Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.
Capítulo 1
O entonces o nunca. Traynor y Sizemore, el bufete para el que trabajaban tanto Jacob como Isabella, había enviado al primero a Suiza durante seis días. Aquello le dejaba vía libre a Isabella para poder realizar su fantasía de tener relaciones sexuales con un desconocido sin que su novio lo descubriera.
Aunque no estaba rompiendo ningún acuerdo entre ellos, no quería tener relaciones sexuales con nadie si él estaba cerca. Aquel viaje a Suiza era como una invitación para que Isabella pudiera terminar aquel deseo. Por supuesto, sentía miedo, pero aquello era precisamente parte de la excitación.
También la excitaba mucho la idea de elegir a un compañero sexual que no hubiera conocido antes y que no volvería a ver jamás. Desgraciadamente, había ido a despedir a Jacob el día anterior a las siete y, tras haber pasado casi veinticuatro horas, no había hecho progreso alguno para alcanzar su objetivo. Los preservativos que se había metido en el bolso para una aventura salvaje seguían allí, intactos.
Desde la ventana de su despacho, se había pasado casi media hora mirando a un tipo muy guapo que estaba trabajando con una de las cuadrillas que estaban reparando la calle. Acababa de armarse de valor para bajar y hablar con él cuando el hombre se detuvo para escupir una buena porción de tabaco de mascar sobre la calle. A continuación, el cartero le había parecido una posibilidad hasta que se había dado cuenta de que llevaba alianza. Su mala suerte había continuado cuando el guapo musculoso con el que estableció contacto visual a la hora de almorzar se reunió con su pareja homosexual poco después.
Como se había pasado el día tratando de encontrar un guapo desconocido, su eficacia para realizar su trabajo se había recortado mucho. Había borrado un archivo de mucho valor del disco duro mientras se dejaba llevar por sus ensoñaciones sobre el sexo y, por eso, seguía atrapada frente a su escritorio después de pasarse horas tratando de reconstruirlo por medio de sus notas manuscritas.
Si dejaba aquella fijación sobre el tema del guapo desconocido nadie se enteraría… No, maldición. No quería olvidarlo. Si lo hacía, acabaría como Meryl Streep en Los puentes de Madison. Preferiría sucumbir a la tentación antes de la boda, y no años después, cuando probablemente el sentimiento de culpabilidad terminaría con ella.
De camino al aeropuerto, Jacob le había recordado que, cuando regresara a finales de semana, esperaba que Isabella le diera una respuesta sobre lo de vivir juntos. En realidad, él era un buen partido. Estaba a punto de que le hicieran socio del bufete. Trabajaba mucho mejor que ella, y también sabía besarle mejor el trasero a los jefes. Sin embargo, en la cama, no era particularmente imaginativo.
Le había prometido a Isabella que, cuando ella llevara sus pertenencias a su lujoso apartamento, se transformaría en un amante más espontáneo. A Isabella le parecía posible. Algunas personas necesitaban seguridad para soltarse. En realidad, tal vez no importaba que Jacob fuera más impulsivo sexualmente. Ella no quería darle demasiada Importancia a aquel rasgo.
Había salido con suficientes hombres como para saber que nunca encontraría a nadie con el que fuera más compatible que con Jacob. Efectivamente, eran muy compatibles en todo… excepto en el hecho de que a él no le gustaba correr riesgos ni le iban las fantasías sexuales. Le había asegurado que no tenía fantasía alguna y que no las necesitaba ni comprendía a las personas que sí las deseaban. Aquello había cerrado inmediatamente la boca de Isabella.
Considerando su actitud, no estaba dispuesta a contarle la fantasía que se había apoderado de ella desde que tenía dieciocho años. Aquel había sido el año en el que Michael Keaton, como Batman, había entrado por la ventana abierta del apartamento a oscuras de Kim Bassinger. Isabella recordaba perfectamente la oleada de deseo que había experimentado mientras estaba sentada en el cine. ¿Qué se sentiría si un hombre anónimo entraba en su dormitorio? Quería que aquel deseo se convirtiera en realidad.
Sin embargo, había proseguido siendo una buena chica, tal y como se esperaba de ella. No quería desestabilizar las cosas. El matrimonio de sus padres se había tranquilizado para entonces. A la edad de diez años, Isabella no había comprendido lo que había provocado el problema, pero, más de veinte años después, estaba segura de que otra mujer había formado parte de la ecuación.
Todo eso había terminado. El matrimonio de sus padres era sólido, pero ella había aprendido que las aventuras deben tener lugar antes del matrimonio, antes de crear una familia. Si podía satisfacer su deseo de tener relaciones con un desconocido aquella semana, estaría preparada para darle a Jacob una respuesta el sábado.
Sin embargo, tendría que concentrarse en todo aquello después de haber terminado de recomponer aquel archivo. Tal vez sus fantasías sexuales eran una prioridad, pero lo era aún más mantener su trabajo. No estaba dispuesta a intercambiar la seguridad por la aventura. Quería ambas.
A las siete, ella era la única persona que quedaba en las oficinas. A las siete y media, abrió su escritorio y sacó una barrita energética que sustituiría a la cena. Acababa de dar el primer bocado cuando oyó un fuerte ruido en la recepción.
Podría ser la limpiadora aunque… aquello sonaba más bien como una taladradora. Trató de imaginarse por qué un ladrón podría estar utilizando una taladradora o qué podría haber para robar en la recepción.
Tenía que investigar, pero no quería cometer una estupidez al hacerlo en caso de que hubiera realmente un intruso allí. Lo único que tenía como arma era un paraguas plegable.
Sin embargo, mientras agarraba el mango de plástico del paraguas y se ponía de pie, se acordó que iban a mejorar el sistema telefónico. Una empresa de telefonía iba a instalar el sistema aquella misma noche, cuando todos hubieran terminado de trabajar, para no interferir en el horario normal de trabajo.
Se esforzó por escuchar una conversación que demostrara que los que estaban allí eran los del teléfono, pero no oyó nada. Entonces, se imaginó que sería una persona trabajando en solitario. Sonrió. Volvió a sentarse en su butaca, acariciando distraídamente el mango del paraguas con la mano. Tal vez aquel sería el momento de Michael Keaton…
Se imaginó la escena como si fuera el rodaje de una película. La sexy abogada entra en recepción y… No. Primero, tendría que desabrocharse tres botones de la blusa. Entonces, iría a recepción. Allí, arrodillado sobre el suelo, habría un hombre guapísimo con una camiseta ceñida, unos vaqueros y un cinturón de trabajo alrededor de la cintura.
Ella se aclararía la garganta. Él levantaría la mirada. No. Ella se acercaría a su lado y él levantaría la vista para fijarse en las hermosas piernas que tenía a su lado. Lentamente, seguiría levantando la vista hasta encontrarse con sus verdes ojos. Las palabras no serían necesarias. Él sabría lo que hacer. Y ella le permitiría hacerlo.
En realidad, probablemente el tipo que había en recepción estaría casado, con seis hijos y una barriga cervecera. Probablemente, teniendo en cuenta la suerte que Isabella había tenido aquel día, se trataría de una mujer.
No obstante, se había divertido bastante con aquella fantasía. Mientras no saliera a recepción, podría aferrarse a ella. Sin embargo, tenía que hacer notar su presencia. El memorándum que había recibido decía que todo el personal debía marcharse a las siete. Por tanto, el instalador, o la instaladora, esperaría encontrar vacíos todos los despachos. La presencia de uno podría producirle un sobresalto.
Con un suspiro, dejó el paraguas de nuevo en el cajón, se apartó de su escritorio y se dispuso a explotar la burbuja de su fantasía.
Edward Cullen retiró la tapadera de la centralita para inspeccionar los cables. Parecía que podría soportar las líneas que el cliente le había solicitado sin problema alguno. Había esperado que aquel encargo presentara más dificultad. Se había olvidado de lo mucho que le gustaba la parte manual de aquel negocio.
Y pensar que una vez había deseado que Mercury Communications despegara para que él pudiera contratar a otras personas para hacer las instalaciones… Su sueño se había hecho realidad y lo había dejado a él detrás de un escritorio mientras los demás se llevaban la parte divertida del trabajo. En aquellos momentos, el suyo era seguir ampliando el negocio y mantener contentos a los clientes. Incluso cuando se marchaba de su despacho se sentía obligado a tener el busca encendido en todo momento, por si un cliente tenía una emergencia.
Había construido su negocio basándolo en el servicio personal y, al principio, le había encantado aquel aspecto. Sin embargo, poco a poco, aquel servicio personal había ido terminando con su tiempo libre. Si no trataba con los problemas él mismo, especialmente con los clientes más antiguos, se le acusaba de ser un hombre de éxito que ya no tenía tiempo para ellos.
Para ser sincero, podría haber otros aspectos del negocio de los que no tendría que ocuparse, pero no sabía cómo deshacerse de ellos. Llevaba tanto tiempo ocupándose de todo personalmente que no se podía imaginar dejar que fuera otra persona la que tomara las decisiones. Se dio cuenta de que había creado un monstruo.
Al menos aquella noche, podría divertirse un poco realizando una instalación, aunque probablemente se vería constantemente interrumpido por las llamadas. Se le había asignado aquel trabajo a Lou, pero la esposa de este se había puesto inesperadamente de parto y Lou había tenido que acudir a su lado.
Rápidamente, Edward había aprovechado la oportunidad de instalar el nuevo sistema de Traynor y Sizemore. Debía de haber sonado demasiado alegre por tener que trabajar aquella noche, porque Lou le había preguntado si le ocurría algo.
Efectivamente, así era. Su vida era un desastre y él era el único culpable. Había creado una empresa que controlaba su vida. La habría vendido, pero se había preocupado por cómo trataría a sus empleados el nuevo dueño. Nunca se habría imaginado que el éxito podría resultar tan molesto. Los montones de papeles que tenía sobre su escritorio iban creciendo día a día. Mercury consumía demasiado tiempo de su vida privada, por lo que no tenía ni pasatiempos ni vida social. Sus padres y su hermano le habían dicho cientos de veces que trabajaba demasiado. Él les había prometido que dejaría un poco en manos de los demás, pero solo habían sido promesas vacías.
Si aquella instalación no lo hubiera sacado de su despacho, probablemente seguiría allí, trabajando. En el mercado de las telecomunicaciones se producían innovaciones constantemente y él tenía que estar al día para conseguir que Mercury siguiera siendo competitiva.
Aquella noche podría olvidarse de todo. Solo tenía que ampliar la centralita de Traynor y Slzemore. El silencio del edificio lo tranquilizaba. Irónicamente, para ser un hombre que instalaba teléfonos, había comenzado a odiar el sonido de los malditos aparatos.
En aquellos momentos, cuando ya sabía lo que quería, era demasiado tarde. Su vida perfecta incluiría vivir en una pequeña ciudad, trabajar de nueve a cinco para otra persona y, simplemente, disfrutar de sí mismo en su tiempo libre. Más específicamente, quería disfrutar de su tiempo libre con una mujer especial.
Incluso se había imaginado el aspecto que tendría. Sería una morena de ojos chocolate; le encantaban las morenas con el cabello por debajo de los hombros. No requeriría unas medidas especiales, pero le gustaría que tuviera un cuerpo al que le sentara bien la lencería que él le comprara.
No hacía mucho tiempo había visto una mujer que encajaba con aquella descripción en aquel mismo edificio. La había visto al otro lado de una puerta abierta cuando había ido para hablar con Traynor de la instalación. Ella estaba muy concentrada en su trabajo y no había levantado la vista.
Como la mujer era abogado, satisfaría también así otro de sus requerimientos: sería inteligente. Sin embargo, una sola mirada no podía verificar si tenía o no un cierto sentido aventurero, que era algo que a él le gustaba en una mujer, especialmente en el tema del sexo. Tenía una gran cantidad de fantasías, la mayoría de las cuales no había podido cumplir.
Tal vez estaba pidiéndole demasiado a una única mujer. Tal vez nadie sería capaz de encajar con sus ambiciosas expectativas. De todos modos, nunca lo sabría si no buscaba y, con los requerimientos de su empresa, tenía poco tiempo para hacerlo.
Estaba tan perdido en las ensoñaciones de la mujer perfecta que, cuando alguien comenzó a toser, se sobresaltó y dejó caer el destornillador eléctrico. Al levantar los ojos, no pudo creer la imagen que estos le ofrecían. De pie, al lado de la puerta, estaba su morena de ojos chocolates, la misma mujer que había visto a través de una puerta abierta. Su postura resaltaba una figura propia de una modelo.
Y le estaba sonriendo.
El corazón de Isabella comenzó a latir a toda velocidad. Al otro lado de la recepción, había un carrito cargado de cajas, que, supuestamente, contenían el equipo de la nueva centralita. Sin embargo, las cajas no le interesaban lo más mínimo. El hombre que estaba arrodillado al lado de ellas sí. Tal vez se había estado concentrando tanto para encontrar al perfecto desconocido que lo había hecho aparecer, como si se tratara del genio de una botella.
Fuera como fuera, había ocurrido. Su fantasía se había hecho realidad. Tenía el cabello broniceo y revuelto, los ojos verdes y una mandíbula cuadrada… pero aquello era solo el principio. Ella había solicitado un tipo corpulento, con camiseta y vaqueros, y así era precisamente el que tenía delante. La camiseta no era tan ceñida como a ella le hubiera gustado, pero el torso de aquel hombre proporcionaba un fondo perfecto para el logo de la empresa, un dios griego con alas en los pies. Mercury Communications. Además, aquel hombre no llevaba ninguna alianza en los dedos.
Parecía cumplir todos sus requerimientos, hasta el del cinturón de herramientas alrededor de la cintura. Si el viaje de Jacob a Suiza era una invitación al pecado, la aparición de aquel hombre era como una alfombra roja que la invitaba a dejarse llevar. Sin embargo, tenía que jugar bien sus cartas.
—Hola —dijo, tras aclararse la garganta.
—Hola.
—Recibimos un memorándum sobre el tema de la instalación de teléfonos, pero se me olvidó completamente. Me he quedado hasta un poco más tarde para poder terminar algunas cosas.
—Oh.
El hombre parecía no encontrar las palabras para poder hablar, por lo que Isabella se preguntó si podría mantener relaciones sexuales con un desconocido que no tuviera habilidad para las relaciones sociales. Nunca se había pensado mucho aquel aspecto, porque la conversación no formaba parte de su fantasía.
—Espero no haberlo sobresaltado —prosiguió ella.
—Sí que me ha sobresaltado —replicó él poniéndose de pie—, pero no por la razón que usted cree.
—No estoy segura de saber a lo que se refiere —comentó Isabella, aliviada de ver que el hombre podía pronunciar más de una frase.
—Solo estaba pensando en… No importa. Mire, si estoy interrumpiendo su trabajo, puedo regresar en un par de…
—Dígame en qué estaba pensando —insistió ella. Tenía el presentimiento de que iba a ser algo bueno.
—Va a pensar que es una frase hecha, pero yo no utilizo nunca frases hechas…
—Póngame a prueba.
—Muy bien. Da la casualidad de que, mientras estaba trabajando aquí, estaba imaginándome a mi mujer ideal.
—¿Y me parezco yo en algo a su mujer ideal? —preguntó ella. Tenía la boca húmeda de anticipación.
—A pesar de que lleva el cabello recogido, sí. Es exactamente igual que ella.
Sin darse tiempo para pensar, Isabella levantó una mano y se quitó las dos peinetas que le sujetaban el cabello. Él contuvo el aliento.
—¿Por qué ha hecho eso?
—Porque, mientras estaba en mi despacho trabajando, también estaba pensando en mi hombre ideal.
—Eso resulta algo difícil de creer.
—Pues es cierto.
—¿Está usted diciendo que yo…?
—Sí.
Resultaba sorprendente cómo el simple acto de soltarse el cabello la había excitado, igual que parecía estar excitándolo a él. El gesto había sido más íntimo que si se hubiera quedado completamente desnuda.
—Entonces, los dos estábamos pensando lo mismo al mismo tiempo.
—Eso parece.
Isabella temblaba al pensar en el siguiente paso que tendría que dar. Tendría que ser la que lo diera. Aquel hombre no se atrevería a ir más allá a menos que ella le diera vía libre.
—Los ideales no existen en el mundo real.
—No trate de decirme que esto no es real. Estoy completamente seguro de que no estoy soñando —dijo él, con una sonrisa.
—Tal vez este momento sea real, pero creo que la imagen que los dos tenemos del otro podría estar algo adulterada. Parece que los dos encajamos con el ideal del otro, pero estoy segura de que ninguno de los dos estamos cerca de la perfección.
—Yo nunca he afirmado ser perfecto. Ningún ser humano lo es, ni siquiera usted. Sin embargo, puedo seguir afirmando que se parece mucho a la imagen que llevo metida en la cabeza.
—Yo podría decir lo mismo sobre ti —replicó ella.
—Mira, los dos tenemos trabajo que hacer. ¿Qué te parece si terminamos lo que tenemos que hacer y, cuando lo hayamos hecho, nos vamos a tomar una copa y a descubrir algo más sobre el ot…?
—No.
Él pareció sorprendido por un instante. Entonces, la mirada se le tornó más aguda.
—Estás casada.
—No.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Si vamos a tomar una copa y tomamos esa dirección tan convencional, perderemos la oportunidad de crear algo extraordinario ahora.
—¿Estás hablando de lo que yo creo que estás hablando? —preguntó él, tras observarla atentamente durante un Instante.
—Quiero que conste que nunca antes he hecho algo parecido —contestó Isabella. Sentía tensión, pero vio que la excitación brillaba en los ojos de aquel hombre.
Él siguió mirándola. El truco sería lograr convencerlo de que podía confiar en ella cuando no tenía razón alguna para que fuera así.
—Mira, sé lo que piensas. Si alguien lo descubriera, te despedirían, pero te prometo que nadie lo descubrirá. Esto quedará entre tú y yo. Yo también podría meterme en un buen lío, ¿sabes?
—No tanto como yo… Tengo que admitir —comentó él, tras soltar una carcajada—, que lo he considerado durante un momento. Sin importarme que tú seas una abogada que pueda encontrar mil y una maneras de demandarme. Sin importarme que todo por lo que he trabajado se vaya al garete. A pesar de todo, por muy idiota que sea, lo estaba pensando.
El cuerpo de Isabella respondió a aquellas palabras vibrando por las necesidades que atesoraba en su interior. Aún tenía una oportunidad, se dijo.
—Piénsalo un poco más.
—No. Es demasiado peligroso.
—¿Y si te dijera que, durante años, he tenido la fantasía de hacerlo con un desconocido? Mi medio novio me ha pedido que me vaya a vivir con él y pienso hacerlo, pero antes de establecer esa clase de compromiso, quiero…
—¿Dónde está ese medio novio?
—Temporalmente en Suiza, en viaje de negocios.
—Supongo que también es abogado.
—¿Importa eso?
—Sí, claro que importa —respondió él, riendo—. Que me dé una paliza un novio celoso es una cosa, pero acabar en un tribunal y privado de una gran suma de dinero otra muy distinta, por no mencionar el daño que eso le haría a mi reputación. Me estás pidiendo que corra un gran riesgo solo por…
—Por una experiencia inolvidable —lo interrumpió ella—. No me digas que no te has imaginado nunca algo como esto…
—No se trata de eso. La fantasía es una cosa y la realidad otra…
—De eso se trata precisamente. Los dos tenemos la oportunidad de llevar a cabo una fantasía, sin repercusión alguna. Esa oportunidad no se presenta todos los días.
—Creo que no…
—Si no aprovechas esta oportunidad, lo lamentarás toda tu vida…
—Entonces, ¿lo único que quieres de mí es…?
—Este momento. Yo ya he encontrado al hombre de mi vida, que está en Suiza durante unos días. Lo que te pido es que seas mi hombre ahora…
Aquella situación la hacía ser osada. Miró al bulto delator que aquel hombre tenía por debajo del cinturón de herramientas. Al menos, en aquel sentido, se había apuntado una victoria.
En el arte de la persuasión, el sentido de la oportunidad lo era todo. Había que dejar de hablar para que las palabras pudieran surtir su efecto.
—Depende de ti —dijo ella—. Si estás interesado, estaré en mi despacho.
Con eso, se giró lentamente y desapareció por el pasillo, lanzándole una silenciosa invitación con cada uno de los movimientos de sus caderas.
Esta es otra adaptacion que realizo espero que sea de su agrado.
