Capítulo 10
A Iolaus le dolía la cabeza. Tal vez debía haber hecho caso a Hércules y haber esperado a recuperarse por completo, pero nunca había sido un buen paciente, además, no aguantaba estar tanto tiempo en una cama sin hacer nada, ni siquiera había podido dormir, ya que a sus pesadillas con Dahak se le habían unido otras sobre la muerte de Seferis, que se repetía incesantemente en su memoria sin que él pudiese hacer nada por evitarlo.
Su mejor amigo lo miró con preocupación, el cazador se veía cansado.
- Lo siento mucho – musitó -, ha sido culpa mía, no debí haberlo asustado.
- No lo fue, oyó una conversación y tal vez la sacó de contexto. Además, fue mi culpa, también, lo ví correr hacia el bosque, debí haber ido tras él… Debí haberlo buscado, después.
- ¿Bromeas? ¡Pasaste los cuatro años siguientes buscándolo!
Iolaus sacudió la cabeza.
- No lo suficiente.
Hércules suspiró, cuando su amigo se ponía así, no había forma de razonar con él. Comenzó a caminar en silencio, cabizbajo. Iolaus se giró y le sonrió.
- Dejémoslo en que no fue culpa de nadie, era su destino, tenías razón y, a pesar de que no fue de la manera que yo tenía pensada, en el fondo sí lo cambiamos, pues prefirió morir antes que seguir haciendo el mal. Fue muy valiente por su parte… y un acto de bondad. Así que deja de estar triste, Hércules. No te culpo de nada, lo sabes, simplemente me duele la cabeza y ya sabes que me pongo muy insoportable cuando pasa.
El semidiós miró a su amigo, era cierto que no le guardaba rencor… pero eso no impedía que él sí se lo guardase a sí mismo.
En esos momentos retumbó un trueno y comenzó a llover torrencialmente.
- ¡Genial! ¿Ahora esto? ¿Se puede saber qué tienen los dioses en nuestra contra? – Iolaus miró a su amigo y esbozó una sonrisa traviesa -. ¡Ah!, espera, creo que me hago una idea…
- Será mejor que volvamos al pueblo y nos resguardemos allí.
Los dos amigos se giraron justo a tiempo para ver una gran explosión de luz cegadora donde estaba el pueblo. Cuando por fin sus ojos volvieron a ver bien, descubrieron con horror que el pueblo había desaparecido y en su lugar había surgido una montaña. Corrieron a buscar supervivientes… si es que era posible que alguien pudiese sobrevivir a lo que quiera que fuese lo que acababa de ocurrir. Nada indicaba que allí hubiese habido una aldea, era como si la montaña hubiese estado allí siempre. Los héroes se miraron sin comprender.
- ¿Tendrá que ver con la maldición de Ares? – murmuró Iolaus sin apartar la vista de la montaña.
- No lo sé…
- Podrías preguntar a tu familia. – Iolaus no pudo reprimir un escalofrío. Se estaba helando bajo aquella tormenta. Hércules, como siempre, parecía llevar mejor que él las adversidades climatológicas.
El semidiós frunció el ceño, detestaba recurrir a sus parientes, pero esta vez estaba claro que aquello tenía algo que ver con los habitantes del Olimpo. Ni un pueblo desaparecía sin más, ni una montaña crecía en dos segundos. Además, su compañero no tenía buena cara, y esperar bajo la lluvia a que él se decidiese no le estaba ayudando mucho a mejorar. Como era de esperar el templo más cercano era el de Ares, así que continuaron caminando hasta llegar al siguiente, dedicado a Atenea. Tenía bastante lógica, teniendo en cuenta su proximidad con Atenas. Iolaus se sentó en un rincón del austero templo, sacó una manta de su bolsa, se arrebujó en ella y esperó a que su amigo llamase a su hermana.
- ¡Hola, Hércules! – dijo la diosa de la sabiduría apareciendo con un destello de luz. Se inclinó hacia un lado para ver al cazador que temblaba en su rincón - ¿Está bien?
- Supongo que ha conocido épocas mejores – aseguró el semidiós.
- No me extraña, pobrecito, con esas pesadillas…
Hércules abrió la boca para instar a la diosa a ir directa al grano, pero aquello había sido impredecible.
- ¿Pesadillas? – de pronto, la desaparición del pueblo no parecía tan urgente.
- Dahak, Seferis… parece que los demonios tienen una especial predilección por él… y lo cierto es que le preocupa más de lo que parece.
- ¿Cómo sabes que…? – ante la mirada de la diosa, Hércules calló. ¡Claro que lo sabía!, ¡era la diosa de la sabiduría!, se dijo.
- Bueno, no me llamaste por esto. Ninguno de nosotros tiene nada que ver con el asunto de la montaña. Creo que hubo algo más. Vale que Ares maldijese al pueblo, pero ya sabes cómo es, mucho "blablabla", pero luego nada, esa fue otra de sus pataletas, luego estalló una batalla en Tracia y se olvidó del asunto. – añadió con una sonrisa. – Algo se ha alterado en el devenir de la historia, y el Destino no está contento.
- ¿Seferis no debía morir?
- Soy la diosa de la sabiduría, pero a veces no puedo saberlo todo – se excusó Atenea encogiéndose de hombros -. Sólo sé que ocurrió algo que no tenía que haber ocurrido. Ahora será mejor que te lleves a Iolaus a un lugar caliente antes de que se ponga enfermo. – Ante la mirada de su hermano, explicó -. Aún está débil por las heridas que le hizo Seferis y de no dormir en todos estos días, así que el frío y el agua no le ayudan. Nada grave, de momento, pero si pasa más tiempo…
Hércules asintió y se despidió de la diosa con un gesto agradeciendo que algunos de sus parientes fuesen amables. Claro que tenían sus momentos egoístas y que les gustaba jugar con los destinos de los mortales, eran dioses, al fin y al cabo pero también se preocupaban por sus fieles, y algunos querían y respetaban a su amigo. Nunca dejaba de sorprenderles ese mortal que era capaz de enfrentarse a ellos continuamente si decidía que lo que hacían era injusto.
- ¿"Alterado el destino"? ¿Cómo?
Caminaban mientras Hércules ponía a su amigo al corriente, el semidiós se encogió de hombros.
- Atenea dijo que no lo sabía.
- ¿Pero no es la diosa de…?
- Sí… - le interrumpió su amigo -, pero dice que ni siquiera ella puede saberlo todo.
- Pues sí que estamos bien… - masculló el cazador con otro escalofrío. Nunca entendería a los dioses. Hércules le pasó un brazo por los hombros, como queriendo compartir su calor con su amigo.
- ¿Cuánto hace que no duermes? Debí haberlo sospechado, no sueles ser tan madrugador.
Iolaus le miró con los ojos muy abiertos.
- ¿Y tú de dónde sacas que no he…? – comenzó a decir, pero su compañero señaló el cielo con la cabeza - ¡Ah!, eso sí lo sabe, ¿no? – protestó me mires así, Hércules, precisamente no te lo dije porque odio que me mires así.
- ¿Qué te mire cómo?
- Pues así, como haces ahora… Me hace sentir culpable por hacerte sentir mal – Sacudió su cabeza -, es muy difícil de explicar, Herc, simplemente, que yo no duerma no es tu culpa y que te pongas triste no va a ayudar. ¡Mira! Allí hay una taberna, vayamos a tomar algo caliente, nos sentiremos mejor… al menos yo, que parece que a ti no te afecta nunca nada.
Hércules sonrió y apretó el brazo que rodeaba a su amigo mientras bajaban el camino sin prisa… total. Ya estaban calados hasta los huesos…
