Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.
Capítulo 5
Edward se quedó tan sorprendido que se le caló el motor justo cuando estaba a punto de salir del espacio donde había aparcado.
—Lo siento —susurró.
Volvió a arrancar y se obligó a concentrarse en el tráfico. Phoenix en hora punta no era el lugar más adecuado para dejarse llevar por otros pensamientos, aunque la mujer que estuviera sentada a su lado fuera la más sexy y la más osada que hubiera conocido nunca.
—¿Es esta la furgoneta que conduces todos los días para ir a trabajar?
—En realidad no. Esta suele conducirla mi compañero Lou, pero tiene una semana de vacaciones porque su esposa acaba de dar a luz a su primer hijo —contestó, sin evitar sentirse algo celoso de su compañero—. Tal vez incluso se tome libre la semana que viene.
Edward había decidido utilizar la situación como tapadera, en caso de que Isabella le preguntara por su trabajo. Quería que siguiera pensando que solo era un instalador.
En primer lugar, tal vez formara parte de su fantasía el hecho de que una mujer universitaria se lo montara con un simple trabajador. En segundo lugar, quería ganársela por sí mismo y no por su situación económica. Una estupidez, sin duda, pero así había querido representar su pequeño drama.
—Creo que es estupendo que tu empresa le dé días libres a un hombre cuando su esposa tiene un hijo. El director debe de ser un buen jefe —comentó ella.
—Supongo que, comparado con el resto de los jefes, no está mal.
—¿No te cae bien?
—No es eso, pero me hace trabajar muy duro. Tuve que mover cielo y tierra para asegurarme de que no tendría horas extras esta semana.
—Bueno, eso es solo porque tu compañero está en casa con su esposa y tu jefe anda algo escaso de personal, ¿no? Mira, Edward, me sentiría muy mal si te metiera en un lío con tu jefe solo porque estás tratando de tener tiempo libre para estar conmigo.
—¡Eh! Es bueno que mi jefe sepa que tengo una vida. Nunca parece recordarlo y yo siempre suelo ofrecerme cuando necesita gente para hacer horas extras. Supongo que no debería haberlo hecho desde un principio.
—Supongo, pero hoy en día no es fácil encontrar un trabajo.
—No te preocupes. No perderé el mío.
Aquella mañana, Edward había cancelado reuniones que en otro momento hubiera considerado cruciales. Además, había dejado atónita a su secretaria, Heidi, dándole un montón de revistas que solía leer él mismo y pidiéndole que hiciera un informe sobre lo que encontrara en ellas.
Resultaba sorprendente cómo la perspectiva de disfrutar del sexo podía haberlo motivado a cambiar sus costumbres. Al día siguiente, tendría que hacer lo mismo, además de pensar en un nuevo escenario para su encuentro con Isabella, aunque aquello no lo preocupaba. Su libido alimentaba su cerebro y le inyectaba una energía increíble. No se había sentido tan vivo desde hacía años.
Aparcó la furgoneta cerca del bar irlandés que había elegido para que ambos esperaran la caída de la oscuridad.
—Parece muy mono —dijo ella—. Yo soy irlandesa, si volvemos atrás un par de generaciones.
—Me lo había imaginado —comentó él mientras se bajaba del vehículo—. Espera un momento. Déjame que te ayude a bajar. Es un escalón muy alto.
—Y no quisiéramos que se me levantara la falda, ¿verdad? —replicó Isabella, riendo.
—Eres increíble, ¿lo sabías?
—No te hagas una idea equivocada. Normalmente no soy tan desinhibida.
—Es una pena…
«No es así», pensó Isabella, mientras descendía del vehículo sujetándose el bajo de la falda. Si dejaba que sus fantasías le gobernaran la vida, nunca conseguiría ser socia de Traynor y Sizemore. Aquella mañana, había terminado de pasar las notas, aunque por los pelos. Además, su rendimiento durante el resto del día había sido casi nulo.
Afortunadamente, los compañeros de la oficina habían achacado su comportamiento distraído a la ausencia de Jacob. Ella les había dejado pensar que esa era precisamente la razón, aunque se sentía algo culpable por ello. Había estado todo el día evitando deliberadamente mirar hacia su despacho.
Había estado esperando su llamada, aunque él no lo había hecho aún, algo de lo que ella se alegraba. En aquellos tres días, tenía que conseguir centrarse. Debía acabar aquella alocada relación para poder darle la respuesta que él esperaba, la que su madre esperaba. Sin embargo, durante aquellos tres días, iba a comportarse como una gata en celo.
Recogió el bolso del suelo de la furgoneta y esperó a que Edward cerrara con llave el vehículo. A continuación, él la tomó de la mano y la llevó hacia el bar, entrelazando sus dedos con los de ella como si lo hubiera estado haciendo toda una vida.
—Sé que tu novio es Jacob Black —dijo Edward, cuando estaban a punto de sentarse.
—¿Lo conoces? —preguntó ella, atónita. Estuvo a punto de desmayarse allí mismo.
—No, no lo conozco —respondió él—. Venga, siéntate. Pareces que acaban de atracarte. No quería sobresaltarte.
—Supongo que no importa —comentó Isabella, tratando de tranquilizarse—. Confío en que tú sepas mantener la boca cerrada.
—Debo señalar que no me conoces. Por lo que sabes de mí… —se interrumpió cuando el camarero se acercó a la mesa—. Voy a tomar un café irlandés con hielo —comentó, antes de dirigirse a Isabella—. ¿Y tú?
—Yo también. Que sean dos.
El camarero asintió y regresó hacia la barra.
—Cuando vengo aquí, suelo tomarme una Guinness —dijo Edward—, pero me ha parecido un poco pesada para…
Isabella le miró los ojos y pensó inmediatamente en la azotea. Los pezones se le irguieron debajo de su elegante chaqueta negra.
—Probablemente.
—Me estoy volviendo loco con solo verte así, tan compuesta, pero sin… —susurró él.
—Yo también me estoy volviendo loca.
—Bien —afirmó él, agarrándole la mano—. Eso era parte de mi plan. Quería que nos tomáramos una copa y creáramos un poco de anticipación.
—¿Has estado pensando en esto todo el día?
—He estado pensando en esto desde anoche, cuando entraste en la recepción de Traynor y Sizemore.
—Yo también…
—Sobre lo que te comentaba del nombre de Jacob, déjame que te explique. Miré el calendario que tienes encima de tu escritorio cuando te estaba instalando el teléfono. Supuse que ese Jacob es el mismo que trabaja al otro lado del pasillo.
—Así es —dijo ella. Notó que él tenía un pequeño lunar en la mejilla izquierda. Sintió un fuerte deseo de inclinarse sobre él para besárselo. Sin embargo, no lo hizo por si había alguien allí que pudiera reconocerla.
—Pensé que era mejor decirte que había descubierto su nombre para que no tuvieras que preocuparte por si se te escapa alguna vez.
—¿Cómo cuándo?
—Bueno no sé. Durante la conversación.
—Pensé que te referías mientras teníamos relaciones sexuales.
Edward abrió la boca para responder, pero, justo en aquel momento llegó el camarero con sus bebidas. Cuando el hombre se hubo marchado. Edward fijó de nuevo su mirada en la de Isabella.
—Confía en mí —murmuró—. Cuando tengamos relaciones sexuales, el único nombre que pronunciarás será el mío.
Ella absorbió la intensidad de sus palabras y tembló de excitación. Seguramente tenía razón. No había posibilidad alguna de que lo confundiera con Jacob.
—Charlemos un rato —añadió Edward, tras tomar un sorbo de su café—. ¿Implica comida alguna de tus fantasías?
—Tal vez…
Nunca le había hablado a nadie de las tórridas escenas que se le dibujaban en la imaginación. Por eso, contárselas a Edward no le resultaba nada fácil. Para ganar un poco de tiempo, tomó un sorbo de su café.
Edward la observó y sonrió.
—Te aseguro que la nata está en los primeros puestos de mi lista.
—Antes de que sigamos hablando sobre lo que está en la mía, me gustaría que me aclararas eso que has dicho de que yo no te conozco ni sé quién eres.
—Veo que esta noche he salido, sin lugar a dudas, con una abogada —comentó él riendo—. ¿Quién si no podría haber vuelto a ese comentario?
—Bueno, has sido tú quien lo ha dicho.
—Claro, y es cierto. Tú solo sabes de mí que soy el tipo de hombres que accede a tener relaciones sexuales cuando se supone que debe estar instalando teléfonos. Eso no habla particularmente bien de mí.
—¿Y por eso no debería confiar en ti?
—Afortunadamente, puedes confiar en mí con los ojos cerrados, pero, basándote en las pruebas que tienes, no estoy seguro de que debas hacerlo. Anoche corriste un riesgo muy grande.
—No irás a sermonearme ahora, ¿verdad?
—No creo que esté en situación de poder hacerlo, pero he de decirte que me alegro de que fuera yo con el que terminaras.
—Yo sabía que mi fantasía era arriesgada. Por eso he esperado tanto tiempo y por eso he descartado a tantos hombres antes de ti. Sin embargo, cuando entré en la recepción y te vi, me pareció… El destino o algo parecido.
—Sí, creo que eso fue.
La calidez que se reflejaba en los ojos de Edward mostraba más afecto que deseo, lo que descolocó completamente a Isabella, en parte porque sentía que ella misma podía responder a ese afecto. No había pensado que esa clase de sentimientos pasaran a formar parte de aquella experiencia, que se suponía que debía de ser exclusivamente sobre el sexo. Tomó un sorbo de su bebida para terminar con aquella situación.
—Bueno, ¿puedo confiar en que serás capaz de guardarme el secreto?
—Por supuesto. Aparte de darte mi palabra, tienes algo más. Si yo permitiera que esto se supiera, podría terminar haciéndome tanto daño a mí como a ti y también podría dañar a Mercury.
—¿Ves? Sientes una gran lealtad sobre esa empresa. Me apuesto algo a que es porque tu jefe es un tipo estupendo.
—Tiene sus momentos.
—Sin embargo, no querrías que él supiera lo que estabas haciendo encima de mi escritorio.
—Mmm… —susurró Edward, antes de darle un largo sorbo a su bebida—. No claro que no. De todos modos, tengo que agradecerte a ti que me dieras razón para tomarme algo de tiempo libre.
—¿Qué le has dicho a tu jefe para justificarte?
—Que tenía unos asuntos personales que me ocuparían las tardes del resto de la semana.
—Se parece mucho a mi excusa. Mi madre había pensado que fuera a cenar mañana por la noche, pero le dije que estaba trabajando en un proyecto muy importante. Ella cree que tiene que ver con mi firmeza para el trabajo.
—Y, en cierto modo, así es. Tiene que ver con la firmeza de mi pene al meterse en tu…
—¡Edward! —exclamó ella, sonrojándose vivamente. Sin embargo, aquellas palabras tan sensuales tuvieron un efecto inmediato. El deseo se le despertó en el vientre, haciendo que la entrepierna se le tensara y se le humedeciera, como si se estuviera preparando para lo que él había descrito—. No me puedo creer que hayas dicho eso en un sitio público.
—¿Te has dado cuenta del nivel de ruido que tiene este bar? —replicó él, riendo—. No me ha oído nadie. Además, deberías verte los ojos. Te ha encantado escucharme.
—Tal vez…
Edward extendió la mano y comenzó a acariciarle la mejilla. A continuación, le pasó un dedo sobre el labio inferior.
—De eso se trata en los tres días que nos esperan. Vamos a explorar cosas que nunca hemos tenido el valor de probar antes —susurró dibujándole una línea desde la garganta hasta el primer botón de la chaqueta que ella llevaba puesta—. Nunca le he dicho nada parecido a una mujer en público, pero quería decirlo ahora. Quería descubrir cómo reaccionarías tú.
—¿Y si me hubiera sentido tan insultada que te hubiera tirado el café por encima?
—Me habría dado cuenta de que no te van esa clase de fantasías, pero creo que sí te gustan —musitó, acariciándole suavemente el botón—. Casi no puedo esperar a desabrocharte la chaqueta. Aún recuerdo las sensaciones que me producían tus pezones sobre la lengua… Llevo todo el día pensando en ello…
Isabella estaba temblando tanto que tuvo que dejar la copa encima de la mesa. Si no lo hacía, se temía que fuera a derramar su contenido.
—¿Sabes en qué más he estado pensando? —prosiguió él.
Ella negó con la cabeza. Ya no confiaba en su voz.
—En mi pene y en tu boca —murmuró.
Isabella emitió un profundo sonido. Ella también lo había pensado. No habían conseguido hacerlo en su despacho, pero pensaba remediarlo en la azotea. Llevaba todo el día imaginándose de rodillas, bajo el profundo cielo de la noche, volviendo loco a Edward.
—Dios —musitó él—. No te lamas los labios así. Si sigues haciéndolo, voy a explotar aquí mismo —añadió. Isabella ni siquiera se había dado cuenta de que lo estuviera haciendo—. Termínate tu café. O no. Sea como sea, creo que tenemos que salir de aquí.
—Yo también.
—Entonces, ¿estás lista?
—Sí.
—En estos momentos estoy tan excitado que creo que no voy a poder levantarme.
—Si hubieras elegido un lugar con manteles, me habría podido ocupar de ti antes de que nos marcháramos.
—¿Es eso algo que quieras experimentar en otra ocasión?
—¿Me dejarías hacerlo?
—Claro que sí. Ahora, ¿qué te parece si permaneces sentada en silencio mientras yo trato de controlarme? Voy fingir que eres mi tía Nelda.
—Lo que necesites.
—Es la mujer más temible que conozco. De niño, me pasé dos semanas en su casa y, cuando me sorprendía haciendo el tonto, solía hacer que me calmara con una sola mirada. Eso es precisamente lo que necesito en estos momentos.
—Bien.
Isabella lo comprendía perfectamente. Ella también había tenido aquellos problemas de niña. Era maravilloso que se entendieran tan perfectamente. Edward estaba dispuesto a ser su conspirador, su compañero de aventuras. Se preguntó si tres noches le bastarían, aunque, por supuesto, tendría que ser así.
—Muy bien —dijo él, tras unos minutos—, ya podemos marcharnos. Tenemos que recoger la cesta de la comida de la furgoneta —añadió poniéndose de pie—. Luego, tenemos un pequeño paseo hasta llegar al edificio que he escogido para que los dos podamos estar a solas en la azotea sin que nadie nos moleste.
—Me parece maravilloso.
Isabella se sintió húmeda y cálida solo con pensar que iba a estar a solas con Edward en un lugar tan poco corriente. Sin embargo, cuando él se sacó un par de billetes de la cartera, la bruma sensual en la que se encontraba se disipó. Esperar que él pagara todo era ridículo. Ya se había ocupado de la cena. No pensaba permitir que pagara también las bebidas.
—Déjame que pague yo —le dijo.
—No. Fui yo el que te convenció para que prolongáramos esto tres noches más.
—Pero eso no significa que estés obligado a pagar todo. No soy de ese parecer, especialmente cuando…
Había estado a punto de decir: «Especialmente cuando yo tengo un trabajo mejor remunerado». No sabía cómo se comparaban sus sueldos, pero seguramente ella saldría ganando. Además, tenía más perspectivas de futuro que él. Sin embargo, sabía que Edward no agradecería que se lo comentara.
—¿Especialmente cuando yo no tengo tanto dinero como tú? —preguntó él, como si le hubiera leído el pensamiento.
—Lo siento. No quería decir eso. Estoy tratando de ser justa. Eso es todo.
—Vamos fuera. Creo que tenemos que hablar sobre esto.
—Muy bien.
La respuesta de Edward la había intrigado. Se dirigieron hacia la furgoneta. Cuando él abrió las puertas traseras, Isabella vio que entre las cajas y el equipamiento telefónico había una cesta de mimbre y un grueso edredón. Pensar en los planes que él podría tener para el edredón le hizo esperar que no lo hubiera ofendido y Edward decidiera cancelar la velada.
Aparentemente no, porque sacó la cesta.
—¿Quieres llevar el edredón?
—Claro.
Aliviada, agarró el edredón. Cuando se dio la vuelta, vio que Edward había dejado la cesta en el suelo y estaba a su lado, acorralándola contra la furgoneta.
—Antes de que nos vayamos… —dijo, mirándola de arriba abajo. Cuando se centró en sus ojos, Isabella vio que los de él ardían de deseo—. Tal vez no importa.
—No. Dímelo.
Edward dudó. Evidentemente, estaba considerando sus palabras. Al fin, le dedicó una sonrisa.
—Solo quería saber si esta fantasía tuya está relacionada con cinturones de herramientas y con hombres que se ganan la vida con las manos. Si es así, me amoldaré a eso.
A Isabella le dio la sensación de que iba a decir algo más. Tal vez quería saber si le importaba que no fueran personas del mismo estatus social. A ella no la preocupaba aquel punto en absoluto. Además, para ser una aventura de tres días, no debería ser un problema de todos modos. Sin embargo, cabía la posibilidad de que él estuviera pensando en algo que durara más de tres días y aquello sí que la inquietaba.
La razón era que ella también había pensado en eso y en si le acarrearía malas consecuencias a su vida. ¿O tal vez no? No podía estar segura. Una mujer podía confundirse y excitarse mucho mirando los hermosos ojos verdes de aquel seductor.
Esta es otra adaptacion que realizo espero que sea de su agrado.
