Capítulo 11
- ¡Hola!
Lysander y Thyra, que habían salido a dar un paseo una vez se hubieron calmado las cosas tras el seísmo, se dieron la vuelta. Tras ellos estaba una rubia preciosa que sonreía con ingenuidad. La pareja sonrió al reconocerla, se trataba de Margaret, o más bien deberían decir…
- El otro día poco me faltó para lanzarme a tus brazos – sonrió la rubia tras comprobar que Thyra no la veía como una rival -, pero mi compañera aún no lo hubiese entendido. Habría pensado que cada vez soy más descarada con los hombres.
Lysander miró a su novia, divertido.
- Veo que por fin os habéis decidido… os ha llevado tiempo, pero en fin – continuó Margaret mientras jugueteaba con sus rizos.
- ¿Qué te trae por aquí? – quiso saber Thyra.
- Bueno… la otra noche, en la Acrópolis, me di cuenta de que él me había reconocido… - contestó señalando a Lysander. – Pero tu amigo, no. Así que me he pasado toda la semana provocando encuentros casuales. Ninguno tiene ni la más remota idea.
- ¿Por qué esa urgencia, Afrodita?
- Bueno… era el momento. Cuando convencí a Claire para que viniese a la excursión, lo hice para que recordase quién era ella, porque allá, en los Estados Unidos no se sentía completa. No me podía imaginar que lo que iba a ocurrir aquí. Sólo fui consciente cuando nos encontramos con vosotros vi en tu mirada que sabías quiénes éramos. Sinceramente, me gustaría que mofletitos lo recordase cuanto antes. ¿No lo has intentado, Hércules?
- Planeé las cosas para que se encontrase con el amuleto. – dijo tristemente -, pero no fue suficiente. Creí que funcionaría, Iolaus nunca se separaba de él.
Hércules recordó los sucesos de los últimos días. Después de dejar a un Evan recién despedido, no se podía imaginar lo que iba a ocurrir. Laertes le había presentado a la nueva empleada, una mujer impresionantemente hermosa que le miraba entre divertida y curiosa. Esa misma mañana, cuando cerraron para irse a comer, Thyra le dio una caja con un amuleto, lo había encontrado en una excavación en la que trabajaba. En cuanto se dio cuenta de a quién pertenecía, dejó su trabajo y buscó a sus amigos. La oportunidad se presentó cuando se enteró de que Lysander necesitaba un empleado. Cuando Lysander cogió la joya todo pareció cobrar sentido. Miró a Xena, que le sonreía afablemente y, lleno de felicidad, le dio un abrazo y un apasionado beso. A Evan le había divertido mucho el momento en que su amigo le comunicó que estaba saliendo con la nueva empleada.
- Con lo tímido que eres para estas cosas, eso tiene que significar algo – había dicho con una sonrisa maliciosa.
Y fue en ese momento cuando Hércules se dio cuenta de lo mucho que, aunque Evan no distaba mucho de Iolaus, ya que compartían su buen corazón, su testarudez su gusto por la buena comida, las mujeres, las fiestas y las bromas, aquel no era Iolaus al completo, así que, aprovechando que su amigo estaba desempleado, lo organizó todo para que el cazador viese su amuleto… para descubrir con gran tristeza que no había funcionado.
Afrodita sacudió la cabeza y chasqueó la lengua.
- ¿Qué ocurre? – quiso saber Xena.
- Pues que ha llegado el momento de que se cumpla la profecía, y si Iolaus no recuerda quién es…
- ¿La profecía? ¿Qué profecía? – Hércules volvió a sentir la terrible angustia que había sentido hacía miles de años cada vez que su amigo estaba en peligro.
- ¿No te ha hablado ricitos de su encuentro con un ladronzuelo…?
En ese momento, la luz se hizo en la cabeza del semidiós. ¿Cómo se le podía haber pasado por alto?
- ¡Seferis! Pero… ¿Cuál era la profecía? Seferis estaba destinado a Ares, y se fue con él…
- La verdad es que no lo sé, no sé si el destino de Seferis era ser bueno, o ser malvado, si era morir, o era matarte… aunque esto último lo dudo porque no eres tú el que está ahora en Hymetrias.
- ¿En Hymetrias? ¡Ese pueblo desapareció bajo una montaña!
Afrodita asintió.
- ¿Dónde está? ¡Tenemos que ayudarle!
- No puedes, hermano, no formas parte de esto… Iolaus está allí, las parcas hasta han organizado un terremoto para dirigirlos al camino. No temas, Gabrielle está con él… aunque tampoco recuerda nada – añadió en voz baja.
- ¡Gabrielle! – exclamó Xena. Desde que Hércules le había contado que la habían visto, no había dejado de desear ver a su amiga, pero como Iolaus no dejaba de quejarse de los desdenes de la joven, no veía muchas posibilidades.
- ¡Oh!, la pequeña barda ha sido difícil de encaminar – continuó Afrodita -, se buscaba unos novios sosísimos y desconfiaba de todo el mundo… Ni teniéndome como amiga cambió su opinión sobre los hombres.
Xena no pudo evitar sonreír imaginando lo duro que tenía que ser tener a la diosa del amor como amiga.
- Mi plan de traer a Gabrielle comenzaba a ser perfecto porque, a pesar de no haber reconocido a Iolaus, el cazador no ha perdido el toque y sí encendió una chispita en su corazón, por eso era tan antipática con él, creo que tenía miedo de enamorarse y echarlo de menos al volver a América.
