Capítulo 8

- ¿Has oído eso, Hércules? Los mercenarios nos llevan ventaja, ya han masacrado tres pueblos al oeste.

Hércules hizo una mueca de disgusto, aquello no le gustaba nada, esos mercenarios estaban siendo increíblemente rápidos y destrozaban todo aquello que se cruzaba en su camino. El semidiós y su amigo acababan de salvar a cuatro niños y dos mujeres que se habían quedado atrapados en un establo en llamas. Hércules hacía preguntas a las mujeres mientras Iolaus tranquilizaba a los niños y les daba agua en la fuente. En ese momento pasaron unos jinetes, hombres que habían huido de una muerte segura.

- Tenemos que darnos prisa.

- Deberíamos ir directos al siguiente pueblo de su ruta, por lo que parece, se dirigen hacia Atenas. – Iolaus miró a los hombres a caballo - ¿Por qué no os reunís con los supervivientes de este pueblo? Juntos podéis ver si queda alguien vivo en los otros pueblos, nos ahorrareis tiempo y os haréis compañía.

Los hombres asintieron y Hércules y su amigo comenzaron a correr.

- ¡Hércules!, ¡Por aquí!, es un atajo – gritó Iolaus. El semidiós no discutió, a fin de cuentas el rubio era el cazador y se orientaba mejor en el bosque que él.

Llegaron a un claro, desde allí podían oír gritos horrorizados. La gente huía sin saber hacia dónde, ya que hombres a caballo parecían salir de cada esquina. Los dos guerreros se miraron y, sin mediar palabra, se lanzaron en dirección al pueblo. Un caballo apresurado apareció de pronto y casi se los lleva por delante.

- ¿Estás loca? ¡Somos los buenos! – bromeó Iolaus.

- Eso lo decidiremos luego – contestó Xena con una media sonrisa -, ahora tenemos trabajo.

Xena y Gabrielle se bajaron de Argo. También habían oído hablar de los mercenarios y se disponían a pararles los pies.

Ahora eran cuatro, y no dos, los que bajaban a toda velocidad por el camino que conducía al pueblo. Hércules no pudo dejar de sentir una punzada en su interior, en aquel pueblo era donde Iolaus había encontrado a Seferis cuatro años antes, se preguntaba si el cazador se había dado cuenta. Su amigo había pasado todo ese tiempo buscando al joven, pero parecía que se lo había tragado la tierra.

El caos reinaba en el pueblo, llegaron a una plaza presidida por una enorme estatua de Ares.

- Eso es lo que ocurre cuando eliges mal a quien honrar – le dijo Hércules a Xena, quien hizo un gesto de asentimiento. Una mujer se había arrodillado frente a la estatua suplicándole ayuda al dios. Un mercenario se dirigía a ella blandiendo una espada. Iolaus corrió hacia ella y la apartó de allí.

- Luego habrá tiempo para las reclamaciones – dijo mientras la empujaba suavemente hacia un lugar seguro.- Ahora ¡váyase! – Sus tres compañeros habían comenzado a luchar ferozmente.- ¡Eh!, ¡no os quedéis toda la diversión! – comentó mientras desenvainaba su espada y se dirigía a dos mercenarios. En ese momento, algo atrajo su atención, un jinete le miraba fijamente… habían pasado los años, pero no olvidaría jamás esos ojos… - ¡Seferis! – dijo en un suspiro.

El joven había visto llegar a los cuatro héroes, por fin se le presentaba el ansiado momento de la venganza. Esos cuatro iban a pagar cara su traición. Lentamente, guió a su caballo hacia el cazador.

- Parece que volvemos a encontrarnos.

- ¿Qué haces con Ares? ¿Te has aliado con él?

- Sí, y tiene unas ganas especiales de acabar con vosotros. Él sí es mi amigo, así que le daré una alegría.

Iolaus vio chispear un rayo entre los dedos del joven… Ares había conseguido que el muchacho se decantase por su parte demoníaca y le sorprendía lo rápido que había aprendido a usar los poderes… él creía que eso llevaba más tiempo.

- Según tengo entendido – continuaba el joven con desprecio -, existe una pequeña ley entre los dioses y ninguno de ellos puede acabar con la vida de tu amigo… es una suerte que yo no tenga que acogerme a esa norma.

Iolaus se abalanzó sobre Seferis intentando tirarlo del caballo. No lo logró, así que, con la empuñadura de su espada, golpeó el flanco del animal consiguiendo que éste se lanzase a un galope sin rumbo. Cuando el semidemonio logró detener al animal, estaban ya a las afueras del pueblo.

- ¿Habéis visto a Iolaus? – preguntaba Hércules mientras se desembarazaba de cuatro mercenarios a la vez – Nunca le ha gustado perderse la diversión.

- Ni idea – contestó Xena recogiendo su Chakram al vuelo.

Gabrielle acababa de librarse de un oponente cuando vio al cazador persiguiendo a un jinete.

Tuvo un mal presentimiento.

- ¡Xena!, ¡Ahora vuelvo! – la bardo echó a correr dejando a la guerrera y al semidiós solos frente a unos mercenarios que parecían duplicarse por momentos. Se miraron, confundidos.

- ¿Qué mosca les habrá picado? – preguntó el semidiós, Xena se encogió de hombros.

- Lo mejor será acabar con esto de una vez y preguntarles – dijo.

Gabrielle corría, pero había perdido el rastro. Miró confusa a su alrededor, estaba segura de que habían ido por ahí…

- Seferis, escúchame – Iolaus trataba de razonar mientras esquivaba los continuos ataques en forma de rayos y golpes de espada que le enviaba el demonio, furioso -, no íbamos a traicionarte, pero Ares sí lo hará, lo conozco…

- Dijo que dirías eso

- Aún puedes arreglarlo todo, todavía hay algo humano en ti que quiere hacer buenas obras, puedes evitar todo este mal, eso queríamos hacerte entender.

Uno de los rayos le dio y lo envió contra una roca.

- ¿En serio es esto lo que quieres? –el cazador, herido, se incorporó con dificultad. Se apoyó en la roca con la que había colisionado y trató de recuperar el aliento antes de seguir -. ¿Disfrutas prendiendo fuego a las casas de gente inocente que ni siquiera conoces?

- No se puede confiar en los mortales, siempre se traicionan entre ellos – Con un movimiento de su espada, Seferis golpeó a Iolaus en el brazo izquierdo.

- Entonces es eso. ¿Buscas venganza? ¿Quieres vengarte de mí? – Iolaus clavó sus azules ojos en el muchacho.

- ¡Lucha y calla, maldita sea! – Seferis estaba enloquecido, su cabeza estaba repleta de dudas, no sabía qué pensar. Estaba enfadado con Iolaus por no defenderse, estaba enfadado con Ares por sus mentiras, estaba enfadado consigo mismo por lo que estaba haciendo… Comenzó a golpear al cazador con rabia, pero éste simplemente se concentraba en defenderse sin atacar, con un rápido movimiento de su espada, desarmó al muchacho.

Gabrielle oyó el ruido de la lucha y, cuando por fin los encontró, un Iolaus herido trataba de ponerse en pie, mientras que Seferis le amenazaba con una daga.

- ¡Adelante, hazlo! Si eso es lo que realmente quieres, pero después no creas que te vas a sentir mucho mejor – decía el rubio. – Si crees que es lo que realmente merezco, adelante, no me voy a defender.

Seferis miró en los ojos del hombre que le había prestado su ayuda hacía cuatro años, le había dado de comer y había cuidado de él sin conocerle y sin pedirle nada a cambio. Esos no eran los ojos de un traidor. Vio su reflejo en la daga… él sí lo era, estaba a punto de matar a la única persona que se había preocupado por él, eso era lo que Hércules había querido decir. Si no hubiese huido, tal vez las cosas hubiesen sido de otro modo. Levantó la daga que Ares le había dado para matar a Hércules.

- Lo siento, Iolaus – dijo en voz baja

- ¡Iolaus! – gritaba Gabrielle al tiempo que comenzaba a correr hacia ellos.

El demonio había cerrado los ojos, avergonzado, y, con un movimiento, clavó la daga en su propio corazón.

- ¡Nooooo! – gritó Iolaus lanzándose a parar la caída del joven.

- Perdóname. Tu amigo tenía razón, no se podía luchar contra mi destino, sólo había una forma, y era matarme – el muchacho sonrió -. Ahora lo entiendo.

El demonio murió. Gabrielle había aminorado su carrera y se acercó al cazador lentamente, éste sostenía al muchacho entre sus brazos sin impedir que las lágrimas brotaran de sus ojos.

- Debí buscarlo más, debí evitar que esto pasara…- murmuraba.

En ese momento, Ares se materializó.

- ¿Qué le has hecho a mi guerrero? – gritó enfadado.

- Maldito seas, Ares – dijo Iolaus entre dientes.

- Maldito tú, estúpido mortal. ¿Quién te crees que eres, estropeando siempre los planes de los dioses? Lo vas a pagar muy caro y esta vez ni el insulso de mi hermano, ni las muñequitas guerreras podrán hacer nada para evitarlo. Más tarde o más temprano me vengaré – dijo mientras desaparecía, no sin antes maldecir al pueblo que le había arrebatado a su aliado.

Cuando Xena y Hércules llegaron, Gabrielle ayudaba al cazador a ponerse en pie. Al ver a Seferis muerto, imaginaron lo que había ocurrido allí.

- ¿Lo has…? – comenzó a decir Xena

Iolaus, muy apenado, negó con la cabeza.

- Ha sido él, tenía una daga especial, supongo, porque era un demonio, no debería ser tan fácil matarlo… supongo que era un arma destinada a ti, Hércules. En el fondo no era tan malo – añadió antes de que la oscuridad se apoderase de él, lo último que sintió antes de perder la consciencia fue cómo Hércules frenaba su caída.