Capítulo 12

- Al menos deberíamos haber esperado a que Iolaus se recuperase de sus heridas – protestó Gabrielle mientras caminaba. Xena sonrió divertida, caminando a su lado mientras sujetaba las riendas de Argo.

- Ya está casi curado – dijo.

- No en su espíritu, aún se siente culpable por lo de Seferis - comentó la barda, a la que se le daba tan bien leer las almas de la gente-... y Hércules se siente culpable también, por lo que pasó en el campamento hace cuatro años, cree que por su culpa Iolaus resultó herido y está tan deprimido. Nos necesitan para superar esos sentimientos. ¿Cómo van a seguir adelante con tanta pena?

- Es parte de la naturaleza de los dos, Hércules se sentirá responsable por todo lo malo que le pueda ocurrir a Iolaus, ya que si no estuviese con él, no correría tantos riesgos. – Xena comprendía al semidiós a la perfección, ya que a ella le ocurría algo parecido con Gabrielle.

- A lo mejor a Iolaus le molesta tanto proteccionismo, si está con Hércules es porque quiere – la pelirroja se veía bastante reflejada en el cazador, Xena a veces era igual que una mamá osa. La guerrera rió.

- Eso seguro, terco como es… Pero Iolaus no tardará en desesperarse y sacará el tema, y le dirá claramente lo que piensa. Por eso se llevan tan bien, si algo les molesta, no tardan en decírselo, lo discuten y tan contentos.

- Yo creo que a veces Hércules debería leer más entre líneas – protestó Gabrielle intentando que Xena captase la indirecta.

Y Xena la había captado hacía rato, pero prefirió hacerse la tonta y rió de nuevo.

- A lo mejor sí lo hace, pero sabe que no puede prometer que no se volverá a preocupar por su mejor amigo, así que, simplemente, no saca el tema.

Gabrielle resopló y se perdió la sonrisa triunfal que se había dibujado en el rostro de su compañera.

- ¿A dónde vamos, ahora? – quiso saber, más por cambiar de tema que por curiosidad.

- Hacia Calcis, he oído que un guerrero está atemorizando a los habitantes de un pueblo cercano.

- Vaya, vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí? – dijo un hombre acercándose.- , dos señoritas viajando solas, ¿Quién os defiende de los saqueadores, muñecas?

De detrás de los árboles salieron más hombres.

- Si nos vas a atracar, adelante, pero no nos hagas escuchar tus tonterías – dijo Xena cogiendo su espada, impaciente.

- Caramba, Tymeus, esta chica tiene carácter, ¿eh?- dijo otro de los hombres sin dejar de sonreír.

Xena y Gabrielle se miraron y, con una sonrisa, comenzaron a luchar. Al cabo de unos pocos minutos, los saqueadores estaban en el suelo y las dos mujeres se alejaban con paso tranquilo mientras charlaban despreocupadamente.

- Iolaus tiene razón cuando dice que tiene que haber una academia para bandidos en donde les enseñan "las mejores frases para comenzar un atraco" – decía la barda. Xena asintió.

Llevaban un rato caminando cuando la guerrera se dio cuenta de que su amiga estaba inusualmente callada. La miró extrañada.

- ¿Ocurre algo?

- Ha dicho que no tuvimos la culpa, que fuimos víctimas de Dahak al igual que ellos.

A la morena no le gustaba recordar aquella historia, Gabrielle, Esperanza, Solan, Dahak, Iolaus… eran todos momentos angustiosos que preferiría borrar de su memoria.

- Tiene razón – añadió sombría y con la vana esperanza de que su compañera cambiase de tema.

- Ha asegurado que es peor lo que hizo conmigo…

- Todo ha sido horrible.

- Pero él murió… debimos haberles advertido en aquel primer momento. ¡Mi "hija" intentó evitar que Hércules naciese!

- Gabrielle… no le des vueltas, no hables más de esto.

La barda se dio cuenta de que esos recuerdos no sólo la atormentaban a ella, sino que su amiga sufría terriblemente cada vez que hablaba de eso, así que decidió cambiar de tema.

- Está bien, te contaré una historia que oí hace unos días en la taberna, es muy divertida, ya verás.

Xena sonrió con gratitud, una sola palabra más sobre Dahak y se volvería loca. En el fondo, el demonio había tenido suerte de que hubiesen sido Iolaus y Hércules quienes acabaron con él, porque si ella hubiese estado allí, se hubiese encargado de ser su peor pesadilla, si es que un demonio podía tenerlas. Lo que estaba claro es que el Tártaro iba a ser un paraíso al lado de lo que ella pensaba hacerle.

Tan absortas estaban en la historia de Gabrielle que no se dieron cuenta de la emboscada. Jinetes y luchadores se lanzaron sobre ellas en masa. El enemigo, como siempre, era un pariente de algún general inhumano al que ellas habían derrotado que clamaba venganza. Las luchadoras apenas se veían la una a la otra, de tan rodeadas que estaban. Sólo hubo un momento, cuando Gabrielle se había desembarazado de un enemigo de una patada, en el que pudo ver a su amigo… y detrás de ella a un hombre que se acercaba con una daga.

- ¡Xena! ¡Cuidado! – gritó desesperada.

Claire se despertó sobresaltada… y cansada como si hubiese sido ella la que hubiese estado luchando. Sonrió, al final Evan no era el único que soñaba con cuero y espadas, había conseguido hasta que soñase con una morena con un chakram, tal y como él había descrito. Sin embardo, aquel sueño parecía tan real… se parecía a las imágenes que habían aparecido en su mente cuando luchaban en la cueva. No tenía mucho sentido verse a sí misma con el pelo tan corto, ni luchando así. Tal vez había tenido ese sueño más veces y lo recordó cuando peleaba, pero… ¿Por qué soñar consigo misma luchando? Ella nunca había hecho daño a nadie, no sabía golpear, y nunca creyó que fuese capaz de levantar la pierna tanto para dar esas patadas. Pero, ahora que pensaba con más detenimiento… ni siquiera sabía dónde estaba en ese momento, ni cómo había llegado allí. Lo último que recordaba eran aquellos hombres enmascarados llevándolos de vuelta al pueblo, la fiesta, y la comida… Evan había mirado los platos con recelo y se negaba a comer, pero volvieron a amenazar a April, con lo que todos se metieron un bocado. ¡Claro! ¡eso debía ser! Les habían echado algo en la comida, por eso no se acordaba de nada más.

Miró a su alrededor, no tenía ni idea de dónde estaba. La única luz que le llegaba provenía de una pequeña ventana situada en la parte superior de la pared. Junto con la luz, le llegaba el sonido de música y las conversaciones de la gente. Al parecer, lo de la fiesta sí era cierto, pero no debía ser en su honor, ya que al menos ella no estaba allí. Sólo en ese momento fue consciente de que estaba sola, no había ni rastro de Pholus, Evan o April.

- Bien, tranquila, céntrate – se dijo a sí misma -, tiene que haber un modo de salir de aquí…

El caso era encontrarlo… las habitaciones solían tener puertas o eso era lo que dictaba la lógica, pero, cuando ya has revisado las cuatro paredes que te rodean sin éxito, comienzas a plantearte que, si un pueblo puede estar metido dentro de una montaña, ¿por qué no iba a estar ella en una habitación sin puertas?. Claire respiró hondo para calmarse. No podía haber dormido tanto como para que construyesen una estancia a su alrededor, ¿o sí?

Volvió a fijarse en la ventana, si tan sólo hubiese una forma de asomarse, tal vez podría hacerse una idea de dónde estaba exactamente.

El cuarto en el que estaba era bastante austero, una tabla con mantas que hacía de cama y asiento y una mesa bastante precaria eran todo el mobiliario del que disponía. Se subió a la cama y luego a la mesa, pero no sólo no alcanzó la ventana, sino que la mesa rompió provocándole un repentino y doloroso encuentro con el suelo.

Claire oyó que alguien golpeaba una de las paredes mientras gritaba:

- ¡Eh! ¿Qué haces?

Así que, si en ese lado había un guardia, por ahí tenía que haber una salida. Con una sonrisa triunfal, se acercó a la pared.

- ¿Disculpe? Me he caído y me he hecho daño.

No obtuvo respuesta.

- Me duele mucho. Y tengo hambre – era mentira, pero la joven estaba dispuesta a conseguir que el guardia entrase, aunque eso significase parlotear sin tregua hasta que se cansase de oírla.