Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.
Capítulo 11
Con el ramo de flores y la bolsa de papel que contenía sus bocadillos, Isabella entró en las oficinas de Traynor y Sizemore tratando de que no pareciera que acababa de experimentar el sexo salvaje en la parte trasera de una furgoneta. La recepcionista, una mujer morena y menuda llamada Linda, observó las flores.
—¡Qué bonitas! —dijo.
—Gracias. He decidido regalarme flores frescas más a menudo.
—Buena idea. ¿Y también has decidido hacer ejercicios en el gimnasio a la hora de almorzar?
—No… —respondió Isabella, preocupada. Se había retocado el maquillaje y el peinado, pero tal vez no estaba tan compuesta como había esperado.
—Vaya, me he equivocado. Tienes un brillo tan saludable en el rostro que pensé que acababas de bajar de una de esas máquinas para caminar encima. Tienes buen aspecto, pero no me hagas caso. Toma, esto es lo que ha venido para ti mientras estabas fuera.
—Gracias.
Isabella tomó los mensajes y se dirigió a su despacho, pero Linda volvió a interrumpirla.
—Por cierto, Zafrina te estaba buscando hace un rato. Le dije que habías salido a almorzar.
—Bien.
Isabella prosiguió con su camino, preguntándose cómo iba a explicar que había salido a almorzar cuando tenía los bocadillos en la bolsa. Podría tirarlos y fingir que había comido, pero tenía tanto apetito…
Al llegar a su despacho, agarró el jarrón con flores de seda que tenía encima del aparador y metió el ramo de flores. A continuación, volvió a salir al pasillo para ir a llenarlo en el grifo que había allí. Mientras lo estaba haciendo, se encontró con John Traynor.
—¿Son de Jacob? —le preguntó, guiñándole un ojo.
—No exactamente…
—Normalmente trato de evitar que haya romances en la oficina, pero, en este caso, creo que es maravilloso. Creo que los dos os convertiréis en una pareja muy poderosa…
Con eso, se dio la vuelta y se metió en su despacho antes de que Isabella tuviera oportunidad de responder. Sabía a lo que Traynor se refería. Quería que Jacob entrara en política y un hombre casado con la mujer adecuada a su lado tenía muchas posibilidades de prosperar. Isabella, siendo abogada, tenía muchas posibilidades de ser esa mujer. Además, a menos que alguien descubriera lo de Edward, no tenía ningún secreto oculto.
Mientras metía las flores en el jarrón, recordó la pregunta que Edward le había hecho sobre si alguna vez se había sentido como si estuviera viviendo la vida de otra persona. Cuando Jacob estaba a su lado, efectivamente sentía que vivía la vida de él. No había querido admitirlo delante de Edward, ni casi delante de ella misma, pero era cierto.
Aquella era la verdadera razón por la que había pospuesto irse a vivir con él. Se había engañado diciéndose que era por la necesidad de experimentar el sexo con un desconocido, pero acababa de comprender que no quería mudarse con Jacob. Cuando estuviera en su apartamento, la dominaría por completo.
Siempre había considerado que vivir con él era un paso lógico para ganar el equilibrio que tanto deseaba, pero, de repente, se estaba empezando a preguntar el coste que aquello iba a tener para ella.
Regresó a su despacho y dejó el jarrón sobre el aparador. Al verlo allí, se sorprendió al comprobar la vida que las flores daban a aquella habitación. Acarició un clavel rosa y pensó en los gloriosos momentos que había compartido con Edward cuando él le agarró las caderas y la penetró…
—¿Un pequeño detalle de Jacob?
Al darse la vuelta, segura de que se estaba sonrojando, vio que Zafrina estaba de pie en la puerta. La única otra abogada del bufete tenía ya cincuenta y seis años y se había licenciado después de criar a sus tres hijos y divorciarse de su marido.
—En realidad, no…
—Ahora que lo pienso —dijo Zafrina, antes de que Isabella pudiera decir que se las había comprado ella misma—, me tendría que haber dado cuenta de que no eran de Jacob. No es su estilo. A él le gustan los arreglos florales más formales.
—Sí.
—¿Y tal vez tú prefieres algo más salvaje?
Isabella estaba segura de que Zafrina ya no estaba hablando de las flores, pero no supo cómo responder. La mujer parecía a punto de decir algo más, pero el teléfono de Isabella interrumpió el momento.
—Ya hablaremos en otra ocasión —comentó Zafrina, antes de abandonar el despacho de Isabella.
Mientras la joven se dirigía a su mesa para responder el teléfono, decidió hablar con Zafrina antes de que acabara el día. Tal vez se estaba comportando de un modo paranoico, pero el despacho de Zafrina daba a la calle donde Edward había aparcado aquel mediodía y la noche anterior. Si Zafrina sospechaba algo, Isabella quería saberlo.
Era su madre la que llamaba.
—Me ha ocurrido algo muy extraño —dijo—. Esta mañana me ha llamado Jacob desde Suiza.
—¿De verdad? ¿Para qué? —preguntó Isabella, atónita. Jacob nunca llamaba a su madre, y mucho menos si estaba en otro país.
—Bueno, me dijo que iba a regresar antes de lo esperado y que los dos teníais una sorpresa para nosotros. Quería que los dos saliéramos a cenar con vosotros el sábado por la noche.
—Vaya…
—¿Estás pensando de verdad en irte a vivir con él cuando regrese?
—Yo… lo estaba considerando, pero…
—La razón por la que te llamo es que ya sabes que a mí me parece una idea estupenda. Sin embargo, estoy teniendo más problemas de los esperados con tu padre.
—Bueno, mamá, no importa —dijo Isabella, aliviada de tener una excusa para poder posponer su decisión—. Olvidémonos de la cena del sábado. Hablaré con Jacob y le explicaré que tenemos que retrasarlo un tiempo.
—No, no, yo no quiero que lo retrases. Es una buena idea. Jacob parecía tan emocionado, hija… No quiero estropearos vuestra felicidad. Creo que aún podré convencer a tu padre antes del sábado, pero quería comentártelo.
—Creo que deberíamos cancelar esa cena. No quiero forzar las cosas… —mintió—. Además, aún no he decidido lo que quiero hacer.
—Espero que no estés cambiando de opinión por tu padre.
—No…
—¿Crees que cabe la posibilidad de que la sorpresa de Jacob sea una proposición de matrimonio?
—Mamá, espero que Jacob no me vaya a pedir que me case con él. Ni siquiera me ha dicho que me ama —replicó. En realidad, ella tampoco se lo había dicho.
—Algunos hombres no saben cómo expresar su amor. Estoy segura de que te quiere mucho y de que tú sientes lo mismo por él.
—Mamá, yo… —se interrumpió al ver que la luz de su teléfono se encendía, para indicarle que tenía otra llamada—. Mira, tengo que dejarte. Te llamaré el sábado, ¿de acuerdo? Para entonces, ya sabremos mejor a qué atenernos.
—Muy bien, hija. Dale a Jacob un abrazo de mi parte.
—Lo haré. Adiós, mamá —dijo. En realidad, tal vez lo haría. Estaba furiosa con Jacob. No tenía derecho a llamar a su madre para organizar una cena con ella sin consultárselo primero.
Tomó la llamada que tenía en espera. Casi esperaba que fuera Jacob para poder decirle lo que pensaba de sus tácticas. Sabía que no tenía derecho a sentirse enfadada con él después de su propio comportamiento de los dos últimos días, pero no podía evitarlo.
—Isabella.
—Te habla un hombre que desea tener la cabeza entre tus piernas para poder besar tu dulce…
—Edward… —susurró ella, sintiendo que se le humedecía el lugar que él había estado a punto de mencionar.
—Dime que no te gustaría que lo hiciera, aunque, incluso entonces, no te creería.
—No se trata de eso —murmuró—. Se supone que debes estar trabajando. Espero que no pueda oírte nadie.
—No. Mira, sé que lo único que habíamos planeado para esta noche es una cena, pero, dadas las circunstancias me gustaría que pasáramos la noche juntos.
—A mí también me gustaría…
—Estupendo. Entonces, cuando te vaya a recoger a tu apartamento, tal vez quieras llevarte también lo que te vayas a poner para ir a tu trabajo mañana y… lo que te quieras ponerte en la cama.
—¿En tu cama? —preguntó. Sentía curiosidad por saber dónde vivía.
—No, tengo otro lugar en mente.
—¿La furgoneta?
—No, claro que no —respondió, entre risas—. Lo de la furgoneta ha estado bien para una cita a la hora de almorzar, pero quiero tener más espacio si vamos a tener toda la noche por delante. ¿Te parece bien que te vaya a recoger a tu casa sobre las seis?
—Estaré lista.
—¿Y estás lista ahora? —quiso saber Edward, con voz sugerente.
—Basta ya —susurró ella. No quería admitir que así era.
—Me apuesto algo a que estás mirando el cuadro del orgasmo y recordando cómo te hice alcanzar uno encima de tu escritorio.
El cuerpo de Isabella se tensó. Si seguían con aquella conversación, podría tener otro aunque él no estuviera en la misma habitación.
—Voy a colgar. Los dos tenemos cosas que hacer.
—No me puedo concentrar en nada. No hago más que pensar en tu cálida y húmeda…
—Adiós, Edward.
Colgó el teléfono y se sentó, temblando. En vez de cansarse del sexo con Edward, lo deseaba cada vez más. Aparentemente, había una gran diferencia entre los donuts y Edward Cullen.
Cuando se marchó un poco antes de las cinco, el escritorio de Edward era un desastre. Incluso Heidi, que se había mostrado indulgente con él por la mañana, parecía algo preocupada de que no hubiera devuelto la mayoría de sus llamadas. Sin embargo, había estado muy ocupado. Aquella noche era lo único que le quedaba para poder convencer a Isabella de que dejara a Jacob. Había tenido que hacer reseñas y preparar sus planes. Además, todavía no había decidido si debía decirle a Isabella que era el dueño de Mercury. Decidió no hacerlo. Después de todo, cabía la posibilidad de que vendiera la empresa.
Al llegar a su apartamento se cambió rápidamente de ropa y metió una muda de ropa y su neceser en una pequeña bolsa de viaje. Le resultaba raro salir a cenar con una mujer sin llevar su BMW, pero debía llevar la furgoneta para no estropear su tapadera. De camino a casa de Isabella, se detuvo a comprar algo que podría proporcionarles cierta diversión aquella noche.
Desgraciadamente, el tráfico era infernal. Tuvo que llamar a Isabella para advertirle.
—Voy a llegar tarde —dijo—. ¿Crees que nos guardarán la mesa en el restaurante o es mejor que llames?
—Llamaré, pero no tienes que preocuparte por llegar tarde. Yo también voy retrasada. No sé lo que ponerme.
—¿Significa eso que estás de pie desnuda? —preguntó. Empezó a sentir una presión en la entrepierna.
—No del todo.
—¿Qué llevas puesto?
—Las braguitas y el sujetador.
—¿De qué color? —preguntó. Se rebulló en el asiento. El tráfico seguía sin moverse, pero podía empezar en cualquier momento.
—De seda negra, pero creo que me cambiaré para que sean rojos.
—Yo podría ayudarte a decidir cuando llegue a tu casa…
—No lo creo. Nunca llegaríamos al restaurante. Adiós, Edward…
Él notó el gozo que había en la voz de la joven antes de que colgara. A pesar de todo, cortó la llamada lleno de frustración y se concentró en el tráfico. Tenía tan poco tiempo para estar con ella y lo estaba desperdiciando en el tráfico…
De repente, vio un hueco a su derecha y decidió aprovecharlo para tomar una calle lateral. Tal vez no consiguiera nada, pero debía intentarlo. Tenía que llegar lo antes que pudiera al apartamento de Isabella.
Veinte minutos más tarde, llamó al timbre esperando que ella no se hubiera decidido aún sobre la ropa interior. Momentos después, ella le abrió la puerta, completamente vestida con una blusa negra y una falda multicolor. Sin poder evitarlo, Edward maldijo el tráfico. Quería averiguar en aquel mismo instante de qué color llevaba la ropa interior, pero no parecía que ella fuera a darle la oportunidad.
—Vamos —dijo, colgándose el bolso al hombro y agarrando el mango de una pequeña maleta con ruedas.
—¿No vas a invitarme a pasar?
—No.
—Nunca he visto tu apartamento.
—Ni yo el tuyo.
—Te lo enseñaré si tú me muestras el tuyo.
—Nos vamos ahora mismo —replicó ella, con una sonrisa. Lo empujó hacia el pasillo y se volvió para cerrar la puerta con llave.
—De acuerdo —dijo Edward, resignado—. Déjame que te lleve la maleta.
Isabella se la entregó y los dos comenzaron a dirigirse hacia el aparcamiento.
—Estás muy guapo con esa camisa tan elegante.
—Y tú también con esa blusa y esa falda, pero había esperado llegar cuando todavía estabas debatiendo qué ropa interior ponerte. ¿De qué color es al final?
—Roja.
—Adoro el rojo. No puedo creer que ese maldito tráfico me haya impedido verte en ropa interior.
—Pareces un niño al que se le ha prohibido tomar una galleta antes de cenar… Sabes que si me hubieras sorprendido en ropa interior, nos habríamos acostado juntos.
—¿Y qué? A mí me apetece.
—Cualquiera diría que hace días que no lo has hecho.
—Contigo, las horas me parecen días, aunque seguro que a ti no te ocurre lo mismo y que estás fresca como una rosa…
—Creo que te equivocas.
—En ese caso —dijo Edward, deteniéndose en seco para agarrarla del brazo—, volvamos a tu apartamento. Te deseo tanto que puedo saborear…
—¡Vaya, vaya, vaya! —exclamó una voz de mujer a sus espaldas, cuando ya estaban en el aparcamiento. La voz resultaba vagamente familiar—. Alguien debe de estar a punto de hacer otra donación a los pobres.
Gracias por los comentarios que hacen que continue con mas ganas y un adelanto para la semana, cuidense y nos estamos leyendo.
Isabella no dejaba de mirar a Edward. Tomó una de las patatas y la mojó en un poco de salsa. Entonces, en vez de morder la patata, comenzó a lamer la salsa. Hipnotizado por sus gestos y los movimientos de los dedos de sus pies, Edward no se dio cuenta de que se estaba agarrando a la mesa con tanta fuerza que estuvo a punto de derramar el agua.
—Estás un poco tenso, ¿verdad?
—No —replicó él, tratando de relajarse—. Tengo todo bajo control.
