DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación de la historia de Simona Sparaco.


*´*´*´*Edward´*´*´*´*

He quedado con mi madre, me ha pedido que nos veamos. Por teléfono su voz no sonaba normal.

En el coche, durante el trayecto, no dejo de pensar en Isabella y en lo que hemos vivido en París. La he acompañado a casa esta mañana y ya la echo de menos.

No puedo dejar de sonreír cuando pienso en ella. Ha ido todo mucho mejor de lo que habíamos esperado. Ya no sé la de veces que he estado en París, pero verla a través de sus ojos ha sido una experiencia completamente nueva. Su entusiasmo es casi conmovedor, en cierta manera parece que sigue siendo una niña. Hasta su olor tiene algo de infantil. Sin embargo cuando la desnudas se vuelve mujer. Cálida, suave, por fin un poco de carne entre los dedos.

Acostumbrado al cuerpo de modelo de Claudia, tan huesudo y anguloso, la primera noche me parecía increíble poder hundir mi cara en su pecho. Hubiera querido que me envolviera por completo. Y además hemos hablado, reído, bromeado. Me gusta, me gusta un montón. Y no se trata sólo de una chica con la que estoy a gusto, también es una persona con la que puedo abrirme. Le he explicado tantas cosas de mi vida que antes me habría parecido imposible expresar que he logrado sacarlo todo, expulsar todos mis males, como en un proceso de catarsis.

En la avenida que conduce a la villa, Hitchcock me acoge con más entusiasmo que de costumbre. Creo que él también ha sacado provecho de la separación de mis padres. Ladra con placer, como si ahora, por fin, le estuviera permitido. Se frota contra mis pantalones para demostrarme todo su cariño, y en ese momento Isabella vuelve a irrumpir en mis pensamientos, junto con el recuerdo de la primera vez que entré en ella y cómo la sangre se me subió al cerebro. Me da escalofríos.

Es mi madre, en bata y zapatillas, quien abre la puerta. Algo inusual en ella.

Normalmente sale de su habitación ya vestida y perfumada, hoy en cambio no lleva ni una pizca de maquillaje y su pelo ni siquiera está limpio. Al menos se ha apagado visiblemente esa inquietante tonalidad rojo fuego que la hacía parecer una vieja bailarina. Me da la bienvenida con un beso, y me pide que pase.

Nos sentamos en el comedor.

—¿Estás segura de que te encuentras bien?

—Sólo estoy un poco cansada, querido.

—Dime la verdad.

Se empeña en evitar mi mirada. Me pregunta si quiero un poco de té y le pide a la camarera un cenicero y dos tazas.

—¿Entonces?

—Entonces cuéntame tú. Tu secretaria me ha dicho que has ido a París. ¿Tú y Tanya volvéis a estar juntos?

—He ido con otra persona.

Abre los ojos de par en par, pero mantiene su expresión calmada, y eso tampoco es habitual en ella: normalmente, cuando la situación escapa a su control, se pone nerviosa.

—¿Y quién es la afortunada, si se puede saber?

—El afortunado soy yo, por haberla encontrado.

—¡Por todos los cielos, querido! Nunca te había oído hablar así. ¿Y quién es? ¿La conocemos?

Siempre ha tenido grandes expectativas al respecto. Aunque no lo admita jamás, estoy seguro de que para mi futuro aspira a una mujer de apellido importante, o al menos un curriculum digno de gran respeto. Si le dijera que he perdido la cabeza por la hija de la propietaria de la histórica librería-papelería de al lado de la escuela, no sé cómo reaccionaría. Una sobredosis de realidad podría sentarle muy mal.

—¿Entonces? ¿La conozco?

Me conformo con decirle que es una persona especial, que a lo mejor no es su tipo, pero que lo importante es que me haga feliz. En contra de lo acostumbrado, su reacción a mis palabras es una sonrisa bonachona, para nada fingida.

—Te veo bien —admite—. Y eso es lo fundamental.

Después toma un sorbo de té y me dirige una mirada indescifrable. ¿Adónde han ido todas sus superestructuras, su ansiedad por tenerlo todo bajo control y esa inconfundible sonrisa de plástico siempre impresa en su cara?

—Te quería ver —me dice— para hablar de tu padre.

El tono es amistoso, a lo mejor ha decidido enfrentarse a este asunto dejando de lado todo rencor. Tiene que haberse animado, una elección de este tipo es sin lugar a dudas el resultado de una larga meditación.

—En estos días, he tenido la oportunidad de reflexionar sobre lo que ha pasado —continúa—. Tu padre no es un irresponsable. No lo critico por irse. En los últimos años no he hecho otra cosa que atormentarlo.

Me parece increíble que esté hablando de él en estos términos. Hasta sus gestos son diferentes: la manera de entrelazar sus dedos, de mirar a su alrededor, incluso ha adquirido un aire reflexivo.

—Sé lo importante que es para ti que él trabaje a tu lado —prosigue—. Y tengo que admitir que la empresa necesita su caudal de experiencia y de buen juicio más que cualquier otra cosa. Yo heredé los viñedos de mi padre, pero él sin duda heredó la capacidad de quererlos.

Se levanta y se coloca junto a la ventana. En el prado lozano y exuberante del jardín, Hitchcock está cavando un hoyo, pero ella no se altera ni llama a la camarera para decirle que lo pare. Permanece casi impasible delante de lo que en otras circunstancias no dudaría ni un instante en definir como un ultraje.

—He hablado también con Santi —continúa, después de haber observado durante un rato un punto indefinido en el jardín—. Nos hemos aclarado sobre los errores que hemos cometido, la verdad es que no hemos hecho otra cosa que quitarle motivación a tu padre. Me ha asegurado que hará todo lo posible para convencerle de que no dimita.

Es revitalizante escucharla hablar así, y al mismo tiempo desgarrador. La reina se ha quedado sola en su castillo, obligada a examinar su conciencia para llegar a la conclusión de que ha contribuido a su propia derrota.

Mi madre interpretando ese papel es lo último que hubiera imaginado ver en esta vida.

Vuelve a sentarse en el sofá. Toma mis manos entre las suyas.

—Si hay alguien que tiene que dar un paso atrás, ésa soy yo —me informa con dulzura—. He escrito una carta al Consejo de Administración en la que comunico mi dimisión como consejera. Estoy segura de que, llegados a este punto, mi presencia sería simplemente inoportuna.

Me encantaría poder hacer algo para ayudarla: tiene que volver a construir su vida a partir de este momento, a partir de este té tomado en compañía de su hijo y de las decisiones tomadas en conciencia. No será fácil, pero mi madre es una mujer llena de recursos.

—Aun así —concluye con una imperceptible flexión de la ceja izquierda—, no quiero ver a esa negra ni en pintura y te ruego que no vuelvas a mencionarla en mi presencia, ¿de acuerdo?

Le sonrío.

—Hablo en serio —insiste—, no lo digo en broma, querido...

Pero yo la abrazo muy fuerte, hasta interrumpir sus quejas.

Luego nos quedamos así, abrazados, todo el tiempo necesario.

Mi padre no se presenta a la oficina y ha dejado de contestar al móvil. Vete a saber adónde ha ido a parar, en qué lugar del mundo se ha refugiado. Aun así, mi rencor hacia él, tal como le ha pasado a mi madre, poco a poco se ha aplacado. El mérito es sobre todo de Isabella y de esa contagiosa aura de buen humor que la rodea.

Anoche se quedó a dormir en mi casa. Por la mañana, antes de ir a la oficina, la he mirado detenidamente: con los ojos cerrados parecía un ángel. Si se quedara en mi cama todas las noches, no estaría nada mal. Hasta he llegado a pedirle que deje mudas en mi casa.

La estoy ayudando con la promoción de la inauguración de la nueva librería. He pasado la invitación a todos mis contactos. También Emmett se ha volcado en este asunto y está trabajando como lo haría para un cliente importante. De todas formas Isabella no puede dormir bien, dice que su pesadilla recurrente es que coge el micrófono para dar las gracias a cuatro gatos soporíferamente aburridos.

Todo el peso de la futura tienda recae sobre sus hombros. Ha sido ella la que propuso la idea de relanzarla a través de los encuentros de lectura, y ahora tiene miedo de que sean un desastre. No sé cómo se lo monta, pero incluso cuando adquiere un tono trágico sigue resultando simpática.

Hoy tenemos una reunión informal de los consejeros que mi padre tendría que presidir por última vez antes de dimitir. Tan pronto como entro en la oficina, Anna se me acerca para comunicarme que el presidente necesita verme. Mejor tarde que nunca.

Lo sorprendo detrás del escritorio. Lleva un elegante traje de rayas y el pelo peinado hacia atrás con un poco de brillantina. Su nueva compañera tiene que haberle infundido un nuevo espíritu, o puede que simplemente haya decidido abandonarnos con estilo.

—Necesito hablar contigo, Edward. Siéntate.

Sólo cuando me siento en la butaca delante de él, me doy cuenta de que del escritorio han desaparecido todas sus inútiles baratijas. Los premios y las fotos en cambio se han quedado en el mismo sitio.

Mi padre está hojeando unos documentos. Se pone las gafas para echarles un último vistazo.

—Hay algunos temas de los que tenemos que hablar —me informa, y cierra el cartapacio y se quita las gafas—. Pero, antes que nada, quisiera poder resolver nuestras divergencias pidiéndote perdón por la falta de delicadeza que mostré la última vez que nos vimos.

Trato de permanecer impasible ante sus disculpas, al fin y al cabo no son más que inútiles formalidades. No habría sido tan imprudente ni habría ido tan rápido si de verdad le hubiera importado mi perdón.

Mi padre suspira, parece que va a añadir algo sobre el asunto, pero luego renuncia. Él también se da cuenta, es un terreno pantanoso el que nos separa y no tenemos los medios para cruzarlo. Sin embargo adquiere un aire más esperanzado antes de retomar su discurso.

—En la reunión de hoy —me anuncia—, no comunicaré mi dimisión. —Luego se detiene a mirarme, curvando los labios en una sonrisa expectante.

Sin darme cuenta, debo de haberlos curvado yo también en un amago de sonrisa, porque no puedo negar que la noticia me libera de la sensación de molestia que se me había quedado dentro desde esa comida no consumida en el restaurante I Piani.

—Ayer por la noche hablamos largo y tendido con el señor Santi y el Consejo de Vigilancia —continúa, adquiriendo un tono más formal—. Sé que tu madre quería verte para explicarte sus intenciones.

—Es una mujer sin parangón —comento orgulloso.

Pero mi padre no se detiene en mis palabras, las supera con un ímpetu profesional al que ya no estoy acostumbrado.

—Hay muchas cosas de las que tenemos que hablar. Para empezar me he puesto en contacto con los proveedores de la obra en Toscana —me pone al día—. He podido llegar a un acuerdo sobre algunos precios para limitar el gasto. Si nos movemos con un poco de cuidado podremos contener el daño. Durante estos días he estudiado con atención tu proyecto; has tenido buen gusto, tengo que felicitarte. Aunque nos hemos pasado de presupuesto, estoy seguro de que gracias a tus decisiones podremos recuperarnos con lo que ganemos.

Sigo aturdido por su renovada energía para reaccionar como debería, por lo tanto me limito a asentir.

—Sabes que mi mayor preocupación ha sido siempre mantener la calidad de los vinos —continúa mientras vuelve a abrir el cartapacio y a ponerse las gafas—. Y jamás he aprobado la elección de producir en Piamonte vinos de inferior calidad.

Por esta razón me he puesto en contacto con el enólogo Bianchini, viejo amigo de tu abuelo, al que debemos gran parte de nuestro éxito, y durante estos días he dado una vuelta con él y con el señor Santi para examinar el potencial de los viñedos que tenemos fuera de las mejores áreas. Hemos recibido una respuesta entusiasta y los tres estamos convencidos de que en estos viñedos también podemos generar productos de alto nivel.

Termina de hojear esos documentos y luego me los pasa para que los revise. No sé dónde ni cómo ha recuperado esa confianza hacia nosotros, pero es liberador descubrir que, después de años de conflictos, él y mi madre han podido llegar a un acuerdo. Ella ha decidido apartarse por el bien de la empresa; mi padre puede dejar la casa en la que ha vivido durante cuarenta años, la mujer con la que ha dormido casi todas las noches de su vida, pero no puede imaginar renunciar a sus viñedos. Porque son suyos más de lo que nos pertenezcan a mí o a mi madre; son sus viñedos. Ahora, oyéndole hablar de números e intervenciones de recuperación, sé que a él no le hace falta nada más para ser feliz.


Otro nuevo capitulo ya solo le quedan unos pocos

espero que les halla gustado y si no pues comenten

para ver que opinan

Hasta el Jueves