Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.


Capítulo 16

Edward descubrió cómo era hacer el amor sobre la alfombra y resultó ser una experiencia magnífica. Trató de permanecer despierto para saborear por completo las sensaciones posteriores, pero aparentemente había llegado al límite. Se durmió abrazado a Isabella bajo la colcha hasta que un pajarillo lo despertó.

Se incorporó con un gran sobresalto. La pálida luz de la mañana entraba por la ventana, lo que significaba que tendrían que darse prisa para poder llegar al trabajo a las nueve. Rápidamente, despertó a Isabella.

—Tenemos que marcharnos. Ya ha amanecido — dijo. Ella se levantó como movida por un resorte.

—Tendría que haber puesto el despertador de mi reloj —comentó, mientras se ponía de pie—. ¿Te importa si me ducho yo primero?

—Claro que no. Yo iré a ver si hay café. No te preocupes. Llegaremos a tiempo.

No le gustaba que tuvieran que marcharse tan rápidamente de allí. Se juró que, algún día, se despertaría en una cabaña con Isabella y que podrían estar abrazados en la cama hasta que quisieran levantarse…

Mientras se acercaba al armario para ver si había café, pensó que en aquellos tres días habían tenido suficientes relaciones sexuales como para que ella cambiara de opinión, aunque se preguntó si habrían tenido suficiente tiempo. Esperaba haberle dado razones suficientes para dejar a Jake y volver con él.

Mientras preparaba el café, decidió anotar su dirección y su número de teléfono para poder dárselos antes de que se separaran aquella mañana. Su siguiente cita dependería completamente de ella. Esperaba y deseaba que se produjera aquella misma noche, después de que hubiera dejado a Jake.

Se tocó la barbilla y decidió ducharse y afeitarse antes de que se marcharan. Aunque podía hacerlo en su casa e ir un poco más tarde a trabajar, quería estar presentable cuando se despidiera de Isabella. No quería que lo recordara como un desharrapado, que no tuviera nada que ver con un licenciado de Harvard que se bajaba de un avión vestido con un traje impecable.

De repente, sintió un nudo en el estómago. Comprendió que la razón era porque estaba compitiendo con un hombre del mismo modo en que había competido siempre con su hermano mayor. Esperaba no desear a Isabella simplemente porque tuviera que derrotar a un rival para conseguirla. ¿Qué ocurriría si ella dejaba a Jake? ¿Desaparecería el deseo que sentía por ella?

Cuando ella salió del cuarto de baño como una diosa, con una toalla enrollada alrededor del cabello y otra sobre su maravilloso cuerpo, comprendió que no sería así. Desearla parecía lo mejor que podía hacer con su vida.

—Quiero que sepas que me muero de ganas por quitarte esa toalla —dijo—, pero que me contengo porque no quiero que llegues tarde a trabajar. Quiero que admitas que soy muy noble.

—Admitido —replicó Isabella, con una sonrisa—. Yo también estoy evitando pensar que estás desnudo y con una magnífica erección porque no quiero que llegues tarde a trabajar —añadió. Se dirigió a la maleta y sacó sus cosas.

—Veo que somos increíblemente nobles…

La sonrisa que Isabella le dedicó lo hizo pensar en los finales felices y en el amor eterno. Deseaba ponerse de rodillas y proclamarle su amor, pero sabía que, por el bien de ambos, debía esperar.

Agarró su neceser y se dirigió al cuarto de baño.

—Sírvete un café —comentó—. No tenemos nada más para desayunar. No planeé esto muy bien.

—Lo planeaste muy bien. Me encanta este lugar…

Veinte minutos más tarde, salieron de la cabaña.

—Me apetece llamar para decir que estoy enferma —dijo Isabella, de repente.

Edward se sentía muy tentado por aquellas palabras. Isabella volvía a ser la profesional abogada, con un traje de pantalón gris y el cabello perfectamente recogido en lo alto de la cabeza. Deseaba meterla de nuevo en la cabaña y volver a convertirla en la mujer salvaje que llevaba dentro. Decidió que no sería una buena idea. Igual que le había demostrado que era capaz de incumplir las reglas, quería que ella viera que era también capaz de respetarlas.

—A mí no me gustaría nada más que quedarme aquí contigo todo el día —susurró, acariciándole suavemente la mejilla—, pero los dos tenemos cosas que hacer.

—Lo sé, pero… es que odio tener que decir adiós a esta fantasía.

—Solo tienes que llamarme —le aseguró él. Aprovechó la ocasión para sacarse el trozo de papel del bolsillo y entregárselo. Isabella miró la nota y tragó saliva.

—Ya sabes que no puedo prometerte nada… Tengo que ver a Jacob… y tengo que pensar.

—Sí, lo sé. Tal vez a los dos nos venga bien un poco de tiempo para pensar un poco.

—¿Crees que es bueno que nos abstengamos durante un tiempo?

—Tal vez, pero la decisión depende de ti. Si… si quieres ponerte en contacto conmigo esta noche, puedes hacerlo.

—Ya veremos —susurró ella. Entonces, se metió el papel en el bolsillo.

—Bien. Vayámonos. Se está haciendo tarde.

—De acuerdo.

Se dirigieron hacia el coche. Edward la ayudó a montarse en el vehículo y, de repente, ella le apretó la mano y lo miró tiernamente a los ojos.

—Pase lo que pase, estos tres días han sido los más…

—No tienes que decir nada —musitó él. No quería que Isabella dijera palabras que sonaban a despedida—. Lo sé…

—Eso espero.

—Así es.

La miró a los ojos de nuevo. Entonces, le dio un beso en la mano antes de soltársela. No quería plantearse que lo que había entre ellos pudiera terminar.

Durante el trayecto de regreso a Phoenix. Isabella estuvo pensando si volvería a ver a Edward. Y tuvo varias fantasías sexuales. En todas ellas aparecía él, y en algunas de ellas lo ataba… Sin embargo, se las guardó para sí. Se preguntó si a él le estaría ocurriendo lo mismo, porque tampoco hablaba mucho. El ambiente era muy tenso, tanto que casi se sintió aliviada cuando llegaron a Phoenix. Sin tener intención de hacerlo, suspiró.

—Si tienes hambre, puedo comprar algo en una gasolinera —ofreció.

—No, estoy bien —respondió él—, pero cómprate tú algo si tienes hambre.

—No. Yo también estoy bien.

Pensó en cómo la comida había sido parte de sus fantasías sexuales. Después de todo aquello, su conversación se veía reducida a la comida rápida de una gasolinera. Tal vez aquello era lo que la vida real le hacía a las fantasías.

Lo miró. Parecía estar muy tenso. Aquello tampoco podía ser divertido para él. Una vez más, iba vestido con sus vaqueros y su camiseta de Mercury Communications. Dado que sabía que la compañía era suya, se preguntó el porqué.

—¿Son esas las ropas con las que sueles ir a trabajar?

—No.

—Entonces, ese era tu atuendo para hacerme pensar que solo eras un instalador.

—Sí. ¿Sigue molestándote que te mintiera sobre eso?

—No. Tienes razón. Nunca habríamos terminado juntos si yo hubiera sabido quién eras. Todo habría cambiado… y yo no quiero cambiar nada del tiempo que pasamos juntos.

—Yo tampoco.

—No te ha llamado nadie desde ayer —comentó ella. Miró el teléfono móvil, que seguía colgado en su sitio—. ¿Está encendido?

—No. Lo apagué cuando llegué al aparcamiento de tu apartamento, y me dejé el busca sobre mi escritorio.

—Tal vez deberías encenderlo —sugirió, preocupada por él. No creía que hubiera levantado un negocio con aquella actitud. Entonces, abrió su bolso y sacó el suyo—. Los dos deberíamos. No le dije a nadie que me marchaba, ¿y tú?

—No y me sentí maravillosamente. Me he entregado a esa empresa en cuerpo y alma durante demasiado tiempo. Si todo se fue al garete mientras estaba ilocalizable, que así sea.

—Bueno, yo voy a encender mi teléfono. Quedas avisado.

—Muy bien —susurró él. Apretó el botón y encendió también el suyo—. Conectados al mundo.

El teléfono de Isabella fue el primero en sonar. Era su madre.

—Oh, cielo, ¡me alegra tanto escuchar tu voz! Te llamé a tu casa anoche y te dejé un par de mensajes. Luego, te llamé a tu despacho, pensando que te habrías quedado a trabajar hasta tarde, pero nada. Cuando volví a marcar esta mañana temprano, seguías sin contestar. ¡Ya no sabía lo que pensar!

—He pasado la noche en una cabaña en Oak Creek Canyon —dijo ella, decidiéndose por contar la verdad—. Ahora voy de camino al bufete.

—¿En una cabaña? ¿Por qué?

Aquel era el momento de volver a la ficción.

—¿Te acuerdas de aquel proyecto en el que te dije que estaba trabajando? Necesitaba estar tranquila para poder trabajar en él.

A su lado, Edward soltó una carcajada. Isabella cubrió rápidamente el teléfono para que su madre no lo oyera.

—¿Y tuviste que marcharte hasta allí? Mira, cielo, llevas toda la semana comportándote de un modo muy raro. ¿Ocurre algo?

—No, mamá. No ocurre nada. ¿Para qué me llamabas?

—Bueno, tiene que ver con Jacob y con tu padre. Acabo de…

—Mamá, no quiero hablar de eso —la interrumpió. No quería que Edward escuchara la conversación.

—¿Es que estás conduciendo? ¿Quieres que te vuelva a llamar cuando llegues a tu despacho?

Isabella no quería hablar con su madre sobre Jacob, porque, al llegar la noche, sería un asunto zanjado. Sin embargo, no podía decirle eso a su madre. Mientras se estaba pensando qué responder, el teléfono móvil de Edward comenzó a sonar.

—¿Isabella? —preguntó su madre—. ¿Sigues ahí? Escucha, si no puedes hablar ahora, llámame desde tu despacho. Quiero hablar contigo antes de que vayas a recoger a Jacob al aeropuerto. Es importante.

Ella estaba escuchando a Edward hablar con Ken, el que había llamado el día anterior cuando estaban en la furgoneta. Aquello se llamaba regresar a la realidad.

—Mamá, trataré de llamarte, pero no te prometo nada. Adiós —concluyó. Con eso, cortó la llamada y desconectó el teléfono.

—Ken, te llamaré en menos de una hora, pero es que no estoy en mi despacho y no te puedo dar esas cifras. Hasta luego —dijo Edward. Cortó la llamada y se volvió a mirar a Isabella—. Mira, yo lo voy a apagar. No estoy preparado para…

—Yo también he apagado el mío. Al menos, podremos tener unos cuantos minutos de paz.

—Tal vez deberíamos llamar al trabajo para decir que estamos enfermos y darnos la vuelta.

—No me tientes…

—Pensé que eso era lo que decía yo… —comentó él, riendo.

—¿No te das cuenta de lo que está ocurriendo? —le espetó ella, irritada—. Nos hemos dejado arrastrar a un mundo de fantasía y ahora no queremos afrontar nuestras obligaciones. Esto demuestra lo que digo.

—Tal vez solo tenemos que recortar nuestras obligaciones…

—Cuando dices cosas como esa, me asustas, Edward. Una cosa es dejarse llevar durante unos cuantos días, pero me da la sensación de que tú estás dispuesto a que la situación sea definitiva. Tal vez quieras sabotear el negocio que tanto has luchado por construir, pero yo no voy a dejar que todos esos años de estudios se vayan al garete para vivir en una cabaña en el bosque.

—No tengas miedo. No soy tan radical como parezco. Entiendo por qué sientes pánico. Acabas de hablar con tu madre y ella tiene puestas muchas expectativas en ti…

—No se trata de mi madre. ¡Soy yo! No quiero convertirme en una vaga que vive del aire mientras se deja llevar por sus fantasías sexuales. No puedo hacerlo.

—Ni yo te estoy pidiendo que lo hagas. Solo digo que…

—No creo que debamos seguir hablando de este tema. No vemos las cosas del mismo modo.

—Sí, claro que sí.

—¡He dicho que no! —le espetó. No quería gritarle, pero tenía miedo. Cada vez que lo miraba, sentía que podía dejar fácilmente todo por lo que se había esforzado tanto durante toda su vida, pero no era culpa de Edward. Había sido ella quien lo había seducido a él—. Lo siento… Siento haberte gritado. Te debo mucho y parezco una desagradecida.

—No me debes nada, pero te debes mucho a ti misma. Espero que no lo olvides.

Él detuvo la furgoneta y, para sorpresa de Isabella, descubrió que ya habían llegado al aparcamiento de su edificio de apartamentos.

—Te llevaré la maleta a tu apartamento —ofreció él.

—No. Solo voy a meterla en el maletero de mi coche. Así llegaré a mi hora al bufete.

—Mira, si tienes miedo de que yo entre en tu apartamento o de que trate de besarte o algo así…

—No se trata de eso. Sé que nunca intentarías sabotearme de ese modo. Además, soy muy capaz de hacer todo eso yo misma. Solo es que no necesito subir a mi apartamento.

—Muy bien. Como tú quieras.

Segundos después, Isabella abría el maletero de su coche para que Edward pudiera meter su maleta. Esperó hasta que él se acercó a la puerta del conductor del coche, pero mantuvo la puerta entre ambos, más para controlarse a sí misma que porque temiera que él la abrazara apasionadamente.

—Necesito saber que voy a volver a tener noticias tuyas —dijo—, si no esta noche espero que pronto…

—Así lo haré —prometió ella.

—Tenemos más asuntos de los que tratar —susurró, con voz profunda. El tono tan sensual de su voz hizo que Isabella temblara de deseo, pero no le respondió en modo alguno—. Ahora, es mejor que te vayas.

—Tú también…

—Hasta la próxima —dijo Edward, antes de regresar a su furgoneta.

Isabella se metió rápidamente en el coche. Sabía que si la hubiera besado, habría estado dispuesta a olvidarse del trabajo, de Jacob y de todo lo demás. Se lo habría llevado a su apartamento para disfrutar una vez más del sexo con él.

Temblorosa, arrancó el coche y salió del aparcamiento. Pocos segundos después, comenzó a resonar un pitido en el interior del coche. Provenía del salpicadero e indicaba que no se había puesto el cinturón de seguridad. Conducir sin cinturón… Aquello resumía el modo en que se sentía cuando pensaba en Edward.


hola mis queridas lectoras les pido una disculpa por no poder actualizar pero me habia quedado sin internet pero ya estoy aqui y les tengo una mala noticia solo quedan 3 capitulos y el epilogo asi que las voy a dejar en suspenso sin adelanto.

Nos leemos el fin de semana portense bien y cuidense.