Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.


Prólogo


No había muy buenas perspectivas. Cuando Isabella Swan se sentó en un bar del centro de Phoenix para esperar a sus amigas Alice y Rosalie, comenzó lo que, últimamente, se había convertido en su juego favorito: fingir que trataba de seducir a alguien solo por el sexo.

Si tuviera el descaro de insinuarse a un desconocido, lo que no era el caso, ¿habría alguien en aquel bar por el que ella se pudiera sentir interesada? Aquella noche no. El individuo en cuestión debía tener unas ciertas características. Para empezar, tenia que ser robusto, guapo y moreno. Aquello era parte de la fantasía.

Últimamente, las aventuras sexuales y de otro tipo habían dominado sus pensamientos. De niña, había tenido una cierta vena temeraria, pero sus padres habían estado a punto de divorciarse cuando ella tenía diez años y, después de eso, había decidido que la seguridad era mucho más importante que la aventura. La rebeldía adolescente no había existido para ella. Había ido a la facultad de Derecho para agradar tanto a su padre como a su madre y se había centrado exclusivamente en su carrera. Había tenido pocas relaciones con los hombres y ninguna de ellas se había visto envuelta por una ardiente pasión.

Sin embargo, tras haber cumplido los treinta aquel mismo año, algo parecía haberse despertado en ella. Aparentemente, había sido buena durante demasiado tiempo porque, de repente, estaba corriendo riesgos deliberadamente en el trabajo y buscando emociones en su tiempo libre. El mes anterior, se había ido a hacer un descenso por los rápidos de un río y el sábado se había decidido a probar el paracaidismo y la caída libre.

De esas aventuras podía hablar con sus amigas, pero ¿y del sexo con un desconocido? De eso se podía olvidar. A pesar de conocer a Alice Brandon desde el instituto y a Rosalie Hale desde la facultad, Isabella no estaba dispuesta a revelarles sus fantasías. Las dos eran algo conservadoras y tratarían de convencerla para que se olvidara del tema.

Rosalie entró en el bar en primer lugar.

—¡Hola! —exclamó, mientras colgaba la chaqueta sobre el respaldo de la silla. Se sentó tras meter el maletín debajo de la mesa—. ¡Vaya! Hace mucho calor aquí, ¿no?

—Te estaba esperando.

—Tuve que quedarme hasta más tarde —explicó Rosalie—. Bueno, parece que sigues de una sola pieza. ¿Saltaste el sábado o te rajaste?

—Salté. Fue maravilloso. Es una pena que sea tan caro.

—Dios Santo, yo no saltaría de un avión ni aunque me pagaran.

—Ojalá me pagaran a mí —comentó Isabella, al recordar la adrenalina que sintió al saltar al vacío—. Sería estupendo.

—Te estás volviendo completamente majareta — dijo Rosalie, con una sonrisa que no lograba ocultar su preocupación—. A mí se me pone la carne de gallina solo con pensar que te lanzaste desde aquel avión.

—Era completamente seguro. Escucha, el especial de la «hora feliz» es el cóctel margarita de frambuesa. Pidamos una jarra para las tres.

—Eso me suena mucho mejor que lo del paracaidismo.

—Porque nunca lo has probado —replicó Isabella mientras hacía una indicación a la camarera para hacerle su pedido.

—Ni pienso hacerlo. Estoy segura de que a Jacob le daría un ataque, por no hablar de tus padres.

—No se lo he dicho.

—¿Que no se lo has dicho a tus padres?

—Ni a Jacob.

—Claro. Así fue como te saliste con la tuya. Bueno, puedo entender que no se lo dijeras a tus padres para que no les diera un ataque, dado que te protegen demasiado, pero a Jacob le dijiste lo del descenso en balsa, ¿por qué no esto?

—Porque no se tomó bien lo del descenso en balsa… así que ¿por qué crear problemas?

—¿No te parece que debería saber que te estás convirtiendo en una aventurera? —le preguntó Rosalie—. ¿Qué es lo siguiente? ¿El puenting?

—Tal vez, pero no importa. Cuando Jacob y yo nos vayamos a vivir juntos, dejaré este tipo de cosas. Por eso me estoy desquitando ahora.

—No sé si las cosas serán así exactamente.

—Claro que sí. Esto es una fase, nada más. Muy pronto, yo… Mira, aquí viene Alice.

Saludó a su amiga, que era rubia como Isabella, aunque llevaba el cabello muy corto. Isabella se alegraba mucho de que sus dos amigas hubieran simpatizado cuando las presentó, hacía ya diez años. Su amistad había durado desde entonces. Habían llegado incluso a vivir juntas, pero Alice y Rosalie habían decidido más tarde irse con sus novios. Alice aún seguía con el suyo, pero Rosalie no. Sin embargo no le había sugerido a Isabella que vivieran juntas ya que todas esperaban que esta se mudara con Jacob cuando terminara su alquiler.

Isabella también lo esperaba. El tiempo había pasado volando y sus padres querían tener nietos. Ella era la única candidata para dárselos, lo que estaba bien, dado que siempre se había imaginado que tendría un marido e hijos. Últimamente, había encontrado que necesitaba aquella clase de estabilidad. Solo tenía que conseguir superar aquella fase de ansia de aventuras, aunque el sexo con un desconocido estaba consiguiendo colocarse en lo más alto de su lista de cosas pendientes.

—¿Qué tal te suena una jarra de margarita? —preguntó Rosalie.

—Genial —respondió Alice, que era representante de publicidad del Arizona Republic, mientras trataba de meter el maletín debajo de la mesa solo con la mano derecha. Tenía la izquierda metida en el bolsillo.

Rosalie no pareció darse cuenta, pero Isabella sí.

—¿Qué te pasa, Alice?

—Nada —respondió Alice, con aspecto inocente—. ¿Qué tal te fue lo de la caída libre?

—Sorprendente —dijo Isabella mirando la mano derecha de su amiga—. Bonita manicura.

—Gracias —contestó Alice—. Me gusta el color magenta —añadió, aunque solo mostró los dedos de la mano derecha. La izquierda seguía metida en el bolsillo.

—Venga, Alice. Cuéntanoslo todo —le ordenó Isabella.

Con una sonrisa en los labios, Alice se sacó la mano del bolsillo y les mostró un reluciente diamante.

—¡Jasper me ha pedido que me case con él!

El caos estalló en la mesa cuando las tres amigas comenzaron a abrazarse entre gritos y lágrimas de alegría. Alice era la primera de las tres en prometerse.

—Isabella, tú eres la siguiente —dijo Alice algún tiempo después, cuando empezaron la segunda jarra de margarita.

—Ya lo veremos.

A pesar de todo, Isabella pensaba lo mismo. Aunque había tenido cuidado de no prometerle exclusividad a Jacob, no había salido con nadie más desde hacía un tiempo. Jacob quería que se fuera a vivir con él y, después de eso, conociendo a Jacob, el siguiente paso sería el compromiso. El de Alice se acercaba mucho más al concepto de matrimonio de lo que lo había estado nunca.

Sin duda, había llegado la hora de comprometerse. Mientras se imaginaba una vida con Jacob, supo de repente lo que tenía que hacer. Antes de acceder a olvidarse de todos los demás, quería tener una aventura que superara a todas las que había tenido hasta entonces: un encuentro sexual con un perfecto desconocido.


Esta es otra adaptacion que realizo espero que sea de su agrado.