Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.


Capítulo 6

Edward sabía muy bien que no se había cubierto muy bien las espaldas con Isabella. Por la expresión que se le dibujó en el rostro, supo que ella sabía de lo que él estaba hablando. No había querido dejarse en evidencia de aquel modo. No habían avanzado tanto en la relación como para que él quisiera ponerla a prueba en el tema del esnobismo.

Efectivamente, las mujeres tenían fantasías sobre los hombres que trabajaban con las manos. Había visto calendarlos en las librerías en los que se recogían fotografías de obreros de la construcción con camisetas apretadas. Precisamente por eso, aquella noche había decidido ponerse una que había lavado por accidente en agua caliente.

—Está bien —dijo ella, tras aclararse la garganta—. Admito que, cuanto te vi por primera vez, con el cinturón de herramientas puesto y la taladradora en la mano, esa imagen encajaba perfectamente con mis fantasías.

—¿Quieres que me lo ponga ahora?

—Por ti mismo, eres suficiente fantasía para mí —respondió ella, mirándolo de arriba abajo.

—En ese caso —afirmó él, suavemente—, vamos.

Cerró la furgoneta y deslizó los dedos entre los de ella. Se dirigieron al edificio que él había elegido para aquella fantasía. Phoenix no tenía muchos rascacielos, pero, afortunadamente, Edward era un buen amigo del dueño de aquel, que se alzaba veinticinco pisos. Albergaba muchas empresas y muy variadas, pero ningún bufete de abogados. Lo había comprobado para reducir así las posibilidades de que Isabella pudiera encontrarse con un colega. No obstante, a esas horas, las posibilidades de que así fuera eran muy remotas.

Cuando llegaron a la puerta giratoria del edificio, Edward dijo:

—Aquí es. ¿Has estado alguna vez en este edificio?

—No, que yo recuerde.

—Cuando entremos, puedes leer el listado de empresas que lo ocupan para ver si has tenido tratos con alguna de ellas, en caso de que entrar aquí te ponga nerviosa.

—¿Y si me pone nerviosa?

—No lo sé. Supongo que nos olvidaremos de este plan y prepararemos otra cosa.

—No podría soportar que nos olvidáramos de este plan —susurró ella.

—Sí, pero supongo que no querrás correr el riesgo de que alguien pueda reconocerte —afirmó él, aunque, en cierto modo, deseaba que aquello ocurriera. Así, ella tendría que hablarle a Jacob de él.

—¿Qué posibilidad tenemos de que esto ocurra? —preguntó Isabella, tirando de él hacia la entrada—. Entremos y vayamos directamente hacia los ascensores.

—Si tú lo dices… Pasa tú primero. Los espacios de las puertas giratorias no suelen ser suficientemente grandes para…

—Estoy segura de que lo serán.

Antes de que pudiera impedírselo. Isabella tiró de él y lo colocó a su lado. Confinados en aquel mínimo espacio, algo que a Edward le gustaba mucho, dieron minúsculos pasitos hasta que la puerta los lanzó a ambos, entre risas, al interior del vestíbulo del edificio. Afortunadamente, estaba completamente vacío.

—Ha sido muy divertido —comentó ella, con una sonrisa picante en los labios—. Me pregunto si es posible hacerlo en una puerta giratoria.

—Unas cuantas vueltas más y creo que hubiera podido responderte. Estabas tan apretada contra mí que yo… —se interrumpió cuando se abrió la puerta del ascensor. Isabella estaba de espaldas, pero él tenía una visión perfecta—. Acaban de salir dos mujeres del ascensor —añadió, en voz baja—: No te vuelvas. Compórtate como si estar aquí con un edredón y una cesta de picnic fuera lo más normal del mundo.

—Exageras. A mí no me importa lo que…

—¿Isabella? —dijo una de las mujeres, una morena muy elegante—. ¿Eres Isabella Swan?

La sorpresa le hizo abrir los ojos de par en par. Entonces, recuperó rápidamente la compostura y se volvió, fingiendo gran entusiasmo.

—¡Jessica! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí!

—Estoy cerrando la compra de mi piso —dijo la mujer—, y la inmobiliaria que se ocupa del tema se encuentra aquí. Esta es mi decoradora, Lauren Mallory —añadió, señalando a la pelirroja que la acompañaba—. Ahora nos vamos a su tienda para finalizar con la elección de telas. Lauren, esta es Isabella, mi vecina en el complejo de apartamentos.

Preocupado por Isabella, Edward trató desesperadamente de pensar una historia que explicara por qué ella se encontraba en el vestíbulo de aquel edificio con un edredón entre las manos y acompañada por un hombre que llevaba una cesta de picnic. No consiguió encontrar nada.

—¡Qué coincidencia! —exclamó ella—. Tú aquí comprándote una nueva casa y Edward y yo entregando suministros para los sintecho. ¡Qué pequeño es el mundo!

Edward se quedó impresionado con la rapidez mental de Isabella.

—Muy pequeño —repitió Jessica, que parecía sentir una gran curiosidad.

—Edward Cullen —dijo Isabella, tan fresca como una lechuga—, esta es Jessica Stanley. Por cierto, mis felicitaciones por lo del piso. Suena muy excitante.

—Gracias —replicó Jessica—. Casi no puedo esperar el tiempo suficiente para mudarme, especialmente con las ideas tan fabulosas que Lauren tiene para decorarlo —añadió, sin dejar de mirar el edredón y la cesta—. ¿Dónde vais a entregar esas cosas?

—Creemos que la oficina está en este edificio, pero tal vez nos hayamos confundido de dirección —dijo Edward, para contribuir a la historia—. Yo estaba trabajando en Traynor y Sizemore, mejorando los teléfonos, y Isabella y yo empezamos a hablar del problema de los sintecho. Como he dicho, tal vez nos hayamos equivocado de dirección.

—No he oído que ninguna de las oficinas de este edificio se dedique a recibir donaciones —dijo Sherl—, pero es posible. ¿Tenéis algún nombre?

—Fundación Un Techo para Todos —contestó Isabella.

—No creo que estén aquí, pero tal vez se hayan instalado recientemente —replicó Sherl, sacudiendo la cabeza—. Es un edificio muy grande. El directorio está allí —concluyó, señalándoles la pared más alejada de los ascensores.

—De acuerdo —repuso Edward—. Vamos a comprobarlo.

—Es una buena obra la que estáis haciendo —dijo Jessica, sin parecer del todo convencida—. Bueno, ¿cómo está tu fabuloso novio?

—¿Jacob? Está bien. Le diré que me has preguntado por él.

—Te lo ruego. ¿Y él no está implicado en este proyecto?

—Está muy ocupado. No tiene tiempo para estas cosas.

—Eso es cierto. Hay muy pocos hombres que tengan el empuje que tiene él para el éxito. Bueno, es mejor que nos vayamos. Buena suerte con lo de la oficina que buscáis. Encantada de conocerte, Edwin.

Edward no se molestó en corregirla.

—Lo mismo digo.

Se quedó al lado de Isabella mientras las dos mujeres pasaban por la puerta giratoria. No sabía cómo reaccionaría ella tras haberse encontrado con una persona que la conocía, sobre todo cuando esta persona parecía considerar que ocurría algo sospechoso. Jessica y Lauren podrían haberle estropeado sus planes para pasar una noche de deseo en la azotea.

Todo dependía de Isabella. Ella era la que no quería que nadie supiera lo de sus encuentros sexuales. A Edward no le importaba quién pudiera descubrirlo.

—¿Y ahora qué?

Isabella se giró para mirarlo, con los ojos azules llenos de picardía.

—Ahora, nos vamos a meter en ese maldito ascensor para llegar a la azotea tan pronto como podamos. ¡No quiero encontrarme con más gente chismosa!

Jessica Stanley se lo había imaginado. Mientras subían en el ascensor hasta el piso veinticinco, Isabella se preguntó si había presentado un aspecto tan culpable como se había sentido, sin ropa interior y con su amante al lado. No le quedaba la menor duda. Jessica había sospechado.

Seguramente, si tenía oportunidad, le encantaría realizarle algún comentario sobre aquello a Jacob. Conociéndola, tal vez incluso fuera capaz de encontrar alguna excusa para ir al bufete. Motivos no le faltaban, ya que había deseado a Jacob desde el momento en que lo conoció, en el aparcamiento del complejo de apartamentos de Isabella, hacía tres meses.

Desde entonces, cada vez que se había encontrado con ella, Jessica no había dejado de mencionar lo estupendo que creía que era Jacob y la suerte que tenía Isabella de salir con él. Jessica no era la única con esa opinión, aunque sí la que se mostraba verde de envidia.

—¿Crees que dirá algo? —le preguntó Edward.

—Tal vez. Lo desea.

—Ya me he dado cuenta. ¿Crees que puede hacer algún daño?

—¿Sabes una cosa? Estoy segura de que Jacob me creería si le dijera que he venido aquí para entregar este edredón a una organización para los sintecho, aunque tal vez creyera que es una tontería. Ni siquiera llegaría a imaginarse que un edredón y una cesta de picnic son elementos principales para una orgía en una azotea. Puede que Jessica se esté preguntando lo que estamos tramando, pero Jacob no piensa en términos de aventura sexual.

—Estupendo. Supongo que eso es bueno…

—¿Cómo dices?

—Me estaba preguntando… Bueno, no importa. No es asunto mío.

Isabella se imaginaba lo que Edward se estaba preguntando. Era el porqué estaba pensando en irse a vivir con un hombre que tenía tan poca imaginación en lo que se refería al sexo. Sin embargo, no había nada que considerar en ese aspecto. Jacob era la clase de hombre con el que siempre había imaginado que se casaría. Sus padres lo apreciaban y se podía confiar plenamente en él.

Por el contrario, Edward se parecía a un deportivo. Maravilloso para las distancias cortas, pero no era lo que una mujer adulta podría necesitar a la larga. Tal vez era injusto, pero la cooperación que Edward mostraba con respecto a sus fantasías le hacía dudar que se acomodara al matrimonio con facilidad. Podría ser que ansiara una excitación constante y aquello sería algo difícil de conseguir cuando se tenían niños en la casa y responsabilidades con la familia.

Por fin, el ascensor se abrió en el piso número veinticinco.

—Ya casi estamos —dijo Edward—, pero aún puedes echarte atrás.

Isabella se echó a reír y comenzó a salir del ascensor.

—¿Después de pasarme todo el día medio desnuda? Ni hablar.

—¿Quieres que comamos primero o…?

Inmediatamente, ella sintió que la entrepierna se le humedecía y que los pezones se le erguían contra la tela del traje. Quería quitárselo. Deseaba todo lo que Edward pudiera darle.

—Prefiero la segunda parte. Ha sido un día muy largo…

—Muy bien. Me gusta cómo piensas —comentó él, mientras se dirigían hacia la salida que había al final del pasillo.

—¿Has estado aquí antes?

—Hoy, para ver cómo era.

Apretó la barra de emergencia que abría la puerta de metal. Los músculos de los hombros se le tensaron bajo la apretada camiseta. Aquello no pasó desapercibido para Isabella.

—¿Y qué tenías que comprobar? ¿No es una azotea una azotea?

—Bueno, claro. Una azotea es una azotea, pero quería comprobar las vistas. Quería que nosotros pudiéramos ver la ciudad, pero no quería que la ciudad pudiera vernos a nosotros. Tal vez debería haberte preguntado si te iban esas cosas…

—¿Te refieres al exhibicionismo? No. Correr un riesgo de vez en cuando es una cosa, pero montar un espectáculo deliberadamente no es mi idea de las aventuras.

—Me alegro, porque tampoco es la mía.

Edward abrió la puerta completamente y salieron a la azotea. Una superficie blanca muy esponjosa cubría el suelo. El crepúsculo se alzaba frente a ellos. El horizonte ardía con los últimos restos de la puesta de sol.

La unidad de aire acondicionado que había en el centro de la azotea zumbaba suavemente y lanzaba una ligera vibración a través de las suelas de los zapatos negros que Isabella llevaba puestos, torturándola con las posibilidades que aquello sugería.

—Lo del aire acondicionado resulta agradable.

—Sabía que te gustaría. La mayoría de las mujeres quieren música, pero tú prefieres una máquina gigante que hace vibrar el suelo —comentó él, con una sonrisa.

—Las esculturas tampoco están mal —bromeó ella refiriéndose a las grandes chimeneas de ventilación que surgían del tejado a intervalos regulares—. ¿Quieres que adivine lo que representan?

La sonrisa de Edward se hizo aún más amplia. Entonces, miró al cielo.

—Gracias. Dios mío. Por fin encuentro una mujer que lo ve todo desde un punto de vista sexual, igual que yo.

—¿No te parece que soy algo rara?

—Creo que eres maravillosa —contestó él, tras dejar la cesta en el suelo—. Es mejor que contemples el paisaje mientras puedas. Me da la sensación de que muy pronto no te va a importar la vista.

—Tienes mucha razón.

Dejó el edredón en el suelo y se acercó al parapeto. La ciudad se extendía en todas direcciones, hasta las mismas faldas de las montañas que la rodeaban. A medida que el cielo se iba oscureciendo el paisaje comenzó a relucir como el tesoro de un pirata.

Sin embargo, por muy hermosa que se estuviera haciendo la vista, no estaba allí para observar las luces. Como Edward había mencionado, se fijó en que los edificios que rodeaban a aquel no eran lo suficientemente altos como para que nadie pudiera ver lo que estaba ocurriendo allá arriba. Edward había elegido bien.

—Los Diamond Backs juegan esta noche —murmuró ella. Se imaginó que la próxima temporada estaría sentada en el estadio, con Jacob, que era uno de sus seguidores, probablemente prometidos y a punto de casarse. Deseó sentirse más excitada por aquella perspectiva que por lo que estaba a punto de ocurrir en aquel tejado.

—¿Preferirías estar allí?

—No —respondió ella. Cuando se dio la vuelta, comprobó que él ya había extendido el edredón no muy lejos de la unidad de aire acondicionado, como si con ello quisiera aumentar las sensaciones que ambos estaban a punto de experimentar—. ¿Y tú?

—No hay ningún sitio sobre la faz de la Tierra en el que prefiriera estar en vez de aquí.

—Yo tampoco…

—Ven aquí, Isabella.

Y pensar que la noche anterior no había deseado que él supiera su nombre. Oír cómo lo pronunciaba la excitaba más aún y la dejaba sin respiración. Se dirigió hacia él, caminando sobre la suave superficie del suelo.

—Creía que una azotea sería dura.

—¿Te refieres a como lo es tu escritorio? ¿Es eso lo que necesitas para…?

—No, claro que no.

—Tal vez no quieres admitir que cualquier cosa que se parezca mínimamente a un colchón te resulta aburrida. ¿O es tal vez que las posturas poco frecuentes contra ciertos objetos te hacen alcanzar el orgasmo enseguida?

La respiración de Isabella se hizo más rápida. Se pasó la lengua por los labios. Ningún hombre le había hablado de aquella manera. Le encantaba.

—Tal vez deberíamos dejar el edredón para el picnic —sugirió él, rodeándole la cintura con sus fuertes manos mientras, poco a poco, la apoyaba contra el tronco metálico de un respiradero—. ¿Qué te parece?

El corazón de Isabella comenzó a latir más rápidamente. Levantó las dos manos para sujetarse contra la columna metálica, agarrando con fuerza el cálido cilindro.

—¿Qué se te había ocurrido?

—Lo mismo que a ti, de eso estoy seguro. Con las manos así, podrías estar atada al mástil de un barco.

—¿Acaso… acaso quieres… atarme? —preguntó. Estaba tan excitada que casi no podía respirar.

—Esta vez no —contestó, mientras le desabrochaba el primer botón de la chaqueta—, pero te gustaría que lo hiciera antes de que termine la semana, ¿verdad?

—Yo… no lo sé… —susurró ella. Edward estaba sugiriéndole fantasías que ella casi no había podido admitir ante sí misma.

—Claro que lo sabes, pero eres demasiado tímida para decírmelo. Sin embargo, antes de que hayamos terminado, habrás dejado de serlo. Por el momento, finjamos que te tengo atada al mástil de mi barco y que yo he estado muchos meses en el mar, sin gozar de una mujer.

Isabella comenzó a temblar al oír cómo Edward describía una imagen que llevaba años turbando sus sueños eróticos.

—Has estado leyendo mi diario —bromeó.

—No —susurró, desabrochándole el segundo—, pero sé quién eres, Isabella Swan.

—Por lo que ocurrió en mi despacho.

—Sí —afirmó. Otro botón desabrochado—. Nunca he conocido a una mujer que fuera lo suficientemente valiente como probar una fantasía como esa con un completo desconocido. Te gusta correr riesgos en el sexo.

—Por el momento.

—No. Siempre te ha gustado correr riesgos, pero nunca te has permitido hacerlo antes —añadió, mientras seguía desabrochando botones lentamente, como si no tuviera prisa alguna por librarle de la ropa.

—¿Y te lo has permitido tú?

—No —contestó. Desabrochó el último botón.

—¿Por qué?

—Hacen falta dos jugadores para poder jugar —susurró, acariciándole suavemente las solapas de la chaqueta—. Nunca me he encontrado a ninguna mujer que estuviera dispuesta a acompañarme a una azotea, que quisiera que le quitara la ropa y que nos divirtiéramos con juegos eróticos hasta que los dos quedáramos agotados.

Poco a poco, Edward le quitó la chaqueta. Isabella tragó saliva cuando el aire fresco de la noche le acarició los pechos desnudos. Entonces, él se los cubrió suavemente con las manos.

—¿Cuántas veces a lo largo del día de hoy te has imaginado este momento? —murmuró.

—Miles.

—Yo también —musitó. Comenzó a acariciarle suavemente los pezones con los pulgares, gozando al observar el efecto que aquellas caricias le producían en los ojos—. Y es mucho mejor de lo que me había Imaginado.

Isabella bajó los ojos, fascinada por la erótica imagen de su chaqueta desabrochada y las manos de Edward acariciándole los pechos desnudos. Llevaba todo el día esperando aquel momento.

—Y pensar que hace una hora eras la elegante profesional de la abogacía, que se tomaba un café en un bar. Ahora, aquí estás, convertida en un animal salvaje contra este cilindro de metal, con tu elegante chaqueta desabrochada, los pechos desnudos y temblando cada vez que te toco, con los ojos hambrientos por ver lo que pasa a continuación.

Ella gimió suave, impacientemente.

—No te preocupes —añadió él, dando un paso al frente e inmovilizándola contra la tubería de metal con su cuerpo—. Todo lo que te imaginas va a ocurrir. Vamos a llevar esta aventura hasta el final.


Esta es otra adaptacion que realizo espero que sea de su agrado.