Capítulo 14
- ¡Ciudadanos! – la voz de Palamedes, en pie sobre el escenario, hizo que toda la gente que estaba en la plaza guardase silencio y dirigiese su mirada hacia él -. Ha llegado el día. Tras miles de años de continuas invasiones de demonios. La maldición que pesa sobre nosotros acabará esta noche.
Pholus miró a sus compañeras. ¿De qué hablaba ese hombre ahora? El público había estallado en gritos de júbilo.
- Es hora de que el culpable pague su deuda – continuó Palamedes cuando volvió a reinar el silencio -, Ares estará tan contento que tendrá que perdonarnos.
Dos guardias aparecieron y cogieron a Pholus sin que April y Claire pudiesen hacer nada por evitarlo y lo condujeron al escenario. El muchacho se retorcía pero los hombres lo sujetaban firmemente, impidiéndole escapar. April dirigió una mirada asustada a su profesora, ¿qué iban a hacer?
Para asombro de los tres, Palamedes tendió una daga al joven ladrón.
- Ten, te la hemos guardado para que pudieses completar tu tarea.
En ese momento, otros guardias subieron al escenario arrastrando a un hombre atado y semiinconsciente. Cuando estuvieron frente a Pholus, empujaron al hombre, que cayó a sus pies..
- ¡Claire! ¡Es Evan!
Pholus miró el arma y luego a Evan
- Adelante, mátalo. – decía Palamedes.
El chico seguía inmóvil, perdido en las profundidades de los ojos del hombre que estaba frente a él.
- ¡Pholus!, ¡no lo hagas! ¡Es tu amigo! – gritaba April
- Hazle caso, que es una chica lista y sabe lo que dice – susurró Evan apretando los dientes. Ni siquiera habían tenido la delicadeza de sacarle la flecha del hombro, aunque, por otro lado, estaba mejor ahí, impidiéndole desangrarse.
- No voy a hacerlo, prefiero morir otra vez – gritó el muchacho tirando el arma al suelo.
- ¡Sabía que no me fallarías, Seferis! – Evan dejó de fingir y se puso en pie de un ágil salto
- ¡Pues si tú no lo haces, lo haré yo! – Palamedes se precipitó a por el cuchillo, pero no contaba con una figura encapuchada armada con la pata de una mesa que se lanzó sobre él. En ese momento estalló el caos, los guardias se habían preparado para luchar contra los forasteros pero, de la nada, apareció un grupo de seres, mitad hombres, mitad demonios.
Claire miró a Palamedes.
- Luego me ocuparé de ti – dijo preparándose para combatir a los recién llegados.
- ¡Eh! ¿Alguien va a desatarme?
Claire se giró hacia Evan y cogió la daga para cortar las cuerdas.
- ¿Iolaus? – preguntó tímidamente.
- Y que me tengan que llamar "enano" para que me acuerde… - contestó el héroe con un guiño divertido – me alegro de verte, Gabrielle. ¿Has cambiado de bastón?
Gabrielle entornó los ojos, ese hombre no cambiaría jamás
- Ya habrá tiempo de charlar luego. ¿Puedes luchar? – preguntó colocándose espalda contra espalda con el cazador.
- ¿Tengo otro remedio? Sólo espero que me dejen luchar contra estos monstruos sin interrupciones – añadió dirigiéndose a Palamedes, que le miraba furioso.
No era fácil matar a aquellos enemigos, aunque consiguieron desarmarlos, los seres lograban recuperar sus armas fácilmente, y es que era muy fácil luchar cuando puedes lanzar bolas de fuego.
- ¿Dónde está Hércules cuando se le necesita? – quiso saber Iolaus después de golpear a un oponente que en seguida volvió a levantarse y cargó contra él.
Gabrielle se encogió de hombres mientras cogía la espada de un guardia caído en combate y decapitaba a un enemigo.
- ¡Asegúrate de que no le salgan dos cabezas ahora! – bromeó Iolaus.
- Espero que no le hayas dado una idea – contestó la joven por encima de su hombro.
El cazador miró hacia atrás, frente a Gabrielle había un enemigo, con la espada preparada para atacar, igual que ocurría frente a él.
- Cuando te diga "ya", salta hacia la derecha.
- ¿Cómo dices?
- ¡Ahora! – por si acaso la barda no lo había entendido, Iolaus se aseguró de agarrarla por el brazo. Los demonios chocaron clavándose cada uno la espada del otro y desaparecieron en una nube de fuego.
- Eso ha estado bien – aprobó la joven mirando a su amigo. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que había aterrizado sobre su brazo herido - ¡Lo siento! – exclamó poniéndose en pie como si se hubiese accionado algún resorte.
- No pasa nada – dijo el hombre conteniendo una mueca de dolor -, ayúdame a levantarme.
Gabrielle observó el brazo que le tendía su compañero y dudó.
- Tal vez no debieras luchar…
- Díselo a ellos – contestó Iolaus lanzando la daga que guardaba en su bota a un demonio que se acercaba a la barda por detrás - ¡Vamos!
Mientras, April y Seferis luchaban también. La estudiante no era muy consciente de lo que estaba ocurriendo, aunque sí sabía que no iba a dejar que la amenazasen de nuevo. Cogió lo primero que encontró, que resultó ser un hacha, y comenzó a defenderse lo mejor que supo.
Gabrielle, preocupado por su amigo, intentaba atraer al enemigo hacia ella.
- Vamos Gabrielle, ¡no seas acaparadora! – le decía el cazador intentando que su voz sonase lo más saludable posible con resultados poco convincentes. La herida del hombro le dolía terriblemente y notaba que cada vez le resultaba más difícil mantenerse en pie. Vio a un demonio correr hacia dos niños que se abrazaban aterrorizados a los pies de la estatua. - ¡Salid de ahí! – gritó, e intentó correr hacia ellos, pero el dolor pudo más que él y cayó de rodillas.
Seferis dirigió la mirada hacia el lugar a donde se dirigía el héroe y vio a los dos pequeños. Corrió hacia ellos y se colocó delante, bloqueando el paso al demonio.
- ¡Dejad este pueblo en paz! – gritó furioso. Y lanzó dos bolas de fuego, una para el demonio que se acercaba y otra para el que intentaba aprovechar que Iolaus estaba en el suelo.
Fue entonces cuando los demonios desaparecieron
Palamedes vio cómo Gabrielle se colocaba de nuevo ante el cazador, temerosa de que los habitantes del pueblo intentasen terminar lo que habían comenzado.
- Vamos, tienes que entenderlo… Por culpa de te amigo, Seferis murió y Ares nos maldijo. Miles de años condenados a la "no evolución" y a estar dentro de esta montaña… y condenados a sufrir los ataques de los demonios… Él ya está gravemente herido, puede morir en cualquier momento.
- Hombre, muy amable – masculló Iolaus -, pero esto no tiene nada que ver con Ares, si me sacrificas a él no conseguirás nada… posiblemente le darás una alegría, pero no puede levantar una maldición que él no echó.
- ¿Cómo sabes tú eso?
Iolaus hizo un gesto cansado.
- Vimos desaparecer el pueblo – comentó con la voz ronca mientras se apoyaba en Gabrielle para incorporarse -, y Hércules era un semidiós, así que investigamos.
- Entonces ¿quién…?
- No lo sabemos, los dioses no lo sabían – contestó el cazador.
- A eso puedo contestar yo
Todos miraron a una anciana que apareció repentinamente.
- Seferis era un semidemonio, destinado a hacer mucho bien… o a ser un mal terrible. La forma de evitar que hiciese el mal era evitar que su padre lo encontrase y para eso debía morir, o eso era lo que creían sus padres mortales, pero no fueron capaces de hacerlo, por eso lo abandonaron, esperando que nadie lo encontrase y muriese allí. Cuando Seferis se unió a Ares, usó sus poderes para hacer el mal, cosa que ayudó a su padre real, el demonio, a localizarlo, y fue él quien se enfadó mucho cuando su hijo se quitó la vida. Condenó al pueblo a permanecer en el olvido, y a sufrir ataques de su ejército endiablado. Ahora que él ha usado sus poderes para hacer el bien, su padre no puede hacer nada, por eso la maldición ha terminado.
- Pero cuando decidió morir en lugar de matar a Iolaus, también hizo una buena obra. – objetó Gabrielle.
- Era tarde, su padre ya lo había encontrado, ya había hecho mal, no había otra salida.
- ¿Y usted no podía haber aparecido hace miles de años para explicarlo? Tal vez hubiésemos podido hacer algo por el pueblo, entonces – protestó Iolaus sentándose en la fuente para combatir el mareo.
- No podíais hacer nada, Seferis tenía que hacer cosas buenas o malas, no había sitio para la redención.
- A mí sigue sin convencerme – musitó el cazador.
- Iolaus, no discutas. – susurró Gabrielle que no se fiaba mucho de la anciana.
- Es el momento de que volváis a casa – continuó la mujer. Palamedes se acercó a Iolaus con la cabeza baja.
- Nos habéis salvado dos veces, lamento mucho lo sucedido.
- En fin… - Iolaus se puso en pie con dificultad y estrechó la mano que el hombre le tendía – tienes buena puntería, pero trata de no disparar a la gente por la espalda, es un feo detalle. – añadió con un guiño.
Gabrielle sujetó a su amigo antes de que volviese a caer. La anciana estiró su brazo y lo movió de un lado a otro.
De pronto, los cuatro estaban en el parque, no había ni rastro de la cueva.
