Capítulo 5

- Claire, ¿Podemos entrar en esa tienda de artesanía? - preguntó Kelly, esperanzada.

- ¿Tan pronto? Aún no ha terminado vuestro tiempo en Atenas.

- Ya, pero así compro un poco… y otro poco los últimos días - Kelly probó suerte con su mejor cara de corderito.

- Está bien, está bien - cedió la profesora sonriendo -, yo misma aprovecharé para comprar algunas cosas.

En la tienda en la que entraron sonaba alegre música tradicional griega. Tenía joyas artesanales, ropa hecha a mano, reproducciones de la mitología… Tras el mostrador una pequeña puerta estaba entornada. Del otro lado, les llegó una voz.

- Salgo en un minuto.

Cuando salió de la trastienda, no pudo evitar explotar en una carcajada, acentuada por la expresión del rostro de Claire.

- No irá a decir ahora - dijo cuando se hubo serenado un poco - que sabía que, de todas las tiendas que hay aquí, iban a entrar en esta y convencí al dueño para que me dejase trabajar y seguir engañándoles, en mi perverso plan para ganarme su confianza, ¿verdad?

La profesora de literatura miró al suelo, ligeramente avergonzada. Margaret soltaba risitas detrás de ella, abochornándola aún más, si es que eso era posible. El hombre volvió a reír, tenía una risa agradable, como si hubiese dedicado gran parte de su vida a ello.

- Los antiguos dirían que estamos predestinados - dijo guiñando un ojo al tiempo que le tendía una mano -. Mi nombre es Evan.

- Claire - balbuceó ella estrechándole la mano.

- Yo soy Margaret - la mujer se auto presentó deduciendo que su amiga no lo iba a hacer - Así que trabajas aquí…

- A decir verdad, no. La tienda es de mi mejor amigo, pero hoy era el día libre de su empleada y él tenía que hacer unas gestiones así que estoy echando una mano - con una sonrisa traviesa y otro guiño, añadió -. Ya ve, si hubiesen escogido esta mañana para venir, se hubiese ahorrado el mal rato.

Claire continuaba examinando el suelo. Evan intentó no reír, en el fondo la joven le daba pena. Sin embargo, la chica sonrió. Había algo familiar en aquel hombre…

En ese momento, un par de alumnas reclamaron la atención del griego, que se disculpó con un gesto para atenderlas. Al cabo de un rato, estudiantes y profesores abandonaron la tienda. Evan decidió adelantar trabajo y limpiar un poco. Fue entonces cuando vio aquello en un cajón.

- Lysander… ¿Qué es ese amuleto que tienes guardado en un cajón? - preguntó cuando llegó a casa esa noche.

Lysander miró a su novia, Thyra.

- ¿Lo has visto? ¿No te dice nada?

- ¿Decirme? ¡Es un amuleto, no un loro!

- Esperaba que reconocieses el diseño - dijo Lysander con tristeza.

- ¿Debería?

- Lo que Lys quiere decir - intervino Thyra -, es que, como a ti te encanta todo lo relacionado con la Grecia antigua, igual identificabas el amuleto.

- Ah, ya… pues no, no me suena… de todas formas, no sé si te has dado cuenta de que está roto.

- Sí, lo sé, pero no lo voy a tirar. Me gusta- contestó Lysander con terquedad

- Que sí, que sí… - Evan miró a Thyra e hizo un gesto -. Por cierto, hoy ha sido una tarde productiva… Mmmmm ¿Eso que huelo es mousaka?

Lysander miró a su novia, divertido, a pesar de todo, algunas cosas jamás cambiarían.

Evan había conseguido un empleo clasificando los objetos del almacén de uno de los Museos de la ciudad. También se encargaba de controlar las entradas y salidas de los artículos de las exposiciones. El anterior empleado no había sido muy eficaz y las cosas estaban bastante revueltas por allí, con lo que el pobre había dedicado dos días a reorganizar todo y no había tenido tiempo siquiera para disfrutar de sus amados paseos por Atenas. A su derecha se encontraba una caja con varios objetos para su catalogación, los cogió para distribuirlos cuando uno de ellos atrajo su atención. Era una espada bastante normal, pero para él tenía un aire familiar… Había soñado con ella muchas veces, y, cuando hablamos de soñar lo decimos en el sentido estricto de la palabra. Desde que era pequeño, esa espada había estado presente en los sueños de Evan de diversas maneras. Cuando era un niño, simplemente la veía, como quien observa algo que le es inaccesible. A partir de los quince años se podía ver a sí mismo empuñándola. Desde hacía unos años simplemente caminaba por el bosque con ella colgada…

En vano intentó averiguar algo sobre el arma, estaba a punto de darse por vencido cuando una cabeza asomó por la puerta.

- ¿Hoy también se quedará hasta tarde?

El joven miró hacia donde provenía la voz, se trataba de Ciro, el empleado de la limpieza. Un hombre que ya pasaba bastante de la cincuentena, de pelo canoso y muy sonriente.

- No, creo que me voy a ir a casa.

Ciro asintió. Eso era bueno, no quería que el nuevo se matase a trabajar y se fuese pronto, le caía bien aquel muchacho.

Era enero, y, a pesar del clima mediterráneo, las noches eran bastante frías, así que Evan cogió su abrigo y salió del museo tras despedirse del guarda de seguridad, que se limitó a hacer un gesto con la cabeza, sin despegar la vista de los monitores desde donde controlaba la actividad de cada sala del edificio.

Comenzó a caminar con las manos en los bolsillos sin dejar de pensar en la espada y en su relación con aquellos sueños. Tal vez no fuese nada, tal vez la espada no tenía nada de especial, simplemente le recordó a la de sus sueños como un libro evoca el recuerdo de un libro, o una casa nos hace pensar en la nuestra. Cuando era pequeño, Evan disfrutaba escribiendo relatos fantásticos sobre anónimos héroes que derrotaban monstruos y se enfrentaban al peligro sin temor para deleite de sus amigos, sobretodo de Syna, que, dicho sea de paso, se entusiasmaba con prácticamente cualquier cosa, así que, probablemente, por esa razón seguía soñando con espadas. En el fondo, Evan hubiese deseado ser uno de esos héroes y enfrentarse a dragones para salvar a bellas damas en apuros… Esa debía ser, sin duda, la mejor parte de las aventuras, se dijo con una sonrisa.

- Disculpe, ¿puede ayudarme? Creo que me he perdido – dijo una voz a sus espaldas.

Evan miró a la propietaria de la voz, era una de las niñas que estaban con Claire

- Eh, yo a ti te vendí un medallón, ¿verdad?

La niña asintió.

- ¿Qué haces aquí tu sola?

- Me he perdido. Pete, Stuart y Holly me convencieron para salir esta noche, pero al poco de irnos me sentí culpable y decidí volver al hotel, con la mala suerte de que me desorienté, y llevo una hora dando vueltas.

- Muy bien, ¿En qué hotel estáis? – Evan se apenó de la muchacha, parecía cansada y asustada. Ella se lo dijo y el griego puso la mano sobre su hombro y le guiñó un ojo. – Vamos, te llevaré allí, te has alejado bastante, pero nada que no podamos solucionar. Con un poco de suerte aún no se habrán enterado de tu escapada. A propósito, me llamo Evan.

- Yo soy April – la niña sonrió un poco más tranquila, alegrándose de haber encontrado al hombre sonriente del mercado. Evan, por su parte, decidió no asustar más a la niña llevándola por los oscuros atajos que tantas veces había recorrido, así que tomó un camino que, aunque era más largo, estaba repleto de calles bien iluminadas. Caminaba sin dejar de hablar, preguntándole a la niña qué habían visto de la ciudad y recomendándole sitios que, si bien no eran tan conocidos, eran lugares hermosos dignos de ser vistos. Cuando llegaron a la puerta del hotel, vieron a los profesores con tres alumnos.

- ¿Tus compañeros de fiesta? – bromeó Evan. De pronto, la expresión de la niña volvió a ser la de una niña asustada, y el griego no pudo evitar intentar ayudarla.- Ven, esperemos un rato a que entren antes de que te deslices en el hotel sin que te vean, es probable que aún no te hayan echado de menos. Además… si esa profesora tuya me ve contigo a saber qué pensará, acabaría riñéndome a mí también.

April sonrió. Transcurrieron diez minutos y los dos se miraron.

- ¿Ahora?

El griego asintió y la acompañó a la puerta. Justo en ese momento, Claire y Margaret habían decidido salir a dar un paseo y se encontraron en el camino.

- Oh…oh… - murmuró Evan viendo la expresión de Claire -, y aquí vamos otra vez…

Antes de que las profesoras dijesen nada, April se adelantó y les contó lo que había sucedido.

- ¿Y qué hace él aquí? – quiso saber Claire sin dejar de fruncir el ceño.

Evan miró al cielo suplicando paciencia.

- Lo vi en la calle, lo reconocí y fui a pedirle ayuda para regresar al hotel. – contestó la estudiante.

Claire seguía con una mirada inquisitiva.

- Si va a sugerir que cambié el trazado urbanístico simplemente para que ella se perdiese y me pidiese ayuda, le diré que está sacando las cosas un poco de quicio. – se defendió el griego. Margaret y April no pudieron reprimir una sonrisa. – La verdad, no sé por qué me ha cogido manía, pero le aseguro que ni soy un ladrón, ni un estafador, ni un pervertido…

- Lo sé – Claire relajó su expresión -, soy yo, que soy una desconfiada.

Evan suspiró con alivio.

- Bueno… eso es un inicio – musitó.

Una figura tambaleante se acercó a ellos, no parecía un borracho, simplemente alguien herido, parecía a punto de desplomarse, así que Evan se abalanzó justo a tiempo para evitar que colisionase con el suelo. Era el muchacho que había robado el bolso días antes. Parecía como si le hubiesen dado una paliza.

Margaret fue al hotel en busca de un botiquín mientras Evan examinaba las heridas del joven ladrón. Nada grave, probablemente simplemente estaba aturdido. Fue en ese momento cuando el suelo comenzó a temblar.

- ¿Un terremoto? – preguntó Claire mientras April se abrazaba a ella, asustada.

Evan miró alrededor, estaban cerca de un edificio que no inspiraba demasiada confianza, pues estaba en un estado semi ruinoso, lo mejor sería buscar un lugar seguro, pero en el hotel reinaba el caos, gente que salía a la calle y gente que decidió que lo mejor sería entrar. El griego se incorporó e hizo una seña a Claire. Mucha gente corría en dirección a la Acrópolis creyendo que, si había resistido tantos terremotos a lo largo de su existencia, no iba a ser ese el momento que escogiese parta derrumbarse. April, dominada por un pánico irracional, echó a correr con la multitud. Claire no pudo hacer nada para retenerla, así que se lanzó en su persecución.

- ¡Esperad! – gritó Evan, para quien, con el muchacho en brazos, no resultaba tan fácil correr-. ¡No puedo perderos a las dos!

April corrió sin rumbo hasta llegar a una zona arbolada, allí, escondida, vio la entrada a una cueva y tuvo la irracional idea de meterse en ella. Por suerte para la joven, Claire la vio, agazapada en la entrada.

- ¿Qué haces, insensata? – le reprendió la profesora -, esto puede venirse abajo.

Evan no había conseguido que el ladronzuelo se despertase, y caminaba con él en brazos en la dirección en la que habían ido las americanas, todavía reinaba algo de caos, más por los turistas que por los griegos, algo más acostumbrados a los movimientos sísmicos. Le sorprendía lo poco que el muchacho pesaba, probablemente había pasado mucha hambre. En cuanto se despertase, le haría unas cuantas preguntas. Entró en la zona repleta de árboles, no había ni rastro de las chicas.

- ¿April?, ¿Claire?

- ¡Estamos aquí!- Claire se asomó desde la entrada. El griego frunció el ceño… ¿desde cuándo había allí una cueva?, él hubiese jurado que antes no estaba allí, tal vez los árboles la hubiesen mantenido oculta… luego se extrañó de que las chicas hubiesen sido tan ingenuas de meterse allí.

- Creo que la entrada a una cueva no es el mejor sitio para protegerse de un seísmo – dijo con su habitual tono alegre.

- Es April no quiere salir-comentó Claire.

Evan dejó al joven ladrón en el suelo con cuidado y se agachó sobre una rodilla junta a April mientras apoyaba una mano en el hombro de la niña.

- ¡Hola! – dijo con suavidad -, antes te fuiste sin despedirte.

April levantó la vista y sonrió con timidez.

- Lo siento, me asusté.

- No pasa nada, pero no deberíamos estar aquí, esto…

No pudo acabar su frase, el suelo volvió a temblar con fuerza y del techo comenzaron a caer piedrecitas. April miró al griego, asustada otra vez, mientras éste se lanzaba sobre el ladrón para evitar que le cayese algo encima. El joven escogió ese preciso instante para recuperar el sentido.

- ¿Qué ocurre? – preguntó aturdido.

- Ya te lo explicaré, ¿puedes caminar?

En ese momento el muchacho ya era consciente al completo de lo que estaba sucediendo, no tenía muy claro dónde estaba, pero sí reconoció a Evan, y, lo más importante también se estaba dando cuenta de que el suelo temblaba y de que el techo se les estaba viniendo encima.

- Debemos salir de aquí – Evan se encaminó a la entrada, pero el derrumbamiento era inminente, a escasos centímetros de él, el techo decidió que era un buen momento para caer y taponar la entrada.

- ¿Estás bien? – quiso saber Claire cuando por fin todo hubo terminado.

- Creo que sí – le dolía un poco el hombro, probablemente alguna de las piedras que le habían caído encima le había golpeado, pero seguro que podría sobrevivir a aquello.

Reinaba la oscuridad

- ¿Sería mucho esperar que alguno tuviese una linterna? ¿Un mechero? ¿Nada?

El ladrón sacó una cajita de cerillas de uno de sus bolsillos y se la tendió al griego.

- Gracias, esto…

- Pholus, así me llamo.

- Encantado, yo soy Evan, y ellas son April y Claire.

Evan encendió una de las cerillas, la entrada estaba completamente bloqueada. Antes de quemarse los dedos buscó un palo lo suficientemente largo como para fabricarse una antorcha. En las películas siempre era fácil, el héroe de turno sacaba un palo, arrancaba una tira de su ropa y hacía una antorcha antes de que cundiese el pánico. Pero eso no era una película, y la camisa que llevaba era una de sus favoritas y no pensaba desgarrarla.

- ¡Mierda! – gritó cuando la cerilla se hubo consumido mientras él seguía en sus ensoñaciones. Encendió otra y siguió buscando. Por fin encontró un palo, ahora sólo hacía falta algo que sirviese de mecha. Miró su ropa con amargura.

- ¿Te sirve esto? – Claire le tendió el pañuelo que llevaba al cuello.

- Sabes que no lo vas a volver a ver, ¿verdad?

La profesora asintió.

- No importa tengo muchos.

Evan enrolló el pañuelo en uno de los extremos del palo y acercó la cerilla. Ya tenían luz, ahora sólo faltaba encontrar una salida a esa cueva. Evan miró a Pholus.

- ¿Esta cueva te suena de algo?

- Lo cierto es que, como cuando llegué estaba inconsciente, no tengo ni la más remota idea de dónde estamos.

- Pues qué bien – masculló Evan.

- ¿Ocurre algo? – quiso saber Claire.

- Pues, no quiero resultar alarmista, pero jamás había visto esta cueva antes, y casi podría asegurar que conozco Atenas como la palma de mi mano.

- ¿Y eso qué quiere decir?

- Supongo que simplemente significa que no conocía Atenas tan bien… una cueva no aparece de la noche a la mañana., así que, si encontramos la salida no habrá mayor problema.

- ¿Y si no tiene salida? ¿Nadie vendrá a por nosotros? – preguntó April.

Evan iba a contestar, pero no había pensado en aquello y la verdad es que la idea resultaba aterradora. Si, al igual que él, nadie sabía de la existencia de esa cueva, a nadie se le iba a ocurrir buscarlos allí…

- Tiene que haber una salida – dijo más para sí mismo que para los demás -, siempre la hay.

No tenían ni idea de cuánto tiempo llevaban caminando, sólo sabían que aquella cueva no parecía tener salida… ni final. Evan comenzó a ponerse de mal humor ¿Cómo era posible que jamás hubiese visto aquello? Una cueva no se generaba de forma espontánea y, visto el tamaño de las estalactitas y estalagmitas del interior, no es que fuese muy reciente. Intentó animarse a sí mismo diciéndose que, tal vez, acababan de hacer un importante descubrimiento arqueológico… hasta que se dio cuenta de que, si no salían de allí, de nada servía todo aquello.

- ¿Y ahora? – Pholus se detuvo a su lado, ante ellos, el camino se dividía.

- La derecha es cuesta abajo – dijo Claire esperanzada -, aunque podríamos internarnos más en la cueva.

- ¡Esperad! –gritó April – ¡ahí abajo hay luz!

Pholus se asomó a la entrada de la izquierda, sí… podría ser que aquello fuese una salida.