Capítulo 9

La mañana era fría, Evan y Pholus se dirigieron a la taberna a comer algo, allí se encontraron con Claire y April, que habían madrugado más que ellos. Se sentaron junto a ellas y observaron el desayuno: Pan de cebada, vino y fruta… Evan hubiese preferido una enorme taza de café, pero algo le decía que, por más que lo pidiese, no se lo iban a dar, además, estaba hambriento, ya que el día anterior no había comido nada desde el mediodía, y la fruta tenía un aspecto exquisito. Palamedes se acercó a ellos.

- ¿Han dormido bien? – preguntó con una enorme sonrisa que comenzaba a desquiciar a Evan.

- Estupendamente, gracias – contestó Pholus, jovial.

Claire miró al muchacho sin dejar de preguntarse por la vida que habría llevado. April también lo estudiaba, Pholus tenía los ojos más grises que ella hubiese visto jamás y era muy moreno. El muchacho le sonrió al darse cuenta de que le estaba observando y la joven bajó la vista, azorada. Evan hizo un gesto divertido a Claire al ver la escena y ella no pudo reprimir una sonrisa.

- Después de desayunar, intentaré encontrar la forma de volver a Atenas, la gente comenzará a preocuparse… si no lo está ya – Evan suspiró aún no llevaba una semana en el nuevo trabajo y ya estaba faltando sin avisar, porque, como era de esperar y cumpliendo todas las expectativas de un pueblo perdido, allí no funcionaban los teléfonos móviles… aquel iba a ser, sin duda, el trabajo más corto de su vida.

- Si nos dividimos seremos más rápidos- sugirió Pholus.

El rubio asintió. Al cabo de unas horas, Claire y él caminaban en busca de una ruta que les llevase a casa. Nuevamente el camino estaba bloqueado por una montaña, sólo que esta vez no había ninguna cueva, era como si el pueblo estuviese metido entre aquellas piedras. Decidieron que lo mejor sería caminar pegados al muro, para ver hacia dónde conducía aquello. Llevaban un buen rato caminando y preguntándose dónde acababa la montaña y por qué parecía curvarse hacia el interior cuando se encontraron con Pholus y April, quienes, al parecer, habían tenido la misma idea.

- ¿No hay nada que no sea roca por aquí? – preguntó el ladrón, desesperado.

Evan sacudió sus rizos.

- Nosotros hemos visto otra cueva más atrás – informó April -, pero no inspiraba mucha confianza.

Un estrecho sendero les condujo a través de un bosque hacia la entrada de una cueva. De su interior salían extraños sonidos que los cuatro interpretaron como el sonido del aire a su paso a través de la cueva. Se disponían a entrar cuando una voz les detuvo.

- Yo que ustedes no entraría – dijo un hombre -, es peligroso.

Los cuatro se giraron, aquel hombre había estado en la taberna la noche anterior.

- ¿Hacia dónde conduce esta cueva? – preguntó Claire.

. No tiene salida – el tono del hombre no era amable en absoluto, más bien denotaba que, o salían de allí, o se vería obligado a sacarles él mismo, y vista la complexión del lugareño, aquella no era una perspectiva agradable -. Ahora váyanse.

- Necesitamos regresar a Atenas – dijo Evan, que había perdido la cuenta de cuántas veces había repetido esa frase en menos de un día.

- Ustedes no irán a ninguna parte – de pronto en el rostro del hombre se dibujó una sonrisa que resultaba mucho más estremecedora que su expresión hostil anterior -, no querrán perderse la fiesta que estamos preparando en su honor… no recibimos muchas visitas y, cuando viene alguien es motivo de gran alegría.

A Evan le encantaban las fiestas, pero algo le decía que esta no iba a resultar de su agrado.

- Y esas visitas… ¿Por dónde se van después? - aventuró a decir.

El hombre rió, luego palmeó el hombro de Evan mientras conducía a los forasteros de vuelta al pueblo.

- Después de la fiesta os lo diremos.

Minutos después, los cuatro forasteros se encontraban en la plaza principal del pueblo, la gente caminaba con una aparente despreocupación, pero sin quitarles la vista de encima.

- ¿Por qué dedicar un pueblo al que nadie sabe llegar al dios de la guerra? – preguntaba Evan mientras miraba la estatua que adornaba el centro de la plaza con las manos en las caderas -. Si yo viviese en un pueblo que parece metido dentro de una montaña me encomendaría a Gea, para que no se me cayese encima.

Claire observaba al griego mientras estaba sentada en la gran escalera de un edificio, presumiblemente la cámara del consejo, el edificio donde se reunía el consejo de la ciudad y donde celebraban los juicios. Se había fijado en él en el primer momento que lo vio, algo que jamás admitiría en público y mucho menos delante de Margaret. Ese joven que se había metido en su conversación con aquel descaro, ese ondulado cabello rubio y aquellos ojos azules que chispeaban como si fuese un niño a punto de hacer una travesura, y esa sonrisa que le daba un aire tan familiar… había despertado en ella una sensación que nunca antes había experimentado. Eso no dejaba de asustarla, se sentía vulnerable y eso no le gustaba. Ya le habían hecho demasiado daño en su vida como para permitir que se lo hiciesen de nuevo. Sin embargo, todo parecía tan fácil cuando Evan sonreía…

- Que la única entrada al pueblo sean un par de cuevas, da una ventaja enorme a los aldeanos en caso de que necesitasen defenderse – seguía meditando el griego en voz alta. Nunca le había interesado la guerra, pero sí le encantaba la estrategia y solía pensar como un guerrero. La mejor idea que habían tenido sus padres había sido apuntarle a aquella actividad extraescolar de artes marciales, era esa una forma de lucha y una filosofía de vida que le atraían enormemente y lo había disfrutado mucho… no como cuando decidieron explotar su lado creativo en pintura… Evan tenía mucha imaginación, pero intentar plasmar sus ideas en un lienzo había resultado demasiado traumático para él y había tenido consecuencias un poco trágicas para la profesora, que debió tardar mucho en limpiar la pintura de las paredes y de su bata de trabajo.

Una vez cansado de examinar la estatua, Evan se sentó junto a Claire. Apoyó el cuerpo en los adornados laterales de la escalera y apoyó el codo en la rodilla de la pierna que tenía más elevada.

- Me están poniendo nervioso – susurró

Claire lo miró interrogante.

- Los lugareños – se explicó el griego – no dejan de observarnos y ¿por qué están todos en la plaza? Es como si no quisieran dejarnos solos. Esa cueva oculta algo, tal vez sea una salida y por eso no nos dejan ir.

- O tal vez sea realmente peligroso, como ellos dicen – dijo la profesora, a pesar de que sus palabras no sonaron muy convincentes.

- ¡Venga ya! – exclamó Evan sonriendo traviesamente -. ¿desconfías de mí porque me encuentras un par de días seguidos y te fías de unos tipos que viven apartados del mundo normal y visten como si estuviesen en la Grecia antigua?

Claire rió divertida.

- A lo mejor hemos cambiado los papeles… tú parecías confiar en todo el mundo

- ¿Quién?, ¿yo? Me confundes con mi amigo Lysander. Yo soy algo más paranoico… a veces.

- ¡Tanta atención me está sacando de quicio! –exclamó Pholus acercándose a los dos adultos.

April le seguía con timidez. En el rostro de Evan brilló una sonrisa.

- ¿Ves? No soy el único.

Pholus no pudo evitar reír. ¡Quién le iba a decir que se iba a encontrar tan a gusto con aquellos deconocidos! Ni siquiera habían hablado del asunto del robo del bolso sólo lo habían mencionado cuando, antes de dormir, Pholus comentó su sorpresa al ver a Evan con la mujer que había sido tan descortés con él aquel día. El hombre había soltado una gran carcajada comentando que él era el primer sorprendido. Por primera vez en mucho tiempo, el chico se sentía cómodo con la gente, él, que siempre había sido una especie de lobo huraño y solitario, pero aquel rubio contagiaba su buen humor y su gusto por la vida.

- Cada vez que me muevo hacia cualquier sitio, encuentro tres aldeanos que se encargan de traerme de vuelta sutilmente.- dijo.

- Bueno, a mí me traen a empujones – comentó Evan recordando un intento de evasión anterior -, eso sí, muy sonrientes. Parece que a ti te aprecian más que a mí.

- Tenemos que salir de aquí – susurró Claire. Los aldeanos observaban intentando no perder hilo de la conversación de los forasteros. Cuando no pudieron oír, se acercaron disimuladamente. Los cuatro visitantes se dieron cuenta e inmediatamente se perdieron en una superficial conversación.

- ¡Mis queridos amigos! – Palamedes apareció tras ellos, salía del edificio en cuya escalera se habían sentado - ¿Hambrientos ya?

Ninguno contestó, pero el hombre decidió que su silencio era una clara afirmación y los arrastró de nuevo a la taberna. Evan notaba cómo la gente del pueblo le observaba con rencor, como si les hubiese hecho algo, aunque no podía imaginarse el qué, ya que hasta el día anterior desconocía por completo la existencia de ese pueblo y sus habitantes. Se sentaron y observaron sus platos, cordero estofado.

- Confirmado, Pholus, al menos, les cae bien –suspiró Evan viendo que al joven le habían servido abundantemente. El ladrón también se había dado cuenta y ofreció parte de su comida al hombre, a quien habían servido una escasa ración. Evan lo rechazó con una sonrisa.

- Come, que lo necesitas, ya no tengo demasiado apetito… ¡Caray! ¡Jamás creí que pudiese decir eso!

Comenzaron a hablar sobre lo preocupada que estaría la gente por su ausencia. A Claire le aterraba el lío en que se había metido, no sólo se había perdido, sino que una alumna estaba con ella. April la miró.

- Ha sido mi culpa – dijo tristemente -, si no hubiese echado a correr como una niña asustada y no me hubiese metido en esa estúpida cueva…

- No te culpes – contestó Evan mirando a la niña fijamente -, cuando tenemos miedo actuamos de forma irracional, por eso es "miedo"

- Pero he causado tantos problemas…

Claire pasó su brazo por los hombros de la niña y le dio un suave apretón

- No pasa nada – susurró -, saldremos de aquí y tendremos una bonita historia que contar… aunque la gente pensará que nos hemos dado un golpe en la cabeza y hemos sufrido una alucinación colectiva.

Pholus no dijo nada, a él nadie le echaría de menos y, en el fondo, no estaba seguro de si realmente quería volver a Atenas. Aquella gente le caía bien y, cuando volviesen, todo sería como antes, cada uno regresaría a su vida y él… a él no le apetecía estar solo otra vez. Sin embargo, no era un chico egoísta, sabía que sus nuevos amigos tenían cosas que hacer en Atenas el pueblo no le inspiraba la suficiente confianza como para quedarse allí.

Al cabo de unas horas, los cuatro forasteros descubrieron con alegría que su estrategia había funcionado, se habían separado con excusas diversas como pasear, dormir, o explorar más a fondo el pueblo y habían logrado escabullirse. Evan fue el último en llegar al punto de encuentro, la entrada de la cueva de la que habían sido apartados casi a empujones.

- Lo siento, cada vez que doblaba una esquina encontraba a unas cuantas personas que me miraban como si hubiese asesinado a alguien… - se excusó.

- ¿Entramos?- quiso saber Claire, los demás asintieron y se internaron en la cueva. No parecía muy diferente a aquella en la que habían estado el día anterior. April se había colocado junto a Claire, un poco molesta consigo misma por la sensación de inquietud que le invadía… ella no era una cobarde, ¿por qué no podía mostrar algo más de valentía esos días?

Claire sostenía una antorcha y caminaba con cautela, nunca le habían gustado las cuevas, ya que siempre le invadía la sensación de que se iban a derrumbar cuando ella estaba dentro, sin embargo del techo de ésta sólo caían gotas de agua, cuyo sonido resonaba por toda la estancia, hubiese sido relajante, de no ser por toda aquella oscuridad y el continuo rugido.

Fue entonces cuando les atacaron. De la nada aparecieron una veintena de hombres con máscaras y armados con espadas, hachas y mazas. Los cuatro se miraron e, instintivamente se colocaron espalda contra espalda. Evan adoptó una postura defensiva, ahora era el momento de comprobar si todas aquellas horas de actividad extraescolar habían sido efectivas.

Extrañamente, cuando comenzó la lucha, Evan se descubrió a sí mismo realizando movimientos que jamás había visto. De un salto, se colocó sobre los hombros de un adversario, estiró los brazos para golpear a los que estaban a su lado y luego golpeó la cabeza del que estaba bajo él. Se echó hacia atrás y se apoyó en el suelo con las manos, aprovechando el movimiento descendente de sus piernas para patear a otro que se acercaba por detrás y por último se escabulló bajo las piernas del hombre al que se había subido antes, derribándolo de un puñetazo en el estómago. De otro salto se puso en pie al tiempo que cogía la espada de uno de los caídos, la giró varias veces en su mano y miró desafiante a sus oponentes antes de lanzarse al ataque con un grito de guerra. Claire, mientras tanto, también había descubierto que sabía luchar… y muy bien, por cierto. Mientras daba volteretas, patadas y golpes a sus enemigos, en su cabeza veía imágenes de sí misma luchando con un bastón y con ropas similares a las de los habitantes del pueblo… también se veía con el pelo más corto y empuñando una especie de cuchillos. Se veía haciendo los movimientos que ahora mismo hacía, y otros que resultaban exitosos cuando los ponía en práctica después de que surgieran en su cabeza, como agacharse con una pierna estirada y girar para tirar al enemigo golpeándole las piernas con la suya… ¿Habría sacado el giro del Mortal Kombat?

- ¡Ya basta! – una voz detuvo la pelea, aunque no quedaban muchos enemigos en pie, había hombres enmascarados inconscientes por todo el suelo, el que había hablado sujetaba a April y apretaba una daga contra su cuello.

- ¡Suéltala! – dijo Claire, desafiante y bastante confiada y crecida al ver los resultados de la pelea.

- Volved al pueblo y no le pasará nada – dijo el hombre.

April estaba aterrada. Evan miró a los demás, que asintieron. Los tres soltaron las armas que habían cogido de sus enemigos.

- Muy bien, pero ahora suéltala – contestó Pholus acercándose muy despacio.

Nuevamente fueron llevados a empujones de vuelta a Hymetrias.

- ¡Caray! No me hubiese imaginado que luchases tan bien – susurró Evan con un deje de admiración y sorpresa en su voz.

- Yo tampoco, supongo que a veces hacemos cosas increíbles cuando no queda otro remedio – contestó ella sin demasiada convicción en su voz. Algo en su interior le decía que ella realmente sabía luchar, y que ya lo había hecho en incontables ocasiones. Aquellos flashes… ¿eran fruto de su imaginación? Lo cierto es que se asemejaban más a recuerdos, pero ella nunca había peleado. Todo aquello era tan extraño… -. Tú tampoco has estado mal.

- Ya… - contestó el rubio, ausente. Él también tenía cosas en las que pensar. Jamás había sido un acróbata, ni había luchado con espadas… ¿Cómo era posible que pudiese empuñarla y se sintiese como si llevase haciéndolo toda su vida? Y esa forma de luchar… era como una versión anticuada; y efectiva, todo había que decirlo; de lo que él había aprendido de pequeño. Y lo peor era que hasta podría decir que, en el fondo, ¡se había hasta divertido con aquella escaramuza!