después llegará el deseado encuentro, vete a saber dónde y cuándo, como dicen en aquella canción, no recuerdo cuál. Mientras tanto quiero prepararme para ese día.
Para empezar he tirado de la nevera toda la comida grasienta, yogur de malta incluido (cuando he leído en el envase la cantidad de calorías que contiene, casi me da algo). Luego he decidido que me apuntaré lo antes posible a un gimnasio para perder ese par de kilos que he acumulado estando sin moverme detrás del mostrador de la tienda.
Cuando, hacia las diez de la mañana, cruzo el umbral de esa prisión, mi madre y mi tía dejan de servir a los clientes para escrutarme alucinadas: llevo un par de gafas oscuras y los auriculares del iPod empotrados en mis orejas para conseguir la energía necesaria de Ma che freddo fa de Nada, canción triste donde las haya, que a mí sin embargo me sienta de maravilla, sobre todo cuando "el chico que me ha decepcionado" y que "ha robado de mi cara esa sonrisa que no volverá jamás" ahora no es lo primero en lo que pienso: ni le he echado un vistazo a Mundo Animal para ver si está allí. Puede que el amor esté volviendo, "para un corazón de chica", porque, además, "¿qué es la vida sin el amor?". Tienes toda la razón, Nada, "es sólo un árbol que ha perdido sus hojas".
—Isabella —me reprende mi madre—, ese iPod que desaparezca ya; sabes que no me gusta que lo lleves aquí. —Pero yo finjo no haber oído nada y corro abajo, a la mesa de echar las cuentas, para conectarme al ordenador.
Lo encuentro en el chat.
"En este momento sin ti me aburro", le escribo.
Me envía una cara sonriente.
"Creía que jamás acabaría así", escribe él.
"¿Acabar cómo?".
"Pasando tanto tiempo en Facebook". — me escribe
"Siempre puedes desconectarte".
"Es difícil si sé que estás al otro lado".
Siento que volveré a perder la cabeza por él.
Quiero ver una imagen de Edward Cullen que no esté sacada de las pocas que aparecen en su perfil, que ya me las sé de memoria. "¿Por qué no cuelgas algunas fotos nuevas?".
"Te las envío en un mensaje mejor, no aguanto la idea de ponerme en un escaparate".
Mi madre y mi tía me recuerdan dónde estoy. A duras penas lo dejo para subir a echar una mano.
Desde que estamos a punto de cerrar, la tienda nos juega malas pasadas. Nos esconde cosas, llegan las cajas al almacén, de repente desaparecen y no hay quien las encuentre. La tensión está en el aire, se corta con un cuchillo. No les hemos dicho nada a los clientes, pero muchos sospechan algo y mantienen una actitud indagadora, lo que nos complica la tarea.
De repente entra la abuela en la tienda (estábamos hablando de actitudes indagadoras); camina con el bastón, sin el andador, y su presencia nos deja, quedándome corta, pasmadas.
No refunfuña tanto como de costumbre, mira a su alrededor con una expresión afligida y perdida y te dan ganas de abrazarla fuerte.
Mi madre se deshace enseguida de un cliente, cuelga el cartel fuera de la puerta y la cierra con dos vueltas de llave. Cuando quedamos sólo nosotras cuatro, la abuela se desploma en una silla y se echa a llorar.
Ahí está esa primera señal del dolor que estaba esperando. Como un alfiler que me penetra silencioso en el pecho.
— ¿Se lo habéis dicho? —preguntó en voz baja.
—Ayer por la noche —contesta mi tía.
Mi madre va al baño y le trae un vaso de agua. Yo me arrodillo a su lado, le cojo las manos y se las beso. Huelen a naranja, tiene que haber cogido alguna en el mercado.
Escucho a la tía susurrar detrás de mí, diciéndole a mi madre:
—Esta mañana no deberíamos haberla dejado sola. ¿Ves cómo está ahora?
La abuela me mira.
—Tu querido abuelo, estrellita mía, vive aquí dentro —me dice, recuperando el aliento y recogiéndose el chal sobre el pecho—. Señor, ¿cómo es posible que no os deis cuenta?
Después su mirada empieza a recorrer la estancia, los papeles apilados y los estantes, para cargarse de recuerdos.
—De pequeña trepabas hasta la cima de la escalera y gritabas que no querías volver a bajar, sí, porque me decías que allí te sentías segura —me cuenta sin mirarme—. No sabes la de azotes que te daba, estabas siempre en medio, loca de ti, y me hacías perder la paciencia.
El alfiler sigue clavado en mi pecho, está ganando espacio para llegar todavía más adentro y hundirse en un dolor que se difunde lento por todo el cuerpo. En los ojos de mi abuela está la tienda como era hace muchos años, como la había creado mi bisabuelo, y está su historia de amor con el abuelo que ya no está y el infinito reconocimiento tanto por la felicidad dada como por la recibida, pero sobre todo está la amargura de saber que este lugar, con todos sus rollos de papel, no nos sobrevivirá a nosotras y no permanecerá sobre la tierra con ese mismo cartel blanco y azul que había pintado el abuelo, cual testimonio de nuestras pequeñas existencias.
Ahora veo todo esto en los ojos de mi abuela, y me llega también el dolor, al principio sólo imaginado, ahora en cambio como una picadura fina y cargada de veneno, y no sé cuánto tiempo se quedará clavado en mi corazón.
Por suerte me reconforta pensar que puede ser que haya vuelto a encontrar un amor y que superaré también este momento hallando la fuerza en algún lugar dentro de mí, quizá en los libros que leeré, en las películas delante de las que ya no me dormiré por el cansancio y en la sensación de libertad que pronto, de eso estoy segura, campará a sus anchas.
Los chicos se asoman al escaparate. Mamá se anima y les abre la puerta.
— ¿Qué hace la abuela en la tienda? —pregunta enseguida Ángela. Los tres están preocupados, porque la han visto secarse las lágrimas con un pañuelo.
— ¿Ha pasado algo?
—Nada grave, no se ha muerto nadie —los tranquiliza mi tía, bastante expeditiva.
—Pero tenemos que hablar —continúa mi madre con tono grave—. Jasper, por favor, cierra la puerta con llave.
Jasper obedece, ahorrándose las muecas de protesta que caracterizan su vida de gamberro desatado. Después los tres se quitan la mochila de los hombros y nos miran a la espera de aclaraciones.
—Desafortunadamente vuestra escuela pronto cerrará —empieza a hablar mi madre, sin dar rodeos.
Rosalie suspira aliviada.
—Pero hace ya tiempo que lo sabíamos —replica.
Mi madre y mi tía intercambian una mirada perpleja.
—Lo que entonces no habéis intuido —toma la palabra mi tía— es que sin la escuela la tienda no podrá sobrevivir.
En sus ojos la misma confusión que asomó en los míos hace unos días, cuando me lo dijeron, pero con toda seguridad además una punzada de dolor, y puede que también la sensación de que el suelo se está agrietando debajo de sus pies por primera vez desde que llegaron al mundo.
Después de explicarnos por encima los planes de cierre, mi madre y mi tía nos piden disculpas porque no estarán en casa a la hora de la comida, ya que tienen que arreglar muchos temas de papeleo y no pueden perder tiempo. Pronto colgarán en el escaparate el aviso de liquidación. En ese momento los clientes sabrán cuál es la situación y, si quieren, podrán aprovecharse de los descuentos.
A los chicos los llevo yo a casa, como el otro día. Esta vez subo al coche también a la abuela.
A lo largo del trayecto se apodera de nosotros un aire tan trágico que ni la dulzura de la voz de Gabriella Ferri cantando Remedios puede disolver.
Rosalie observa fijamente la carretera a través de la ventanilla con una cara cargada de sufrimiento y melancolía que no va con ella. Me asombra detectar tanta sensibilidad en un alma rebelde e inconsciente como la suya. Luego se da la vuelta y me susurra:
— ¿Esta noche me cubres las espaldas? Digo que voy a dormir a tu casa. —Y entonces entiendo que no se trata de sensibilidad, el suyo es un amor que acaba de nacer y sólo tiene tiempo para sí mismo.
Tiene suerte de que la abuela acabe de dormirse, porque, aunque esté sorda, ciertas cosas no se le han escapado nunca. De todas formas le digo que sí, resignada, pero la obligo a prometerme que mañana pasará todo el día estudiando; no quiero que acabe como yo. Menos aún ahora, que, sin la tienda, será difícil para todos encontrar un lugar en el mundo.
Cuando llegamos a casa, la asistente social ha preparado la comida, pero la abuela está demasiado cansada para comer; quiere que la ayude a echarse en la cama.
A decir verdad ninguno de nosotros tiene mucha hambre: Rosalie se pone a charlar por teléfono, Ángela abre un libro porque dice que tiene que estudiar y Jasper enciende la Playstation para jugar a un videojuego en el que sumas puntos disparando a la muchedumbre inocente.
La abuela está tan falta de fuerzas que se deja guiar por mis brazos sin el acostumbrado pudor. La tiendo en la cama, le pongo bien la almohada debajo de la cabeza y le quito los zapatos. Me pide el rosario, quiere tenerlo entre sus dedos.
—Estrellita mía —me dice—, hazme un favor, tráeme también ese joyero, anda. Quiero tenerlo aquí en la mesita de noche, así al despertar no tengo que levantarme para cogerlo.
Ahí dentro se encuentran las cartas del abuelo que ya no está. Ahora que ella ha cerrado los ojos, podría aprovechar para echarles un vistazo, pero la expresión al mismo tiempo angelical y de sufrimiento de la abuela me daría remordimientos de conciencia. Con una mano parcialmente abierta posada en el colchón, parece que se la está dando a alguien, quizá al abuelo que ya no está y que en este momento duerme a su lado.
Hoy sí que no puedo volver a la tienda, deseo volar a Facebook para chatear con él. Esta relación es peor que una droga.
Una vez en casa, se me ocurre grabar un vídeo con la webcam y adjuntárselo en un mensaje, para que vea lo que hasta el momento sólo le he descrito.
—Como ves, aquí estoy, ésta es mi casa —empiezo después de unos malogrados intentos—. Sí, es cierto, como puedes ver me enloquece París, sin haberlo visto jamás. No te extrañe lo de la bañera en el comedor, es que en el baño no cabía y a mí me chifla lo retro...
Después de unos minutos, me contesta con otro videomensaje. Está en la oficina, pero me promete que esta noche enviará otro cuando llegue a su casa para que yo conozca dónde vive.
En vídeo es incluso más guapo que en foto. Y su voz no ha cambiado mucho, ha ganado un matiz ronco que no le queda nada mal y que le otorga un aspecto de persona que ha vivido mucho. Me pregunto dónde puede estar el engaño. Porque siempre hay algo oculto.
—En este despacho hace tiempo trabajaba mi padre. Ahora él trabaja,..., bueno, digamos que trabaja en la que era la oficina de mi abuelo —me cuenta, dejándome intuir por el tono de la voz que hay algo en su relación que no funciona—. Ésta, antes de encontrarte —continúa con tono de broma—, era una empresa que pasaba de generación en generación, y ahora peligra por culpa de Facebook y de una niña caprichosa y soñadora que ha decidido obligarme a pasar la mayor parte de mi tiempo aquí dentro...
"¿Crees que esto es una pérdida de tiempo?", le escribo en el chat.
"La verdad es que ahora es como si no pudiera vivir sin ello".
Y a mí me parece un sueño: Edward Cullen volcando toda su atención en mí. Chicos, estamos hablando de Edward Cullen: en la escuela no eran sólo mis ojos los que estaban clavados en él, porque también lo estaban los de la mayoría de las chicas.
Digamos que los míos eran los que más llamaban la atención, ya que no era más que una enana con trenzas que con ocho años creía que se lo sabía todo sobre el amor y los problemas de la vida.
En cierto momento Félix entra en casa con Schopenhauer bajo el brazo y una cara de borracho infeliz. Tengo que despedirme deprisa de Edward y quedo con él después de cenar.
Félix está mucho menos eléctrico que de costumbre. A Schopenhauer,en cambio, le parece un milagro volver a pisar el suelo de casa después de no sé cuántas horas paseando. Hasta llega a cubrir de besos a mi Matita.
— ¿Qué ha pasado?
Por lo visto esta vez Félix ha decidido enviar a Schopenhauerde emisario a casa de Rodrigo. De modo que le ha puesto un pen drive en el collar, lo ha dejado delante de la puerta de su casa, después ha llamado al timbre y se ha alejado de la puerta. ¿Adivináis lo que ha puesto en el collar de Schopenhauer? La canción de Moulin Rouge, faltaría más. ¿Entonces es reincidente?
—Ya te lo he dicho —insiste Félix—, si me quiere, ¡tiene que aceptarme con todas mis obsesiones!
— ¿Y te parece la mejor manera de pedir perdón? ¿Recordarle que te enloquece un actor de Hollywood y que si te quiere tiene que aceptarlo a la fuerza?
— ¡No hay nada por lo que pedir perdón! ¡Sólo estoy tratando de que vuelva a acogerme en casa!
Y cree que insistir en las razones que han empujado a Rodrigo a echarlo de casa es la mejor táctica. Vale, y como si no fuera suficiente, encima esta vez le ha pedido ayuda a esa rata espantosa. Si de verdad estaba buscando un golpe de efecto, podría haber preparado unos carteles y haber escrito encima una confesión romántica, como en esa película de Hugh Grant, ¿cómo se llamaba? Sí, Love Actually.
— ¡Otra vez con pelis de ésas! —Resopla en mi cara—. Pero... ¿no te aburren?
Decido no volver a sacar el tema, me conformo con observar la cara toda ojos de Schopenhauer mientras pienso que el pastel salado fue mejor idea.
Félix abre la nevera y grita:
— ¡Horror! —Luego se da la vuelta, me mira con los ojos fuera de las órbitas y me pregunta—: Pero ¿adónde ha ido a parar todo lo que, en este planeta, utilizan los seres humanos para nutrirse y que normalmente se llama comida? ¿Sabes de qué estoy hablando?
—He decidido hacer régimen para prepararme para el fatal día del encuentro.
Félix frunce los labios.
— ¿Me he perdido algo?
—Aparte de una noche entera chateando y toda una larga serie de declaraciones que ahora no te voy a explicar, diría que no te has perdido nada.
En un instante se pone a gritar y a pegar saltos por todo el comedor.
— ¿Estás loca? ¡Quiero todos los detalles!
Para ahorrarle la espera, le cuento lo más importante y le enseño el vídeo de la oficina.
Babea.
—Me entran ganas de invitarte a cenar —me dice irónico, estirando los labios en una mueca de envidia verde—. La última cena. Después te besaré y observaré cómo te arrastras por una colina llevando una cruz en los hombros.
—Muy amable. ¿Hoy te ha dado por las citas cultas?
—Hoy me ha dado por encontrar a alguien exactamente igual que él. Palabra de Guillermo Agitaperas.
Para aumentar la dosis, le restriego que esta noche quiero proponerle un encuentro en el cine. Le explico el juego del destino y escribo un mensaje a Edward. Naturalmente la película elegida es la comedia romántica más esperada de la temporada.
David me escruta con los ojos casi cerrados.
—Pero... ¿y esa idiotez? —me dice—. En fin, ¿qué significa esa historia absurda del destino y del encuentro perfecto, mi amor? Así que vais a ver la misma película, pero no os decís en qué cine, y esperáis encontraros. ¿Qué has fumado? ¿Orégano? No quiero ser la Rosalie de turno, pero explícame cuándo tienes intención de chupársela y así acabamos con todo esto de una vez por todas.
Esta vez soy yo la que le da volumen a su pelo con el secador y apenas me oye. Y soy yo la que le dice:
— ¡No me esperes despierto, querido! No voy a ver a un faqui... no sé qué, como tú; en mi caso presiento que quizá encuentre al hombre de mi vida.
Félix, en el papel del perfecto comemocos, me observa salir de la habitación con una sonrisa forzada. Tiene a Schopenhaueren brazos y está jugueteando con un dedo alrededor de su oreja.
— ¡Eres una puta!
— ¡Y tú un putón verbenero!
—No sabes una palabra de inglés, y él es un importante hombre de negocios. No te lo mereces, mi amor.
—Lo he perseguido durante casi veinte años, creo que me lo merezco, y tanto que sí. —Le sonrío, luego le digo "adiós" con la mano y cierro la puerta detrás de mí.
Bueno aqui esta el siguiente capitulo espero que les guste
gracias a todas que leen la historia, y hasta el proximo capitulo
