Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.
Capítulo 13
—No estoy seguro de cómo podrías… —musitó Edward tragando saliva.
—Déjamelo a mí.
Deseaba que lo hiciera. De eso no había ninguna duda, pero si les sorprendían, estaba seguro de que Isabella sabría muy bien que aquello era ilegal en cualquier ciudad del mundo y que podrían terminar arrestándolos. Esperaba que no fuera así, porque, después de que ella se lo hubiera sugerido, se moría por probar la experiencia.
—Aquí tienen, amigos —dijo el camarero, acercándose a la mesa con dos platos humeantes—. ¿Les puedo traer algo más?
—No, gracias —respondió Isabella—. ¿Te apetece a ti una segunda margarita, Edward? Parece que todavía estás un poco tenso —añadió, con picardía.
—Estoy bien —afirmó él. Entonces, se dirigió al camarero—. Sin embargo, le agradecería mucho si subiera un poco más la música. Me encantan los mariachis. Cuanto más alta, mejor.
—¿Habla en serio? —replicó el camarero, entre risas—. Pero si ya está muy alta.
—Lo sé, pero si la sube un poco más, le estaré muy agradecido.
—Por supuesto, señor —comentó el camarero. Parecía seguir creyendo que Edward le estaba tomando el pelo—. Volveré enseguida para ver si desean algo más.
—Tómese su tiempo —comentó Edward. Entonces, miró a Isabella, que estaba muerta de risa—. ¿Qué puedo hacer, si me vuelven loco los mariachis?
—Y yo que creía que tendría que convencerte para esto.
—Cariño, sería un estúpido si te convenciera para que no lo hicieras —respondió Edward. Efectivamente, la música pareció estar más alta porque tuvo que acercarse a ella un poco más.
—Yo también lo creo, pero, primero, debemos comer un poco para que parezca que nos comportamos con normalidad.
—Yo no tengo hambre.
—Yo sí. Está buenísimo… —susurró, mientras pasaba un dedo por encima de una enchilada y dejando que este se le llenara de salsa.
—No te atrevas… —murmuró él. Se atrevió. Se llevó el dedo a la boca y comenzó a chupárselo—. Si sigues así, voy a explotar antes de que me toques.
—No lo creo. He tenido relaciones sexuales contigo y sé que te controlas muy bien.
—Nunca he tenido que ver cómo una mujer acariciaba una enchilada de ese modo…
—Pobrecito… Come un poco.
—No.
—Tendrás que fingir que comes un poco o vas a llamar la atención —dijo ella. Se metió un poco de comida en la boca.
—Vas a hacerme esperar, ¿verdad?
—No mucho más. Come algo.
—Déjame que te diga lo que me gustaría comer.
—No creo que esté en el menú.
—Lo estará. Más tarde.
Los ojos de Isabella se oscurecieron. Lentamente, tragó la comida y se pasó la lengua por los labios.
—No puedo creer lo mucho que te deseo.
—Pues estoy aquí, a tu lado, completamente disponible…
—¡Ay! ¡Qué torpe! Se me ha caído la servilleta —dijo, inclinándose sobre el suelo—. Vaya, no consigo alcanzarla…
Antes de que Edward pudiera reaccionar, desapareció debajo de la mesa. Entonces, comenzó a desabrocharle la bragueta del pantalón. Dios Santo… Edward no pudo resistir mirar a su alrededor para ver si alguien se estaba dando cuenta de lo que ocurría. Para su sorpresa, nadie parecía haberlo notado. Nadie parecía saber que Isabella le había sacado el pene de los calzoncillos y se lo estaba acariciando con los dedos. Ninguna fantasía podía ser mejor que aquella.
De hecho, sí. Ella comenzó a utilizar la lengua. Edward empezó a perder el control. Isabella le había dicho que fingiera comer, pero ni siquiera lograba sujetar el tenedor. Agarró la margarita con las dos manos y se la tomó de un trago.
Cuando ella comenzó a lamerle la punta del pene, tuvo que dejar la copa sobre la mesa. Era mejor que no tuviera entre las manos nada que se pudiera romper porque Isabella iba bajando, bajando… La sutil presión de la lengua lo hacía temblar.
Ya no sabía qué hacer con los temblores, ni con los gemidos. Tal vez las trompetas no fueran a ser capaces de ahogar sus gritos de placer. En un momento de inspiración, agarró la servilleta y fingió toser. Isabella comenzó a chupar más deliberadamente y lo llevó al borde del orgasmo. El clímax iba acercándose poco a poco, con cada movimiento de la lengua. Sí… sí… Oh, sí… Se apretó la servilleta contra la boca y tembló, antes de verterse en el cálido terciopelo de los labios de Isabella.
A partir de entonces, la música mariachi sería su favorita del mundo entero.
Después de abrochar la bragueta de Edward, Isabella emergió rápidamente de debajo de la mesa con la servilleta en la mano, como si acabara de recogerla. Cuando se sentó, miró a Edward.
Parecía que le había caído un rayo. Tenía la mirada perdida y los labios separados. Estaba tratando desesperadamente de tomar aire. Isabella se atrevía a apostar que no había tenido una experiencia sexual como aquella en toda su vida.
Por su parte, ella se sentía muy orgullosa de sí misma. Como Edward era tan generoso sexualmente, le encantaba mostrarse del mismo modo. Al mirarlo, sintió una ternura inusitada. Aquel sentimiento no había formado parte del plan, pero no pudo evitarlo. Pensar que todo había comenzado como sexo anónimo y había terminado siendo algo tan… personal.
—¿Qué te parece este restaurante? —le preguntó, con una sonrisa.
—Maravilloso —contestó él, tras aclararse la garganta.
—Me alegro.
Justo en aquel momento, llegó el camarero y les miró los platos.
—¿Le ocurre algo a su comida, señores? Si no les ha gustado, estaré encantado de traerles otra cosa.
—No estábamos tan hambrientos como habíamos pensado —dijo Isabella—. ¿Le importaría que nos lo lleváramos?
—Buena idea —dijo Edward. Su voz parecía haber recuperado la normalidad.
—Encantado —replicó el camarero. Inmediatamente, se llevó los dos platos.
Por primera vez, Isabella notó que la copa de Edward estaba vacía.
—¡Vaya! Debiste de terminártela cuando yo no estaba mirando.
—No podía comer mientras tú estabas… Así que bebí.
—Entiendo. Tal vez debería conducir yo a donde vayamos a continuación. Yo casi no he tocado la mía.
—En estos momentos, me siento capaz de cualquier cosa, pero tal vez tengas razón. Entre el tequila y tú, es posible que no pueda controlar bien mis reflejos. Eres una mujer maravillosa…
—Gracias…
Por fin, el camarero llegó con la cuenta y las cajas que contenían la comida. Aunque a Isabella no le gustó, Edward se ocupó de pagar la cena. Después de todo, después de aquella noche no volvería a gastar más en ella. Aunque no quería pensarlo, su tiempo juntos estaba a punto de terminar.
Ya en el aparcamiento, Edward dejó la comida en la furgoneta y abrió la puerta del conductor.
—Súbete para que te pueda ajustar el asiento —dijo él. La agarró por la cintura y dejó que ella se acomodara tras el volante—. La palanca de ajuste está aquí debajo —añadió, metiéndole la mano entre las piernas para alcanzarla.
Aquella era una postura muy tentadora. Tenía la cabeza casi sobre el regazo de Isabella y el brazo entre sus piernas. Ella se rebulló en el asiento, como si estuviera sintiendo lo mismo.
—Creo que esto nos va a llevar un rato —murmuró él—. Dios, hueles tan bien… —añadió. Entonces, tiró de la palanca, pero, en vez de echar el asiento hacia delante, lo echó hacia atrás—. Así está mejor…
—Edward, necesito acercarme a los pedales, no alejarme.
—Eso es lo que te crees tú —replicó. Soltó la palanca y le metió la mano por debajo de la falda.
—¡Aquí no! —exclamó ella agarrándole el brazo con fuerza.
—¿Por qué no? Lo que me has hecho debajo de la mesa ha tenido que afectarte a ti también…
—¿Y qué si ha sido así? Ya te podrás ocupar de mí más tarde, cuando lleguemos… adonde vayamos.
—Vamos a tardar demasiado. Déjame darte ahora algo para que dure hasta entonces…
—Este aparcamiento está muy bien iluminado. Nos podría ver alguien…
—Y lo único que verán será a un hombre que le explica a una mujer cómo conducir una furgoneta. Mi cuerpo les impedirá ver nada.
—No sé… —musitó. A pesar de sus dudas, los pezones se le irguieron con la excitación.
—Claro que lo sabes. Sabes que quieres que lo haga. Pon las manos sobre el volante y deja que sea yo el que se ocupe de todo.
—Si aparece alguien…
—Dejaré lo que esté haciendo y comenzaré a explicarte lo duro que está el embrague y cómo manejarlo. Ahora que lo pienso, debería dársete muy bien manejar un embrague duro. Has manejado el mío como una profesional. Ese orgasmo pareció durar una eternidad —comentó. Entonces, con un gemido de rendición, Isabella colocó las manos sobre el volante y separó las piernas—. Buena chica… —añadió mientras deslizaba los dedos por debajo del elástico—. Muy bien… No me digas que no necesitas esto. Estás ardiendo… ¿Te gusta?
Rápidamente, había utilizado su talento para encontrar el lugar y el ritmo adecuados.
—Increíble —susurró. El orgasmo parecía acercarse cada vez más. Cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre el reposacabezas.
—Yérguete. Si te echas hacia atrás, tienes todo el aspecto de una mujer a punto de estallar en vez una mujer que escucha las instrucciones para conducir una furgoneta.
—Soy… una mujer… a punto de estallar… —jadeó. A pesar de todo, se irguió.
—Estupendo… Déjate llevar.
Edward fue incrementando el ritmo poco a poco. De repente, ella apretó los labios y se tensó. Inmediatamente después se deslizó un poco sobre el asiento para unirse más a los dedos de Edward.
—Fantástico… —musitó él.
Con un largo suspiro, Isabella se recostó de nuevo sobre el asiento. Cuando abrió los ojos, tenía una expresión de satisfacción en la mirada.
—Ahora soy yo la que no sabe si va a poder conducir…
Edward retiró la mano y se inclinó sobre ella para besarla.
—Claro que podrás. Permaneceremos aquí un minuto hasta que te hayas recuperado —dijo él. Entonces, le ajustó el asiento—. ¿Está bien?
—Cuando mis piernas dejen de ser de goma, estará perfecto.
Edward cerró la puerta y se dirigió al lado del copiloto. La abrió y entró en el vehículo. Entonces, le entregó las llaves a Isabella.
—Cuando quieras.
—¿Adónde vamos?
—Al paraíso… ¿Adónde si no?
Cuando Isabella se hubo recuperado, pareció encantada de tener que conducir la furgoneta. Edward, por su parte, también estaba disfrutando. Así podía pasar más tiempo observándola, lo que era un verdadero placer. La luz del salpicadero le iluminaba suavemente el rostro. Tenía un aspecto tan adorable…
Además, conducía muy bien. De repente, se la imaginó llevando a los niños a los entrenamientos de fútbol. Aquella imagen le hizo un nudo en el corazón. Sin saber por qué, deseó ser el padre de sus hijos.
—Conducir una furgoneta es muy divertido. Me gusta poder ver por encima del resto de los coches —dijo ella—. Bueno, ¿dónde nos desviamos?
—Todavía falta un rato.
—Veo que te muestras muy misterioso, aunque veo que estamos dejando atrás la civilización. ¿Estás buscando una carretera solitaria donde podamos parar?
—No.
—Ya lo sé. Tienes una tienda de campaña en la parte posterior de la furgoneta.
—No, aunque podría ser divertido…
—Muy bien. No hay tienda y nos marchamos de la ciudad. ¿Estás seguro de que no vamos a pasar el resto de la noche en la furgoneta?
—No sé tú, pero esa no sería mi idea de una fantasía perfecta.
—Tal vez no para toda la noche… Bueno, Edward, la curiosidad me está matando. ¿Dónde vamos a pasar la noche?
—Está bien. En una cabaña en medio del bosque.
—¿De verdad? Pero si no hay bosques hasta que lleguemos a…
—Oak Creek Canyon. Espero que no te importe conducir tanto rato. Solo será una hora más, si el tráfico sigue así. Pensé que sería divertido.
—¡Me encanta la idea! Una cabaña para pasar la noche… ¡Maravilloso! Intimidad total para que podamos hacer lo que nos apetezca.
—Exactamente. Esperaba que te gustara. Sin embargo, significa que nos tendremos que levantar temprano para poder llegar a tiempo a trabajar.
—No me importa. Merece la pena. ¿Tiene chimenea?
—Claro.
—¿Y podremos encender un fuego?
—De eso se trata. Es una habitación muy grande, con chimenea y una cama de troncos.
—¿Has estado allí antes?
—No. La vi en Internet.
—¿En Internet? Oh, Edward. Me encanta la idea. De verdad, pero me siento más preocupada todavía por tu trabajo. Me apuesto algo a que convenciste a Heidi para que te dejara utilizar su ordenador para buscar la cabaña.
—No exactamente… —dijo Edward. En realidad, había utilizado su propio ordenador.
—Bueno, lo hecho, hecho está, pero tenemos que asegurarnos de que no llegamos tarde mañana. ¿Cómo conseguiste la llave tan rápidamente?
—Me enviaron un mensajero para dármela.
—Ahora lo que me preocupa es lo que esto te habrá costado.
—Pues no tienes por qué. Pasar la noche contigo vale más que todo lo que voy a pagar por esa cabaña.
—Yo también estoy disfrutando de todo esto, así que creo que deberías dejar que yo te ayude a pagarlo.
—Mira, últimamente no he salido mucho, así que esta semana no me va a arruinar —protestó. Al menos, no económicamente. Sentimentalmente era otra historia.
—Muy bien, pero permíteme que te diga que eres muy generoso, considerando…
Edward sabía lo que Isabella estaba pensando. Considerando que, probablemente, lo iba a dejar cuando su novio regresara a la ciudad.
—¿Considerando que me has dado el mejor sexo de toda mi vida? —dijo él, terminando la frase por ella. No quería que pensara más en Jacob—. Yo diría que lo mínimo que se espera de mí es que sea generoso.
—Tú también me has dado el mejor sexo de toda mi vida.
—Y ni siquiera he terminado.
—No empieces con esas… Si no, lo más probable es que pierda el control de esta furgoneta y que tengamos un accidente.
—Entonces, ¿de qué quieres que te hable? —preguntó Edward, riendo.
—Puedes hablarme de tu trabajo.
—No quiero hablar de mi trabajo.
—En ese caso, hazlo de tu familia.
De eso estaba más que encantado de hablarle. Parte de su plan era llevarla a aquella cabaña para que tuvieran oportunidad de hablar. Efectivamente, el sexo que compartían era magnifico y así habían comenzado a conocerse en cierto sentido, pero les faltaban vínculos mucho más importantes.
Le habló de su infancia en Phoenix, de su hermano mayor y de sus padres. A continuación, Isabella le explicó que ella era hija única y que eso la había sometido a cierta presión para que lograra alcanzar el éxito.
Los dos parecían haber tratado de hacer realidad las expectativas de otros. En el proceso, habían dejado a un lado lo que más deseaban, al menos Edward. En aquellos momentos, se estaba dando cuenta de que lo que quería estaba muy relacionado con la mujer que tenía a su lado.
Por fin, llegaron a la carretera de Black Canyon y atravesaron la ciudad de Sedona. Allí, tomaron una carretera que los llevó hasta los bosques que había al otro lado de la ciudad.
—Estamos a punto de llegar —dijo Edward, diez minutos después—. Ahora, gira a la derecha por ese sendero. Allí está —añadió, cuando se pudo divisar una pequeña cabaña de madera entre la oscuridad.
—Estoy tan excitada…
—¿Nunca lo has hecho en una cabaña en el bosque?
—No. Y siempre lo he deseado.
—Cariño, te aseguro que, en esa cabaña, vas a disfrutar de todo el sexo que quieras —susurró.
Gracias a los rewiew que me han dejado y que bueno que les esta gustando la historia ya que soy nueva en ello.
Bueno chicas les dejo un pequeño adelanto y nos leemos el fin de semana, cuidense
—Entremos —dijo Edward, tras aparecer a su lado con las dos maletas—. Tenemos una cita con una alfombra de piel de oso.
