Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.


Capítulo 12

Isabella forzó una sonrisa y se giró para saludar a la mujer que se acercaba. Parecía que el destino se estaba tomando grandes esfuerzos para recordarle que estaba corriendo grandes riesgos con su futuro.

—Hola, Jessica. ¿Qué tal va la mudanza?

—Todo va despacio. Tal vez tenga que tomarme unos días libres en mi trabajo para hacer todo.

—Edward, ¿te acuerdas de Jessica? —comentó Isabella, decidida a mantener una actitud alegre y despreocupada a pesar de todo—. La vimos anoche.

—Claro. Me alegro de volver a verte, Jessica.

—Lo mismo digo —replicó la mujer—. Debo decir que me siento muy impresionada por vuestra dedicación a la causa. ¿Encontrasteis la oficina que estabais buscando ayer?

—Sí —respondió Edward.

—Me alegra saberlo —repuso Jessica. Entonces, miró a Isabella con una expresión en el rostro que dejaba muy claro que no se había tragado la historia de sus donaciones a los pobres—. ¿También tiene que trabajar Jacob hoy hasta muy tarde?

Isabella se sintió atrapada. Después de verla sin Jacob por segunda vez, no le quedaba la menor duda de que Jessica terminaría pasándose por el bufete para averiguar cuánto sabía él de todo aquello.

—En realidad, Jacob está en Suiza.

—¿De verdad? —preguntó Jessica. Su expresión reveló que sospechaba todavía más—. ¡Qué bien! ¿Y cuándo regresa?

—Mañana por la tarde.

—Me alegra ver que has encontrado algo en lo que ocupar tu tiempo mientras él está fuera.

—Sí.

Isabella comprendió que Jessica había adivinado exactamente lo que estaba ocurriendo y que se moría de ganas por decirle a Jacob que su novia había estado viendo a otro hombre.

—Bueno, es mejor que me vaya. Tengo un montón de cajas que empaquetar.

—Buena suerte —replicó Isabella, mientras se separaban en direcciones opuestas.

—Va a delatarte —dijo Edward, cuando Jessica ya no podía escucharlos.

—Lo sé.

—No pareces estar muy preocupada al respecto.

Así era, y eso le extrañaba. Había pensado tener una aventura sin que Jacob se enterara, pero, después de todo lo ocurrido, deseaba poder tener la oportunidad de decírselo para ver su reacción.

—En realidad, llevo toda la tarde pensando que tendré que decirle lo que ha ocurrido —confesó—. Lo de Jessica me lo acaba de confirmar.

—¿Y qué piensas decirle? —preguntó Edward, tras abrir la puerta de la furgoneta.

—No te preocupes. No le mencionaré ni tu nombre ni tu trabajo. No habrá detalles.

—¿Y si te dijera que no me importa?

—¡Edward! Claro que te importa. Es abogado, ¿te acuerdas? No quiero que vaya a por ti ni a por la empresa para la que trabajas. No podría demandarte por haberte acostado con su chica, pero podría actuar de un modo muy desagradable si supiera que lo estabas haciendo en tu horario de trabajo. Yo me aseguraré de que eso no ocurre.

—Creo que no me gusta la idea de ser el tipo anónimo con el que tú tuviste una aventura. Hace que todo parezca…

—No es así y lo sabes —susurró ella, tocándole suavemente la mejilla—. Solo quiero protegerte. No sé cómo podría reaccionar Jacob y no quiero darle un nombre por si se siente vengativo. Bueno, ¿vamos a cenar?

—Sí, vamos.

La ayudó a entrar en la furgoneta y luego metió la maleta en la parte trasera. Cuando se encontraba detrás del volante, volvió a mirarla.

—Te agradezco mucho que te preocupes por mi trabajo, pero me gustaría que, cuando hablaras con Jacob, al menos utilizaras mi nombre de pila.

—Yo… lo pensaré —dijo ella. Casi se le había escapado, cuando por fin había hablado con Zafrina—. Probablemente debería decir que hay otra persona, aparte de Jessica, que sabe que he estado con un hombre mientras Jacob estaba fuera. Sin embargo, confío en que ella guarde silencio.

—¿De quién se trata? —preguntó Edward, tras arrancar la furgoneta y dirigirla hacia la calle.

—Zafrina, la otra abogada del bufete. Debió de verme entrar en tu furgoneta anoche y me ha vuelto a ver hoy a mediodía. Entonces, me vio con las flores y supuso que no eran de Jacob.

—¿Por qué?

—Porque, cuando él me envía flores, suelen ser… —se interrumpió, tratando de encontrar un modo que no hiciera que Edward sintiera que su ramo era inferior o inadecuado.

—¿Más elaboradas? ¿Más caras? ¿Con más clase?

—Edward, te aseguro que me ha encantado ese ramo. Es como si alguien hubiera llevado un rayo de sol a mi despacho. Me gusta tanto que he decidido comenzar a comprarme flores en los puestos de la calle habitualmente, para que mi despacho pueda estar siempre tan alegre.

—Creo que solo dices eso para que me sienta mejor por haberte comprado unas flores tan baratas.

—Eso no es cierto.

—Está bien, te creo. Todavía no me has dicho cómo supo Zafrina que las flores no eran de Jacob.

—Porque las que él me manda siempre son más… pomposas —añadió, encontrando por fin la palabra adecuada.

—Pomposas… ¿Seguro que no dices eso para contentarme? —preguntó él, aunque algo más alegre.

—Lo digo porque eso es lo que siento y, por fin, lo estoy admitiendo. Al principio, me sentía muy impresionada cuando recibía una de esas monstruosidades, pero…

—¡Monstruosidades! Ahora sí que me estás poniendo de mejor humor. Tal vez me estés engañando, pero prefiero creerte.

—No te engaño. Te estoy hablando de enormes flores tropicales de las que ni siquiera sé el nombre y que te pueden sacar un ojo si no tienes cuidado.

—Entonces, ¿mi ramo te resultó más simpático?

—Mucho más simpático…

—Bueno, ya estoy más contento. Es decir, tan contento como puedo estarlo considerando que en este momento no lo estamos haciendo.

—Eres incorregible.

—Como te he dicho antes, creo que es precisamente eso lo que te gusta sobre mí.

—Así es.

Por el momento. La diversión tenía que terminar pronto, ocurriera lo que ocurriera con Jacob, Isabella y Edward juntos eran como un caballo desbocado. Cuanto más estuvieran juntos, más posibilidades había de que él perdiera su trabajo y ella hiciera peligrar el suyo.

—Bueno, háblame de Zafrina, la otra abogada. ¿Por qué no va a decir nada?

—Resulta que no cree que Jacob y yo estemos hecho el uno para el otro.

—Ya somos dos.

—Ni siquiera lo conoces.

—No, aunque me estoy empezando a imaginar que es un hombre que compensa su falta de imaginación con gestos grandiosos, pero no quiero hablar de él. Como te he dicho, no me preocupa que se entere de lo nuestro cuando regrese.

—Te prometo que no hará nada que te perjudique.

—No puede hacerlo —replicó él mientras aparcaba frente al restaurante mexicano que ella había elegido—. Tú eres la única que puede dañarme —añadió mirándola a los ojos.

Isabella sintió que se le hacia un nudo en el estómago. En lo más profundo de su ser, sabía que una atracción tan fuerte como aquello los dejaría a los dos tocados cuando terminara. Esperaba que no tuvieran que enfrentarse aún a aquella verdad.

—Mira —dijo ella—, no sé si Jacob es la persona adecuada para mí o no, pero, hasta el martes por la noche, yo había esperado casarme con él.

—Eso ya lo sé.

—Podría ser que así terminaran saliendo las cosas —afirmó, aunque lo dudaba. Vio que Edward la miraba, sin decir nada—. No quería hacerte daño. No debería haber accedido a pasar más tiempo contigo. Si esto hubiera terminado el martes por la noche, entonces…

—Entonces, los dos nos habríamos perdido muchas cosas —susurró él, suavemente—. Si esta noche ha de ser la última que podré abrazarte, me dolerá. No puedo fingir que no será así, pero te aseguro que no me lo hubiera perdido por nada del mundo.

—Creo que tal vez sería mejor para ti que no siguiéramos adelante con los planes para esta noche —afirmó Isabella. Y también era mejor para ella.

—¿Bromeas? Quiero cada segundo que pueda compartir contigo. Sé que no hay garantías. Te aseguro que sabía en lo que me estaba metiendo. No me estás diciendo nada nuevo. La única razón por la que he dicho lo que he dicho es para asegurarme de que comprendes que no soy un estúpido superficial que solo busca emociones sin implicaciones emocionales.

—Eso ya lo sé. Yo tampoco soy así. Desde el martes, he tratado de ser así, pero no está funcionando.

—¿Quieres que dejemos los planes de esta noche? —musitó él, con dulzura—. ¿Es todo esto demasiado intenso para ti?

—No, no quiero —afirmó Isabella. No podía renunciar a Edward. Todavía no.

—Me alegra —replicó él, con una sonrisa—. Bueno, ¿estás lista para que entremos ahí y hagamos sexo por debajo de los manteles?

—Sí, pero primero quiero hacer algo —musitó ella. Se inclinó sobre Edward y lo besó suavemente en los labios. Él pareció comprender que no era el preludio para que lo hicieran de nuevo en la furgoneta y le devolvió el beso con la misma delicadeza—. Gracias por todo lo que me has dado.

—Y yo te lo agradezco el doble.

Cuando entraron en el restaurante, Edward decidió que iban por buen camino. Isabella se estaba cuestionando su relación con Jake y a él le gustaba pensar que él era el que había creado dicha confusión. Primero habría confusión y luego claridad, la claridad de ver que Isabella estaba hecha para él.

Desde el momento en el que entraron, comprendió por qué Isabella había elegido aquel lugar. La música mariachi resonaba a todo volumen por el local y las velas daban una luz tan tenue que casi no se veía. Además, cada mesa estaba cubierta por un generoso mantel de color rojo y estaba rodeada por un pequeño muro que proporcionaba intimidad con respecto a las demás. Inmediatamente, se dio cuenta de que la más escondida de todas tenía un cartel de reservado encima del mantel. No le quedó la menor duda de que aquella sería la suya.

Efectivamente, a esa fue a la que los acompañó el camarero. Isabella se sentó contra la pared y dejó que Edward quedara de espaldas a la sala. La imaginación de él se desbocó al pensar lo que ella tendría en mente. Además, comprobó, que si ella cooperaba, de lo que no le quedaba la menor duda, no le resultaría muy difícil meterle la mano por debajo de la falda.

—¿Qué te parece? —le preguntó ella, por encima del menú. Tenía una sensual sonrisa en los labios.

—Esta música tan alta es una inspiración.

—¿Cómo dices? —replicó Isabella, inclinándose para poder escucharlo.

Edward le apartó el cabello y le acercó la boca a la oreja.

—Que esas trompetas servirán para ahogar por completo tus jadeos cuando alcances el orgasmo.

—Tal vez seas tú el que necesitará que lo camuflen —replicó ella guiñándole un ojo.

—Creo que será más fácil contigo… —susurró, aunque su omnipresente erección se hizo sentir contra la tela de los pantalones.

—¿Cómo?

—Que contigo será más seguro.

—Tal vez esta noche no deseo seguridad…

De repente, notó el pie descalzo de Isabella sobre la entrepierna. Justo en aquel momento, el camarero apareció con unos vasos de agua, un bol de patatas en forma de tortilla y dos tipos de salsa.

—Hola, me llamo Rick. ¿Qué les apetece beber? — les preguntó, casi gritando.

Isabella siguió flexionando los dedos de los pies sobre el pene de Edward, que cada vez se iba poniendo más rígido.

—¿Qué te parecen un par de margaritas? —le preguntó a Edward.

Él asintió. Aquella noche accedería a cualquier cosa con tal de que ella siguiera tocándolo así.

—¡Marchando! —exclamó el camarero, antes de marcharse.

Isabella no dejaba de mirar a Edward. Tomó una de las patatas y la mojó en un poco de salsa. Entonces, en vez de morder la patata, comenzó a lamer la salsa. Hipnotizado por sus gestos y los movimientos de los dedos de sus pies, Edward no se dio cuenta de que se estaba agarrando a la mesa con tanta fuerza que estuvo a punto de derramar el agua.

—Estás un poco tenso, ¿verdad?

—No —replicó él, tratando de relajarse—. Tengo todo bajo control.

—Es una pena…

—Ahora me estás torturando a mí, pero espera para ver cómo es cuando te toque a ti…

—¿Te estás quejando?

—No. Prediciendo más bien.

—Ya veremos, ¿no te parece? —replicó ella.

Se comió la patata y tomó otra, para untarla igualmente de salsa. Aquella vez, se puso a chuparla mientras apretaba a Edward justo donde sabía que podía volverlo loco. De repente, él se preocupó realmente de que fuera a provocarle un orgasmo, y le agarró el pie.

—¿Tienes algún problema? —preguntó ella, mirándolo con inocencia.

—Nada de lo que no pueda ocuparme —susurró, mientras comenzaba a masajearle el pie y luego la pantorrilla. Trató de subir más allá, pero se dio cuenta de que no podría hacerlo sin que lo notara el camarero. Decidió aprovechar la ocasión para conseguir que sus deseos por alcanzar el clímax remitieran.

—Tómate una patata —sugirió ella.

Edward aceptó su sugerencia. En aquel momento, llegó el camarero con dos enormes copas del tamaño de peceras.

—¿Han decidido ya lo que van a tomar?

—Yo tomaré la enchilada —dijo Isabella, afortunadamente para Edward. Ni siquiera había tenido oportunidad de leer el menú.

—Buena elección.

Edward estaba seguro de que había pedido las enchiladas para torturarlo igual que lo había hecho con los sándwiches en la azotea. Se preguntó si podría aguantar hasta que volvieran a la furgoneta…

—Edward, estoy segura de que te encantarán los tacos —sugirió ella, sacándole de su ensoñación.

—Claro, claro —dijo, dándose cuenta de que el camarero lo había estado mirando mientras él soñaba con tener relaciones sexuales en la furgoneta—. ¿Con qué vienen?

—Con arroz y judías negras.

—Delicioso.

—Muy bien. Les traeré sus platos en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando el camarero se hubo marchado, Isabella levantó su copa.

—Por los buenos…

—Tiempos —completó Edward—. Por los buenos tiempos.

—Y por el sexo —susurró ella.

—Sí, por eso también —replicó él, con una sonrisa, mientras le apretaba un poco los dedos de los pies—. Necesitas mover el pie para que yo pueda acercar un poco más la silla.

—¿Por qué? —quiso saber Isabella, tras lamer la sal del borde de la copa.

—Para que pueda tocarte.

—Quizá no quiera que me toques… aún. ¿Te acuerdas de lo mucho que te gustó anoche, en la azotea?

—¿Qué parte?

—La parte en la que estabas tumbado sobre el edredón y yo te desabroché los vaqueros para…

—Vale, vale… —musitó él. El pene le había vuelto a la vida—. Ya sé a qué parte te refieres.

—¿Te gustó?

—Qué pregunta tan tonta.

—¿Te gustó o no?

—Me encantó. Ya lo sabes, picarona…

—¿Quieres que te lo haga otra vez?

—¿Aquí? —replicó él. Se preguntaba hasta dónde sería Isabella capaz de llegar.

—Sí, aquí —afirmó.


Bueno chica les dejo un pequeño adelanto para que lo disfruten y nos leemos el fin de semana, cuidense

—¡Ay! ¡Qué torpe! Se me ha caído la servilleta —dijo, inclinándose sobre el suelo—. Vaya, no consigo alcanzarla…