Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.


Capítulo 15

Edward sabía que era mejor que le hubiera dicho su verdadera identidad. Después de ver cómo había reaccionado ante él en aquella cabaña, había sabido que ya no le importaba si era rico o pobre.

Tenía que decirle más cosas sobre su trabajo y cómo este podía cambiar en el futuro, pero tendría que ser en otra ocasión, cuando ella no estuviera tan confusa sobre su propia situación y su relación con Jacob. El día siguiente sería una jornada muy importante para ella, igual que para él. Iba a decidir si quería vender su empresa o no. Por el momento, tenía a Isabella desnuda y tumbada en la cama. Sacó el postre de la maleta. Después de quitarse los pantalones y dejar unos preservativos en la mesilla de noche, llevó un tarro y una brocha a la cama.

—¿Traes juguetes? —preguntó ella, con el rostro iluminado por la anticipación.

—Pensé que nos podríamos divertir un poco con esto. Es…

—Lo sé —lo interrumpió ella. Se incorporó en la cama y estiró la mano—. Es chocolate para pintar el cuerpo. Siempre he querido probarlo, pero… Dámelo. Déjame mirarlo.

—No. Es mi juguete —dijo él, imaginándose que era Jacob el que no había querido probarlo.

—Tal vez te pueda convencer para que lo compartas conmigo —susurró ella, agarrándole con una mano el pene erecto.

—Puedes jugar con eso si quieres, pero este chocolate es mío. Me apetece decorar…

Isabella se le acercó un poco y le agarró los testículos en la otra mano, dándole un sensual masaje mientras no dejaba de acariciarle el pene.

—Por favor, Edward… Déjame pintar a mí primero. Me encanta el chocolate…

—Quiero lamerte el chocolate de los pezones…

—Y yo de tu…

—Está bien —afirmó Edward. Cuando le sugería que iba a utilizar la boca como lo había hecho en el restaurante, se convertía en su esclavo. Además, aquel masaje era una verdadera arma de persuasión.

—Ya me parecía que verías las cosas a mí modo —dijo Isabella. Lo soltó rápidamente y extendió las manos para agarrar el tarro y el pincel. Entonces, se volvió a tumbar sobre el colchón y lo golpeó suavemente para que Edward se tumbara a su lado—. Prepárate para ser mi obra de arte.

—Luego me tocará a mí, ¿de acuerdo?

—Ya veremos.

Cuando se tumbó sobre la cama, Isabella abrió el tarro y se mojó un dedo con el chocolate. A continuación, se lo metió en la boca.

—¿Quieres probarlo?

—Por favor. Frótatelo sobre un pezón.

—De acuerdo.

Si Edward había tenido una fuerte erección antes, verla frotarse el pezón con el chocolate hizo que el pene se le pusiera completamente rígido.

—Resulta muy agradable…

—En ese caso, ponte un poco más.

Isabella obedeció. Volvió a meter el dedo en el tarro y se cubrió el pezón hasta que este estuvo completamente negro. Entonces, se limpió el dedo con la lengua con una expresión soñadora en el rostro.

—Ven aquí —susurró Edward, con voz ronca.

Isabella se inclinó sobre él y le ofreció el pezón cubierto de chocolate. Edward lo tomó inmediatamente, gozando con aquella golosina. Cerró los ojos, concentrándose en el sabor y en la textura de su postre.

Antes de que él estuviera listo para dejarlo escapar, Isabella se retiró y le sacó el pezón de la boca.

—Ya es suficiente… —dijo, con voz agitada.

—Otra vez —insistió él, mirándola con ojos turbados de deseo.

—No, o nunca me tocará a mí.

—Ya verás como sí. Ponte un poco en el otro pezón. Dices que te resulta agradable cuando te lo pones.

—Demasiado agradable. Me incita a probar en… otros lugares.

—Pues hazlo. Olvídate del pincel. Frótate el chocolate donde te apetezca. Cuando yo te lo chupe, te sentirás aún mejor…

—No —insistió ella—. Yo nunca he tenido oportunidad de probarlo en un hombre y tal vez nunca…

—Puedes pintarme con chocolate cuando quieras —afirmó él. Se negaba a dejarle creer que aquella noche era el final.

—Entonces, creo que lo haré ahora mismo.

—Adelante…

—Voy a empezar en la boca.

—Había pensado que empezarías un poco más abajo.

—No, esa será mí obra maestra final.

Mojó el pincel en el chocolate con mucho cuidado. A pesar de que Edward hubiera deseado que se lo aplicara directamente en el pene, reconoció que, cundo le aplicó el pincel sobre el labio inferior, resultó muy sexy. La cremosa sensación, junto con el irresistible aroma del chocolate lo excitaba más de lo que hubiera esperado.

Entonces, Isabella comenzó a lamérselo. Las sensaciones eran maravillosas, tanto que él trató de besarla cuando lo estaba haciendo.

—No. No hay besos. Limítate a tumbarte y a dejarme que te quite el chocolate —le ordenó ella. Edward se lamió el labio inferior—. Tampoco puedes hacer eso. Ahora, tendré que ponerte un poco más.

—¿Es que hay reglas en esto? —preguntó él, divertido.

—Mis reglas. Me he imaginado cómo sería esto y quiero hacerlo de ese modo. Ahora, estate quieto mientras te vuelvo a pintar.

—Me siento como si estuvieras jugando con una muñeca.

—Te aseguro que mis muñecas nunca tuvieron un equipamiento como el tuyo —comentó ella, entre risas, mientras volvía a pintarlo—. Y me divierto más jugando contigo.

—Eso espero.

Cuando hubo terminado, Isabella le lamió hasta dejarlo completamente limpio. Para Edward, las sensaciones fueron mucho más agradables de lo que había imaginado. El suave tacto del pincel le hacía experimentar sensaciones que nunca había conocido antes. De hecho, cada parte de su cuerpo parecía ser una zona erógena con Isabella.

Ella fue pintándole y lamiéndole cada una de las costillas. Luego, le dibujó los músculos del estómago y repitió la operación. Por fin, estuvo lista para realizar su obra maestra. Edward estaba tan excitado que creyó que iba a alcanzar el clímax solo con la primera pincelada de chocolate.

A duras penas, consiguió controlarse. Sabía lo que ella intentaba hacer y no quería estropearlo todo teniendo un orgasmo demasiado rápido. Nadie le había pintado el pene antes y las sensaciones eran increíblemente eróticas.

—¿Has terminado? —susurró, con un hilo de voz.

—Casi —contestó ella. Edward apretó los puños para soportar las delicadas pasadas del pincel—. Bueno, ya está.

—Gracias a Dios.

A continuación, comenzó a limpiarlo. A medida que iba trabajando sobre él, Edward dio las gracias a los fabricantes de pinceles, a los productores de chocolate, y se bendijo a sí mismo por haberse detenido a comprarlo. Cuando alcanzó el orgasmo, lanzó un grito de gozo y supo que nunca podría mirar un plátano cubierto de chocolate del mismo modo.

Después del festín de chocolate, Isabella fue a por una toalla húmeda al cuarto de baño y lavó a Edward para que pudieran abrazarse sin quedarse pegados.

—Has estado espectacular —dijo Edward, abrazándola de espaldas a él, con el trasero de Isabella contra la entrepierna.

—Gracias por dejar que me tomara el tarro entero y por ser mi conejillo de indias.

—He disfrutado cada momento. Pensé que solo quería que me pintaras el pene, pero me ha gustado todo.

—Resulta tan fácil estar contigo… —susurró Isabella, antes de que tuviera tiempo de pensar las palabras.

—Contigo también.

A Isabella le gustó escuchar aquellas palabras, aunque sabía que lo único que habían hecho era tener relaciones sexuales. Si seguían juntos, su vida sería solo sexo, un modo de vivir poco responsable.

Se quedaron en silencio un momento, acurrucados mientras escuchaban el crepitar del fuego.

—Vas a pensar que soy un maníaco, pero vuelvo a desearte otra vez —dijo él, por fin.

—Tal vez los dos seamos maníacos…

Edward suspiró lleno de felicidad y comenzó a acariciarle la entrepierna. Entonces, descubrió la verdad de lo que Isabella había dicho.

—Estás tan húmeda…

—No puedo evitarlo.

—Yo tampoco —susurró Edward mientras la colocaba de espaldas—. Hay una cosa que aún no hemos probado, aunque tal vez no quieras.

—Si implica que te voy a tener dentro de mí en menos de diez segundos, estoy dispuesta a todo.

—Te aseguro que sí —afirmó él. Agarró un preservativo y abrió el paquete.

—¿De qué se trata?

—Solo de esto.

Sin dejar de mirarla, se colocó entre sus piernas y la penetró suavemente.

—Qué bien… —susurró Isabella. Le agarró el trasero para sentir más sus movimientos.

—Siempre hemos evitado esto, y aquí estamos, en la postura del misionero. ¡Qué aburrido!

—¿Te aburres tú? —preguntó ella, gozado con cada uno de sus movimientos.

—No puedo decir que sí. Estás tan guapa…

—Y tú estás muy guapo dentro de mí…

—Me gusta estar dentro de ti… Así te veo perfectamente el rostro. Voy a verte alcanzar el orgasmo…

—Y yo a ti…

—Sí, pero tú lo vas a alcanzar primero. Lo del clímax simultáneo es algo que ocurre muy de vez en cuando. Yo quiero ver cómo explotas sin distraerme con mi propio orgasmo.

Isabella sentía que el clímax del que estaba hablando se le acercaba más y más.

—¿Se me arruga la cara?

—No… primero, empiezas a jadear, así, por lo que se te abren los labios un poco. Si te besara ahora mismo, podría meterte la lengua, pero no voy a hacerlo. Voy a ver cómo alcanzas el orgasmo. Lo presiento —susurró, al notar que ella se tensaba—, te estás acercando. Los ojos se te han oscurecido y las mejillas se te han sonrojado. Sé que estás a punto…

—Sí… sí…

—Si me muevo un poco más rápido, vas a explotar… ¿Así? —preguntó, tras acelerar un poco el ritmo.

—¡Sí! —exclamó ella, al sentir el primer espasmo.

—Allí está… ahí está… Sí… sí… grita si quieres. Grita mi nombre. Me encanta… Siento tu orgasmo y ahora… ahora… me toca a mí… Sigue moviéndote… Sigue… sí… sí… Isabella… ¡Isabella! —Tembló y se encabritó contra ella con los ojos llenos de fuego. Entonces, cuando la tormenta pasó, se tumbó sobre ella y la besó larga y profundamente.

—Ha sido perfecto —susurró mientras acurrucaba la cabeza sobre el hombro de Isabella.

Asombrada, ella lo abrazó con todas sus fuerzas, luchando contra una intensa emoción que no comprendía. Aquella vez había sido especial, a pesar de no haberse producido en circunstancias poco usuales, ni en posturas extrañas ni con juguetes eróticos. Había sido corriente y sencillo. Tal vez por eso le había llegado al alma.

Edward no quería quedarse dormido. El tiempo que iban a pasar en aquella cabaña era demasiado valioso para desperdiciarlo así. Sin embargo, aquel último acto con Isabella lo había relajado tanto que le costaba mantener los ojos abiertos.

Se preguntó si ella habría sentido el amor que había puesto aquella vez en la experiencia, precisamente porque era amor lo que sentía por ella. Estaba seguro de que lo que Isabella sentía por él también se haría más profundo si ella lo permitía. Sin embargo, se resistía, tal vez pensando que debía ocuparse primero de Jake.

Como Jake probablemente se dormiría en un momento como aquel, decidió que él no lo haría. Se levantó de la cama y la observó. Isabella tenía los ojos cerrados y respiraba profundamente. Aunque no estaba listo para volver a hacerle el amor, sabía que si se quedaba mirando su increíble cuerpo más tiempo, terminaría por volver a desearla.

Miró el fuego, que ardía suavemente, solo con unas pequeñas llamas perfectas para acurrucarse con alguien mientras se tomaba una taza de chocolate caliente.

Edward deseo el tiempo y el espacio para poder hacer todo aquello con Isabella. Decidió que una de las cosas que haría después de vender su empresa sería comprarse una cabaña en los bosques en alguna parte, una que tuviera chimenea. Tal vez pudiera conseguir un trabajo instalando teléfonos en una pequeña ciudad de montaña.

Se sentó en la alfombra y se dedicó a mirar el fuego. Trató de imaginarse cómo sería su vida con un trabajo de nueve a cinco y una cabaña en las montañas. Y con Isabella. Algo no encajaba. Ella nunca había mencionado que fuera a dejar la abogacía. Podría vivir en una cabaña como aquella, pero las habilidades para las que había estudiado se podrían utilizar mejor en una gran ciudad como Phoenix.

Tenían muchas cosas de las que hablar, ninguna de las cuales tenía que ver con el sexo. Estaba deseando hacerlo, pero el instinto le decía que era mejor esperar para que ella no se asustara. Esperaría hasta que ella hubiera hablado con Jacob.

—Me has dejado sola —dijo ella, de repente.

—Pensé que estabas dormida —respondió Edward, sorprendido al encontrársela de pie, a su lado, cubierta con la colcha.

—Yo… te echaba de menos.

—En ese caso, regresaré a la cama.

—Se me ocurre… —sugirió ella, antes de que él pudiera levantarse—. Traigamos las almohadas y durmamos junto al fuego. Será como estar de acampada.

—Sí, sería muy divertido —comentó Isabella, con una sonrisa—. Toma… Extiéndela mientras yo voy a por las almohadas.

Dejó caer la colcha que le cubría los hombros y se quedó desnuda, ante él, con su espléndida figura. Al verla, Edward pensó que era tan hermosa que tenía mucha suerte de estar pasando la noche con ella.

—Quizá sea mejor que traigas también un preservativo.

Mientras observaba cómo ella se dirigía a la cama, Edward sintió de nuevo una poderosa erección. Se preguntó si podría mirarla alguna vez sin querer hacerle el amor inmediatamente. En apariencia, aquello era algo que no le iba a ocurrir aquella noche.


Gracias a los rewiew que me han dejado, son lindas al igual que es bueno que les guste la historia y la sigan leyendo les dejo adelanto nos leemos la proxima semana cuidense

Durante el trayecto de regreso a Phoenix. Isabella estuvo pensando si volvería a ver a Edward. Y tuvo varias fantasías sexuales. En todas ellas aparecía él, y en algunas de ellas lo ataba… Sin embargo, se las guardó para sí. Se preguntó si a él le estaría ocurriendo lo mismo, porque tampoco hablaba mucho. El ambiente era muy tenso, tanto que casi se sintió aliviada cuando llegaron a Phoenix. Sin tener intención de hacerlo, suspiró.