DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación.
***´***Edward***´***
Los días en la obra son pesados y complicados. Siempre te dejan encima una sensación de no haber acabado algo. Los obreros terminan pronto, a su alrededor todo sigue pendiente, pero su cabeza ya vuela lejos de tus proyectos, sólo desean volver a casa para quitarse de encima el sudor del esfuerzo. Yo también, al final de una difícil estancia en Toscana, subo al coche tratando de alejar de mi cabeza las cuentas que no salen.
Todavía no he podido conectarme a Internet: entre el estrés y las discusiones con los proveedores, me he olvidado de cargar el BlackBerry, y no hablo con Isabella desde ayer por la tarde. Me muero de ganas de volver a casa también para hablar un poco con ella.
A la vuelta, Roma me acoge con el tráfico de todas las tardes. Decido pasar por la oficina para arreglar unos papeles. Cuando estoy a punto de girar hacia el garaje, lo veo: mi padre, que invita a subir en el coche a una mujer de color.
Al principio imagino que se trata de una camarera que a lo mejor ha venido para una entrevista y él le está haciendo el favor de acompañarla, luego me fijo en el elegante traje que lleva puesto, en la sonrisa de mi padre, en la mirada circunspecta que lanza a su alrededor antes de subir con ella, y me doy cuenta de que los dos tienen una relación.
Confirmada por otro lado por los brazos de ella, que, una vez resguardados detrás del cristal ahumado del coche, se precipitan alrededor de su cuello.
Es mi padre. En su pelo rubio se mueven lascivas dos largas manos oscuras con las uñas pintadas de rojo. Es mi padre, y está con otra mujer.
No puedo hacer otra cosa que seguir recto y adelantarlos. Me siento sucio sólo por haberlos descubierto, tan clandestinos y deshonestos. Tan alejados del mundo.
La escena sigue grabada aún en mi mente cuando entro en mi edificio y el portero me farfulla algo sobre un juego de llaves. Me habla, pero sigo pensando en el pelo rubio de mi padre horadado por los dedos de esa mujer. Sólo al abrir la puerta de casa me doy cuenta de lo que estaba tratando de decirme.
La figura de Tanya aparece delante de mis ojos.
—¡Sorpresa!
