Capítulo 13
- Si sigues dando vueltas, tendré que atarte a una silla – protestó Xena, que no podía evitar que su mirada siguiese a Hércules mientras caminaba de un lado a otro de la cocina. Después de la conversación con Afrodita, habían decidido ir al piso que compartían Evan y Lysander para aclarar sus mentes.
- ¿Y si la profecía dicta que Iolaus tiene que morir? No puedo perderlo otra vez, no ahora que lo he encontrado – dijo el semidiós pasándose una mano por su castaño cabello y clavando su mirada en la de Xena.
- Vamos… ¡es Iolaus!, siempre sale airoso. Y está con Gabrielle, los dos pueden cuidarse solos.
- No te olvides de un pequeño detalle, Xena, no son Iolaus y Gabrielle, son Evan y Claire. Desconozco hasta qué punto puede Claire cuidarse sola, pero Evan es inofensivo como un corderito, no como Iolaus, que tenía un imán especial para las peleas – añadió con una sonrisa nostálgica. ¿Quién le iba a decir a él, hacía miles de años, que acabaría añorando el carácter impulsivo de su amigo…?
Xena se estremeció, en eso el semidiós tenía razón. Se había acostumbrado tanto a la Gabrielle guerrera, que había olvidado a la inocente muchacha que había conocido en Potedaia y que se había obstinado en acompañarla en sus viajes. Si esa Claire era como aquella Gabrielle…entonces Iolaus y ella sí que estaban en apuros.
- ¿Por qué crees que el amuleto no funcionó con él? – preguntó Xena mientras caminaban en lo que creían que era la dirección en la que Hymetrias había estado en la antigüedad -. No tiene sentido, a nosotros nos hizo recordarlo todo al instante. Tal vez no lo tocó.
Hércules sacudió la cabeza.
- Tanto Iolaus como Evan tienen siempre que tocarlo todo.
- Y si no es con el amuleto… ¿Cómo los haremos volver en el caso de que los encontremos? No podemos llegar y decirles… ¡Eh, Evan! ¿Sabes que Lysander es en realidad Hércules, el semidiós y que hace miles de años tú eras su mejor amigo e ibais juntos a todas partes matando hidras y minotauros?
- No, no podemos, aunque sería muy divertido ver sus caras… No consigo ubicarme, Xena, todo esto ha cambiado demasiado.
- ¿Y si buscamos a Ares? Tan vez nos diga dónde están
Hércules miró a la guerrera como si se hubiese vuelto loca.
- ¿Ares? ¡Ares detestaba a Iolaus!... bueno, y a mí, claro. ¿Por qué crees que nos iba a ayudar?
- Para él puede resultar muy entretenido observar nuestras caras al ver morir a Iolaus y Gabrielle
- No estás siendo de gran ayuda, se supone que queremos evitar que eso ocurra.
- Bueno, no lo he planteado bien – reconoció la joven -, a lo mejor le interesa recuperar a Seferis.
Hércules meditó la idea.
- Puede que tengas razón pero… ¿cómo vamos a encontrarlo? Afrodita es ahora una profesora de historia del arte, tal vez encontremos a Ares siendo Pope de una Iglesia Ortodoxa…
Xena soltó una carcajada al imaginarse la situación.
- Entonces creo que aún merece más la pena buscarlo. Pero si realmente recuerda quién es, deberíamos buscarlo entre militares.
Ese era un buen plan para empezar, así que comenzaron la búsqueda rogando silenciosamente que el dios no se hubiese movido de Grecia.
Abrió los ojos pero, cuando la habitación comenzó a girar a su alrededor, decidió que cerrarlos no era una mala idea. Era como despertarse con una horrible resaca, pero sin haber bebido la noche anterior.
Segundo intento, esta vez más cauteloso, abrió los ojos e intentó centrarse. La habitación se estabilizaba poco a poco, pero no le dio ningún tipo de pista sobre qué era lo que estaba haciendo allí… y dónde era exactamente "allí". Trató de recordar: la cueva… el pueblo… los intentos de salir de allí… la cena… ¡Eso era!, ¡la cena! Recordaba haberse negado a comer, pero habían amenazado a April, así que metió una pequeña porción de comida en la boca. Cuando sus amigos tragaron y cayeron inconscientes al momento, había escupido el bocado.
- ¡Lo que me temía! – había dicho -, ¿qué cantidad de droga habéis echado para que sea tan efectivo?
Lo siguiente fue su ágil salto sobre la mesa, comenzó a repartir patadas y golpes a sus adversarios pero alguien, desde atrás, le había propinado un tremendo golpe. Lo siguiente era su actual mareo y un terrible dolor en la parte de atrás de su cabeza.
Ahora que estaba algo más despejado, se dio cuenta, también, de que sus brazos estaban encadenados a unos postes que tenía a los lados. Aquello empezaba a no gustarle en absoluto. Tampoco le entusiasmaba el hecho de saber que estaba completamente solo y que desconocía por completo dónde estaban los demás.
La lógica le decía que eso de estar en una especie de mazmorra, y encadenado, debería asustarle, aunque sólo fuese un poquito, pero la sensación era bastante familiar. Algo en su interior sabía que, en breve, aparecería la persona que le había apresado y le explicaría por qué lo había hecho y qué era lo que quería. ¿Por qué lo sabía? Tal vez por las películas, aunque tenía la impresión de que él ya se había visto muchas veces en esa situación. Al menos esta vez no le habían torturado, pensó… ¿esta vez? Pero ¿cuándo le habían torturado a él? Evan sacudió su cabeza, arrepintiéndose al instante, cuando el dolor se hizo insoportable tras el brusco movimiento, tal vez el golpe había sido demasiado fuerte y le había trastornado un poco haciéndole tener la mente confusa con recuerdos equivocados..
El ruido de pasos lo sacó de sus pensamientos.
- Parece que nuestro huésped ya se ha despertado.
- Digamos que la cama no es muy cómoda… - masculló Evan -. Ahora es cuando me explica qué es lo que hago aquí.
- ¿No lo sabes? – el guardia levantó una ceja.
- Despierta, muchacho…
Pholus abrió los ojos, frente a él estaba la sonrosada cara de Dreama, una de las camareras de la taberna de Heleia. Una muchacha algo más joven que Claire que no había apartado los ojos de Evan desde que habían llegado.
- ¿Dónde estoy?
- En la taberna…
- ¿Y mis amigos? – Pholus se sorprendió… ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había empleado esa palabra para referirse a alguien?
- La niña está en otra habitación – contestó señalando la pared de la izquierda con su cabeza-, la chica está en una celda, en la prisión.
- ¿En la prisión? ¿Claire? ¿Por qué? –como ladrón que era, la idea de una cárcel le aterraba. Dreama se encogió de hombros -. ¿Y Evan?
- Me temo que en la cámara de justicia, pero no estoy muy segura. Se encargaron de que nadie lo supiese.
- ¿Qué es lo que ocurre aquí? Todos habéis actuado de una manera extraña y ahora esto… No le hemos hecho nada a nadie, sólo queremos volver a nuestras casas – "o al menos los que la tienen quieren ir", añadió para sí mismo.
- Si no sabes lo que pasa, no lo vas a entender por mucho que te lo explique.
Se oyó ruido de gente, Dreama se incorporó asustada.
- No le digas a nadie que he estado aquí – susurró antes de salir corriendo.
Palamedes entró con esa sonrisa suya, tan detestable.
- ¡Buenos días! ¿Quieres comer algo? – la comida parecía ser la obsesión de ese hombre.
- ¿Qué hago aquí?
- Descansa, pronto lo entenderás todo y regresarás al lugar que te corresponde.
- ¿A dónde?
De su conversación con Palamedes no había sacado nada en claro… salvo la certeza de que no le consideraban una amenaza, lo cual no dejaba de tener su gracia, ya que el único que había cometido algún delito en su vida, había sido él, aunque se tratase de pequeños hurtos. Se había dado cuenta de que no sabían muy bien qué hacer con April, y a Claire y Evan los tenían encerrados, a Claire para evitar que hiciese algo y a Evan… de él apenas le habían hablado. ¿Qué podía haber hecho el jovial hombre para que lo tuviesen encerrado? ¿Era por tratar de escapar del pueblo? ¿Por negarse a comer? Tal vez esa era una gran ofensa para la religión de Palamedes, pero estaba claro que en la comida habían puesto algo, ya que no recordaba nada entre el primer bocado y despertar en esa habitación.
- Bueno, Pholus, lo más importante es salir de aquí – se dijo a sí mismo mientras se levantaba de la cama -, luego habrá tiempo para intentar encontrarle la lógica a todo esto… si es que la tiene.- Cada vez el chico estaba más convencido de que ese era un pueblo de locos.
- Ya está bien, has agotado mi paciencia
Claire sonrió al oír el ruido de llaves, había conseguido que su incesante cháchara desquiciase al guardia. Miró a su alrededor… la pata de la mesa que se había roto serviría.
El guardia se había confiado, en el fondo no veía por qué era necesario considerar peligrosa a una muchacha de aspecto tan inocente como aquella. Sus compañeros le habían hablado de la pelea en la cueva, pero era difícil de creer, lo peor que podía hacer la chica era matarte de un dolor de cabeza… Fue por eso por lo que lo cogió completamente desprevenido y no reaccionó cuando la angelical jovencita se lanzó sobre él y, con un par de magistrales movimientos de su improvisada arma, lo dejó inconsciente en el suelo.
- Ha sido fácil – se dijo a sí misma, satisfecha, mientras cogía las llaves y encerraba al guardia en la celda dónde había estado ella. Caminó en las sombras evitando a un par de guardias más y sin soltar el trozo de madera que tan útil le había resultado previamente. Llegó a unas escaleras en las que tres guardias charlaban despreocupadamente.
- Disculpad – dijo la chica con una sonrisa -, creo que me he perdido… ¿Seríais tan amables de indicarme por dónde está la salida?
Los hombres se miraron y, cuando fueron conscientes de que se les había escapado la prisionera, se dispusieron a atraparla de nuevo, pero ella parecía no querer colaborar en absoluto. Al cabo de un rato, esquivaba los cuerpos que yacían en el suelo, subía las escaleras y abría la puerta tranquilamente. Decidió que lo mejor sería pasar lo más desapercibida posible, así que, antes de buscar al resto, debería tomar prestada algo de ropa. Como era de esperar, alguna mujer del pueblo había dejado una capa colgada en un muro de piedra, con lo que a la muchacha no le resultó difícil cogerla. Una vez cubierta con ella, se dirigió a la plaza. El lugar donde había estado retenida no estaba lejos, ahora que estaba fuera, recordó haberlo visto con anterioridad. De hecho, a April le había llamado la atención ese edificio con esas ventanas tan pequeñas… ahora sabía que eso era la cárcel.
No sabía muy bien qué era lo que se celebraba, pero el ambiente festivo reinaba por todo el centro. La plaza estaba llena de puestos en donde los comerciantes exponían sus mercancías, los músicos hacían sonar sus instrumentos mientras los bailarines danzaban al compás. Aquí y allá, unos hombres contaban historias sobre demonios y salvación. Una especie de escenario de madera presidía la plaza y, en él, malabaristas y acróbatas deleitaban al público.
Claire no tenía ni la más remota idea de por dónde empezar a buscar a sus compañeros, había echado una ojeada en las demás celdas, pero éstas estaban vacías, indignándola todavía más… ¿Acaso era ella la única presa en un pueblo sin criminales? De pronto vio a Pholus saliendo de la posada junto a una asustada April. Ni siquiera trataba de ocultarse y a nadie del pueblo parecía importarle verle por allí. ¿Acaso tenía él algo que ver? Tal vez el ladrón era un enviado del pueblo y les había conducido hasta allí, y por eso a él lo trataban bien… No, eso no tenía ningún sentido, cuando fueron a la cueva, el muchacho estaba inconsciente. Quien había corrido hacia la cueva había sido April, y la niña era americana, era imposible que tuviese algo que ver con el pueblo.
Los jóvenes se habían parado junto a un puesto de venta de tejidos. Claire se acercó e hizo como que observaba el género.
- Chssssst…
Pholus miró a su derecha.
- ¿Cómo has escapado? Me dijeron que estabas en la prisión – susurró mientras movía a April y la situaba frente a él y que así la gente creyese que hablaban entre ellos.
- Tengo mis recursos – sonrió la profesora -, ¿qué hacéis aquí?
- Íbamos a rescatarte – contestó April.
- Resulta que, por alguna inexplicable razón, no me consideran tan problemático como vosotros, y me dejan a mis anchas por el pueblo – explicó Pholus.
- Y conmigo no saben qué hacer – contó April, sin saber aún si aquello era bueno o malo -, bueno, aparte de amenazarme para que hagáis lo que os piden, claro.
Pholus apretó el brazo de la joven, compasivo.
- ¿Dónde está Iolaus? – quiso saber la profesora.
- ¿Quién?
- Venía con nosotros, rubio, ojos azules…
- Evan
- Pues eso
- ¡Ah!, como lo llamaste con ese nombre…
- ¿Le llamé cómo?
Pholus miró a Claire ¿estaría aún bajo el efecto de las drogas que les habían puesto en la comida?
- Le llamaste Iolaus – explicó April
Claire frunció el ceño.
- No sabemos dónde está, creímos que estaría contigo, en la prisión, o en la cámara de justicia.
- No había nadie allí, a parte de mí y de unos guardias – Claire seguía dando vueltas a algo en su cabeza.
Ese era su momento, acababan de soltarle un brazo y estaban entretenidos abriendo la cerradura de las cadenas que sujetaban el otro, si no aprovechaba ahora, perdería la oportunidad de escapar de allí. Con un rápido movimiento, golpeó a uno de los hombres en la mandíbula justo cuando la cerradura había hecho el "click" que anunciaba su libertad. El otro guardia reaccionó deprisa e intentó volver a cerrar las cadenas, pero el cautivo ya había sacado su mano y le golpeó en el estómago. Cuando el hombre se dobló sobre sí mismo, un certero golpe en la base del cuello le envió a los brazos de Morfeo.
Lo que el preso no había previsto era que sus captores habían imaginado que intentaría huir… se dio cuenta de ello en seguida, cuando de las sombras surgieron una docena de hombres que le rodearon sonriendo.
- ¿Y ahora qué vas a hacer, enano?
- ¿A quién llamas tú "enano"? – el joven rubio esbozó una media sonrisa.
- ¿Qué es lo que te hace tanta gracia? –un guardia se acercó con una espada en la mano.
Había que reconocerlo, el preso luchaba de una forma endiablada. Se movía con rapidez y agilidad sin dejar de propinar patadas y golpes y, parecía que, en breve, los iba a dejar a todos inconscientes en el suelo. De poco servían los avances de los guardias ya que el joven aprovechaba cuando su enemigo bajaba la guardia tras haberle golpeado para desarmarlo de una patada y darle la vuelta a la situación, volviendo a ser él el que tenía la ventaja.
- No aguantarás así todo el día.- le dijo el primer guardia que había caído, levantándose furioso.
- ¿Quieres apostar?
Cuando estás tan completamente rodeado que apenas ves a tus contrincantes, no tienes tiempo de cerciorarte de si hay alguien más en la habitación… Gran error, se dijo a sí mismo, porque de haberlo hecho, habría visto a Palamedes y, tal vez, podría haber esquivado la flecha que se acababa de clavar en su hombro.
