Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.
Capítulo 4
Edward miró la puerta después de que esta se hubo cerrado detrás de Isabella. ¿Sexo en una azotea? No tenía ni idea de por qué se le había ocurrido aquello. Había tenido muchas fantasías sexuales, pero, más o menos, siempre habían estado confinadas al dormitorio. Tenía que admitir que, tal vez, se le hubiera ocurrido hacerlo en el ascensor o en un jacuzzi, pero en una azotea… Nunca.
La desesperación debía de haberle sugerido aquella idea y gracias a Dios, porque a ella parecía haberle gustado. Tenia una fiera entre las manos.
¿Acaso no era aquello lo que deseaba? Isabella era la respuesta a todas sus plegarias, especialmente si podía convencerla para que no se fuera a vivir con su novio. Lógicamente, necesitaba pasar más tiempo con ella para saber con toda seguridad que era su media naranja, pero el instinto le decía que el tiempo solo confirmaría lo que él ya sospechaba.
Isabella era la mujer que había estado esperando desde hacía años. En el momento en el que más necesitaba que apareciera alguien en su vida, la había conocido a ella.
El tintineo del ascensor anunció que Isabella iba a montarse en él y que se disponía a marcharse del edificio. Debía ponerse a trabajar para poder irse a casa, descansar y pensar en qué favores debería pedir para asegurarse una azotea la noche siguiente.
Incluso le había dicho que no se pusiera ropa interior. De hecho, se lo había ordenado diciéndole: «No te pongas ropa interior, nena». No le había llamado «nena» a ninguna mujer en toda su vida. Isabella parecía sacar una nueva faceta de él que le gustaba.
Miró las cajas que se apilaban a un lado de la recepción. Una de ellas contenía su nuevo teléfono. Decidió instalárselo inmediatamente, ya que el otro seguramente estaría roto tras haber acabado en el suelo. Además, su despacho parecía estar llamándolo.
Sacó el que necesitaba y avanzó por el pasillo. Abrió la puerta y encendió la luz. El aroma del perfume de Isabella se mezclaba con el del sexo que habían compartido. Ella había ordenado el escritorio antes de marcharse, pero no había colocado la placa con su nombre. Antes de marcharse del despacho, no había sabido que él ya había descubierto su nombre.
Rodeó la mesa y observó el calendario. Había escrito Jacob se marcha, junto con un número de vuelo y una hora el lunes de aquella semana. Entonces, había dibujado una flecha a lo largo de toda la semana hasta terminarla el sábado. Allí, había escrito Jacob en casa junto con otro número de vuelo y otra hora.
Entonces, el nombre de su rival era efectivamente Jacob. Evidentemente, le gustaba que lo llamaran por su nombre completo, sin abreviaturas. Maldito pomposo…
Un momento. Recordaba haber visto el nombre de Jacob en una de las líneas de teléfono. El tipo en cuestión trabajaba allí mismo, con Isabella.
Salió del despacho y recorrió el pasillo, encendiendo las luces del resto de los despachos para poder leer las placas de los nombres. Por fin, encontró el de su adversario. Jacob Black. Tenía un enorme escritorio. El bueno de Jake podría revolcarse allí con su chica si quisiera, pero Edward se apostaba algo a que no quería.
Recorrió el despacho y vio que había librerías repletas de libros de Derecho, cuadros de escenas de caza, una licencia enmarcada para ejercer la abogacía en el estado de Arizona y un diploma de la universidad de Harvard.
Además, vio la fotografía de un hombre, dándole la mano al gobernador. Tenía que ser Jake. Sí. Incluso el gobernador le había dedicado la maldita fotografía. Qué rastrero.
Retiró la fotografía de la pared y estudió a su rival. Jacob Black tenía dos líneas perfectamente simétricas de dientes blancos y perfectos, un cabello negro cuidadosamente cortado y un bonito traje hecho a medida. Además, conocía al gobernador. Aquel era la clase de hombre al que las mujeres les encantaba presentar a sus madres. Edward se preguntó si la madre de Isabella se sentiría contenta ante la perspectiva de tener un licenciado de Harvard en la familia.
Edward era licenciado en Empresariales por la universidad de Arizona y, aunque tenía su propia empresa, era esencialmente un trabajador. Un título de la universidad de Harvard dejaba aquello a la altura del betún. Entonces, se recordó que, a pesar de salir con el señor Perfecto, Isabella había ido a recepción buscando algo más.
Haría todo lo posible para darle lo que tanto deseaba, lo que significaba que debían ocurrírsele algunas fantasías sexuales más. No sabía cómo conduciría su campaña sin descuidar su trabajo, pero tendría que encontrar un modo.
Después de todo, serían solo tres días. Una vez que hubiera eliminado a Jake, podría instalarse en una rutina mucho más normal con Isabella. O no. Una mujer como ella no tenía nada de rutinaria.
Tras darse un baño, Isabella se metió en la cama y durmió más profundamente de lo que lo había hecho desde hacía meses. Era como si su cuerpo hubiera suspirado y hubiera dicho; «Por fin». Soñó con muchos orgasmos.
Normalmente, pulsaba el botón que posponía el estridente sonido del despertador un par de veces, pero aquella mañana se levantó en el momento en el que este sonó a las cinco de la mañana. ¿Qué mujer podía dormir cuando había decidido pasarse el día entero sin ropa interior?
Había tomado la decisión la noche anterior, mientras se daba su baño. Por supuesto, se vestiría con normalidad. Si a él se le había ocurrido la idea de la azotea, ella no iba a ser menos. No se había sentido tan excitada desde el día en que, mientras trabajaba como camarera en un club de moda, había entrado Michael Keaton. No llevaba el disfraz de Batman, pero a pesar de todo…
Desayunó unos bollitos de coco y una taza de café. Después de todo, una chica que pensaba tener relaciones sexuales en una azotea necesitaba comenzar el día con energía.
Cuando regresó a su dormitorio, realizó unos cuantos ejercicios de calistenia. Hacía muchos años desde la última vez que se había sentido interesada por la forma física, pero en aquellos momentos estaba pensando en su imagen como no lo había hecho nunca. A continuación, se metió en la ducha y se afeitó las piernas. Aquello de prepararse para el sexo la excitaba. Si tuviera a su alrededor a un hombre como Edward constantemente, se pasaría la vida en un centro de belleza dándose masajes y cuidando su cuerpo solo para que él apreciara los resultados.
Jacob le había dicho que las visitas a los centros de belleza eran una pérdida de tiempo y de dinero. Parecía una actitud demasiado adulta o sensata, tal y como habría dicho su madre. Igual que la profesión de abogado.
Cuando estaba en el instituto había soñado con ser actriz, pero, al descubrir el desorganizado mundo en el que solían vivir las estrellas de Hollywood, se había esforzado por volverse más sensata. Le había costado muchos años conseguirlo. Tal vez Edward sería la única persona que vería su lado más atrevido, aunque Alice y Rosalie estaban comenzando a sospecharlo.
Tras examinar su guardarropa, decidió que se pondría un liguero negro con medias del mismo color. Estaba segura de que Edward no le había dicho que prescindiera también de aquella clase de ropa interior. A los pocos minutos, se miró en el espejo de su dormitorio, vestida solo con el liguero y las medias. Se excitó con solo pensar que Edward la vería así en la azotea.
A continuación, como estaban en el mes de septiembre, eligió un traje negro que no necesitaba llevar blusa debajo. Cuando se hubo abotonado la chaqueta, se volvió a mirar en el espejo para decidir si se podía adivinar que no llevaba sujetador. Decidió que no se notaba. Todo iría bien.
Lo creyó hasta que se colocó detrás del volante de su Toyota y descubrió lo que era ir a toda velocidad por la autopista sin braguitas. La palabra «arriesgado» ni siquiera comenzaba a describirlo. «Estimulante» era mucho más adecuado. Mientras se acostumbraba a la sensación de pisar el embrague y el freno mientras la brisa del sistema de ventilación se le metía por debajo de la falda, sintió una profunda excitación por haberse atrevido con una idea tan desvergonzada.
Cuando llegó a su despacho, se alegró de ver que no había llegado nadie todavía. Así tendría un par de horas para acostumbrarse a estar sentada frente a su escritorio sin ropa interior. En cuanto abrió la puerta de la recepción, miró el lugar donde había encontrado arrodillado a Edward la noche anterior, casi como si esperara volver a verlo allí.
Las cajas y él habían desaparecido. El único testigo de su presencia era el nuevo teléfono de la recepcionista. Respiró profundamente y se dirigió a su despacho. Si no metía toda la información en el ordenador y la tenía impresa antes de las nueve, estaría metida en un lío. Tenía que olvidarse de Edward y ponerse a trabajar.
Desgraciadamente, aquello requería sacar las notas que se había arrugado y manchado durante el sexo salvaje que habían compartido. Con un gruñido, se sentó en su butaca. Inmediatamente recordó que no llevaba braguitas. Tal vez aquella era la razón por la que Jacob no se dejaba llevar por las fantasías. Estas reducían la productividad.
Tenía un teléfono nuevo, cortesía del hombre que era capaz de darle orgasmos múltiples. Agarró el auricular solo para tocar algo que él hubiera tocado recientemente. Aspiró el aroma del plástico nuevo, cuyo aroma no debería resultarle afrodisíaco, y entonces, un trozo de papel cayó sobre el escritorio. Hasta esta noche, decía.
Tenía una caligrafía terrible, como ella, pero al menos le había dejado una nota. Siempre había añorado un hombre que fuera capaz de dejarle notas. Como Jacob, con mil obligaciones, no tenía tiempo…
De repente, el sonido del teléfono la sobresaltó. Sin poder evitarlo, pensó que podría ser Edward. El deseo se despertó en ella al tiempo que se llevaba el teléfono a la oreja.
—¿Sí? —preguntó. Deliberadamente bajó un poco el tono de la voz. Deseaba sonar como una mujer que no llevaba braguitas.
—¡Hola, cielo! —exclamó su madre—. ¿Tienes un resfriado?
Isabella se irguió en su sillón y se tiró de la falda, tal y como hubiera hecho si su madre hubiera entrado en su despacho.
—¡Claro que no, mamá! Solo necesito una taza de café, eso es todo —explicó, mientras hacía girar la silla para encender el ordenador. Mientras, sintió que recuperaba la normalidad.
—Sí, ahora suenas mejor. Me preocupa que no duermas lo suficiente y estoy segura de que no comes bien. Así es como una persona agota sus recursos y hace que su sistema inmune se vuelva vulnerable, ¿sabes?
—Esta mañana he desayunado —dijo. Como siempre, su madre la hacía sentirse como una niña de siete años. Comenzó a mecanografiar sus notas en un esfuerzo por sentirse más adulta.
—Me alegro de eso. El desayuno es la comida más importante del día. Mira, te llamo porque he marcado el número de tu apartamento y me saltó el contestador. Me figuré que habías ido a tu despacho para ponerte al día con tu trabajo…
—¿Dices que has llamado a mi apartamento a las seis y media de la mañana?
—Tenía algo que decirte que no podía comentarte cuando vengas a cenar.
—Mamá, precisamente sobre la cena…
—Bueno, ahora eso no importa. Tu padre está en el Jardín, haciendo sus ejercicios de tai-chi, así que tú y yo podemos disfrutar de un poco de intimidad, que es precisamente lo que yo deseaba.
—¿Ocurre algo? —preguntó, alarmada.
—No, claro que no. Siento haberte sobresaltado. Solo quería hablar contigo sobre lo de irte a vivir con otra persona, «cohabitar», como se dice ahora. Quería decir que adelante.
—¿Estamos hablando de Jacob?
—¡Pues claro que sí! Por fin he comprendido por qué todavía no te has ido a vivir con él. Rosalie vivió con ese músico seis meses el año pasado, aunque solo Dios sabe lo que vio en él, y Alice…
—No se trata de que yo haga lo que ellas hacen, ¿sabes?
—Claro que no, pero, en estos tiempos, seguro que lo has pensando y sé por qué lo estás posponiendo.
—¿Por qué?
—Porque temes que a nosotros no nos guste la idea.
—Mamá, esa no es la razón.
—No seas tonta, pues claro que lo es.
Isabella pensó en contradecir a su madre, pero entonces se dio cuenta de que aquello podría significar tener que explicarle la verdadera razón.
—¿Ves? —añadió su madre—. Tu silencio habla por ti. Por mí está bien y te prometo que te allanaré el camino con tu padre.
—No tienes por qué hacerlo…
—Yo creo que sí. Solo quiero asegurarme de que lo aceptará. No queremos sorpresas desagradables, como que primero exija que os caséis. Cuando tu padre lo sepa, puedes invitarnos a cenar.
—Gracias —dijo Isabella, solo por decir algo.
—Además, están las ventajas económicas —prosiguió su madre—. No tiene ningún sentido pagar dos alquileres y sé que el vencimiento del tuyo está muy próximo. Por eso, quiero que sepas que cuentas con mi aprobación. No permitas que nosotros te quitemos la idea de la cabeza.
—Bien. Gracias por el voto de confianza, mamá.
—Yo confío plenamente en ti, hija. En cuanto a Jacob, estoy segura de que tiene las miras puestas en comenzar su carrera política. Sería un político maravilloso y no se sabe dónde podría llegar.
—Es cierto.
Aquella era otra de las cosas que preocupaban a Isabella. No le gustaría ser la esposa de un político y Jacob le había dejado muy claro que tenía ambiciones en aquel sentido.
—Bueno, tu padre está terminando sus ejercicios, así que regresará a la cocina en cualquier momento. ¿Qué te apetece para cenar mañana por la noche?
—Lo siento, pero no puedo ir. Me ha surgido algo —dijo conteniendo la risa.
—No importa. Podemos dejarlo para el viernes por la noche. Sé que Jacob no regresará hasta el sábado y no quiero pensar en que tú tienes que comer sola.
—El viernes tampoco puedo.
—¿Cómo? ¿Por qué no?
—Estoy trabajando en un proyecto —mintió—, y tengo que dedicar las tardes para que esté acabado cuando llegue Jacob.
—Oh, cielo… Veo que se te ha pegado la actitud de Jacob. Serás una pareja perfecta para él casi sin darte cuenta…
—No estoy segura de eso, pero tengo que concentrarme en este proyecto.
—No importa, tesoro. Nos gustaría que Jacob y tú vinierais a cenar la semana que viene, ¿te parece?
—Muy bien.
—Bueno, aquí viene tu padre. Ahora tengo que dejarte. Adiós.
La línea quedó muerta. Isabella colgó el auricular y miró el teléfono. Todo el mundo, incluso Alice y Rosalie, pensaban que tenía mucha suerte de ser el centro de atención de un hombre como Jacob, un hombre que incluso podría ser el presidente de Estados Unidos algún día. ¿A quién no lo excitaría una idea como aquella?
Era Isabella la que estaba equivocada, la que estaba considerando las cosas desde el lado opuesto. Cuando hubiera tenido oportunidad de tomar todo lo que Edward pudiera ofrecerle durante tres noches, probablemente se habría curado. Sería como un experimento que Alice, Rosalie y ella habían llevado a cabo el año pasado. Se habían pasado dos días comiendo donuts hasta que nunca más habían vuelto a desear probar uno.
Más o menos había funcionando. El anhelo había desaparecido durante mucho tiempo, pero, poco a poco, muy lentamente, estaba regresando, al menos para Isabella. La semana anterior había estado a punto de comprar uno. Tal vez con tres días en vez de dos lo habría conseguido, y por eso estaba deseando disfrutar de sus tres noches de sexo. Nunca había tenido tanto sexo en toda su vida. El sábado, estaría demasiado asqueada como para aceptar cualquier plan que a Edward pudiera ocurrírsele.
Sin embargo, aún no estaba asqueada. Ni siquiera mínimamente.
Durante todo el día. Edward estuvo tratando de conjugar su trabajo con el hecho de conseguir una azotea disponible. Mientras lo hacía, no dejaba de pensar en la noche del baile del instituto, en la que había perdido su virginidad con una chica también morena. Después de eso, habían comenzado una relación más seria. Como muchos otros adolescentes, Edward había pensado que tener relaciones sexuales con frecuencia significaba que uno estaba enamorado.
Cuando ella se marchó a California para ir a la universidad y conoció a otro chico, Edward descubrió que, después de todo, no estaba enamorado. Por eso, no se engañaría pensando que estaba enamorado de Isabella. Sin embargo, si se le daba tiempo, la posibilidad era bastante fuerte. Isabella era una mujer de la que resultaría muy fácil enamorarse.
Ya se imaginaba llevándola a su casa para que conociera a sus padres. Ellos se alegrarían mucho por él. El trabajo lo había mantenido también muy apartado de su familia y quería que todo aquello cambiara. Con Isabella formando parte de la ecuación, todo era posible.
La anticipación se apoderó de él cuando, a las seis menos cinco, detuvo el coche frente al edificio en el que ella trabajaba. Por segunda noche consecutiva, había desconectado su teléfono móvil y su busca. Sentía cierto remordimiento y se preguntó si perdería algún cliente. George Ullman parecía brusco esa mañana, cuando Edward le había devuelto la llamada.
Sin embargo, se olvidó de todo cuando vio salir a Isabella del edificio, vestida con un elegante y profesional traje negro. El corazón comenzó a latirle a toda velocidad. Era tan hermosa… El cabello castaño le relucía bajo el sol del atardecer. Con sus gafas de sol y su maletín, parecía una abogada de los pies a la cabeza.
Mientras se dirigía hacia la furgoneta, notó un cierto balanceo debajo de su chaqueta. Si de verdad acudía a aquella cita sin ropa interior, tal vez se enamoraría de ella aquella misma noche. Sonrió. Sería una locura que un hombre no se enamorara de una mujer que le hubiera hecho caso en una sugerencia tal.
Se bajó de la furgoneta y fue a abrirle la puerta.
—Hola.
—Hola —dijo ella, sonriendo mientras colocaba su bolso y su maletín sobre el suelo de la furgoneta.
Edward captó el aroma de su perfume de fresias y, solo con eso, sintió el inicio de una erección.
—No se me había ocurrido pensar en tu coche. ¿No importa que lo dejes en el aparcamiento? Yo te pagaré el importe.
—No importa. Solo tienes que volver a traerme aquí… más tarde.
—Muy bien.
Tenía que dejar de mirarle la chaqueta, pero se moría por saber si ella había hecho lo que él le había pedido. Cuando ella se hubo sentado en el interior de la furgoneta, cerró la puerta y se dirigió hacia su puerta. Se sentó tras el volante y la miró de nuevo.
—Todavía no está lo suficientemente oscuro como para subir a la azotea, así que pensé que, primero, podíamos parar en un bar que hay cerca de allí. Es un sitio muy agradable y creo que te gustará.
—De acuerdo… —contestó ella, con una sugerente sonrisa.
—Bueno, ¿has hecho lo que te pedí?
—Pues sí —respondió, mientras se colocaba el clnturón de seguridad—. Ha sido un día interesante.
—¿Has estado así todo el día? —preguntó Edward, atónito.
—¿Por qué no? —replicó Isabella, con una sonrisa más amplia—. ¿No es eso lo que tenías en mente?
Esta es otra adaptacion que realizo espero que sea de su agrado.
