Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.

Sigan disfrutando y deleitandose de este bombon y ya estamos llegando a la parte que todas quieren leer.


Capítulo 9

A media mañana, Isabella se estaba empezando a sentir inquieta. Deseaba que el día terminara para poder volver a estar con Edward. Ya había hecho reservas en el restaurante que había elegido para su próxima fantasía y, aunque se suponía que tenía que estar trabajando, estaba repasando mentalmente su guardarropa para encontrar el atuendo perfecto. Quería que Edward comenzara a babear al verla.

En realidad, aquello no le resultaba muy difícil. De hecho, él parecía comenzar a babear en cuanto la veía, lo que resultaba extremadamente gratificante. No quería pensar en el futuro, cuando ya no lo tendría a su lado. A pesar de todo, solo le daría hasta el final de la semana. Sabía que si no lo hacía tendría que romper con Jacob y con los planes que había hecho para una vida sensata.

Mientras trataba de concentrarse en la pantalla de su ordenador, el teléfono comenzó a sonar. Cada vez que sonaba, no podía contestarlo sin pensar en Edward, lo que sería un verdadero problema en el futuro.

Cuando respondió, lo hizo con una cierta provocación en la voz, ya que pensaba que seria él. Si se pasaba tanto tiempo pensando en ella como Isabella en él, seguro que habría sentido el impulso de llamar. A ella también le habría gustado llamarlo, pero no tenía su número de teléfono móvil.

Sin embargo, no fue la voz de Edward la que resonó al otro lado de la línea.

—¿Me has echado de menos? —le preguntó, con tanta claridad que podría estar en su despacho.

—¡Claro! —exclamó ella, abrumada por un tremendo sentimiento de culpa. Entonces, cruzó los dedos—. ¡Dios mío!, ¿qué hora es allí? Siempre me equivoco. ¿Se trata de siete horas de adelanto o…?

—Me marcho dentro de unos minutos a cenar con mis clientes. He estado muy ocupado desde que llegué, pero quería llamarte para saludarte. Acabo de hablar con Traynor sobre un par de cosas y luego hice que Linda me pasara con tu despacho. ¿Has estado ocupada?

—Sí, claro. Muy, muy ocupada. Esa soy yo.

—Esa es mi chica. Confía en mí si te digo que no les pasa desapercibido cuando alguien toma la iniciativa. Escucha, tengo que marcharme dentro de un momento, pero tengo buenas noticias. He terminado aquí más rápido de lo que pensaba, así que estaré en casa mañana por la noche. En el mismo vuelo, el que llega a las seis y diez, aunque un día antes. Podemos salir a cenar si te apetece.

Isabella sintió que el pánico comenzaba a apoderarse de ella. Acababa de recortar una noche entera del tiempo que iba a pasar con Edward. Eso le dejaba solo aquella noche. Se había imaginado que Edward y ella tendrían mucho tiempo para disfrutar con sus fantasías, pero…

—¿Isabella? ¿Sigues allí?

—¡Sí! Sí, es maravilloso. Es solo que… había planeado una sorpresa para ti y ahora tendré que…

—Dármela más temprano, aunque ya me imagino de qué se trata. Tiene algo que ver con mudarte a cierto apartamento que yo conozco muy bien. ¿Me quemo?

—No es justo que trates de adivinarlo, Jacob —contestó, aunque no podía dejar de pensar que le quedaba solo una noche de libertad. Solo una.

—Bueno es hora de que me vaya a cenar. Cuídate. Hasta mañana.

—Claro. Hasta mañana.

—Piensa en algún lugar al que te apetezca ir a cenar. Luego, regresaremos a mi apartamento y celebraremos en privado mi regreso.

—Claro —repitió ella. Cuando Jacob le sugería «una celebración privada», no sentía nada. No era culpa de Jacob, aunque el sexo que compartía con él fuera completamente previsible.

—Hasta mañana.

—Iré a recogerte. Adiós.

Colgó y miró el teléfono que Edward le había instalado con sus propias manos. Con aquellas manos tan imaginativas y con tanto talento. Quería sentir aquellas manos en aquel mismo instante. Deseaba sus besos, sus caricias, su talento para darle orgasmos…

Sabía que debería sentir remordimientos, considerando lo que había hecho mientras Jacob estaba de viaje. Cuando había escuchado su voz, se había sentido culpable, pero, inmediatamente, la culpabilidad se había transformado en Ira cuando supo que Iba a adelantar su llegada. No quería que nadie recortara sus vacaciones sexuales.

Tenía que contarle a Edward aquel giro de los acontecimientos. A pesar de no tener su teléfono móvil, sabía que se lo podrían dar en Mercury Communications. Quería advertirle que aquella noche sería la última. Cuanto más lo pensaba, más se disgustaba.

Su teléfono, como el resto de los que Edward había instalado, tenía una pegatina en la que se facilitaba el número de Mercury. Rápidamente, marcó los dígitos.

—Mercury Communications —le dijo una voz femenina—. Le habla Heidi. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Trabajo para Traynor y Sizemore —respondió Isabella—. Necesito ponerme en contacto con el instalador que puso nuestros teléfonos el martes por la noche. Se llama Edward. ¿Sería posible hablar con él?

—Creo que podré localizarlo —contestó la mujer. Tras una pequeña pausa—. ¿Hay algún problema?

—Uno de poca importancia. Pensé que sería más fácil si hablaba directamente con él, dado que fue él quien instaló el sistema. Sé que es posible que esté realizando alguna instalación en algún sitio, pero ¿podría darme el número de su busca para no interrumpirlo mientras está trabajando?

—Da la casualidad de que está en estos momentos aquí —replicó Heidi, con voz alegre.

—Oh, estupendo.

Inmediatamente, Isabella se imaginó a una recepcionista veinteañera de rotundas curvas y que estaba loca por Edward. ¿Por qué no? Era un hombre muy guapo. Cualquier mujer querría tenerlo a su lado…

—Espere un momento y se lo pondré al teléfono.

—Gracias.

El pulso se le aceleró ante la perspectiva de poder escuchar de nuevo su voz. Ella sí que estaba loca por él, pero, desgraciadamente, se estaban quedando sin tiempo para satisfacer su deseo.

—Edward al telefono. ¿En qué puedo ayudarla?

—Jacob va a regresar antes de lo esperado.

—¿Isabella? Maldita sea. No sabía que eras tú. ¿Qué quieres decir con «antes»?

—Mañana a las seis de la tarde. Escucha, si no puedes hablar, lo comprendo, pero quería que lo supieras. Supongo que él ha terminado su trabajo antes de lo que esperaba.

—Puedo hablar. No importa.

—Bueno no quiero meterte en un lío. Le dije a esa secretaria que tenía un pequeño problema con el teléfono.

—En ese caso, es mejor que vaya a ver de qué se trata.

—¿Ahora? —preguntó. Se excitó inmediatamente, pero hasta ella tenía sus límites—. Oye, Edward, no sé lo que tienes en mente, pero no estoy segura de tener el valor suficiente para hacerlo encima del escritorio mientras todo el mundo está en el bufete.

—Bueno… no estaba pensando en eso —comentó él, riendo—. Estaba pensando más bien en almorzar juntos. Creo que hacerlo encima del escritorio nos podría meter a los dos en un buen lío.

—¿Estás seguro de que puedes hablar así en el medio de la oficina? ¿Es que no puede escucharte la secretaria?

—No. No me oye nadie. ¿Puedes salir dentro de unos treinta minutos?

—Yo sí, pero ¿cómo puedes hacerlo tú?

—Hoy no hay mucho trabajo.

—Pero si el otro día me dijiste que uno de los instaladores se ha tomado unos días libres para estar con su mujer y su hijo recién nacido y que tú no dejabas de hacer horas extras, así que no…

—Si Jacob regresa mañana, quiero verte ahora.

—Edward, me preocupa tu trabajo.

—Estaré esperándote delante de tu edificio en el interior de mi furgoneta dentro de treinta minutos. Por favor, asegúrate de estar allí. Por favor.

Con eso, colgó el teléfono. Aunque la urgencia que había notado en su voz la había excitado profundamente, se sentiría muy mal si lo reprendían por su culpa, o peor aún, si lo echaban. Sin embargo, le había colgado sin darle oportunidad para discutir con él. Estaría esperándola dentro de treinta minutos y ella iría a buscarlo, aunque solo fuera para convencerlo de que regresara al trabajo.

No debería haberlo llamado. No se había esperado que dejara todo por reunirse con ella. Aquel era el tipo de comportamiento que le aceleraba el corazón, la clase de gestos que nunca había visto en Jacob.

Pensó que tal vez se estaba comportando injustamente con su novio. Tal vez había trabajado más duro de la cuenta en Suiza para poder regresar antes. A su modo, podría estar demostrándole lo mucho que deseaba estar a su lado. Ojalá pudiera sentirse más emocionada por su llegada, aunque solo fuera la mitad, que por saltar al interior de la furgoneta de Edward. Entonces, su vida volvería a tener sentido.

Edward sabía que estaba caminando entre arenas movedizas. Lo inteligente hubiera sido aprovechar aquel momento para ir a visitar a Ullman y tratar de apaciguarlo. Efectivamente, ya había ido alguien a ocuparse del problema, pero Edward sabía que Ullman esperaba que él hablara con él también.

Sin embargo, Jake había decidido regresar antes de lo previsto y no sabía si tendría suficiente tiempo para conseguir que Isabella se pusiera de su lado. Crear una serie de aventuras sexuales para ella había sido la primera parte del plan, pero tenía que decirle en algún momento que también deseaba lo mismo que ella, un hogar y una familia. Jacob estaba estropeándole su plan, lo que no le gustaba en absoluto.

Naturalmente, el trabajo se le amontonaba encima del escritorio y tenía que responder muchas llamadas, pero no podía perder más tiempo. Tenía que regresar a su casa y cambiarse de ropa para ponerse una camiseta y unos vaqueros antes de ir a ver a Isabella. Además, necesitaba también preservativos.

Por si todo aquello fuera poco, debía apaciguar a Heidi, que tenía que estar preguntándose qué demonios estaba pasando. Cuando salió de su despacho, ella lo miró con una expresión de falsa Inocencia.

—Voy a tomarme un par de horas libres —anunció.

—Muy bien. ¿Te vas a llevar tu móvil y tu busca? —le preguntó Heidi, con una misteriosa sonrisa.

—Sí —respondió sabiendo que Heidi sospecharía si no lo hacia—, así que te ruego que te pongas en contacto conmigo si surge algo de importancia.

—Me muero por hacerte una pregunta, aunque estoy segura de que no es asunto mío.

—¿De qué se trata? —quiso saber Edward, con cierta cautela.

—¿Por qué no quieres que esa mujer sepa que eres el dueño de esta empresa?

—Es… algo complicado —respondió, sin querer entrar en detalles—. Por supuesto, terminaré diciéndoselo, pero, por el momento, prefiero que no lo sepa.

—Perdóname por decirte esto, pero el cambio que se ha producido en ti resulta completamente fascinante.

—Mira, sé que debe de parecer que me he vuelto completamente loco, pero esta situación es temporal. Si puedes cubrirme durante un tiempo, te prometo que mañana todo regresará a la normalidad. Si alguien empieza a hacer preguntas, dile que estoy enfermo o lo que se te ocurra.

—No te preocupes. Puedo ocuparme de todo esto durante unas horas. Tú vete.

—Gracias.

Se marchó de la oficina completamente seguro de que Heidi sabía que planeaba un encuentro con la mujer que, de repente, había pasado a formar parte de su vida.

Mientras se dirigía a su casa, se preguntó si podría simplificar las cosas diciéndole a Isabella que era el dueño de Mercury. Entonces, recordó por qué no quería hacerlo. Se sentía más él mismo cuando fingía ser un instalador.

Cuando llegó a su apartamento, se cambió de ropa más rápidamente que Clark Kent en un día bueno. Entonces, empezó a pensar dónde debería producirse su encuentro. Se metió un preservativo en el bolsillo y volvió corriendo a la furgoneta, sin haberse decidido todavía.

Había un buen hotel cerca del bufete de Isabella, probablemente demasiado bueno. Ella nunca le permitiría que alquilara una habitación allí. No podía llevarla a su apartamento porque era demasiado lujoso como para pertenecer a un simple instalador, y pedirle que fueran al apartamento de ella era demasiado descarado.

Aquello les dejaba solo la furgoneta. Efectivamente, había espacio más que suficiente en la parte de atrás y el edredón seguía allí desde la noche anterior, pero… ¿en una furgoneta? ¿Y dónde la aparcaría? No tenían tiempo para ir a las afueras de la ciudad.

En aquel momento, se preguntó si habría cometido un error al cambiar el programa del día. Si aquella experiencia no era maravillosa para ella, perdería terreno en vez de ganarlo. Maldijo una vez más a Jake por regresar antes de lo esperado. Casi parecía que había presentido algo.

A pesar de todo, Edward pensaba esforzarse al máximo en aquella ocasión. Además, acababa de ver a un hombre vendiendo ramos de flores en una esquina. Tocó el claxon y bajó la ventanilla para comprarle uno. A los pocos segundos, tenía un ramo de flores multicolores en el asiento del pasajero. Aquello mejoraría el ambiente en el interior de la furgoneta si, al final, decidían utilizarla como nido de amor.

Vio que Isabella lo estaba esperando frente al edificio con un traje de pantalón rojo. Llevaba recogido el cabello en lo alto de la cabeza, tal y como lo llevaba la primera vez que la vio.

En aquel momento, la deseó tan fieramente que hubiera sido capaz de pelearse con Jake por ella, a pesar de no creer en la violencia. No obstante, una mujer como Isabella merecía la pena.

Aparcó y se dispuso a bajarse del vehículo para ayudarla a subir. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, ella abrió la puerta.

—Creo que no debería hacer esto. Yo… —se interrumpió al ver las flores. Entonces, la expresión del rostro se le suavizó—. Oh, Edward, no tenías que haberme comprado nada.

—Claro que sí.

—Mira, he bajado porque no quería que te quedaras aquí, aparcado en doble fila hasta que te pusieran una multa, pero quiero que sepas que no puedo soportar el hecho de que estés poniendo tu trabajo en peligro por estar conmigo.

—Me he traído mi teléfono móvil y mi busca. Si alguien me necesita, se podrán poner en contacto conmigo.

—A pesar de todo creo que eso podría parecer algo irresponsable. Si deciden comprobar tu historia y descubren que el sistema de mi bufete funciona perfectamente, estarás metido en un buen lío.

Edward decidió que tenía que asegurarle de algún modo que su trabajo no corría peligro. Finalmente, se le ocurrió una idea.

—Si consiguiera que alguien de Mercury te dijera que no me van a echar, ¿te montarías en esta furgoneta?

—Si es uno de tus compañeros, no.

Rápidamente, Edward sacó su teléfono móvil y marcó el número de su despacho.

—Voy a hablar con Heidi, la mujer con la que tú hablaste antes. Ella te dirá la verdad.

—Edward, no creo que eso sea muy buena idea…

—¿Heidi? —dijo él, cuando su secretaria contestó el aparato—. Hola, soy Edward. ¿Me harías un gran favor? ¿Le podrías decir a Isabella que mi trabajo seguirá allí cuando regrese dentro de una o dos horas?

Heidi parecía estar esforzándose mucho por no soltar una carcajada.

—Por supuesto. ¿Se llama Isabella? Es un nombre muy bonito.

—Igual que ella. Te la paso —dijo, antes de entregarle el teléfono a Isabella.

Al principio, ella pareció negarse a tomarlo. Entonces, con un cierto gesto de desaprobación, lo hizo por fin. Después de intercambiar unas breves palabras con Heidi, le devolvió a Edward el teléfono.

—Quiere hablar contigo.

—¿Sí? —preguntó Edward, tras ponerse de nuevo al aparato.

—Debe de ser una mujer de bandera —afirmó Heidi—. Primero, hace que abandones tu lugar de trabajo, algo que yo siempre pensé que nadie podría conseguir nunca, y ahora es tan amable como para preocuparse por ser una distracción demasiado grande para ti. Si alguno de mis hijos descubre a alguien así, voy a aconsejarle que no la deje escapar. Solo quería mencionártelo.

—Gracias, Heidi. Comprendido. Hasta dentro de una hora o así.

Para cuando colgó el teléfono y lo colocó en su soporte, Isabella ya se había subido a la furgoneta y tenía la puerta cerrada y las flores en el regazo.

—Estás completamente loco, ¿lo sabías?

—Y creo que eso es precisamente lo que te gusta de mí.

—De hecho, así es.


Gracias por los comentarios, es la primera vez que hago esto, yo soy como ustedes lectora compulsiva pero que le vamos a hacer nos tenemos que reacrear la mente con personajes sexis a poco no, nos leemos luego buen fin de semana pero primero un pequeño adelante de lo que viene y comienza la cuenta regresiva.

—Tienes razón. Tengo que contestar. Luego, iremos a comprar unos bocadillos. Después de todo te invité a almorzar.

—Te aseguro que ha sido el mejor almuerzo que he tenido nunca.

—Yo opino lo mismo —dijo. Estaba experimentando otra erección solo con ver cómo ella se vestía—. ¿Sigue en pie lo de la cena?