DISCLAIMER:Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación.
***´***Edward***´***
Cuando sorprendo a Tanya en la entrada de mi piso no puedo sonreírle contento, como quizá ella hubiera esperado.
— ¿Qué haces aquí? —le pregunto, después de un instante de duda.
Tanya logra disfrazar su contrariedad, es lo suficientemente lista para entender que cualquier escándalo sería el definitivo golpe de gracia.
—He conseguido volver antes —me contesta con pretendida dulzura—. Quería darte una sorpresa.
Parece recién salida de la peluquería, lleva uno de mis vestidos favoritos y se ha bañado en perfume de los pies a la cabeza. Aprecio el esfuerzo pero, no sabría cómo decirlo, llega tarde.
Se acerca mirándome con ojos felinos.
—Te he echado muchísimo de menos —confiesa, y casi puedo escuchar su ronroneo de gata.
No quiero enfrentarme a ella, no hoy, no ahora. Sigo maltrecho por el espectáculo vergonzoso que me ha ofrecido mi padre. Me dejo caer en el sofá, exhausto.
— ¿Problemas?
—Tanya, estoy cansado —admito mientras me paso una mano por el pelo—. Hay tantas cosas de las que tenemos que hablar..., pero ahora no me parece el momento adecuado. Podríamos ir a cenar mañana, así aclaramos esta situación de una vez.
Ha entendido perfectamente a qué me refiero, pero trata de ganar tiempo y va a por todas. De manera que me quita los zapatos, me masajea los pies, dice que jamás me ha visto tan pálido y me aconseja que descanse.
—Tienes razón —digo, cazándola al vuelo—. Será mejor que te vayas, te llamo mañana por la mañana.
Tanya levanta las cejas y muestra una expresión perpleja.
—Mis padres están fuera de la ciudad —me dice. Y parece tratarse del resultado de un razonamiento—. No tengo llaves para volver a casa. Creía que me quedaría aquí, si no te molesta. Sólo esta noche.
No me deja alternativas, será mejor aclararlo todo lo antes posible.
—Escucha, Tanya...
Pero ella me interrumpe enseguida.
—Ed, cariño, sé que estás cansado. No te preocupes, mañana por la noche hablaremos de todo con tranquilidad. Me quedo a dormir aquí, en el comedor. Sé que hay algo que no va bien, y no quiero ser entrometida; te repito que se trata sólo de esta noche. Si no, no sabría adonde ir...
Siendo considerado, imagino que aclararlo todo ahora sólo nos llevaría a empeorar la sensación de desasosiego, y además al final de una relación importante una última cena de despedida es lo mínimo que puede hacerse.
—Duermo yo en el sofá —la tranquilizo, y voy hacia la cocina para comprobar qué hay en la nevera.
—Te he preparado la cena —me anuncia sonriendo, como la mejor de las amas de casa—. En el horno encontrarás tu asado favorito relleno de alcachofas.
Nos miramos y nos quedamos mudos durante unos segundos. Podía habernos ido de otra manera, es cierto. Si ella hubiera actuado de una forma menos impulsiva, podrían haber pasado muchas cosas que no llegaron a pasar, pero ya es tarde para toda esta actuación. Más de una vez he visto en los ojos de Tanya cosas que jamás hubiera querido ver y ahora también, mientras pone la mesa con esmero y aliña la ensalada, pienso en el hecho de que sus acciones son siempre el resultado de un cálculo muy meditado. Hablaremos esta noche durante la cena, de repente me doy cuenta de que no tiene sentido esperar hasta mañana. Voy a ducharme para luego decirle todo lo que opino.
Cuando llego a la habitación y me quito la corbata, me parece que he estado aguantando el aliento durante no sé cuánto tiempo. El pelo de mi padre y las manos de esa mujer siguen en mis pensamientos. Trato de alejarlo con algo placentero y enseguida aparece la sonrisa de Isabella, tan llena de entusiasmo.
Corro a entrar en Facebook.
Antes de fijarme en los numerosos avisos de la comunidad, me precipito al correo para leer su mensaje.
Tanya se está preparando para la última cena juntos, pero, por lo visto, Isabella cree que estoy a punto de casarme.
"Querido Edward —me escribe—: De niña pensaba en ti casi todo el día. Mi madre me reprendía porque me veía errar por casa con cara de ensueño. A veces soñaba con ser tu princesa, otras una bailarina y tú mi director. Por no hablar de cuando, en la bañera, pasaba horas con el champú en el pelo, me veía como una sirena que te salvaba de un naufragio. Sé que es cosa de ingenuos el primer amor. Algo que no se puede llevar al ámbito de la realidad, sino que debe quedarse en el mundo de la imaginación, porque además, cuando nos encontrábamos en la escuela, a menudo me daba por satisfecha con un saludo y luego huía de ti. Y sé que probablemente intercambiar mensajes contigo y volver a fantasear sin haber vuelto a verte es algo igualmente ingenuo. Como, por otro lado, lo es creerte prisionero de este limbo y esperar que el destino nos permita volver a encontrarnos lo antes posible. Sin embargo yo había creído en ello a pies juntillas, como buena ingenua que cree en los cuentos, en los que las cosas acontecen por arte de magia, curiosamente en el lugar y en el momento adecuado. He creído en ti, en todo lo que nos hemos dicho, y de forma estúpida he imaginado que no había otra mujer en tu vida. Pero, por lo visto, me equivocaba. Según las fotos que he visto, estás a punto de casarte. ¿Es eso posible? ¿De verdad existe otra princesa a punto de arrastrarte lejos de mis sueños? Ahora soy adulta, mis hombros son más fuertes, estoy segura de que lo superaré sin demasiados problemas. De todas formas me voy con una pena: entre nosotros podía haber llegado a nacer algo, algo verdaderamente especial, o a lo mejor nos habríamos encontrado y todo habría acabado con una charla alrededor de la mesa de un bar, pero no lo sabremos nunca, porque yo soy de las de antes y no me gusta molestar a la gente ya ocupada. Muy a mi pesar, te dejo en sus brazos. Con un beso virtual. Como todos los que nos hemos dado hasta el momento".
¿Qué es esto de la boda?
Me basta con ver las fotos en las que me ha etiquetado Tanya para entender lo que ha ocurrido.
Lo que ha pasado es que Tanya, probablemente con la intención de marcar un territorio sobre el que siente que ha perdido el control, ha publicado en Facebook las fotos que nos hicimos en mi casa antes de que se fuera.
Así puestas, sugieren que es una comida para celebrar que hemos fijado una fecha para casarnos. No quiero imaginar cómo le debe de haber sentado a Isabella encontrárselas servidas en bandeja de esta forma.
Quisiera llamarla a través del Skype, pero en este momento no está conectada.
Podría hacerlo más tarde, explicarle todo de viva voz, pero Tanya está al lado y no quiero que se generen mayores malentendidos. Prefiero enviarle un mensaje.
Sin embargo, cuando estoy a punto de escribirle, la veo aparecer de repente. No puedo perder esta ocasión, así que olvido la cena que me espera al otro lado y me pongo a escribir en el chat.
Por muy difícil que sea explicarse por ordenador, pruebo a describirle mi situación con Tanya y trato de convencerla de que entre nosotros ya ha acabado todo. Ella duda, parece que le asusta fiarse de mí. Le digo que he tenido un mal día y no he podido conectarme antes, pero que si hubiera sabido lo de las fotos me habría precipitado a aclararle todo. Y añado: "Me vuelves loco cuando me dices que de niña soñabas con ser mi princesa. Yo también tengo ganas de encontrarte. También puedo esperar a que el destino siga su camino. Como bien dices, por un lado es más emocionante, aunque no te oculto que es arduo resistir la tentación de correr a tu tienda a buscarte".
Duda, me doy cuenta por el tiempo que tarda en contestar. Tanya me llama.
Tengo que despedirme: "Me esperan para una cena de trabajo —le digo, un poco molesto por tener que mentirle—. ¿Nos vemos mañana hacia las dos en nuestro limbo? ¿Qué te parece?".
Isabella accede con una carita amarilla sonriente, pero imagino que no será fácil volver a ganarme su confianza. Me queda el tiempo justo para una última y desesperada apelación: "Confía en mí, Isabella. En mi vida no hay nadie más".
— ¿Qué haces? —me pregunta Tanya, asomándose a la puerta—. ¿No vienes a cenar?
— ¿Por qué has publicado esas fotos en Facebook? —me apresuro a reprocharle.
Tanya saca a relucir una sonrisa formal.
—Sales muy bien en ellas —se justifica—, creía que te gustaría.
—Sabes muy bien lo que opino sobre ciertas cosas. ¿A qué estás jugando, Tanya?
Por fin logro que se quite la máscara.
—Si hay alguien aquí que está jugando, ése eres tú —me acusa rabiosa—. ¿Se puede saber qué problema tienes conmigo?
—Lo sabes muy bien. Ya no funcionamos juntos.
El tiempo apremia, Tanya adopta una expresión indignada y cercana a la histeria, ya la conozco. Puede que abandone este piso incluso antes de que el asado se enfríe.
—¿Y entonces por qué no me dices a la cara que ya no me quieres, que en el fondo jamás me has querido?
—Es lo que estoy tratando de decirte desde antes de que te fueras —le contesto con calma—. Me has decepcionado profundamente y tú lo sabes.
Tanya me fulmina con una mirada de odio y después sale corriendo. La sigo con una triste corazonada.
Una vez en la cocina, coge la bandeja del horno y la tira al suelo. Tengo que despedirme de un asado relleno de alcachofas que tenía una pinta deliciosa.
— ¡Eres un cabrón! —grita enfurecida—. ¡Y yo, pobre ilusa de mí, sigo preparándote sorpresas! ¡No te mereces nada!
Tratar de calmarla sería inútil, cuando se pone así lo único que hay que hacer es esperar a que se le pase. Como era de prever, me mira con los ojos llenos de lágrimas y me acusa de ser un digno hijo de mi madre, embotellado y con denominación de origen, aludiendo a mi trabajo.
Pero, con un cambio inesperado, esta vez, en cuanto se da cuenta de que se está pasando, trata de recuperar el control sobre sí misma. En un instante se seca los ojos y se arregla el peinado.
—De todas formas mañana durante la cena hablaremos largo y tendido de esto —me dice mientras se arrodilla para recoger el asado y volver a ponerlo en la bandeja.
—No, mañana no hablaremos de esto —digo mientras intento esconder una sonrisa de incredulidad, porque su actual locura no tiene precedentes—. Resolvemos este tema ahora, y después lo hablas con calma con un buen psicólogo.
¡Pobre de mí!
— ¿Te estás mofando de mí? —vuelve a increparme—. No te permito que me trates así, ¿está claro?
Admito que me lo he buscado, la sugerencia del psicólogo me la podía haber ahorrado. Aun así sus reacciones me lo ponen fácil.
—Tanya, yo quiero terminar —le digo sin más demora—. No puedo seguir así. He pensado mucho sobre ello, y no eres la persona adecuada para mí.
Sigue gritando un poco más, luego se para, como si de repente se hubiera dado cuenta de las consecuencias de mis palabras.
— ¿De verdad lo estás tirando todo por la borda?
—No soy yo el que ha empezado —le hago notar convencido.
— ¿Me estás dejando en serio?
Mira a su alrededor, algo perdida. Sostiene en sus manos la bandeja del asado que acaba de recoger y la observa con aire mortificado.
—No puedo creer que estés haciendo esto.
—Pues yo creo que deberías haberlo visto venir.
Apoya la bandeja, se arregla el pelo, trata de reponerse. Como si quisiera recuperar la poca dignidad que le queda, me suelta que no quiere quedarse en este piso ni un minuto más. Recoge sus cosas y se dirige hacia la puerta.
—¿Adónde vas? —le pregunto, sin esconder cierta preocupación—. ¿No estaban fuera de la ciudad tus padres?
Su mirada escupe veneno.
—Prefiero ir a casa de una amiga —me contesta— antes que quedarme aquí con un cabrón de tu talla. —Dicho esto, cierra la puerta tras de sí para dejar este piso de una vez por todas... O eso espero.
Como siempre, me pongo a recoger los restos de sus locuras. Una alcachofa ha ido a parar debajo del lavavajillas. Vaya día más absurdo. Uno de esos que te dejan hecho trizas. Incluso he perdido el apetito.
Decido acostarme.
Me sabe mal por Tanya. No soy tan insensible como puede parecer, pero cuando una historia empieza a ir por estos derroteros lo mejor es cortarla de raíz. El sufrimiento es tan tenaz que puede dejarse arrastrar durante años. Mis padres saben muy bien de qué hablo.
Ahora sé a dónde había ido a parar la cabeza de mi padre en los últimos tiempos.
Está viviendo una historia de amor. O a lo mejor sólo se lo está pasando bien. De todas formas, me gustaría que encontrara la energía necesaria para romper su matrimonio. Estoy seguro de que sería una liberación para todo el mundo.
Me duermo pensando en que tendría que encontrar la fuerza para enfrentarme a él. De alguna manera tendré que hacerlo.
En el sueño, se agolpan en mi cabeza imágenes sin sentido: hay manos oscuras con las uñas pintadas de rojo que me agarran, me estiran por todas partes. Cada vez hay más, no me puedo zafar. Si me intento escabullir es incluso peor, se vuelven violentas.
Me despierto en medio de la noche con el aliento entrecortado, sudoroso y con un deseo salvaje de romperlo todo. Y la veo allí, justo en medio de mis piernas. Las manos en mis rodillas y su boca peligrosamente cerca de mi sexo.
— ¿Estás loca, Tanya? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?
Esta vez ha decidido emplear su mirada de cervatillo.
—Lamentablemente no he encontrado a nadie que me acogiera en su casa esta noche —me contesta mordiéndose ligeramente los labios.
La cojo con fuerza por los brazos, tengo que sacarla de ahí. Sigo agitado por el sueño y ella parece salida directamente de una portada de revista. La miro con ganas de desahogarme sobre su cuerpo. Ella deja caer la cabeza hacia atrás para mostrarme su rendición, y yo no puedo aguantarme: la beso con prepotencia en el cuello. Tanya acaricia con sus manos mi pelo y responde al beso con igual pasión.
Sin embargo de repente pienso en las consecuencias y me detengo. Si no lo dejamos ahora, jamás saldremos de este juego.
—Tienes que devolverme las llaves —le digo al tiempo que enciendo la luz—. No puedes entrar así, cuando te dé la gana, y presentarte en mi casa en medio de la noche.
En la penumbra era mucho más seductora. Ahora me mira con rabia. Vuelve a ponerse la camiseta y se mete debajo de las sábanas.
— ¿Qué haces?
— ¿Qué quieres que haga? Duermo —contesta molesta—. Las llaves las he dejado en la entrada. Mañana dejaré de molestar.
Me quedo parado, tratando de poner orden en mis pensamientos. Después me levanto para ir hacia el comedor. Dormiré en el sofá.
Pero los ojos de Tanya me llaman insistentes.
—Quédate y duerme conmigo —me pide, levantando las mantas—. Lo hemos hecho durante año y medio, una noche más no cambia nada.
—Esta noche no —le contesto apoyando una mano en el picaporte de la puerta—.
Todo ha cambiado.
Aquí esta el siguiente capitulo espero que lo disfruten,
gracias a todos por sus comentarios y
YUSALE: Espero que estes feliz al saber lo que le escribió Isabella a Edward
Hasta el próximo capitulo ...
