DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación de Simona Sparaco.


*´*´*´*´*Isabella¨*´*´*´*

Me despierta la insistencia del timbre del telefonillo, que por poco no me agujerea un tímpano. Será Félix, con una de sus tragedias. Me arrastro hasta la entrada.

—¿Quién es?

—¡Soy Rosalie! Estoy aquí con Ángela, ¡hemos hecho novillos para hablar contigo! ¡Abre la puerta de una vez!

¿Se han vuelto locas? ¿Saben qué hora es?

Ya ves, las ocho. Ni he oído el despertador. Y el dolor de cabeza es, como mínimo, insoportable. Será culpa del mojito que tomé ayer por la noche.

No me da tiempo ni a abrir la puerta y ya Rosalie y Ángela entran corriendo en casa presas de una gran agitación.

—Llevamos toda la noche tratando de llamarte, ¡siempre tienes el móvil apagado!

—Sus voces se solapan y no se entiende nada, creo que sigo durmiendo y que esto es una pesadilla.

—¡Silencio! —Las regaño mientras pongo el agua a hervir, porque necesito urgentemente un café—. ¡De una en una, por favor!

—¡Se trata de Edward Cullen! —me explica Rosalie, y con tan sólo oír ese nombre recupero enseguida toda la lucidez necesaria para seguir cualquier tipo de razonamiento.

—¿Qué ha pasado?

—No te lo vas a creer... —continúa, y se detiene a tomar aliento—. ¡Ayer por la noche me lo encontré! Parece increíble, pero ¡es el mejor amigo de Emmett! Habré oído hablar de él al menos un millón de veces, pero no podía imaginar que fuera él, ¿me entiendes?

El destino no para de servírmelo en bandeja de plata, precisamente ahora que estaba a punto de dejarme en paz. No es justo. Sin embargo tengo la sensación de que, para bien o para mal, lo que Rosalie está a punto de decirme tendrá consecuencias importantes en mi vida.

—¿Y entonces? ¿Qué increíble acontecimiento se produjo? ¿La tal Tanya dio a luz un equipo de futbol?

—¡Sí, se trata exactamente de Tanya! ¡Es todo falso! Te lo juro, ¡se lo ha inventado todo! ¡La he visto yo con mis propios ojos! ¡Es una cabrona! ¡Y él está como un queso!

Está tan alterada que sigo sin entender nada.

—¿Puedes explicarte bien?

—Lo que Rosalie está intentando decir —interviene Angela más calmada— es que ayer por la noche encontró a Edward en la fiesta de Emmett y ha descubierto que ni tiene novia ni espera ningún hijo.

—Eso ya lo sabía —la corrige rápidamente Rosalie—. Habré oído hablar de él un millón de veces, ¡y hasta sabía que andaba metido en una relación virtual en Internet! ¡Sólo que no podía imaginar que se tratara del mismo Edward!

Vuelvo a quedarme completamente confundida, puede que por mis pulsaciones, que han subido hasta el infinito.

—¡No lo entiendo!

Han vuelto a hablar las dos a la vez. Al final Angela logra salirse con la suya y continúa ella sola:

—Tanya se lo inventó todo para alejaros al uno del otro...

—¡Sí! Imagina qué cabrona, de alguna forma logró acceder al ordenador de Edward y ¡escribirte ese mensaje fingiendo ser él!

—¿Habláis en serio?

—Te lo juro —insiste Rosalie—. Sé que parece increíble, pero ¡así es! Ella es una arpía, se leyó todos vuestros mensajes y después te escribió el que recibiste.

Naturalmente, después lo borró para que Edward no entendiera el porqué de tu repentino alejamiento. El se limitó a observar que lo habías eliminado y cuando intentó volver a solicitar tu amistad y tú lo rechazaste pensó que no querías volver a saber nada de él. Además Facebook le había notificado que tú y Jake habíais vuelto a ser amigos y por lo tanto creyó que habíais vuelto a salir juntos y que por esa razón no querías volver a hablar con él. ¿Te das cuenta?

Felicidad, no lo sé. Es un extraño amasijo de emociones. Lo único que sé es que pocas veces los latidos de mi corazón habían ido tan rápido.

—¿Entonces no espera ningún bebé?

—¡Qué va! Es más, ayer por la noche la mandó a paseo delante de todo el mundo. ¡Estaba fuera de sí!

¡Dios mío, que alguien me diga que no estoy soñando!

—Luego quería tu número de teléfono...

—¿Y se lo diste? —le pregunto esperanzada.

—No me dio tiempo, ¡porque después cambió de idea y me pidió tu dirección!

Lo sabía, ese cabronazo del destino vuelve a jugárnosla. Tengo que entrar en Internet y decirle que quiero verlo lo antes posible. El destino ya me da igual, ahora mismo lo odio, estoy segura de que no nos había preparado, ninguna sorpresa, tenía sólo la intención de volverme loca.

Me arreglo el pelo y me asomo a la ventana, con la estúpida idea de sorprenderlo en la acera, a lo mejor blandiendo un ramo de flores como Richard Gere en Pretty Woman.

Naturalmente no hay nadie. Tengo que correr a Facebook. Angela y Rosalie me siguen impacientes.

Mientras el ordenador se conecta a la red, la puerta de entrada se abre.

Entra Felix, todavía más alterado que Rosalie y Angela hace un instante.

—He recibido vuestros mensajes ahora mismo —nos dice—. Entonces, ¿es verdad lo que me habéis dicho sobre Edward Cullen?

—¡Sí que es verdad! —le contestan al unísono las chicas.

Estoy sorprendida.

—Pero ¿no estabas con Rodrigo?

—¿Por qué? ¿Volvéis a estar juntos? —pregunta Rosalie.

—¡Parece que sí! —grita Felix todo excitado. —Para ti esta hora todavía es de madrugada, ¿cómo has conseguido despertarte?

—Mujer, ¡ante una emergencia "Edward Culllen" no se le pueden pegar a uno las sábanas!

Un instante más tarde nos agolpamos los cuatro alrededor del ordenador.

No está conectado como esperábamos, pero descubrimos que me ha enviado un mensaje. Sin duda el más romántico que jamás se haya escrito.

Querida "niña del colegio" —dice Edward—, hay tantas cosas que decir que no sé por dónde empezar. Espero que tu prima Rosalie ya te haya comunicado lo esencial: no espero ningún hijo y, si antes Tanya pertenecía al pasado, ahora ni siquiera quiero oír su nombre.

Ayer por la noche hubiera podido llamarte, estuve a punto de conseguir tu número, pero luego pensé que tu romanticismo habría preferido, con mucho, verme debajo de tu casa en medio de la noche. Una vez llegado delante del portal, cambié de idea: ese tipo de sorpresa en las condiciones actuales de nuestra "relación", si así se la puede llamar, habría podido incluso resultar entrometida. Entonces pensé en algo mucho más especial para nuestro primer encuentro.

Estoy completamente convencido de que la sorpresa que el destino tenía pensada para nosotros era que nos encontráramos en Facebook, porque hoy en día es una herramienta como cualquier otra, un lugar como cualquier otro, al fin y al cabo.

Pero, como mereces mucho más que una herramienta como cualquier otra, un lugar como cualquier otro, se me ha ocurrido que el sitio ideal para nuestra primera cita es la ciudad con la que siempre has soñado y que todavía no has podido visitar.

En el aeropuerto te espera un billete electrónico, el avión sale a la una. Sólo tienes que atreverte a subir y dejar definitivamente el pasado atrás. Te esperaré delante del Hotel de Ville, debajo del cartel de la parada del metro, no tiene pérdida. He calculado que estarás allí sobre las cuatro de la tarde. No te preocupes, esperaré todo el tiempo necesario, pero si no te veo llegar, captaré el mensaje y volveré a casa, con un pequeño gran pesar: el de no haber podido volver a verte en persona.

Más tarde, si quieres, podrás respirar por primera vez el aire de París y verme en carne y hueso, como hasta hace pocos días esperabas. Sinceramente deseo que no haya cambiado nada.

Te espero.

Dios mío.

—¡Estáis locos de remate! —se pone a gritar Félix, dando saltitos histéricos por todo el comedor.

Los cuatro tenemos los ojos húmedos por la emoción, incluso la rebelde Rosalie.

En ese mismo instante le llega un mensaje al móvil: es Emmett, que le pide que me diga que me conecte corriendo a Facebook.

Hecho. Ahora sólo tengo que volar a París. Como en una peli romántica. La primera que me viene a la mente es Algo para recordar. Así que estas cosas no le pasan sólo a Meg Ryan...

Me tiemblan las piernas. Me voy a París. Lo veré allí. ¿Es una broma? ¿Y quién puede sobrevivir a todo esto? Como mínimo me dará un infarto en cuanto las ruedas del avión rocen la pista del aeropuerto Charles de Gaulle. Siempre hay gato encerrado.

—¡Tranquilízate! —no para de repetir Felix, consiguiendo ponerme todavía más nerviosa.

Me parece que me falta tiempo para organizarme. No sé por dónde empezar.

Por suerte mi hermana se encarga de la parte práctica y se pone a buscar una maleta. Encuentra una bolsa de viaje medio rota en el trastero, debajo de seis dedos de polvo.

—Eres una trotamundos —ironiza Felix mientras me peina—. Verás que París superará cualquier expectativa —continúa, casi más emocionado que yo—. Recuerda, mi amor, ¡querré todos los detalles! ¡Y prométeme que te pondrás las botas con el servicio de habitaciones! —Es mi sueño desde siempre: ¡atiborrarme con el servicio de habitaciones de un hotel de cinco estrellas!—. Ah... —concluye, ya en un estado de ensueño—. Estar o Bienestar, ¡yo sabría dónde estar! Palabra de Guillermo Agitaperas.

Delante del armario abierto, Rosalieestá seleccionando cuidadosamente la ropa.

—¿Y esto qué es? —pregunta sacando un jersey de punto con ochos.

—¿Y tú qué crees?

—Como mucho puede servir de minivestido —propone, y continúa con sus pesquisas en el armario, en busca de algún vestido escandalosamente corto que me siente bien.

Estoy demasiado trastornada para tomar la iniciativa, lo dejo todo en sus manos.

Antes de llegar al aeropuerto tengo que pasar por casa de la abuela para recoger el pasaporte, me temo que para dejar el país el carné de conducir no es suficiente, y sobre todo tengo que decirles a mi madre y a mi tía que me voy a París. Les va a dar algo.

Se ocupa Rosalie y las llama poniendo el altavoz del teléfono de casa.

—¡Hoy Isabella no va a trabajar! ¡Se va a París!

—Pero ¿qué dices? —contesta mi madre desconcertada—. ¿Rosalie? ¿No estás en la escuela?

—No hemos ido, ¡se trataba de una emergencia romántica, mamá! —interviene Angela, mientras dobla la ropa en la bolsa de viaje.

—Angela, ¡tú también! ¿Habéis perdido el juicio? ¡Pásame a tu hermana!

—Mamá, ¡Edward me ha invitado a París! ¡Estoy demasiado emocionada para explicártelo todo, y además no tengo tiempo! ¡El avión sale a la una!

—¿De qué me hablas? —Luego desiste y se despide a medio camino entre el shock y la felicidad—. Por favor, ten cuidado, ¡no seas imprudente! —añade con un deje de resignación en la voz.

En un momento estamos listos para irnos y ya tengo la bolsa colgada del hombro.

Antes de salir de casa sin embargo echamos un vistazo al reloj y nos damos cuenta de que apenas son las nueve y media. Llevamos un ligerísimo adelanto, diría yo.

Al menos los cuatro aprovechamos para recuperar el aliento.

Dejo la maleta en el suelo.

—Tienes todo el tiempo del mundo —me tranquiliza Felix—. Tienes que ir a ver a tu abuela, ¿verdad?

—Sí, y la casa de la abuela no está de camino, de manera que cojo el coche y luego vuelvo a pasar por aquí, así cargamos la maleta y me acompañáis al aeropuerto. ¿Os parece bien?

—Perfecto, entonces nos vemos en un ratito.

Como en toda peli romántica que merezca ese nombre, siempre hay un golpe de efecto en el último instante.

El mío se llama Jake y me lo encuentro delante del portal.

—Estaba preocupado —me dice, después de saludarme cabizbajo—. Hacía tiempo que no te veía en la tienda, tu tía me ha dicho que has tenido gripe.

Lo conozco demasiado bien, podría descifrar cada uno de sus pasos: si no tuviera algo importante que decir, no habría venido hasta aquí.

Me siento violenta, levanto la mirada hacia la ventana para ver si Felix o las chicas se han asomado. Por suerte está cerrada.

—Tengo prisa, Jake. ¿Podemos hablar en otro momento?

Él también me conoce al dedillo y sabe que en este preciso instante estoy huyendo de él: por primera vez en diez años mi mente está ocupada en algo más importante.

—¿Adónde vas?

Podría decirle "a París" y gozar del espectáculo de su desesperación, pero al fin y al cabo ¿de qué espectáculo estamos hablando? Es mi Jake: si él sufre, yo también; siempre ha sido así.

—Tengo que ir a una cita —le digo, tratando de alejarme—, y no puedo llegar tarde.

Jake baja la mirada. Hay algo entrañable en su manera de apartarse.

—No te entretengo —me contesta con voz apagada—. Hablaremos otro día.

Nos miramos, nos quedamos en silencio durante no sé cuántos segundos.

—¿Qué querías decirme?

—Es un largo discurso. Nos vemos otro día.

Me pone de los nervios cuando se porta así. Se hace de rogar, necesita sentirse importante, como siempre he dejado que se sintiera, por otro lado. Pero esta vez no tengo ganas de perder el avión por dejar que esa mirada me la juegue, de manera que me despido y voy hacia el coche. Cuando llego a la portezuela, sin embargo, es más fuerte que yo: me doy la vuelta y lo busco. Sigue allí en la acera, en la misma posición en la que lo he dejado. Mi mueca resignada lo convence de cruzar la calle.

Se me acerca con un suspiro larguísimo.

—Si pienso en lo que te he hecho pasar, me siento como un gusano asqueroso —admite, y se mete las manos en los bolsillos, lo que muestra su incomodidad.

—He pasado página —le digo con una sonrisa poco persuasiva. Sé exactamente adonde quiere ir a parar, y antes creía que eso era lo único que deseaba. Hubiera vuelto con él, sin condiciones, con todos sus animales y su comida para perros.

Maldito.

—Leah ha sido una equivocación —continúa, con la mirada clavada en el suelo.

Con un pie golpea una piedrecita—. Hace tiempo que pienso en ello, te he echado mucho de menos, Bella. De nuestras pequeñas vidas, siempre has sabido sacar lo mejor.

Mientras habla, acuden a mi cabeza las fotos en Facebook, sus buenos momentos, el viaje a Perú, las hogueras en la playa. Vete a saber la de veces que le diría "te quiero" y que le hablaría de mí, ninguneándome, como sabe hacer él cuando olvida el respeto por las cosas importantes.

Lo miro tratando de recordar las razones que me empujaron a aferrarme a él durante tanto tiempo. Porque ésa es la verdad, durante casi diez años me aferré a él con todas mis fuerzas, creyendo que si me dejaba yo caería en el infierno. Y cuando nos alejamos, en realidad, seguía amarrada a su recuerdo. Estaba segura de que no conseguiría salir adelante. Pero al final pude, lo dejé ir y no he caído en ningún sitio. Es más, ahora voy a volar hacia París.

Deseo que siga hablando, porque necesito encontrar esas razones y darle un sentido a diez años de vida juntos. Pero no encuentro nada. Sólo a un chiquillo asustado por la idea de quedarse solo. Alguien que siempre creció sobre mis debilidades para sentirse más fuerte. Y no hay rabia en esa constatación. Mi rabia también se fue a algún lugar, junto con mi amor por él.

De pronto lo interrumpo.

—Me voy a París —le digo. No con la intención de que sufra, sólo para que se libere del recuerdo desfasado que guarda de mí, de la niña sometida que le daba demasiada importancia—. Hay otra persona en mi vida, ahora tengo que irme porque ya no tengo más tiempo.

Jake retrocede, casi aturdido; luego saca todo el orgullo que le queda para despedirse, aunque solamente dándome la mano con frialdad, distante, la misma actitud pueril que cuando decidía quién podía entrar en la discoteca y quién no.

Siempre ha disfrazado la falta de seguridad con un toque de arrogancia.

—Cuídate, buen viaje —me dice expeditivo, como hablaría Fonzie en Happy Days.

Mi Fonzie se va, escondiendo al mundo sus pequeñas heridas, y yo subo al coche pensando que la época de los happy days y de las entradas a la discoteca nunca ha estado tan lejos de mí. Ahora me preparo para ir hacia una nueva aventura para adultos, que empieza desempolvando el pasaporte, olvidado desde hace no sé cuánto tiempo en casa de mi abuela.

Subo deprisa las escaleras de su edificio, porque se ha roto el ascensor. Lo típico cuando no tienes tiempo.

La asistente social me abre la puerta y yo corro al viejo estudio del abuelo para recoger el documento. Luego vuelvo atrás, hacia la entrada, y paso por la habitación de la abuela.

La puerta está entornada: un corte en la oscuridad, ese aire saturado de saliva y dentadura, de piel arrugada, fina, casi transparente. La abro ligeramente y veo la habitación en penumbra.

La abuela está tendida en la cama totalmente vestida, con los zapatos puestos y una hoja de papel en el regazo. Normalmente no descansa a esta hora.

Parece que se ha quedado dormida de repente, mientras estaba leyendo algo. Al verla así, me asusto. Tengo miedo de acercarme y descubrir que ha dejado de respirar. Podría ser hoy ese día en el que a veces me da por pensar, pero me estremece tanto que mejor no mencionarlo.

—Abuela —la llamo desde el umbral, al principio casi un susurro, con el corazón que vuelve a latir con fuerza—. ¿Abuela? Estoy a punto de irme, ¿me oyes? ¿Puedo entrar a despedirme?

No hay nada que hacer, no da señales de vida. Empiezo a preocuparme en serio, doy un paso hacia delante y otro más. Vuelvo a llamarla.

Esta vez, por fin, mueve un poco una mano, dejando que el rosario se deslice entre sus dedos. Los ojos, como comas rosas en medio de dos extremidades de carne suave, se abren justo un instante para dejar brillar las pupilas, luego se cierran.

—Está cansada —me explica la asistente social desde el pasillo—. Esta mañana se ha levantado muy pronto para el análisis de sangre.

Gracias, Señor. Hoy no es ese día. Ya puesta, aprovecho para quitarle los zapatos y poner el rosario en el joyero. Recojo la hoja que se le ha quedado en el regazo.

La cojo y me doy cuenta de que no se trata de un documento cualquiera, sino de un pequeño secreto: es una carta para el abuelo que ya no está. Esta vez no puedo resistirme.

Mi querido Cesar adorado —escribe la abuela con la caligrafía de una niña—. Te doy las gracias de todo corazón por haber cuidado de nuestro comercio. Tus hijas dicen que estamos a punto de dar un salto cualitativo, pero ya sabes en estos tiempos majaderos cómo se ponen de moda ciertos saltos, sobre todo cuando se llena uno la boca de palabras como "cualitativo". Me mantengo en la opinión, mi adorado Cesar, de que lo importante es que el comercio no se mueva de allí, que se quede donde está.

A veces, cuando voy a dormir por la noche, me parece sentir que tiran de la cuerda, la que nos tiene atados desde que nos cortejamos por primera vez, y que tú, con tu primer beso, me ataste alrededor del corazón. Cuando volaste al cielo para unirte a Jesucristo, estaba segura de que esa cuerda no iba a tardar en arrastrarme a mí también. En cambio me quedé aquí, ya no sé durante cuánto tiempo.

Cuando, ciertos días, me dejas sola y vuelves allá arriba, me gusta imaginarte desenredando los ovillos que se habrán creado con todo este "subir y bajar".

Cuando hayas terminado de deshacer bien los nudos, estoy segura de que empezarás a tirar del hilo para llevarme contigo. Cuando me paro a pensar en ello, me parece ver un agradable parpadear de luces en la oscuridad de la noche. Y estoy lista, sí. En serio, estoy lista. Ahora que además el comercio se queda donde está, y de eso podemos estar seguros, me iré con el corazón aliviado.

El telefonillo empieza a sonar enloquecido, mi abuela se despierta, abre los ojos y me ve con la carta en las manos y una sonrisa de ternura impresa en la cara.

—¡Fuera de aquí! —Me quita la hoja de las manos, algo molesta.

—La estaba poniendo en su sitio —trato de justificarme.

—¡No me vengas con necedades! —Isabella —me llama la asistente social—, están aquí Rosalie y Angela. Te están esperando. ¡Tienen prisa! Rayos, se ha hecho muy tarde. La abuela sigue refunfuñando, mientras dobla la carta con cuidado.

—¡Tengo que irme, abuela! ¡Perdona, te quiero! —Ya, ¡para vosotras, desgraciadas, todo es siempre muy fácil! —sigue quejándose. Vieja gruñona, adorable como pocas en el mundo.

Delante del edificio de la abuela hay un taxi con Felix, Rosalie y Angela esperándome.

—¡Sube! ¡Corre!

—¿Y el coche?

—No nos da tiempo, ¡tienes que volar! ¿Te has vuelto loca, quieres perder el avión?

—Pero ¡si son las doce menos cuarto!

—¿Y no sabes que al aeropuerto tienes que llegar mucho antes? —sigue reprochándome Félix, mientras le pide al taxista que vaya más rápido—. ¿En qué mundo vives, mi amor? ¡El hecho de que guardes el pasaporte en casa de tu abuela lo explica todo!

—¿Y el teléfono? —se suma Rosalir—. ¿Sabes que los móviles se han inventado para que la gente se llame?

—Te esperábamos en casa, ya no sabíamos qué hacer —añade mi hermana—. Y ahora encima estamos en un atasco. ¿Se puede saber para qué tienes el cerebro? ¿Quieres ir a París o no?

Por lo visto, Jake la abuela y el abuelo que ya no está se han puesto de acuerdo para que pierda el avión. Todo como en un perfecto guión romántico. Sólo que nos encontramos en el mundo real, y si al final lo pierdo esta historia acabará mal incluso antes de empezar.

La azafata en el check-in es inamovible.

—Hemos cerrado el embarque —nos dice—. Puede ir en el siguiente vuelo.

Los chicos me miran indignados. Felix vuelve a la carga.

—¿En qué estabas pensando? ¿Que el avión te esperaría? ¿Quién te has creído que eres? ¿Meg Ryan?

Si embarco en el vuelo siguiente, llegaré a la cita con dos horas de retraso. ¿Y si no me espera? ¿Qué hago yo sola en París?

—Por suerte no eres Meg Ryan y esto no es una peli —nos asegura Angela, con la lucidez necesaria—. Rosalie le dirá a Emmett que llame a Edward para que te espere.

—¿Señorita Swan? —me llama la azafata del check-in—. Aquí hay una carta para usted. Es algo que normalmente no hacemos, pero mi compañera recibió instrucciones precisas al respecto. Aquí la tiene.

Me acerca un papel. No me lo puedo creer, es de Edward.

"Si perdieras el avión —me escribe—, la azafata tendría que entregarte este mensaje. No te asustes, Isabella, sé que no estás acostumbrada a viajar, y no soy tan desconsiderado como para arriesgarme a que deambules perdida por París. Ni estoy tan loco como para esperar durante horas delante del ayuntamiento sin saber si has llegado o no: cuando aterrices en el aeropuerto, encontrarás a un chófer esperándote. Naturalmente estará allí para llevarte junto a mí. Mantén la calma, todo irá bien. Sube en ese avión, no te hagas de rogar".

Esta vez lloro de verdad. ¿Qué he hecho para merecer un hombre tan romántico y previsor?

Los chicos se despiden cuando embarco, casi más emocionados que yo.

Le encomiendo Matita a Felix.

—¡Y no le permitas que destroce mi cama! ¡Esa loca, cuando se siente abandonada, me juega malas pasadas!

—Me los llevo a los dos a casa de Rodrigo, ¡no te preocupes, mi amor!

—¿Por qué? ¿Te vas?

—¡Ya era hora! Te lo he dicho, volvemos a estar juntos.

Creía que escucharía esta noticia con una sensación de liberación, pero en realidad no me gusta la idea de que de repente me deje sola.

—No pongas esa cara, ¡tonta! —me anima Félix, bromeando—. ¡Tu cocina azul está a salvo, ya no corre el riesgo de volar por los aires por culpa de un fuego que se ha quedado encendido!

Al subir al avión me digo: "Graba en tu memoria cada instante, Isabella. Éstos son los momentos que marcan la diferencia. Un día se los contarás a tus nietos tratando de retener las lágrimas".

Unos minutos después estamos en el aire y la ciudad se vuelve pequeñísima debajo de mis ojos, hasta que empezamos a volar sobre el mar. Creo que es la primera vez que lo veo desde la ventanilla de un avión: tan infinito que da vértigo.

Con sólo mirar hacia el horizonte me relajo.

Edwad tenía razón: a la salida del aeropuerto Charles de Gaulle hay un chófer en uniforme que sostiene un cartel que lleva escrito mi nombre. Me estaba esperando. En francés sólo sé decir merci. Espero que no me haga demasiadas preguntas.

Me deja subir en su lujosa berlina, tratándome como a una princesa. Estoy aturdida, no paro de repetir merci y mirar alrededor.

Estás en París, Isabella, como siempre habías soñado. Y también el aire es distinto, más fresco, y todavía más efervescente por el sonido de ese idioma elegante que tú también quisieras aprender.

Durante el trayecto en coche me sorprendo embobada mirando el paisaje más allá de la ventanilla. Incluso la periferia no parece estar nada mal. Sin embargo, cuanto más nos acercamos al centro y cuanto más se deja descubrir París, mis ojos, acostumbrados a los fotogramas que la han hecho famosa, empiezan a reconocerla. Algunas vistas son las que aparecen en las paredes de mi habitación.

No es tan diferente a mis recuerdos de las películas de Truffaut.

Luego, de repente, aparece el Sena, con todos sus puentes y las fachadas estilo imperio. La belleza de esta ciudad no para de sorprenderme, decadente y suntuosa al mismo tiempo, aún más fascinante de lo que había imaginado durante años.

El chófer para el coche delante del Hotel de Ville, enseguida reconozco su imponente fachada del siglo XVII con el reloj en medio. Bajo en la acera de la plaza, aún un poco perdida. Me encuentro delante de dos modernas pirámides de acero y cristal, también están haciendo obras, a lo mejor están planeando la construcción de una pista para patinar. Lo busco entre el gentío, con las manos temblándome por la emoción. El chófer se ha quedado de pie al lado del automóvil y me sonríe. Quisiera hacer lo mismo, pero me siento paralizada, mi corazón da tumbos. Aún no he muerto de un infarto, pero siento que podría darme uno de un momento a otro. A estas alturas, sólo puedo confiar en los parisinos y en sus reflejos: deseo que al menos haya un hospital por aquí cerca.

No paro de mirar a mi alrededor, sin perder ni un detalle, pero no logro ver a Edward. Doy unos pasos hacia delante; luego, cuando me doy la vuelta para buscar la parada del metro, lo sorprendo viniendo hacia mí.

Es él. Me sonríe, como había esperado, y por fin puedo sonreírle yo también, porque, aunque esté alterada a más no poder, ahora que lo veo acercarse me siento segura. Sus ojos son como un puerto en la tempestad.

No hace falta decir nada, se me acerca cada vez más hasta darme el beso que estaba esperando. Y pegar mis labios a los suyos es como volverme de repente ligera como una pluma. Un simple soplo de aire podría arrastrarme.

Justo en ese momento un flash me obliga a abrir los ojos.

Delante de nosotros hay una mujer de pelo largo, con un abrigo tejano y una cámara colgada del cuello. Parece una profesional y por su sonrisa intuyo que no está aquí por casualidad. Ahora que mi mirada vuelve a Edward en busca de una explicación, me doy cuenta de que su ropa tampoco es casual: el pelo despeinado de esa forma, el corte particular de la chaqueta y la bufanda beis que sale como quien no quiere la cosa. Se ha ataviado exactamente como el hombre de la foto de Doisneau.

—Así ahora tú también tendrás tu beso del Hotel de Ville —me dice, tomando mi cara entre sus manos—. ¿No era lo que siempre habías deseado? Y te aseguro que no todo el mundo tiene una foto de Marguerite Dupoint para enmarcar.

Entonces se da la vuelta y saluda a la fotógrafa para darle las gracias. La mujer se aleja sin dejar de sonreímos y apoyando una mano en el pecho en señal de complicidad.

No tengo palabras. Creo que las lágrimas asoman a mis ojos y no puedo hacer nada para pararlas. Quisiera contestarle algo, pero no puedo.

"Eso es, Edward bésame. Bésame. Tú sigue besándome, yo no podría hacer otra cosa".


¿Que les parecio?

Espero que les halla gustado y esta historia ya por poco termina

asi que gracias a los que agregaron esta historia a sus favoritos

Hasta el jueves y ¡FELIZ AÑO NUEVO!