Capítulo 3
Era domingo, pero aún así en el aeropuerto de Atenas había bastante actividad. Una veintena de jóvenes recogieron sus maletas y se dirigieron a uno de los restaurantes que había en el recinto. Una vez hubieron cenado, subieron al autobús que les llevaría al hotel y desde el cual pudieron observar parte de la ciudad. Claire les explicó brevemente el planning del día siguiente y distribuyó a los alumnos en las habitaciones. Tras los típicos cambios de "Yo quiero estar con fulanito" o "¿te importa si menganito se cambia con…?", los muchachos, más cansados ante la perspectiva del día siguiente que por el viaje en sí, se fueron a dormir a las habitaciones. Margaret se frotó las manos viendo alejarse a Thomas.
- ¡Primera noche y ya solas! ¡Este viaje promete! ¿A dónde quieres ir?
- ¿Ya? ¿Tan pronto? Pues sí que tienes ganas de fiesta - bromeó Claire mirándola escandalizada -. ¿En serio quieres salir?
- Oh, vamos… sólo un ratito, un breve paseo por la ciudad. Para verla de noche, aunque, claro, si quieres tomar algo, también podemos.
- Qué suerte tengo de tener una amiga que se preocupa tanto por mí - ironizó Claire.
Margaret asintió con su mejor expresión de ingenuidad. Sin dejar de sonreír, agarró a su amiga por el brazo y, juntas, se dispusieron a disfrutar de un tranquilo paseo por las calles de Atenas. Claire tuvo que reconocer que la profesora de historia del arte no se había equivocado cuando le dijo que merecía la pena ver la ciudad de noche, los monumentos eran un espectáculo digno de ser visto, había coincidido que esa noche reinaba la luna llena y la sensación era prácticamente mágica.
- ¡Podría quedarme viendo esto toda la noche! - exclamó.
- No se lo recomiendo, en unas horas hará bastante frío - dijo una voz jovial detrás de ella.
Las profesoras se giraron y vieron a dos hombres, uno rubio y otro de pelo castaño, que les miraban con afabilidad.
- ¿Americanas? - preguntó el castaño.
- Madre mía… - susurró Margaret, luego, en voz alta, añadió -.Sí. ¿Algún sitio para tomar algo por aquí?
El rubio, que había sido el primero que había hablado, sonrió.
- Bueno, hoy es domingo y no encontrarán muchos sitios abiertos, pero si siguen esta calle encontrarán un par de locales que merecen la pena. ¡Que pasen una buena noche!
Los dos hombres se fueron.
- ¿Has visto eso? - Margaret seguía sin salir de su asombro.
- Sí, que descarados, meterse así en nuestra conversación…. – contestó Claire, molesta.
- ¡Venga ya!, ¿en serio no te has fijado en esos músculos? ¿Y en esos ojos? ¿Y en…?
- Margaret, por Dios - Claire miró a su amiga, no iba a cambiar nunca. Comenzaron a caminar en la dirección que les habían indicado y entraron en una taberna decorada en estilo típico -. Si por ti fuera, los invitarías a tomar una copa.
- Vamos Claire, ¿cuánto hace que no disfrutas de la compañía de un hombre? Que tu ex–novio te engañase vilmente no es razón para que no vuelvas a salir con nadie.
- Bueno, tus continuos amores y desamores no son algo que envidie.
A decir verdad, a Claire le desesperaba un poco la vida sentimental de su compañera. No estabasegura de si era que su amiga tenía muy mala suerte en sus elecciones, o que, en el fondo le encantaban los hombres que le duraban poco… si hoy era el hombre de su vida, mañana sería un aburrido, o un vividor, o tenía una esposa y dos hijos.. Ella, en cambio, había tenido pocas parejas, pero su última relación había terminado bastante mal, con lo que Claire esperaba que pasase bastante tiempo hasta que otro hombre volviese a entrar en su vida.
- Me gustan los hombres misteriosos, Claire, o al menos que lleven una vida intensa y ladisfruten. ¿A ti no? Si lo que te van son los hombres sosos, tal vez deberías darle una oportunidad a Thomas… - el tono de Margaret carecía de maldad, en el fondo sabía que su amiga tenía derecho a quejarse por sus continuas historias amorosas, pero la vida era para vivirla, ¿no?
Ver la Acrópolis de Atenas por la mañana no causaba la misma impresión que había provocado a la luz de la luna llena, pero aún así no dejaba de ser una experiencia magnífica. Los profesores dejaron que los alumnos fuesen en pequeños grupos a ver el conjunto monumental por su cuenta y quedaron en que se verían a las 12h delante del Erecteion.
Margaret no dejaba de hacer comentarios sobre la belleza de los monumentos, tanto de los arquitectónicos como de los masculinos. Claire sonreía ante los bufidos que provocaban esos comentarios en Thomas, quien, a su vez, no dejaba de agobiarla con atenciones para diversión de Margaret. Una vez estuvieron reunidos de nuevo se dispusieron a explorar las laderas de la Acrópolis antes de irse a degustar los productos nacionales en un restaurante típico. El siguiente plan del día era una visita al Templo de Zeus y, cuando ya no podían prestar su atención a más monumentos, debido a lo saturados que estaban, decidieron regresar al Hotel. Se encontraban disfrutando de un agradable paseo cuando una de las estudiantes, llamada Holly, lanzó una exclamación.
- ¡Mi bolso! ¡Al Ladrón!
Un muchacho, probablemente de la misma edad que los estudiantes, había agarrado el bolso de la joven y se disponía a doblar una esquina a toda velocidad cuando cometió el error de mirar atrás para ver si era perseguido. Este gesto le impidió reaccionar a tiempo y esquivar al hombre que también usaba ese camino pero en dirección contraria a la suya, estrellándose contra él de forma irremediable. El hombre miró la escena aturdido, un grupo numeroso, dos jóvenes que corrían hacia ellos, y el muchacho que había colisionado con él sentado en el suelo con un bolso femenino. Poco tardó en adivinar lo sucedido.
- Me parece que ese color no te favorece en absoluto - dijo divertido mientras recuperaba el objeto robado y se lo tendía a los chicos que acababan de llegar.
- Muchas gracias - Mike fue hacia Holly para devolverle lo que era suyo.
- ¡Anda!, ¡pero si son las americanas! - exclamó el hombre jovial.
Claire también lo había reconocido, era el joven rubio de la noche anterior. Le miró airada.
- ¿Ha planeado usted esto?
- ¿Cómo dice?
- Ayer nos ve, decide que somos presa fácil y hoy su socio nos roba para que usted haga de héroe y se gane nuestra confianza, teniendo luego vía libre para aprovecharse de nosotros.
El griego ensanchó los ojos, sorprendido y miró al ladrón, que aún no se había levantado.
- ¿Tú entiendes algo?
El chico negó con la cabeza, aturdido. Los demás miraban a Claire sin comprender. Margaret sonrió, incómoda.
- Bueno, muchas gracias por su ayuda - balbuceó mirando al hombre y agarrando a su compañera por el brazo -, venga, chicos, vámonos. - Comenzó a caminar y, en voz baja, reprendió a la profesora - ¡Claire! ¿Se puede saber de qué hablabas?
- A ver si te crees que es casualidad que le roben el bolso a una de nuestras estudiantes y esté él para socorrernos.
- ¡Oh, vamos! ¡El chico es griego! Tiene todo el derecho del mundo a dar un paseo.
- Tu amor por los hombres te ciega, Margaret.
- Y a ti tu desconfianza.
Los americanos se fueron dejando tras de sí a un joven estupefacto que aún trataba de entender qué era lo que había ocurrido exactamente. Se volvió hacia el lugar donde había estado el ladronzuelo, que había aprovechado que se habían olvidado de su hurto y se dedicaban a reñir a aquel hombre para escapar.
- ¡El colmo! - exclamó hablando para sí -. Uno intenta ser amable…
Con un gesto de resignación, se marchó. Sus amigos no se iban a creer lo que les iba a contar.
