Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.


Capítulo 10

Isabella se llevó las flores a la nariz y aspiró. Le encantaba aquel ramo tan informal de claveles y margaritas, comprado siguiendo un impulso a un vendedor callejero, más que un ramo de rosas de tallo largo que le hubieran llevado de una floristería. Edward sabía perfectamente cómo complacerla.

—Son preciosas. Gracias.

—De nada…

El aire que se respiraba entre ellos crepitaba de tensión sexual. Isabella se preguntó lo que él tendría en mente para aquella hora robada. Fuera lo que fuera, estaba dispuesta a dejarse llevar.

—Probablemente tenga que dejarte a ti las flores en vez de llevármelas a mi despacho.

—¿Por qué no puedes decir que te compraste unas flores cuando saliste a almorzar?

—Porque no lo he hecho nunca antes. Podrían preguntarse por qué empiezo ahora. La gente no deja de hacerme comentarios sobre la perpetua sonrisa que tengo ahora en el rostro.

—¿De verdad? En ese caso, me imagino que las flores y la sonrisa serán una prueba demasiado evidente de que estás teniendo una fantástica aventura sexual.

—Sí, podría ser, pero ¿sabes una cosa? Debería regalarme flores de vez en cuando. Me encantan las flores. Les diré a todos que he pasado una nueva página.

—Me parece una idea estupenda.

—¿Te refieres a lo de las flores o a lo de la nueva página? —preguntó Isabella. Le había parecido escuchar un tono especial en sus palabras.

—No estoy seguro. Probablemente me refería más a mí mismo que a ti. ¿Has sentido alguna vez que estabas viviendo la vida de otra persona?

—¿Te refieres a lo que ocurre ahora, con esta semana alocada que estamos teniendo? —replicó ella, atónita—. Porque me siento como si me hubiera transformado en lady Chatterley.

—En realidad, me refería a la vida que llevabas antes de esta semana. ¿Te sentiste alguna vez como si estuvieras siendo totalmente tú misma?

—Edward, si lo que estás tratando de decirme es que los momentos que pasamos juntos son la vida real, tengo que mostrarme en desacuerdo contigo. Para unos cuantos días está bien, pero no puedes esperar que dos personas estén así todo el tiempo y sigan llevando una vida normal.

—¿Estás segura? Mientras hablamos del tema, ¿por qué es tan buena una vida normal?

Edward estaba empezando a preocuparla con aquella conversación, que se parecía demasiado a las que había mantenido recientemente consigo misma.

—A menos que vayas a vivir a una playa tropical para alimentarte de mangos y de pescado, existe el pequeño detalle de que hay que ganar dinero.

—No estoy hablando de dejarlo todo, pero a mí me parece que debería haber más tiempo para la aventura, para los juegos y la imaginación. Esta semana no debería ser la excepción a la regla.

Eso era precisamente lo que lo había convertido en un compañero de fantasías tan bueno. Era inquieto y aventurero. No veía con agrado el hecho de cortar el césped los sábados o entrenar un equipo de fútbol infantil los domingos. Sin embargo, eso era precisamente lo que ella quería. Un hombre dedicado a su familia.

—Aparentemente, tú no estás de acuerdo —añadió, al ver que ella no respondía.

—No, si a lo que te refieres es a ser un espíritu libre, sin ataduras. Yo quiero tener una casa, hijos…

—Yo no he dicho que no desee eso. De hecho…

—Los niños necesitan una cierta estabilidad, la que yo tuve cuando crecí. Siempre pude contar con mis padres para que me ayudaran a ser sensata y responsable.

—¿Y ser responsable significa que uno debe dejar a un lado la aventura? —le preguntó, mientras se dirigía a la entrada de un aparcamiento de varios pisos.

—Ciertos tipos de aventura, sí.

—Te refieres a la que estamos teniendo nosotros, ¿verdad?

—Mira, yo me estoy permitiendo un comportamiento algo alocado durante esta semana, pero eso no es lo que quiero hacer a la larga.

—Entonces, ¿por qué lo estás haciendo ahora? — quiso saber Edward, mientras subía del segundo hasta el tercer piso, sin aparcar en ninguno de los espacios que había vacíos.

—Es como los donuts —respondió ella. Había dado por sentado que quería aparcar allí para que luego pudieran ir a un restaurante a tomar algo, pero ya no estaba tan segura—. Edward, ¿tienes intención de aparcar o no?

—Sí. ¿Qué es eso de los donuts?

—Mis amigas y yo decidimos que estábamos comiendo demasiados, así que nos pasamos dos días sin comer nada más que donuts para que nos hartáramos de ellos.

—¿Y funcionó?

—Más o menos. Creo que deberíamos haberlo hecho durante tres días para asegurarnos mejor. De eso hace seis meses y a mí me están volviendo a apetecer.

Edward llegó a la planta sexta del aparcamiento. Allí los espacios estaban todos vacíos, pero, a pesar de todo, escogió uno que estaba al final de la planta.

—Entonces, crees que si te sumerges de lleno en una aventura sexual, acabarás hartándote del sexo, ¿es eso?

—Así lo creía al principio, pero ahora ya no estoy tan segura.

—¿Y qué piensas hacer al respecto? —le preguntó él girándose para mirarla tras haber aparcado la furgoneta.

—No lo sé —respondió Isabella. Al ver el fuego que ardía en los ojos de Edward, se echó a temblar. Con una mirada, estaba lista para desnudarse ante él—. ¿Alguna sugerencia?

—Tal vez, pero no nos queda mucho tiempo, así que hablaremos de eso más tarde —comentó mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad—. Hay un pequeño café cerca de aquí en el que podemos almorzar o… el edredón sigue en la parte posterior de la furgoneta.

Isabella estaba empezando a comprender por qué la había llevado a una planta del aparcamiento que estaba completamente desierta. Con lentitud, se desabrochó el cinturón.

—¿Nos podemos quedar aquí y tomarnos unos donuts? —sugirió.

—Sí…

—Muy bien.

Al oír aquella respuesta, la mirada de Edward pareció hacer que subiera la temperatura.

—Dame un minuto.

Saltó de la furgoneta y, tras cerrar la puerta del conductor, se dirigió a la trasera. Isabella se volvió para ver qué hacía y, a través del montón de cajas, comprobó que abría la puerta trasera y comenzaba a ordenar lo que contenía la furgoneta. No había ventanas en la parte trasera, por lo que la intimidad estaba garantizada. Ella sintió que el pulso se le aceleraba al darse cuenta de que estaba a punto de tener relaciones sexuales con Edward dentro de una furgoneta en un aparcamiento público a plena luz del día.

Y estaba lista. Solo escuchar cómo él preparaba una improvisada cama había hecho que se pusiera muy húmeda y excitada. Sin embargo, también era consciente de que Edward estaba corriendo un gran riesgo al utilizar para aquello una furgoneta de su empresa.

—Te podrías meter en un buen lío si alguien descubriera cómo estás aprovechando tu hora del almuerzo.

—No tengo la intención de que eso ocurra.

Entonces, como si alguien quisiera demostrar que se equivocaba, el teléfono móvil comenzó a sonar.

—Edward, está sona…

—Ya lo oigo. ¿Me lo puedes lanzar?

Isabella colocó el ramo de flores sobre el asiento de Edward y sacó el teléfono de su soporte. Entonces, se lo lanzó entre las cajas que había en la parte trasera.

—Edward al telefono —dijo él, tras apretar el botón.

Después de que habían llegado hasta aquel punto. Isabella rezó para que no se tuviera que marchar por una emergencia. No sabía cómo sobreviviría a la frustración si él tenía que devolverla a su despacho.

—Sí, en estos momentos estoy en el medio de algo, Ken. ¿Puedo volver a llamarte dentro de cuarenta y cinco minutos?

Isabella contuvo el aliento, esperando que fuera posible posponer el motivo de la llamada tanto tiempo. De todos modos, sabía que no estaba bien. Edward estaba jugando con fuego, pero, después de aquella noche, ella ya no volvería a ser un problema para él.

—Desgraciadamente, no tengo esa información delante de mí —decía Edward—, pero estaré encantado de suministrártela en breve. Sí —añadió, tras una pausa—, sé que estás tratando de tomar una decisión hoy mismo. Siento que… Muy bien, si es así como tiene que ser. Llámame si cambias de opinión.

Con eso, cortó la llamada.

—La conversación no ha ido muy bien, ¿verdad? —preguntó Isabella. Edward dejó el teléfono en el suelo de la furgoneta y se encogió de hombros.

—No puedo hacer nada al respecto.

—Claro que puedes. Llámalo ahora mismo y dile que estarás disponible en diez minutos.

—No —replicó él, mientras rodeaba la furgoneta para abrirle la puerta a ella.

—¡Edward! Sé razonable. Vas a conseguir que te despidan.

—Isabella, confía en mí. No me van a despedir. Tengo… ciertos privilegios en esa empresa. Soy un hombre desesperado —insistió, al ver que ella no respondía en modo alguno—. Si no puedo estar dentro de tu cuerpo muy pronto, voy a empezar a aullar como un coyote.

Isabella se echó a temblar, incapaz de controlar una oleada de deseo. No pudo resistirse más y agarró la mano que él le extendía para bajar de la furgoneta. A continuación, Edward cerró la puerta con llave y miró a su alrededor.

—Vamos. No se ve a nadie.

—Me parece que esto está muy mal.

—Se supone que debe ser así —comentó él. Le mostró la parte trasera de la furgoneta, donde había creado una estrecha cama rodeada de cajas y de herramientas—. Por eso es precisamente una aventura sexual. Quítate la chaqueta antes de entrar. No quiero que regreses a tu despacho llena de arrugas.

—¿Y satisfecha? —replicó ella mientras se la quitaba.

—Ese es mi plan —comentó tomando la chaqueta para colocársela encima de una caja—. Muy bien. Entra. Yo lo haré detrás de ti.

—¿Lo quieres probar así? ¿Contigo por detrás? —susurró ella. Una vez más, estaba tentándolo.

—¿Y a ti qué te parece?

—Por el modo en que te brillan los ojos, creo que te gustaría. De hecho, creo que te gustaría mucho.

—Entra. Ya discutiremos las posturas cuando nos hayamos librado de estas malditas ropas.

Con el corazón latiéndole a toda velocidad, Isabella se subió encima del edredón y se colocó de rodillas. Entonces, esperó hasta que él se hubo montado en la furgoneta y hubo cerrado las puertas para quitarse la camiseta de algodón que llevaba puesta.

—Dame eso también —dijo él.

—¿Y eso? —sugirió ella, despojándose también del sujetador.

—Dios, eres tan hermosa…

—Tú me haces sentirme así.

—Me alegro, pero lo de ser hermosa no tiene nada que ver conmigo —replicó agarrando el sujetador para colocarlo encima del montón de ropa—. Tú lo eres por ti misma.

Isabella se preguntó si él lo pensaba porque ella había perdido completamente sus inhibiciones cuando estaban juntos. Él le había dado el valor de ser sexualmente libre y era tal vez eso lo que la hacía irresistible.

Se había quitado los zapatos y desabrochado los pantalones cuando se dio cuenta de que Edward seguía vestido.

—¿Y tú?

—A mí no se me arrugarán las ropas. Voy a mantenerme vestido en caso de que nos interrumpan. Así podré salir y ganar tiempo hasta que tú te hayas vestido.

—Vaya. ¿Tienes mucha experiencia en esto de los aparcamientos?

—No. Es la primera vez —respondió mientras observaba cómo ella se quitaba los pantalones y las braguitas.

—Pues lo mismo me ocurre a mí —comentó Isabella entregándole el resto de la ropa. Las manos de Edward temblaban tanto que no pudo evitar que la ropa se le escurriera entre las manos.

—Mira qué torpe soy, y es porque me estoy volviendo loco al ver que hay una mujer desnuda en mi furgoneta.

—Una mujer que te desea desesperadamente… —susurró. Con un rápido gesto, se quitó las peinetas del pelo y dejó que este le cayera por los hombros.

—Eso espero, porque estás a punto de conseguirme —murmuró él. Se desabrochó el cinturón y se bajó la cremallera de los vaqueros. Entonces, se abrió los calzoncillos y se sacó el pene, completamente erecto.

—Tú también eres muy guapo…

—Lo que me importa es que mi equipamiento funcione contigo…

—Claro que sí…

Deseó que no tuviera que cubrir aquella pieza tan notable. Nunca había conocido la excitación de recibirlo en su cuerpo sin la barrera del látex, y se lamentaba por ello.

Observó, llena de anticipación, cómo se colocaba el preservativo. Los había tentado a ambos con una osada posibilidad y decidió experimentar con ella. Cuando él terminó de colocarse el preservativo, se puso de espaldas a él, a cuatro patas.

—Venga —susurró, mirándole sugerentemente por encima del hombro—. Ha llegado la hora de una nueva aventura…

Edward ahogó una exclamación de placer. Sabía que tendría que disfrutar de aquella experiencia sin hacer mucho ruido. No había garantía alguna de que no llegaran más coches a aquella planta.

—Eres la mujer más sexy que he conocido —murmuró acercándose a ella.

—Si me pones en la parte trasera de una furgoneta y me quitas la ropa, esto es lo que ocurre.

Con el corazón a punto de salírsele del pecho, le colocó las manos sobre el trasero. El embriagador aroma de la excitación de Isabella le hizo ver que no tenía que deslizar los dedos entre sus muslos para comprobar si estaba lista. Ella lo deseaba tanto como él.

Con el deseo turbándole toda posibilidad de razonar, se hundió en su húmedo y cálida interior. Se olvidó de la necesidad de discreción y gruñó de placer. Los gemidos de ella fueron la respuesta que necesitaba. Comenzó a entrar y salir lentamente de su cuerpo, pero la lujuria se apoderó de él. Sin que ninguno de los dos pudieran evitarlo, los jadeos se fueron haciendo más fuertes.

—Deberíamos… guardar silencio —susurró él, gozando con la experiencia, mientras le agarraba con fuerza las caderas y se hundía en ella cada vez más rápido.

De repente, el sonido del busca, del busca que llevaba colgado del cinturón que se meneaba a su lado con cada movimiento, comenzó a sonar. Edward decidió que podía esperar. Entonces, fue el teléfono móvil el que empezó a sonar con su estridente música.

—Edward… Edward… el teléfono…

—No me importa —replicó él, sin dejar de moverse dentro de ella—. ¿Estás cerca?

—Sí… —gimió ella.

—Yo también… Trata de no gritar.

El ritmo era frenético. Edward sintió que ella se tensaba y que contenía la respiración. Con un movimiento más, tal vez dos… Ya… ya… Sí…

Las contracciones y los gemidos de placer ahogados de Isabella lo empujaron hacia su propio orgasmo. Dejó escapar el aliento a través de los dientes apretados, en su lucha por guardar silencio. Nunca había experimentado orgasmos tan potentes como los que había tenido con Isabella. Guardar silencio no era fácil.

Por fin, cuando las sacudidas terminaron, se apartó de ella de mala gana, sabiendo que abandonaba el paraíso. Después de quitarse el preservativo, agarró a Isabella y la abrazó contra su cuerpo. Le acarició los pechos desnudos y le besó suavemente los hombros.

—Gracias.

—He disfrutado con cada minuto —susurró ella.

—Yo también… Hacerlo en una furgoneta contigo es increíble…

—¿Crees que hemos hecho mucho ruido?

—No he oído pasar ningún coche, así que, aunque lo hayamos hecho, probablemente no se ha enterado nadie. Yo… —se interrumpió. En aquel momento se oyó el ruido de un motor que parecía acercarse a ellos.

—Has hablado demasiado pronto —murmuró Isabella, riendo.

—Sigue, sigue, amigo —musitó Edward—. Vete de aquí con tu coche…

Afortunadamente, el vehículo siguió su camino y el ruido del motor se hizo cada vez menos audible. Sin embargo, en cuanto el motor dejó de rugir, el teléfono móvil de Edward volvió a sonar. Al oírlo, Isabella se apartó de él y se incorporó.

—Se ha terminado la fiesta —dijo, con una sonrisa—. Necesitas responder tu teléfono y tu busca para poder seguir con tu día. El mundo real está esperando.

Edward creía que el mundo real estaba en aquella furgoneta, pero no quería discutir con ella. Tampoco quería que ella pensara que era un hombre irresponsable, por lo que de mala gana, le dio la ropa.

—Tienes razón. Tengo que contestar. Luego, iremos a comprar unos bocadillos. Después de todo te invité a almorzar.

—Te aseguro que ha sido el mejor almuerzo que he tenido nunca.

—Yo opino lo mismo —dijo. Estaba experimentando otra erección solo con ver cómo ella se vestía—. ¿Sigue en pie lo de la cena?

—No me lo perdería por nada del mundo.

Edward tampoco. Era su última oportunidad para conseguir su misión.


Gracias por los comentarios y a las lectoras fantasmas.

Un adelanto para que esperen el proximo con ganas, buen fin y cuidense.

—Contigo, las horas me parecen días, aunque seguro que a ti no te ocurre lo mismo y que estás fresca como una rosa…

—Creo que te equivocas.

—En ese caso —dijo Edward, deteniéndose en seco para agarrarla del brazo—, volvamos a tu apartamento. Te deseo tanto que puedo saborear…

—¡Vaya, vaya, vaya! —exclamó una voz de mujer a sus espaldas, cuando ya estaban en el aparcamiento. La voz resultaba vagamente familiar—. Alguien debe de estar a punto de hacer otra donación a los pobres.