Capítulo 2

Iolaus llegó al pequeño pueblo, había quedado con su gran amigo Hércules en Atenas, pero aún tenía mucho tiempo, así que decidió merodear perezosamente por los alrededores. Estando en Corinto, dos hombres habían acudido en busca de su ayuda, venían de sitios distintos, con lo que los dos héroes decidieron separarse, los saqueadores para Iolaus y el horrible monstruo gigante para Hércules.

Al cazador le pareció un reparto de lo más justo, por algo Hércules era el semidiós.

Había mucha gente esa mañana en el mercado, daba la impresión de que aquel era un pueblo tranquilo, sin más incidentes que las típicas discusiones por el precio del grano. A sus oídos llegó el ruido de una pelea… ya decía él, que aquello estaba demasiado tranquilo para ser real. Se acercó a mirar, aquella no era una pelea justa, varios hombres golpeaban a un muchacho, era hora de intervenir.

- ¡Eh! – gritó - ¿Qué ocurre aquí? ¿Unos hombres tan grandotes contra un niño?¿No os da vergüenza?

- No te metas, es un ladrón.

Iolaus se volvió hacia el chico.

- ¿Es eso cierto?

El joven asintió con timidez. Al cazador le recordó a sí mismo y no pudo contener una sonrisa.

- Sigue sin parecerme una lucha equilibrada - dijo antes de lanzarse de lleno a la pelea. El cazador no podía negar que, en el fondo, disfrutaba enormemente de esas escaramuzas, sobre todo cuando el enemigo no era potencialmente poderoso, o un ser sobrenatural, o un monstruo, o un enviado de Hera. Iolaus y Hércules no eran sanguinarios, se limitaban a dejar al contrario fuera de combate o a esperar a que se cansase de luchar y se fuese a casa. Este fue un ejemplo de este último caso, los hombres, una vez se dieron por vencido, decidieron que no merecía la pena seguir recibiendo patadas y golpes de ese rubio hiperactivo por un vulgar ladrón, así que, tras dirigirles una mirada furiosa, se fueron a sus casas, sintiéndose un tanto humillados al ver las sonrisas divertidas de sus vecinos, que habían presenciado su derrota frente a un hombre no demasiado grande. El cazador observaba su retirada con las manos en las caderas y una expresión divertida, siempre venía bien un poco de ejercicio. Se volvió hacia el muchacho.

- No deberías robar, lo sabes, ¿verdad?

- Tenía hambre - le contestó el joven, y en sus ojos brilló el orgullo mientras añadía - y no pienso mendigar.

- Ven, anda, comamos algo - tendiéndole una mano, se presentó -. Mi nombre es Iolaus. Y esto no es caridad, simplemente me apetece compañía - añadió viendo otra vez la mirada orgullosa del joven.

- Seferis - el muchacho le devolvió el apretón y, por vez primera, sonrió.

Se encaminaron a la taberna, donde Iolaus pidió comida para alimentar un ejército ante la escéptica mirada del tabernero, incapaz de creerse que dos personas, una de ellas casi un niño, pudiesen ser capaces de comer tanto. Al cabo de un rato, Iolaus observaba divertido mientras el joven comía con avidez.

- Creí que no existía nadie en el mundo conocido que fuese capaz de comer más y más rápido que yo. Espera a que se lo cuente a Herc. - bromeó

Seferis se detuvo avergonzado pero el cazador le animó con un gesto a que continuase, sólo los dioses sabían cuánto tiempo hacía desde que ese chico no comía en condiciones.

- ¿Iolaus?

El ladronzuelo levantó la vista del plato. Detrás del hombre que le había salvado estaba una joven de cabello rubio-rojizo y unos preciosos ojos verdes.

- Reconocería esa voz en cualquier sitio - dijo Iolaus sonriendo al tiempo que se giraba y se incorporaba de la silla. Abrió los brazos y dio un enorme abrazo a su amiga. El tiempo se detuvo para ellos, hacía tanto tiempo que no se veían… Seferis carraspeó con educación.

- ¡Gabrielle! ¿Qué tal estás? ¿Cuándo has decidido cambiar de aspecto? Te queda bien el pelo corto, aunque yo siempre he preferido la melena - dijo quiñando un ojo -. ¿Dónde está Xena? ¿No ha venido contigo?

- Ha ido a visitar a unos viejos amigos y yo preferí no ir, así que le dije que la esperaría en Atenas. ¿Y Hércules?

- Casualmente también he quedado con él en Atenas, nos separamos en Corinto, el tenía quesalvar el mundo de un terrible monstruo… y yo me dediqué a espantar a unos saqueadores muy feos.

- ¡Qué bien que te he encontrado! Ahora podemos ir juntos hasta Atenas.

- Nada me haría más feliz que escoltar a una bella señorita - Iolaus hizo una graciosa reverencia, luego separó una silla e hizo un gesto a Gabrielle para que tomase asiento -. ¿Tienes hambre? Creo que Seferis y yo nos hemos extralimitado pidiendo…

- ¿Conoces a Hércules? - el muchacho todavía no había sido capaz de reaccionar desde que Gabrielle lo había mencionado.

- ¡Claro! Es mi mejor amigo - Iolaus sonrió al ver al ladrón abrir la boca con sorpresa, ese era el efecto que su amigo causaba en la gente, probablemente él era el único que veía a Hércules como una persona - Gabrielle, él es Seferis, un nuevo amigo que acabo de conocer.

La barda sonrió y saludó al muchacho.

Se había hecho de noche mientras Gabrielle contaba historias. Iolaus, cuya idea inicial aquella mañana había sido pasar la noche en un precioso paraje que había a las afueras, decidió pedir un par de habitaciones, ya que Seferis bien se merecía dormir un día en una cama y bajo techo. El muchacho subió a la habitación mientras que la barda y el cazador decidieron aprovechar la hermosa noche y dar un paseo bajo las estrellas.

- Es muy noble lo que estás haciendo por Seferis.

- Pobre muchacho, me recuerda a mí - comentó Iolaus -, por eso creo que puedo llevarlopor el buen camino.

- ¿A ti?

- Sí, digamos que fui un poco difícil de pequeño. Hércules cambió mi vida… y yo quiero cambiar la de Seferis. Sus padres le abandonaron a su suerte en una cueva. ¿Qué clase de padres harían eso? - Iolaus no dijo nada, a pesar de que, por su propia experiencia, se podía hacer una idea. Aún así, le parecía increíble que nadie de la familia del chico hubiese acudido en su ayuda.