DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación.
***´***Edward***´***
El timbrazo insistente del teléfono me despierta de repente. Contesto con la voz ronca por el sueño.
Tardo unos segundos antes de darme cuenta de que al otro lado del teléfono se encuentra el padre de Tanya, que me está preguntando dónde está su hija.
—Está en mi casa —lo tranquilizo. Luego me aclaro la voz y le pregunto—: Pero ¿no estabais fuera?
—Ojalá —me contesta—, tarde o temprano tendré que convencer a mi mujer de que se tome unas vacaciones.
Deduzco que Tanya me ha mentido y que seguramente no es la primera vez.
Gracias a ella, me levanto con la espalda rota: estos sofás de diseño, de última generación, no puede decirse que sean cómodos.
Sin embargo cuando voy a la habitación con la intención de cantarle las cuarenta me doy cuenta de que se ha ido. La cama está deshecha, pero en la almohada ha dejado las llaves junto con una nota.
"Tú lo has querido", pone. Y suena amenazante, como todo lo que tiene que ver con ella, por otra parte.
Esta mañana entro en la oficina realizando movimientos bruscos. En mi mente un único objetivo: buscar la fuerza necesaria para enfrentarme a mi padre.
Su escritorio está vacío, si se exceptúan sus inútiles trastos. Cada vez que lo busco, no lo encuentro.
Por suerte Anna, la secretaria, me informa de que el presidente ha llamado justo antes de que yo llegara para citarme a comer en I Piani, el restaurante al que, hasta hace cierto tiempo, íbamos a menudo, también con mi madre. Fantástico, así podremos hablar del tema con toda tranquilidad.
Me espera al final de la sala, sentado a una mesa preparada para tres personas.
Me asalta la sospecha de que también esté a punto de llegar mi madre y su cara tensa parece confirmarlo. Sin embargo, cuando se lo pregunto evita contestarme, e insiste en que necesita hablar conmigo.
—Lo hemos ido aplazando durante demasiado tiempo —me dice.
Estoy total y absolutamente de acuerdo con él.
—En los últimos tiempos nuestra relación no ha sido fácil, me doy cuenta de ello —continúa después de tomar un trago de agua—. Hemos tenido opiniones discordantes sobre el futuro de la empresa. Tu madre ha querido lanzarse a la conquista de nuevos mercados, acompañando nuestros productos merecedores de muchos premios con vinos de calidad inferior, lo que ha dañado la imagen de la empresa. No es ningún secreto que no me siento a gusto dirigiendo un Consejo de Administración que no apoya mis decisiones.
No puedo hacer más que darle la razón. Y a toro pasado creo que algunas de las decisiones que hemos tomado no eran tan previsoras como mi madre y el señor Santi, su hombre de confianza además de administrador delegado de la empresa, esperaban.
—Te he llamado para adelantarte mi decisión de dimitir.
No creía que hubiéramos llegado a este punto.
—No puedes estar hablando en serio.
—He dedicado a esta empresa cuarenta años de mi vida —me contesta, casi con melancolía—. Te puedo asegurar que nunca he hablado tan en serio. Tu abuelo fue como un padre para mí, y tengo que admitir que en el transcurso de los años he aceptado muchas cosas que no iban bien en mi matrimonio entre otras razones por la inmensa estima que sentía hacia él. Pero ya han pasado varios años desde que falleció, y tu madre y yo nos hemos enfrentado a momentos muy difíciles. Es triste constatar que no hemos sido capaces de salir adelante. Pronto te lo comentará ella misma. Hemos decidido divorciarnos.
Estoy bastante aturdido, pero tengo la impresión de haber acogido la noticia con una sensación de liberación.
—Ya eres un hombre —continúa mi padre, al tiempo que coge un trozo de pan—, y estoy seguro de que me entiendes. Como también estoy seguro de que en la empresa saldrás adelante incluso sin mí.
Estas palabras en cambio me queman por dentro. Soy su hijo, tendría que ser lo más importante para él. Sabe muy bien lo mucho que me asusta la idea de quedarme solo en la dirección de la empresa; aun así parece que no tiene intención de dar marcha atrás.
—No puedo creer que hayas decidido abandonar de esta manera. Necesitamos tu experiencia. A lo mejor nos hemos dado cuenta tarde, pero sabes muy bien que la empresa notará muchísimo tu ausencia. Te ruego que lo pienses con detenimiento.
—Ha sido una decisión muy difícil —insiste mi padre, mientras desmenuza el trozo de pan entre sus manos—. Pero al mismo tiempo he meditado mucho sobre ella.
Ya te lo he dicho, eres un hombre, tienes a mucha gente valiosa que trabaja a tu lado, y nunca has necesitado un guía.
Lo sé, es el orgullo el que habla por su boca en este momento. Por lo visto nuestras diferencias cuentan más que el amor que siente por mí.
—¿Y qué harás? —le pregunto, con la mirada cargada de rabia.
—Tengo dinero suficiente para retirarme —me dice, disfrazando la melancolía con una estúpida sonrisa optimista—. Y también he decidido invitarte a comer para que participes de algo maravilloso que me ha pasado.
Me aterra la idea de haber intuido para quién es el tercer cubierto.
—Me he enamorado, Edward —me confiesa, sin poder aguantar el entusiasmo—. De una mujer extraordinaria. En contadas ocasiones he conocido a una persona tan generosa y sensible. Deseo que la conozcas.
No puedo creer que quiera hacerlo: presentarme a esa mujer así, después de meses de silencio. ¿Cree que es suficiente una conversación para recuperar la comunicación con su hijo, decirle que quiere divorciarse, dejar la empresa y presentarle a su nuevo amor? Tiene que haberse vuelto loco.
—Todo esto es absurdo —me limito a afirmar, y lanzo una mirada malévola al asiento vacío.
—Para mí esto es volver a nacer, hijo mío —declara sin titubear un instante—, y descubrir que la vida a veces puede decidir darte una nueva oportunidad.
—¿Y ahora —le pregunto con un tono que manifiesta toda mi contrariedad— qué harás? ¿Te la vas a sacar de la manga y esperas que comamos los tres juntos como una familia alegre?
En su cara el entusiasmo acaba dejando lugar a la pena.
—No te lo tomes así, te lo ruego.
—¿Y cómo tendría que tomármelo? ¿Brindando por tu nueva vida? Felicidades, papá, por todos tus esfuerzos para salvar al menos parte de la que has vivido hasta ahora. ¿Cómo es posible que ni tu hijo merezca una segunda oportunidad?
Esta última declaración me ha salido como un sollozo, y ahora siento cómo pugnan por salir otros, junto con la presión de la sangre, que me causa un hormigueo en la garganta y en las mejillas.
—Espera un momento...
—No, espera tú. ¿De verdad crees que me voy a quedar a comer aquí contigo y con esa mujer como si nada? Podrías haberme ahorrado este mal trago y haber tratado este asunto de otra forma, pero tengo que dejar de una vez de esperar algo de ti. La verdad es que siempre has sido un pobre hombre que hubiera debido divorciarse hace mucho tiempo, o al menos haber tenido el buen gusto de mantenerme alejado de vuestros rencores.
Mi padre está tratando de decirme algo, pero ya es tarde, me he levantado de la mesa y me apresuro hacia la entrada. En el camino atropello a un camarero, haciéndole volcar un plato de espaguetis en el suelo.
Cuando salgo del restaurante, la veo: la mujer de color de manos largas con las uñas pintadas de rojo. Me mira con cara de perro apaleado.
Generosa y sensible, sí, tanto como para conseguir que mi padre haya enloquecido.
No vuelvo a la oficina, lo dejo todo en suspenso, como si ya no me importara nada de nada. Paso por casa, me pongo un chándal y un par de zapatillas deportivas y luego me acerco al parque más cercano para ponerme a correr.
Corro intentando olvidar que lo he perdido, pero al mismo tiempo soy consciente de que en realidad no lo he tenido nunca como es debido.
Corro hasta la puesta del sol, corro hasta que me duelen las piernas y me falta el aliento. Corro esperando que se me pase, pero algo me dice que esto no se irá fácilmente, porque en realidad todo empezó hace mucho tiempo.
Las malas noticias no se acaban aquí. He faltado a mi cita virtual con Isabella, pero no me doy cuenta hasta la hora de cenar, cuando vuelvo a conectarme a la red. No encuentro ni un mensaje, tan sólo una mala noticia en las notificaciones de la página: ella y el sinvergüenza ahora son amigos. Ella y el hombre del que me juró que no quería volver a saber nada han establecido contacto a través de Facebook.
Eso puede significar muchas cosas, no quiero sacar conclusiones precipitadas. Pero el hecho de que ella ya no esté entre mis contactos sólo puede significar una cosa: ha decidido eliminarme de Facebook. Y de su vida entera.
Que opinan?
Espero que les halla gustado y me den su opinion..
Ahora a resolver dudas
Viricruz: Ese comentario segun se lo mando Edward a Bella pero segun en este capitulo el no sabia nada de nada
Yusale: Estoy de acuerdo en todo contigo ^-^
iara: No desesperes aqui esta el siguiente capitulo :-) no quiero que enloquezcas
dany16: Espero que este capitulo halla servido para aclarar tus dudas
Bueno el siguiente martes el ¡Navidad! y por ser esa fecha habrá ¡DOBLE CAPITULO!
Asi que ¡Feliz Navidad! a todos y hasta el siguiente capitulo...
