Capítulo 4
Iolaus jugueteaba con su amuleto distraídamente, un gesto que había realizado desde que lo tenía pero que últimamente preocupaba mucho a su amigo. A veces él mismo se preguntaba por qué lo conservaba todavía, con la cantidad de malos recuerdos que le traía. Ahora que había hecho las paces con su padre, la parte rota del colgante le recordaba todo aquel asunto de Dahak… el cazador se alegró de que Hércules no estuviese allí, la mirada que se dibujaba en sus ojos cuando miraba el colgante de su compañero era peor que todos esos malos recuerdos.
A su derecha, Gabrielle dormía arrebujada en las mantas. Había pasado mucho tiempo desde que la había visto por última vez… Se le hacía extraña la nueva apariencia de la barda, más cercana a una guerrera que a una poetisa. En silencio se preguntaba qué cosas habrían encontrado Xena y ella en su camino, qué horribles acontecimientos habrían vivido, contra qué atrocidades habrían tenido que luchar. Sus vidas eran tan parecidas… con la diferencia de que él tenía a Hércules, que era un semidiós, aunque todavía no tenía muy claro si eso era una ventaja o un inconveniente… al menos su fuerza era de gran ayuda cuando algún techo se les venía encima., por ejemplo.
Al otro lado, Seferis se removía inquieto. Iolaus meditaba sobre el tipo de pesadilla que podía estar molestando al muchacho, sin poder reprimir un escalofrío al recordar sus propias pesadillas desde que había vuelto de la luz, la cantidad de veces que su amigo le había despertado, y nuevamente aquella mirada de terror, remordimiento, miedo… Era por eso por lo que permanecía despierto aquella noche. Ese bosque era pacífico y no había necesidad de montar guardia, pero tampoco quería alarmar a nadie con sus horribles sueños, que evocaban los recuerdos de un alma atrapada en un cuerpo poseído por la maldad. El rumor del viento a su paso a través de las hojas de los árboles se confundía con el suave murmullo del agua de un riachuelo cercano. Si por el cazador fuera, se pasaría los días pescando y cazando en ese hermoso paraje, y enviaría el recado a Hércules para que se reuniese con él allí. Pero había prometido a Gabrielle que la acompañaría y, lo más importante, tenía que buscar a alguien con quien dejar a Seferis, alguien que le apartase de los robos y las malas acciones. No podía llevarlo con él, en el fondo, el ladrón no era más que un niño y los viajes con Hércules y él, o incluso con Xena y Gabrielle, no eran lo que se podía decir un camino de rosas. Recordó que en Cefysios vivía un viejo amigo suyo, él podría cuidar de Seferis. Al muchacho no le hacía especial ilusión pero Iolaus lo había convencido de que aquello era un simple trueque, Seferis le haría compañía y a cambio Milius, su amigo, le daría comida, alojamiento y, tal vez, algo de trabajo. Bien pensado, aquello era un triple favor, ya que le daba la excusa perfecta para disfrutar de las deliciosas comidas que se servían en la taberna de Milius… se dijo con una sonrisa.
- Estás a miles de millas de aquí.
El cazador se sobresaltó, Gabrielle se había despertado y hacía largo rato que observaba al cazador, que no se había dado cuenta, sumido como estaba en sus propios pensamientos. A la luz del fuego, su aire pensativo le hacía parecer rodeado de un aura especial, como si fuese un ser inmortal que velaba por ellos. La barda nunca había dejado de sentirse culpable por todo lo que habían desencadenado ella y Xena. Habían despertado a Dahak, que había sido el responsable de la muerte de Iolaus y había poseído su cuerpo… y Esperanza, su hija, había intentado matar a la madre Hércules para impedir el nacimiento del semidiós… Jamás olvidaría aquel día en que su amiga y ella caminaban entre bromas. El día era hermoso y transcurría sin que nadie intentase matarlas, así que parecía que nada podía estropear el buen ambiente que reinaba. De pronto llegaron a un bello entorno natural, un alto desde donde se podía ver el mar. Y allí había una lápida grande.
- Vaya – había dicho Xena acercándose -, quien esté aquí enterrado debe haber sido alguien muy importante.
- Sí, un paraje precioso y un monumento imponente, debía ser muy querido por los suyos.
Curiosas por naturaleza se acercaron para leer el nombre de quien estaba allí y, cuando lo hicieron, no podían creer lo que veían sus ojos. Buscaron a Hércules y, cuando por fin lo encontraron, sobraron las palabras, la cara del semidiós reflejaba una gran tristeza y soledad. Jamás habían visto al Héroe tan vulnerable. Su amigo les contó lo que había pasado en Sumeria, y lo de Dahak, sin saber que ambas también habían sufrido al demonio en sus propias vidas. Gabrielle no había dejado de llorar desde entonces, incapaz de dormir pensando que ellas tenían la culpa de aquello. Después se enteraron de la milagrosa vuelta del cazador y planearon una visita. Ésta nunca se llegó a producir puesto que siempre había un señor de la guerra que las entretenía. Tras todo aquello, Xena y ella apenas hablaban del tema, la barda sabía que aquello aún pesaba más en el corazón de la guerrera, pues se sumaban al malestar que sentía por lo que había sucedido con Iolaus y Hércules en el pasado. Gabrielle conocía la historia, después de que Iolaus se recuperase de su herida, tras haber liberado a Prometeo, la barda le había transmitido a su amiga el mensaje que el cazador le había dado para ella. Xena la había mirado con tristeza y le había contado una parte de la historia, pero cuando fue a la Academia para bardos de Atenas y escuchó otra versión, se encaró con su amiga y no descansó hasta que ésta le hubo contado toda la historia.
Gabrielle se preguntaba si Iolaus sabía la parte que ellas habían jugado en su triste historia, y si lo sabía… ¿Cómo podía sonreírle tan afablemente? La joven tenía claro que el cazador no era mala persona y que no culpaba a nadie de lo ocurrido pero ella no podía perdonarse por aquello.
- Pensaba en llevar a Seferis a la taberna de mi amigo Milius, él podrá ofrecerle un trabajo y pagarle con comida y cama. Tienes que probar el estofado que prepara… te va a encantar - añadió con una expresión golosa -. Gabrielle… ¿Por qué estás triste?
La barda no pudo reprimir sus lágrimas. Iolaus, asustado fue junto a ella y la abrazó.
