DISCLAIMER:Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación de la historia de Simona Sparaco.


*´*´*Isabella*´*´*

Mi abuela tiene razón: las relaciones son esas preocupaciones que nos mantienen vivos. No puedes prescindir de los lugares ni de las personas que has querido.

Hay personas que están atadas por una cuerda elástica y no lo saben. En cierto momento se va cada una por su camino, cada una por su cuenta, y la cuerda elástica les deja hacer, les sigue la corriente. Hasta que acaban olvidándose de ella. Pero luego llega el último momento, cuando la cuerda elástica está a punto de romperse, tanto que tienen que reaccionar; no se rompe, sino que más bien de un golpe seco muy violento consigue que vuelvan a encontrarse cara a cara.

Mi encuentro cara a cara con Edward Cullen ha sido un inolvidable fin de semana en París.

Después de besarnos durante no sé cuántos minutos delante del Hotel de Ville, nos hemos acercado al chófer, que nos esperaba parado al otro lado de la calle.

Nos ha llevado a dar una vuelta por la ciudad, con el atardecer tiñendo el cielo de rosa y la ciudad de azul. Me sentía Audrey Hepburn en una de esas películas románticas ambientadas en París.

Para nuestra estancia, Edward ha elegido un hotel que jamás olvidaré, y no sólo porque se halla en un pequeño edificio del siglo XVIII, que antes acogía la más antigua panadería de París, con un portero llamado Laurent que parecía salido directamente de una comedia romántica, sino también porque en el cuarto de baño de mi habitación he encontrado una bañera con pies. Edward ha sonreído mientras me decía: "Es la única que he podido encontrar entre todos los hoteles de la ciudad; espero que te guste".

¿Que si me gustaba? He pensado que no era cuestión de volver a emocionarme, si no habría creído que soy una estúpida, así que me he controlado y he seguido mirando a mi alrededor.

El hotel está firmado por el estilista francés Chrisian Lacroix. A lo mejor con la intención de regalarnos una atmósfera onírica, el estilista ha creído oportuno conducir a los huéspedes a las habitaciones (cada una diferente de la otra pero todas muy coloridas y llenas de fantasía) a través de un oscuro pasillo, con una moqueta negra decorada con topos blancos. Cuando he entrado en la mía, me he emocionado, me parecía lúdica, extravagante, pero increíblemente encantadora, charmante, si utilizo una de las pocas palabras francesas que Edward ha podido enseñarme. El baño de su habitación no tenía bañera con pies y los muebles eran decididamente más zen que los míos, pero igual de acogedores. De todas formas, el hecho de que haya decidido reservar dos habitaciones me ha tranquilizado.

Sabía que acabaríamos durmiendo juntos, y eso me alteraba un montón, pero al menos tenía mi habitación y en cualquier momento podía decidir atrincherarme allí.

Lo primero, me he concedido un baño de al menos una hora. En la confusión antes de partir, no me había depilado y tenía unas cuantas cosas que arreglar.

Quería que todo estuviera perfecto, que fuera irreprochable, pero no podía evitar mirarme en el espejo y pensar que no estaba a la altura: "¿Qué hace alguien como yo en esta maravilla".

Aunque después, en el ascensor, en medio de la explosión de fantasías y adamascados y damas del siglo XVII en las paredes, he encontrado sus ojos y se me ha pasado todo.

Me ha llevado a cenar al museo de Baccarat, en una suntuosísima sala cubierta de frescos, con cristales por doquier y camareros almidonados que nos servían los platos con cuentagotas. No hemos parado de reír, yo por la excitación, él puede ser que por la felicidad de verme tan excitada. Los habituales del restaurante al parecer no apreciaban demasiado nuestro entusiasmo y de vez en cuando hemos tratado de contenernos, pero inútilmente.

Una vez terminada la cena, hemos corrido a refugiarnos en el coche, y allí más besos, besos sin parar, y risas incontenibles que sabían a Châblis en un estómago vacío y trufas de chocolate con efecto afrodisiaco.

De vuelta al hotel, nos hemos rendido ante la evidencia de que la nouvelle cuisine no es para nosotros y le hemos pedido a Laurent que nos subieran a la habitación de Edward dos dobles hamburguesas con queso y una botella de champán.

Hojeando el menú del servicio de habitaciones, he pensado en Felix y en lo mucho que me envidiaría si me viera en ese momento.

Entre una patata con ketchup y un trago de Veuve Clicquot, nos hemos mirado, sabiendo que dentro de poco nos convertiríamos en una sola cosa. Me ha acariciado la cara no sé durante cuánto tiempo, por fin podía hacerlo y no vernos solamente a través de una pantalla. Después de la cara ha pasado al escote, al seno, los brazos, la barriga. Esperaba que no se fijara en mis defectos, que no se diera cuenta de todas mis imperfecciones. Cuando me ha tomado por las caderas con la intención de acercarme a él, haciéndome resbalar sobre las mantas, he pensado que, de no tener celulitis, habría sido con diferencia el movimiento más excitante de mi vida. Ha querido besarme por todas partes. —Me enloquece tu olor —me decía—, tu sabor de niña. —Y yo me sentía morir, tan ultrajada en mi intimidad y al mismo tiempo deseándolo tanto.

Cuando ha entrado dentro de mí, me ha faltado el aliento. No podía parar de mirarlo a los ojos, no los habría cerrado por nada del mundo. Quería grabar en la memoria cada detalle de ese momento: los sabores, los olores, la consistencia de su piel. No hacía otra cosa que acariciarlo por todas partes. Entre una pausa y otra, hemos hablado de mil cosas hasta casi el alba.

Me ha descrito su trabajo, he llegado incluso a aprender la diferencia entre una botella de champán y una de espumoso. Me ha contado la historia de su empresa vinícola, la difícil relación con su padre, la aparente superficialidad de su madre y la aparición de una amante de color de su padre salida de la nada. Lo he apreciado mucho, yo también me he abierto de forma natural y le he confiado todas mis inseguridades, el arrepentimiento por no haber ido a la universidad y el miedo de no estar a la altura de la nueva librería.

Edward se ha mostrado resuelto, me ha hecho reflexionar sobre la posibilidad de utilizar el propio Facebook para promocionar la inauguración y mis encuentros de lectura. Se ha ofrecido para implicar a sus numerosos contactos, incluyendo al Emmett de Rosalie y las listas de distribución de esa empresa suya que organiza eventos. Es otra cosa que adoro en él: su pragmatismo y su concreción me sugieren que lo tiene todo siempre bajo control y consigue que me sienta protegida. Antes de dormirme, aún mirándolo a los ojos me he preguntado: "¿Puede alguien enamorarse con tan sólo ocho años de un chico y descubrir luego, mucho tiempo después, que a lo mejor es el gran amor de su vida?". Por lo visto sí.

Estoy colgando la foto de Nuestro beso del Hôtel de Ville en mi comedor, en el lugar de la célebre foto de Doisneau. El encuadre es el mismo, casi sesenta años después: al fondo, el perfil difuminado del Hôtel de Ville, pero con mucho más barullo a su alrededor. En lugar de la farola y la mesa de un bar, que a lo largo de los años ha sido sustituido por una zapatería, una moderna escultura piramidal y un semáforo con la luz verde encendida. Sigue el árbol del final, señal de que a veces la naturaleza se deja atravesar por nuestras pequeñas locuras sin pestañear. Mi cabeza no está inclinada hacia atrás y no llevo ropa de los años cincuenta como hubiera querido, pero sé que mi corazón, en ese momento, se detuvo un instante.

Justo estos días escucho la noticia de que el original de esa foto está a punto de ser subastado con un precio inicial de veinte mil euros. Mi Beso del Hôtel de Ville, hecho por Marguerite Dupoint casi sesenta años después, no lo vendería ni por todo el oro del mundo.

De repente Felix irrumpe en el piso gritando y dando saltitos de lo contento que está de encontrarme en casa; dice que quiere conocer cada detalle de mi romántico fin de semana en París. Lo siguen Matita y Schopenhauer,que corren a mi encuentro como si no me vieran desde hace vete a saber cuánto tiempo. Matita me da tantos besos, gorda como está, que hace que me caiga al suelo. Me doy cuenta de que Felix está llevando sus cosas hacia la que era la habitación de Jake.

—¿Y Rodrigo? —le pregunto preocupada—. ¿No habías vuelto a vivir en su casa?

—¡No podía olvidar la cara que pusiste en el aeropuerto, mi amor! —refunfuña Felix, que arrastra incluso una lámpara de dos metros de alto, señal de que esta vez quiere mudarse de verdad—. ¡Parecías tan triste pensando que no volverías a tenerme por aquí!

—Y estaba triste. Pero ¡lo estoy todavía más si pienso que te voy a tener aquí para siempre!

—¡Para siempre! ¡Tampoco te pases! Además, considerando la foto que has colgado en esa pared, ¡yo diría que no te quedarás en este piso durante mucho tiempo! Te lo he dicho, mi amor, quiero conocer todos los detalles.

—Primero quiero saber qué pasó con Rodrigo. ¡Parecía que había vuelto a acogerte con los brazos abiertos y que te había perdonado el hecho de que no pararas de compararlo con Ewan McGregor!

—¡Ése es el problema!

—¿A qué te refieres?

—A que él no es Ewan McGregor —me explica Félix con toda la tranquilidad del mundo—. Esta mañana me he levantado y he entendido que mientras Ewan McGregor sea el único inimitable intérprete del Your Song de esa vaca asquerosa de Elton no podré considerarme nunca verdaderamente enamorado de Rodrigo.

Tan loco como razonable.

—¿Y entonces?

—Y entonces, como decía Madonna cuando interpretaba a Evita antes de convertirse en la señora de Perón: Another suitcase in another hall!

Inútil pedirle explicaciones al respecto. Félix detesta que no entienda ni una sola de sus citas. Cultas o pop, no hay diferencia.


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Nos leemos el Lunes ^-^