Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.
Capítulo 3
A través de la bruma de la sensualidad, Isabella vio que el hombre de sus fantasías, con los ojos llenos de fuego, la penetraba. Aquella sensación fue todo lo que ella hubiera deseado, una satisfacción de ver cómo él la llenaba, moviéndose dentro de ella, excitándola una vez más.
Nunca había sido multiorgásmica, pero él le había hecho alcanzar el clímax dos veces y volvería a hacerlo otra más. Ya sentía los temblores del deseo…
—Prométeme que recordaras esto mañana… —susurró él, una vez más.
—Lo recordaré…
En realidad, se acordaría de aquel momento durante el resto de su vida. El escritorio le resultaba un poco duro, pero no le importaba. Con cada empujón, él acercaba un poco más su vibrante cuerpo a un poderoso orgasmo. Nunca había conocido las sensaciones que él le había dado, sensaciones que la hacían temblar de la cabeza a los pies. No podría haber encontrado un hombre más perfecto con el que tener una noche de sexo anónimo. Sin nombres, sin historia ni expectativas. Él solo pertenecía a aquel momento.
Por su cabello broniceos, sus rasgos clásicos y su poderoso cuerpo, podría ser un dios griego, que se había materializado para seducirla. Podría ser un centauro, mitad hombre mitad animal, gozando con el cuerpo de una mortal. Efectivamente estaba gozando. La lujuria se le reflejaba en los ojos cada vez que se hundía en ella. Sus movimientos se iban haciendo cada vez más rápidos y el torso le brillaba cubierto de sudor.
Cuando la oleada de placer del orgasmo se apoderó de ella, Isabella comenzó a jadear, deseando experimentar de nuevo aquellas salvajes sensaciones. Sin embargo, él apretó la mandíbula y, deliberadamente, hizo que sus movimientos fueran más lentos.
—Más —susurró ella lamiéndose los labios—. Más rápido…
—Todavía no.
—¿Quieres que dure más? —preguntó ella. La sangre le latía furiosamente en las venas, suplicando un placer que él le estaba negando.
—Dime tu nombre.
—No.
—Dímelo —insistió, sin dejar de torturarla con rápidos movimientos, aunque poco profundos, que no le daban a Isabella lo que necesitaba.
—No… ¿Acaso crees que puedes aguantar hasta que te lo diga? ¿Es eso?
—Tal vez.
—Pues no te lo diré.
Echó la cabeza hacia atrás, arqueando su cuerpo, y cerró los ojos. Entonces, se agarró un seno con una mano y se colocó la otra sobre la entrepierna.
—No hagas eso.
—Mira… No te necesito para terminar esto…
Comenzó a acariciarse el pezón y a estimularse el centro de su feminidad, justo encima del lugar sobre el que él se deslizaba de delante hacia atrás. Estaba tan cerca…
De repente, él le agarró el trasero con fuerza y se hundió más profundamente en ella, inmovilizándole el dedo sobre la sensible carne. En un instante, Isabella alcanzó el clímax apasionada, ruidosa y salvajemente. Él lo hizo al mismo tiempo y dejó que sus gritos de placer se mezclaran con los de ella. Las sacudidas del cuerpo de la joven terminaron por mandar el teléfono contra el suelo.
A excepción de sus agitadas respiraciones, solo hubo silencio. Cuando el mundo dejó de dar vueltas a su alrededor, ella abrió los ojos y miró el techo.
Se imaginó la imagen que debía de componer, tumbada encima de su escritorio, agarrándose el seno con una mano y con la otra aprisionada entre su cuerpo y el de un hombre cuyo pene seguía en el interior de su cuerpo. Debía de parecer la aventurera sexual que siempre había querido ser. Un montón de papeles arrugados y manchados le servían de colchón y cubrían la moqueta que rodeaba el escritorio. Podría ser que se hubiera roto el teléfono…
Sin embargo, por fin había conseguido su fantasía.
Él se movió ligeramente. Entonces, con lentitud, volvió a dejarle las caderas sobre el escritorio, de modo que las piernas de Isabella se le quedaron enredadas alrededor de la cintura. No obstante, siguió unido a ella.
La joven se apartó la mano del seno y levantó la cabeza para mirarlo. Poco a poco, retiró la otra mano y fue a colocarla sobre la cadera de él.
—A pesar de todo, creo que debo felicitarte.
—Gracias, pero creo que es más bien al revés. Estaba seguro de que me dirías tu nombre si elegía el momento adecuado —susurró él.
Isabella lo miró a los ojos y vio que la tristeza se había apoderado de él. La fantasía estaba a punto de terminar. Ella había conseguido lo que deseaba. Ya no se volverían a ver. El tiempo que habían compartido había sido perfecto. Aquella pequeña lucha de poder le había añadido más sabor.
—¿Cuándo regresa ese medio novio?
—No importa.
—Piensas casarte con él, ¿verdad?
—Sí, creo que es eso lo que va a ocurrir.
—¿Y vas a ser una esposa buena y leal hasta que la muerte os separe?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no seguimos con la fantasía hasta que él vuelva? Será tu última oportunidad de ser salvaje antes de convertirte… bueno, en lo que seas entonces.
—¿Una adulta?
—Desde aquí, a mí me pareces bastante adulta —comentó él, con una sonrisa—. Bueno, ¿qué te parece? ¿Cuántos días tendríamos? O mejor dicho, ¿cuántas noches?
Isabella hizo los cálculos, a pesar de que no quería ni pensarlo. Aquella era la noche del martes. Jacob regresaría el sábado. Tres días y tres noches más para experimentar aquellas increíbles sensaciones.
Sin embargo, solo pensar en Jacob hacía que se sintiera culpable, aunque sabía que él no sospecharía nunca. No sabría nunca de lo que ella era capaz ni lo que había ocurrido en aquel despacho.
—Piénsalo —dijo él, tras depositar un dulce beso sobre los labios de Isabella—. Yo voy a desaparecer durante unos minutos. Cuando regrese, podemos decidir —añadió, retirándose lentamente de su cuerpo—. Mmm… Te aseguro que no me ha gustado hacer eso. Me encanta estar dentro de ti…
Isabella sentía lo mismo y no le agradaba que sus cuerpos ya no estuvieran unidos. Sin embargo, la diversión tenía que terminar en algún momento.
—No creo que sea muy buena idea que nos sigamos viendo —dijo ella—. Lo importante de lo que ha ocurrido entre nosotros es que somos unos completos desconocidos.
—Volveré dentro de unos minutos.
Se inclinó para recoger sus ropas y salió del despacho. Aunque a Isabella no le apetecía moverse, se obligó a incorporarse para sentarse sobre la mesa y bajarse de ella. Si él pensaba reaparecer completamente vestido y presentable, no pensaba recibirlo en cueros. El despacho olía a sexo y parecía exactamente un decorado de película pornográfica. A Isabella le encantaba. Era exactamente lo que había esperado conseguir.
Mientras se ponía las húmedas braguitas y buscaba el sujetador, comenzó a considerar si debía seguir con aquello unos días más. No. Sería un error. Él ya no sería un desconocido y nunca se divertirían tanto como lo habían hecho aquella noche. Lo ocurrido sobre aquel escritorio no se podría igualar nunca, y mucho menos mejorarse.
Se puso la falda. No había razón alguna para preocuparse sobre las medias y el liguero. Se estaba subiendo la cremallera justo cuando él se aclaró la garganta a sus espaldas.
—Tal vez debería esperar en recepción. Solo con verte medio desnuda estoy listo para suplicar.
Isabella se dio la vuelta, con el corazón latiéndole a toda velocidad a pesar de sus esfuerzos para mostrarse tranquila. Ningún hombre le había suplicado sexo. Con Jacob, le ocurría más bien al contrario.
—Eres tan hermosa —añadió, mirándola con el deseo reflejado en la mirada.
Aquello era precisamente lo que necesitaba de Jacob: una cierta desesperación sexual. Sin embargo, no era justo. Ella nunca le había dado razones para que se desesperara. Se aclaró la garganta.
—Yo… Me reuniré contigo en recepción.
Él asintió y tras dedicarle una apasionada mirada, volvió a marcharse. Isabella siguió vistiéndose. No dejaba de recordarse que había conseguido su objetivo. Si evitaba volver a tener contacto con aquel hombre, se aseguraría de que aquel fuera un incidente aislado. No debía tener más encuentros con él o las cosas podrían ponerse feas.
Sin embargo, su intensidad la hacía sentirse deseada de un modo que Jacob nunca había conseguido. Siempre que había tratado de tentarlo, de ver su necesidad, él se había dado la vuelta y le había dicho que no le gustaban aquellos juegos. Por el contrario, aquel hombre sabía jugar.
Terminó de vestirse y ordenó su despacho. Metió las notas que se habían estropeado en un cajón y decidió que iría a trabajar muy temprano al día siguiente para terminar su trabajo. A continuación, agarró su chaqueta y su maletín, apagó las luces, cerró la puerta y se dirigió a recepción.
Una vez más, él estaba de rodillas, trabajando con los cables, exactamente como si no hubiera ocurrido nada entre ellos. Sin embargo, la mirada que él le dedicó era mucho más caliente que la que le había enviado hacía una hora. Sabía que lo único que tenía que hacer era decir una palabra y tendría a aquel hombre para pasar tres noches de glorioso sexo.
A pesar de lo mucho que lo deseaba, sabía que la vida no tenía nada que ver con el sexo glorioso. La vida significaba compartir una hipoteca con un buen hombre, darle nietos a sus padres y llevar una vida corriente. Isabella ansiaba tener aquella clase de seguridad y no la conseguiría pasando otras tres noches con aquel hombre, disfrutando de una relación que estaba completamente basada en el sexo.
—La respuesta es «no» —dijo—. Lo siento.
—Yo también —respondió él—. Creo que nos lo hemos pasado muy bien.
—Así es —afirmó Isabella, poniendo el énfasis de la frase en el verbo en pasado—. Ha sido la idea de una perfecta fantasía sexual en una sola noche.
—Sí, ya sabía que aquel era tu plan, pero si tu novio no va a regresar hasta dentro de unos días, me encantaría pasar ese tiempo contigo.
—¿Acaso no tienes novia? —le preguntó, a pesar de que sabía que no era asunto suyo.
—Si la tuviera, no habría aceptado tu invitación sin apenas dudarlo.
Al oír aquellas palabras, Isabella se sonrojó. La implicación era evidente. Aquel hombre creía en la fidelidad, pero ella había estado dispuesta a tener una aventura mientras estaba saliendo con un hombre que estaba fuera del país en aquellos momentos. Inmediatamente, se puso a la defensiva.
—Mira, nunca he prometido a Jacob que no vería a otros…
—¡Eh! Yo no te estaba juzgando —afirmó, poniéndose de pie—. Ni hablar. No sé qué clase de compromiso tienes con ese tipo.
—No hay ningún compromiso… todavía.
—Sin embargo, esperas que lo haya cuando él regrese, ¿verdad?
—Sí.
—Eso te deja tres noches para comportarte como una chica soltera y salvaje. ¿Por qué desperdiciarlas? —le preguntó, con una sonrisa.
—En primer lugar, tendríamos que destruir la naturaleza anónima de nuestro…
—Edward Cullen.
—¿Cómo has dicho? —preguntó ella, incrédula.
—Que me llamo Edward Cullen.
Su fantasía tenía nombre, un nombre que no iba a poder olvidar con facilidad. Tal y como ella hubiera esperado, el ambiente cambió inmediatamente entre ellos. En vez de ser una pareja sexual anónima, aquel hombre se había convertido en un tipo con padres que adoraban tanto las viejas películas como para ponerle el nombre de uno de sus personajes.
—Y tú eres o Isabella o Zafrina, pero me quedo con Isabella.
—¿Cómo se te ha ocurrido eso? —preguntó ella. Se sentía completamente acorralada.
—Por mis poderes psíquicos —contestó él mirando la centralita.
Por supuesto. Debería haberse dado cuenta de que él comprobaría los nombres de las etiquetas que había al lado de las líneas de cada uno de los despachos. Zafrina y ella eran las únicas mujeres, y no había muchas mujeres de su edad que se llamaran Zafrina.
Respiró profundamente. No había motivo alguno para seguir en el anonimato. Él podría descubrir su apellido sin mucha dificultad.
—Isabella Swan —dijo.
—Encantado de conocerte, Isabella —repuso él extendiendo la mano.
Ella miró la mano que le extendía y recordó lo que él había estado haciendo con aquella mano. Su cuerpo también le recordaba lo mucho que le había gustado lo que le había hecho. Negarse a estrecharle la mano parecería algo infantil, por lo que no le negó el saludo.
—Muy bien. ¿Te ha costado hacerlo?
—No quería que nosotros…
—Lo sé. Comprendo tu intención original. Solo te estoy pidiendo que amplíes el concepto.
—¿Y si sigo diciendo que no? —preguntó ella. Rápidamente, retiró la mano y se la metió en el bolsillo.
—En ese caso, te diré adiós, Isabella Swan, y te daré las gracias por una de las noches más excitantes… no, por la noche más excitante de mi vida. Ha sido un honor.
Isabella lo miró a los ojos y sintió que su determinación se iba desmoronando. Nadie tendría por qué enterarse, especialmente Jacob. Sería su secreto. Su madre la había invitado a ir a cenar aquel fin de semana, pensando que estaría sola sin Jacob, pero podía darle una excusa. Ni siquiera se lo contaría a Alice ni a Rosalie. El secretismo total sería el único modo de seguir con algo tan arriesgado como aquello.
—Lo único que tienes que perder es un poco de tiempo —murmuró él—. Ya has tomado la decisión de experimentar mientras tu novio se encuentra fuera. Tres noches más de experimentación te darán recuerdos suficientes como para durarte muchísimos años de matrimonio.
—Parece que quieres decir que no deseo casarme, pero no es así.
—¿Con ese hombre?
—Sí —respondió ella. Solo dudó una fracción de segundo.
—Bien —replicó él, como si no la creyera—, pero ¿por qué no divertirse un poco entre hoy y el sábado? Reúnete conmigo otra vez mañana por la noche y…
—No sería lo mismo que esta noche. Lo de hoy ha sido…
—¡Claro que no sería igual! Ya llegado el momento de una nueva fantasía. ¿Has querido alguna vez hacerlo en la azotea de un edificio de oficinas por la noche?
El pulso de Isabella se aceleró al oír aquella sugerencia. Era como una aventura al estilo de Batman.
—Creo que eso te excita —añadió él, con una sonrisa—. Los ojos se te han oscurecido otra vez…
—¿Otra vez?
—Sí, como cuando estábamos desnudos y yo te estaba…
—No hace falta —lo interrumpió ella. No estaba dispuesta a dejarlo entrar en detalles—. Me lo imagino.
—¿Sí? ¿Nos imaginas a los dos en lo alto de esa azotea, con la ciudad a nuestros pies y el cielo de la noche como techo? En esta época del año todavía hace calor… No te enfriarás por mucha ropa que te quites… o que te quite yo.
El corazón amenazaba con salírsele del pecho, pero Isabella buscó la fuerza para resistirse a la tentación… También se preguntó si le estaba haciendo aquellas sugerencias sin plantearse si eran posibles.
—Si estabas pensando en este edificio, no tengo ni idea de cómo se accede a la azotea.
—No. Solo tiene cuatro plantas. Necesitamos algo más alto. Déjamelo a mí. Me gano la vida instalando teléfonos. Creo que podré encontrar sin dificultad un tejado adecuado.
—¿Has pensado antes en esto?
—Claro, pero nunca he tenido una mujer lo suficientemente sexy y salvaje como para poder hacerlo.
—Sé que estoy loca por considerarlo siquiera…
—Venga, Isabella. Tú eres la que ha empezado esto. No te eches atrás. Te recogeré con una furgoneta de mi empresa a la entrada de este edificio mañana a las seis. Traeré algo de comida y una manta para que podamos disfrutar de un picnic allá arriba, antes de… disfrutarnos el uno al otro —añadió, con una sonrisa.
Un hombre que era capaz de bromear con el sexo. Eso solo era razón suficiente como para aceptar su proposición. Seguramente se lamentaría de lo que estaba a punto de hacer, pero se lamentaría aún más de vivir el resto de sus días sin haber pasado tres noches salvajes con Edward Cullen.
—De acuerdo.
—Estupendo —dijo él, con una expresión de excitación en el rostro.
—Ahora me voy a casa.
—Y yo terminaré mi trabajo.
—No voy a despedirme de ti con un beso.
—Ni quiero que lo hagas.
—¿No?
—Lo que hay entre nosotros es demasiado caliente como para compartir pequeños besos de despedida, y lo sabes. Si te acercaras a mí para darme un beso de despedida, sabes que estaríamos revoleándonos por el suelo en menos de dos segundos.
Tenía razón. Isabella temblaba por la necesidad de acercarse a él y desabrocharle la bragueta de los pantalones de nuevo. A juzgar por el abultamiento que tenía debajo de la cremallera, él también lo deseaba.
—Buenas noches.
—Buenas noches. Isabella —añadió él, cuando ella ya se había dado la vuelta para marcharse—. Sobre lo de mañana por la noche…
—¿Qué quieres? —Isabella se dio la vuelta.
—No te pongas ropa interior, nena.
Esta es otra adaptacion que realizo espero que sea de su agrado.
