DISCLAIMER:Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación de la historia de Simona Sparaco
Edward
Esta noche es el cumpleaños de Emmett. En contra de lo que todo el mundo esperaba, no ha organizado su habitual fiesta para más de mil personas en el local de moda de la ciudad. Este año seremos en total unos cincuenta, en la terraza de su casa. Síntoma de que la tal Rosalie a sus dieciocho años está consiguiendo que madure un poco.
Viene excitadísimo a abrirme la puerta. Me lleva a un aparte para decirme dos cosas que considera extremadamente importantes: una es que Rosalie ya está allí y se muere de ganas de presentármela, la otra es que lamentablemente también ha venido Tanya, y me asegura que él no la había invitado.
Ya se acerca a saludarme. Emmett nos deja solos un poco cortado.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto.
—He sido amiga de Emmett durante un tiempo —me dice—, quería felicitadlo en persona.
¿Cómo no se da cuenta de que está completamente fuera de lugar? Sigo pensando que necesitaría ver a un buen psicólogo. No quiero hablar con ella cuando se vuelve tan entrometida. Además no hay quien la aguante.
—¿Adonde te vas?
—A la fiesta, Tanya. Y a decir verdad, tu presencia aquí no es grata.
Baja la mirada, humillada. Sus suspiros de perro apaleado consiguen que me sienta como un gusano asqueroso.
—Me voy —me dice—. Había venido para verte. La verdad es que tu ausencia me lleva a portarme de forma ridícula. Te pido perdón.
Se acerca al ropero para recoger su chaqueta, pero su victimismo hace que me sienta culpable.
—Soy yo quien te pide perdón, quédate —la detengo—. No haces el ridículo.
Tienes toda la razón, Emmett es también amigo tuyo y estoy seguro de que se alegrará si te quedas para celebrar su cumpleaños.
—¿Y tú —me pregunta— también te alegrarás?
Podría contestarle que sí y estoy seguro de que dentro de poco volveríamos a vernos y hablar como si nada, o en cambio decirle que no y quedarme con el sentimiento de culpabilidad. Prefiero escoger una respuesta más ambigua.
—Quiero que estés bien —le digo—. Tampoco es fácil para mí, pero tenemos que ser pacientes.
Tanya se da por satisfecha con mi ambigüedad y decide seguirme al comedor.
Ya ha llegado más o menos todo el mundo.
En medio de la confusión, una chica jovencísima, con un vestido mínimo, me mira con insistencia.
Mientras saludo a los amigos, ella no deja de mirarme con un descaro que resulta casi violento. Después llega Emmett y la besa en los labios, entonces entiendo que se trata de Rosalie y mi incomodidad crece de manera exponencial.
—Ed —me llama Emmett—, ven, te quiero presentar a una persona.
Me acerco, y los ojos de Rosalie no dejan de mirarme fijamente, como si quisieran hacerme una radiografía. Tanya me sigue sin enterarse.
—Ella es Rosalie —me dice Emmett sonriendo—. Y él es Edward, te he hablado mucho de él.
La chica alarga una mano con cara de pasmada.
—Te había reconocido —me dice—. Eres Edward Cullen, no podía imaginármelo.
Ahora es Emmett quien se siente incómodo, y Tanya da un paso más para acercarse y enterarse mejor de lo que está pasando.
—Soy la prima de Isabella Swan —me explica Rosalie sin entusiasmo, que aparta su mano nada más estrechar la mía. Luego se dirige a Emmett—: Me has hablado mucho de él, sí, pero no me has contado lo más importante. —Me mira con indignación—. Tu amigo espera un hijo y está a punto de casarse.
Tanya retrocede. La miro sin entender nada. Ella también parece sorprendida, pero su forma de torcer la boca y abrir los ojos de par en par resulta algo forzada.
—Tiene que haber un malentendido —le explico a Rosalie, sorprendido y al mismo tiempo contento de descubrir que es la prima de Isabella.
—Ningún malentendido —me contesta, todavía molesta—. Tu mensaje en Facebook lo dejaba bien claro. Le has pedido que te eliminara de sus amigos y ella lo ha hecho. Ahora eres libre de vivir tu vida, así que déjala a ella en paz.
Emmett está en apuros.
—Rosalie, por favor...
—No, Emmett, no te preocupes —lo tranquilizo.
—¿Quién es la tal Isabella? —pregunta Claudia, aunque su expresión sigue sin convencerme, como si tratara de disfrazar su creciente ansiedad.
—¿De qué mensaje hablas? —insisto.
—Se lo has enviado tú —me contesta Rosalie—, tendrías que saberlo.
—Yo no le he enviado ningún mensaje de este tipo.
—¿Se puede saber de una vez quién es la tal Isabella? —pregunta de nuevo Tanya, aún más tensa.
—Ésta tiene que ser la famosa Tanya, tu futura esposa y la madre de tu hijo —afirma Rosalie, que emplea un tono más cortante a cada instante que pasa—. Estamos todos muy contentos por vosotros, así que ahora deja de molestar a Isabella y tú cásate en paz.
Emmett vuelve a intervenir:
—Rosalie, ahora cálmate. Tiene que haber un error. —Luego me mira en busca de ayuda.
Tanya en cambio trata de evitar mi mirada, se la ve irritada, hasta que al fin logro entender el porqué de su extraña expresión.
—¿Tú no sabes nada de esta historia del mensaje?
Tanya se aleja molesta.
—¡Eh, no me mires de esa forma! Estáis locos y no tengo ganas de dejarme arrastrar por vuestra locura.
La sigo hasta la entrada, la agarro por una muñeca y la obligo a enfrentarse conmigo.
—¿Escribiste tú ese mensaje? Te conectaste a Facebook desde mi ordenador la última noche que dormiste en mi casa, ¿no es así?
Tanya resopla, alzando los ojos al cielo.
—No sé de qué estás hablando, Edward. Déjame salir, no quiero quedarme en esta casa ni un minuto más.
Está mintiendo, es tan evidente...
—¿Cómo has podido hacerme esto?
—¿Y tú qué? —De repente cede y vuelca encima de mí todo su rencor—. ¿Y todas esas idioteces que os habéis escrito sin que yo supiera nada? El destino, que haría que os encontrarais, y otras bobadas de muy mal gusto que ya ni recuerdo.
—Lo tuyo sí que ha sido un acto de mal gusto —le contesto indignado—. ¿Cómo has podido atreverte a entrar en mi página y escribir un mensaje como ése? Eres tan mezquina que no sé qué decir.
—¿Y te atreves a llamarme mezquina? ¡Tú y esa quiosquera dais lástima!
—Tú sí que das lástima, Tanya. ¡No eres digna ni de atarle los zapatos!
—Esto es demasiado. Déjame ir, no quiero escucharte ni un segundo más.
Esta vez dejo que recoja su chaqueta del ropero sin mover un dedo.
—Muy bien, vete —añado—. No quiero volver a verte nunca más.
A nuestro alrededor se ha agolpado un pequeño grupo de invitados. Tanya sale del piso diciendo:
—¿Qué estáis mirando? —Después baja las escaleras a toda prisa y desaparece de mi ángulo de visión.
Mi primer pensamiento es volver junto a Rosalie. Tengo que hablar con Isabella y explicarle lo que ha pasado.
Emmett ha conseguido calmarla, ahora parece dispuesta a escucharme.
Esperamos la llegada de la tarta de Emmett contándonos la historia con todo lujo de detalles. Ella quiere darme el número de teléfono de Isabella, pero yo prefiero su dirección.
Ella y Emmett me acompañan hasta el coche.
—Esta noche Isabella iba a una fiesta de disfraces —me explica Rosalie—. Si vas ahora todavía estará despierta.
Subo al coche después de darle las gracias.
—¡Qué lindo, encima tienes un Porsche! —añade con un deje infantil y simpático en la voz.
Emmett y yo intercambiamos una mirada divertida, luego arranco y me despido.
Sin embargo, cuando llego a la casa de Isabella pienso que a lo mejor me estoy volviendo entrometido. Para nuestro primer encuentro ella quería algo especial.
Recuerdo una promesa que le hice hace muchos años y, cuando otro coche me hace señales detrás, decido alejarme mientras maquino un plan alocado.
