DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación.


*´*´*´*Isabella*´*´*´*

He decidido eliminar el contacto de Edward. El sistema de Facebook me ha preguntado: "¿Estás seguro de querer eliminar su conexión con Edward Cullen? Esta acción no se puede anular".

No ha sido fácil. Me he quedado en remojo en la bañera toda la tarde, luego me he decidido.

Zas, como sacarse un diente, a la espera de que el dolor pase lo antes posible.

Por otro lado he aceptado a otro amigo, aunque amigo amigo no será nunca, ya que cada vez que pienso en él vuelvo a recordar también nueve años de amor, y me resulta difícil ocultar que durante mucho tiempo he esperado este acercamiento.

Cuando llego a la tienda, a la hora de apertura, me doy cuenta de que los dos estamos levantando los cierres metálicos casi al mismo tiempo. Nos miramos, cada uno desde su acera, y nos sonreímos, como hacía mucho tiempo que no pasaba.

Jake me invita a desayunar en la cafetería de la esquina. Me parece tan raro volver a hablar con él... Hemos estado juntos toda la vida y sin embargo a ratos me paro a preguntarme quién es ese que está a mi lado y si de verdad es él.

Le ha crecido un poco el pelo y ha ganado unos kilos, pero sigue teniendo esa cara de pillo que antes me enloquecía.

—Ayer cerraste la tienda —le digo—. Pusiste la excusa del luto.

—A decir verdad —me contesta casi con dificultad—, no se trataba exactamente de una excusa. Sí que hubo un luto. Más o menos.

—¿Quién murió? —pregunto palideciendo de repente.

—No murió, por suerte ahora se encuentra mejor. Está en el veterinario con suero.

—Pero ¿quién?

Cotton Ball —me contesta—. El pastor de los Abruzos de Leah. Debes de haberlo visto alguna vez por la tienda.

No sabría decir si me alucina más el hecho de que haya estado mal o de que lo hayan llamado Cotton Ball. Por otro lado, qué puedes esperar de alguien que se llama Leah.

—¿Qué le pasó?

—Casi me da vergüenza decirlo...

—¿Por?

—Porque toda la culpa es mía, por vendérselo.

—¿Qué le pasó?

Al final Jake se deja convencer y me cuenta lo que pasó.

—Leah se olvidaba a menudo de darle de comer —me explica—, por esta razón estaba desnutrido; pero lo peor fue que lo dejó sin beber durante casi tres días.

Cuando el veterinario y yo le preguntamos cómo había podido olvidarse de eso, ella contestó que era culpa de Cotton Ball, que jamás le había pedido nada.

¡Dios mío, es peor de lo que pensaba!

—Ya lo sé, no digas nada —se me adelanta Jake, rascándose la cabeza—. Ya me siento suficientemente culpable. Ahora por suerte se ha acabado todo. Mi relación con ella, quiero decir.

Ya está, sabía que tarde o temprano iría directo al grano. Pero no tengo ganas de sacar ese tema, es un camino peligroso. El riesgo es que sin darme cuenta me convierta en la perfecta confidente, y no tengo la menor intención de dejar que eso pase.

—¿Y el otro cachorro? —le pregunto para cambiar de tema—. ¿El labrador?

—Naturalmente se lo hemos quitado. Ahora está en casa de mi madre; por cierto, si supieras de alguien que pudiera estar interesado... ¿Y tú cómo sabías que yo le había vendido también un labrador?

Sabía que me delataría yo sólita... ¿Y ahora qué hago? Podría confesarle que desde que me dejó no hago otra cosa que espiarle desde el escaparate, pero ¿por qué darle también esa satisfacción? ¿No son suficientes las que ha tenido hasta el momento? En la medida de lo posible, trato de limitar el daño.

—El barrio es pequeño, ya lo sabes —me justifico aparentando indiferencia—. Aquí acabas sabiéndolo todo de todos.

—Por cierto, estoy contento de que hayáis decidido no cerrar la tienda. Me gusta la idea de la librería y de los encuentros de lectura. Iré a verte a menudo.

Ésa es la única faceta de todo el asunto que me cuesta digerir: por lo visto, no será fácil librarse de él. Se me ocurre organizar un primer encuentro tan malo que Jake sea el único espectador. A lo mejor acompañado por una nueva pareja con el pelo cardado. Porque, tarde o temprano, encontrará a otra con el pelo cardado, digo yo, y vete a saber durante cuánto tiempo seguiré atormentándome con la mirada pegada al escaparate.

—Estoy contento de volver a verte —admite Jake, que paga la cuenta—. Te veo bien y siempre es agradable hablar contigo.

Me está mirando con esos ojos, lo conozco bien. Tan sólo con que lo intente, volveré a caer.

—Por favor, no le cuentes nada a nadie esta historia de Cotton Ball —me dice cambiando de actitud—, si no, ¿qué van a pensar de mí en el barrio? Sé que eres una amiga y que puedo confiar en ti.

Ya estamos. Sólo faltaba el golpe de gracia. Después de nueve años de amor, ahora me he convertido en una amiga. Y llegados a este punto, la solicitud en Facebook no es otra cosa que la consecuencia de este generosísimo razonamiento. Gracias, Jake. Por nada.

Cuando los días empiezan mal, siempre hay que temer que acaben peor, mi abuela lo dice a menudo, pontificando desde su pesimismo cósmico. Y a veces tiene razón. Como hoy, por ejemplo, que es un día para recibir palos. Dicho y hecho, de vuelta a la tienda, me espera otro.

Increíble, acaba de entrar en la tienda de la madre de Edward Cullen. Y no está sola, sino que la acompaña la ya tristemente conocida Tanya.

Parece que el destino ha pasado de estar desaparecido a perseguirme con saña.

No sólo se ha despertado tarde, sino también malhumorado.

Como hacía años que no se veían, mi madre y mi tía han saludado a la señora Cullen cálidamente y ahora la atienden con la cordialidad que era de esperar. Sin embargo, aunque no conozcan la historia con todos los detalles, me lanzan miradas de preocupación, imaginando que no me ayuda en nada haberme encontrado con ella en la tienda y encima en compañía de la futura nuera.

—Fíjese que le estaba diciendo a la novia de mi hijo —explica la señora Cullen a mi madre— que justo en la escuela de aquí atrás Edward fue a la secundaria. Y hoy ella me trae aquí a comprar... ¿Qué estabas buscando, querida?

—Las postales napolitanas de las que tenéis la exclusiva —le contesta la guapísima Tanya, y luego desenfunda su sonrisa publicitaria.

—¡Lo pequeño que es el mundo! —concluye la señora Cullen.

—Pues sí —le da la razón mi madre—. Es verdaderamente pequeño.

A veces demasiado, añadiría yo. Por suerte, para concluir rápido, mi tía se aleja diciendo:

—Enseguida le acerco las postales, señora.

Mientras tanto mi madre y la señora Cullen siguen intercambiando sonrisas y felicitaciones, hablando del cierre de la escuela, de los buenos tiempos pasados y de los profesores que han quedado; Tanya, cómo no, se me acerca para que pueda admirarla en todo su esplendor.

En vivo es incluso más bella si cabe. Parece falsa, como la sonrisa de su futura suegra. La barriga sigue plana, pero la piel es muy luminosa, como dicen que es la piel de todas las mujeres que esperan un hijo.

—¿Usted utilizaría estas postales pintadas a mano como invitaciones para una boda? —me pregunta, mientras aleja de su cuello un sinfín de rizos.

De mal en peor. ¿Por qué el destino ha decidido castigarme de esta forma? A mí, que siempre he confiado tanto en él. No es justo.

—Depende —contesto tragando quina dolorosamente.

—¿De qué depende?

Y ahora encima adquiere el tono de la típica cabrona.

—De cuántos sean los invitados y...

—En fin, da igual —me interrumpe, liquidando deprisa la conversación—. Mejor hacerlo de la siguiente manera: compro una muestra, se la enseño a Edward, mi novio, y luego decido. A lo mejor vuelvo a pasarme por aquí.

Espero que no.

Dicho esto, vuelve a acercarse a su suegra, que enseguida deja de charlar con mi madre e insiste en pagar la cuenta.

Abandonan la tienda mirándose con coquetería, como en las mejores familias, y enseguida mi madre y mi tía se me acercan preocupadas. No tengo intención de abrir la boca ni de fingir que todo está bien; me limito a pedir permiso para volver a casa.

—Confiamos en la promesa de que te tomarías en serio la organización de la nueva librería... —se atreve a recordarme mi madre, pero mi tía le da un codazo y susurra que es mejor que hoy me dejen en paz.