Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.


Capítulo 17

Edward se dirigió directamente a su oficina sin ir a su casa para cambiarse de ropa. No tenía que hacerlo. Sus vaqueros y su camiseta le servían perfectamente para la operación que tenía pensada para aquel día: recuperar su vida.

Entró en su despacho con solo diez minutos de retraso, pero lo importante del caso era que nunca había llegado tarde antes.

Jack Lansky, uno de los comerciales, salía para acudir a una cita.

—Hola, Edward. ¿Es que los viernes se viene a trabajar en ropa de sport? —comentó, al verlo en vaqueros y camiseta.

—No. Es que no he tenido tiempo para cambiarme. Que tengas un buen día, Jack —le dijo, con una sonrisa, tratando de no pensar que lo iba a abandonar a él, a su esposa y a sus dos hijos con un nuevo propietario. El lunes, todo sería diferente.

Heidi estaba al teléfono, tratando de ocuparse de tres líneas. Le entregó un montón de mensajes y lo miró de arriba abajo antes de volver a centrar su atención en las llamadas.

—Quiero que vengas a verme cuando termines —le dijo.

Ella asintió y siguió hablando por teléfono.

Cuando entró en su despacho, lo miró como si lo viera por primera vez. La pequeña habitación parecía estar repleta de cosas: papeles, prensa, libros, cajas… Había habido una vez en la que había adorado aquel despacho. Ya no.

Sintió que necesitaba escapar de aquella caja en la que se había metido. Fuera lo que fuera lo que ocurriera con Isabella, no deseaba seguir llevando aquella vida. Sabía que sus empleados se sentirían desilusionados si vendía la empresa. Afectaría a sus vidas, pero sentía que, si no salía de aquella trampa, se volvería loco.

—¿Querías verme?

Cuando se dio la vuelta, vio que Heidi estaba en la puerta, con un cuaderno y un bolígrafo en la mano. Tenía una expresión de curiosidad en el rostro.

—Sí. Siéntate. He tomado una decisión y quiero que tú seas la primera en saberlo —dijo mientras tomaba asiento detrás de su escritorio. Como se sentía aprisionado, se levantó y fue a sentarse encima de la mesa.

—Si has decidido imponer unas nuevas normas de vestir, he de decirte que yo no tengo tipo para llevar vaqueros y camiseta. Podría hacer que me imprimieran el logotipo de la compañía en un jersey, pero…

—Voy a vender Mercury.

—¿Por qué? —preguntó Heidi, muy sorprendida.

—Porque, lentamente, me está matando. Mi vida entera está controlada por esta empresa. No puedo escapar ni un solo momento. Es de locos.

—Yo solo soy una secretaria, así que seguramente no debería darte mi opinión…

—Eres mucho más que una secretaria y lo sabes. No espero que te alegre mi decisión, pero ya está tomada. No puedo vivir así.

—Ni yo creo que debieras hacerlo.

—¿No? —dijo Edward, sorprendido.

—No. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta y tres? A tu edad, la mayoría de los hombres ya tienen esposa e hijos. Hasta que apareció Isabella, ni siquiera habías tenido una novia formal. Creo que has invertido demasiado tiempo en esta empresa y demasiado poco en tu vida personal, pero, como no era asunto mío, guardé silencio.

—¿No te importa que venda? Ya sabes que no puedo garantizar que los nuevos propietarios…

—Claro que me importa. Creo que es una estupidez, si no te importa que te lo diga tan claramente.

—Acabo de explicarte que estoy harto de esto, de que me llamen día y noche…

—¿Y quién tiene la culpa?

—¿Qué quieres decir con eso de quién tiene la culpa? —repitió él, sin poder reprimir una carcajada—. Si se tiene un negocio, hay que invertir muchas horas en él. Muchos de mis clientes, en especial los que llevan con nosotros desde el principio, esperan que me ocupe de sus problemas personalmente. Si no lo hiciera, hay muchas posibilidades de que se sintieran muy ofendidos y se marcharan a otra empresa. Mercury terminaría pagando las consecuencias.

—Ahora que has terminado, Edward, voy a hacer un ejercicio de lógica en el que voy a sacar como conclusión que vas en serio con Isabella y que quieres pasar más tiempo con ella. ¿Tengo razón?

—Sí, pero esa no es la única razón que me empuja a tomar esta decisión. Estar con ella me ha ayudado a darme cuenta de lo que tenía que hacer para recuperar mi vida.

—¿Le has dicho que eres el dueño de esta empresa? —preguntó Heidi. Edward asintió—. Es un comienzo. ¿Le dijiste también que pensabas venderla?

—No. Seguramente le daría un ataque.

—Y con razón. Ninguna mujer quiere terminar con un hombre tan débil. Por supuesto, si estás decidido a vender la empresa, estás en tu derecho, pero antes de que lo hagas, me gustaría hacerte una sugerencia. Es decir, si te interesa escucharla.

—Quiero comprarme una cabaña y pasarme allí la mayor parte de mi tiempo —dijo Edward—. Eso te dará idea de lo decidido que estoy.

—Muy bien. ¿Por qué no? Deja que sea yo quien dirija la empresa.

Edward la miró atónito. Entonces, trató de pensar en la manera de decirle que aquello no funcionaría sin herir sus sentimientos.

—Mira, Heidi, eres una mujer inteligente y capaz y haces un trabajo fantástico. Estoy seguro de que te ocuparías de todo tal y como yo lo haría, pero conozco a los tipos como George Ullman. Están acostumbrados a tratar conmigo.

—Y a ti se te da muy mal delegar en otras personas —replicó ella, en absoluto dolida por aquellas palabras.

—Es cierto.

—¿Te gustaría aprender a hacerlo?

—Es demasiado tarde para eso. He condicionado a esos clientes para que esperen que sea yo el que se ocupe de todo. No creo que podamos cambiar su actitud a estas alturas.

—Yo creo que sí. ¿Vas en serio con Isabella?

—Sí —contestó, sin dudarlo.

—¿Tan en serio como para casarte con ella?

—Sí, pero no sé si ella es de la misma opinión.

—No importa. Has creado un negocio de la nada, así que estoy segura de que conseguirás a esa chica si es lo que deseas. De todos modos, aquí está la estrategia. Cuando estés prometido, y yo te quitaré todo el trabajo posible para que puedas dedicarte a la boda, e invitarás a ella a los clientes más antiguos.

—No lo entiendo.

—Esas personas se han aprovechado de ti porque tú se lo has consentido y porque saben que estás soltero y nunca has demostrado deseo de tener vida privada. Te tratan casi como a un miembro de su familia. ¿Me equivoco?

—Supongo que no.

—Por eso, debes hacer que formen parte del acontecimiento más feliz de tu vida, explicarles que te has convertido en un hombre de familia que necesita pasar tiempo con tu esposa y, tarde o temprano, con tus hijos y que, por lo tanto, vas a delegar gran parte de tus responsabilidades en mi. Se alegrarán mucho por ti y se implicaran en tu éxito.

—Es una idea brillante —dijo Edward, con admiración—. Estoy empezando a comprender por qué tienes unos hijos tan maravillosos.

—Entonces, ¿te gusta mi plan? A cambio, quiero un buen aumento, ¿sabes?

—Tú dirás, pero ¿estás segura de que quieres tanta responsabilidad? Es muy duro.

—Sí, pero, al contrario que tú, yo sé delegar en otras personas. No creerás que yo me paso la vida cocinando y limpiando mientras mis hijos ven la televisión, ¿verdad?

—Supongo que no —comentó él, riendo.

—Ahora, como mis hijos ya son mayores, no tengo que ocuparme de ellos. Si no me dejas hacer esto, tal vez tenga que empezar a dar clases de punto de cruz, y yo odio coser. Siempre me pincho.

—En ese caso, déjame que te salve de una vida dedicada a las agujas… Bueno —añadió, mucho más serio—, todavía no sé si Isabella quiere casarse conmigo…

—Eso no me preocupa. Sería una estúpida si te rechazara. Y, si necesitas una excusa para acercarte a las oficinas de Traynor y Sizemore, Linda, la recepcionista del bufete, me ha llamado porque tiene un pequeño problema en el sistema. Podrías enviar a Ralph, pero tal vez quieras ocuparte tú mismo del problema.

—Gracias. Creo que lo haré.

Isabella estaba haciendo todo lo que podía para concentrarse en su trabajo, pero, o se ponía a pensar en Jacob y se le revolvía el estómago, o en Edward y el cuerpo comenzaba a vibrarle. A continuación, volvía a pensar en Jacob y volvía a sentirse culpable.

Tal era su falta de concentración que le pareció escuchar la voz de Edward en recepción. No. No era su imaginación. Era real.

El corazón comenzó a latirle a toda velocidad. A los pocos segundos, él apareció en la puerta, con su cinturón de herramientas alrededor de la cintura. Sin embargo, al contrario de lo que ella esperaba, la expresión de su rostro era neutra y profesional.

No obstante, al fijarse en sus ojos vio que brillaban de excitación, al igual que seguramente lo estaban haciendo los suyos propios. Esperó que nadie pasara por delante de la puerta abierta del despacho.

—Perdona —dijo—. ¿Puedo interrumpirte? Tengo que echarle un vistazo a tu teléfono…

—Muy bien —respondió ella, ahogando una carcajada.

—Bonitas flores —comentó, mientras avanzaba por la habitación.

—Gracias.

—La recepcionista tenía un problema con la electricidad estática de su teléfono, así que pensé que era mejor que los comprobara todos, por si acaso.

—¿Te ha llamado Linda?

—Llamó a Heidi. Sorprendente, ¿verdad?

—Sí —respondió. Efectivamente, resultaba algo extraño que el teléfono de Linda se hubiera estropeado tan convenientemente.

—¿Has tenido tú algún problema?

—Con la electricidad estática no…

—¿Pero sí con otras cosas? —le preguntó él, mirándola fijamente a los ojos.

—Sí.

—¿Puedes describírmelos? —preguntó mientras utilizaba un destornillador para abrir la parte inferior del teléfono.

—Tengo un deseo… persistente…

—Entiendo —comentó él. Entonces, tomó un tornillo entre los dedos y se lo extendió hacia ella—. Tal vez necesitas uno de estos —añadió. Isabella trató de camuflar las risas con toses—. Yo podría darte uno durante tu hora del almuerzo…

—Es una oferta muy tentadora —dijo ella, a pesar de lo mucho que le apetecía. No podía perder más tiempo; tenía mucho trabajo atrasado por haber estado soñando con él toda la mañana—, pero hoy voy a almorzar aquí, sobre mi escritorio.

—Es una pena… aunque he de decir que tienes un escritorio magnífico —susurró él.

—Creo que es mejor que termines con mi teléfono… o nos vamos a meter los dos en un buen lío.

—Lo sé. ¿Estás segura de que no puedes escaparte?

Antes de que Isabella pudiera contestar, Zafrina llamó a la puerta del despacho, que seguía abierta.

—¿Tienes un minuto para que podamos sacar ideas para la apelación de Palmer?

—¡Claro… claro que sí, Zafrina! Entra, por favor.

—Yo terminaré enseguida —anunció Edward.

—No hay problema —dijo Isabella, tratando de utilizar un tono normal de voz, a pesar de que Zafrina ya conocía su relación con el hombre de Mercury Communications. No le haría falta mucha imaginación para darse cuenta de que era Edward.

—Bueno, este teléfono está bien —comentó, tras colocarle de nuevo todos los tornillos—. También tendré que revisar el suyo —añadió, dirigiéndose a Zafrina—. Tal vez sea mejor que lo haga ahora, mientras está usted aquí hablando con la señorita Swan. Así no la molestaré.

—Gracias —respondió Zafrina, mirándolo con evidente interés—, aunque creo que el mío está bien.

—Probablemente, pero nunca viene mal asegurarse. Por cierto, me encanta ese cuadro que tiene en la pared, señorita Swan —añadió, antes de marcharse.

Isabella, con gran esfuerzo, trató de no sonrojarse. Como pudo, luchó por centrarse en la apelación de Palmer.

—Creo que el modo de presentarlo es…

—Es guapísimo, Isabella. He de confesar que no he venido aquí a hablar del caso de Palmer. Me había enterado de que había alguien de Mercury comprobando los teléfonos y me dio la sensación de que podría ser tu chico. No me pude resistir.

—No quiero que lo sepa nadie más…

—Lo sé y te prometo que no diré nada, pero no entiendo cómo vas a poder dejarlo por Jacob. Comparado con este hombre, Jacob es tan excitante como observar el crecimiento de un cactus. Además, le gusta ese cuadro tan sexy…

—¿Crees que es sexy? —preguntó Isabella, atónita.

—Claro, pero es sutil. Un hombre como Jacob no tendría la imaginación necesaria para apreciarlo. Ni para apreciarte a ti, ya que estamos. Bueno, creo que ya me he metido demasiado en tus asuntos por hoy.

—Gracias por guardarme el secreto, Zafrina.

—De nada. Nunca me han gustado los cotilleos de oficina —dijo. Con eso, se marchó.

Isabella no pudo ponerse a trabajar sabiendo que Edward estaba en el bufete, aunque tampoco quería que se marchara. Al cabo de unos minutos, volvió a pasar por delante de su puerta. Le hizo un saludo al estilo militar y desapareció en dirección a la recepción. Después de charlar unos instantes con Linda, se marchó.

El resto del día pasó muy lentamente. Por fin, llegó la hora de apagar el ordenador. Recogió sus cosas y, tras tomar su bolso, salió de su despacho para dirigirse al aeropuerto a recoger a Jacob.

Desgraciadamente, el avión iba a llegar con una hora de retraso. Se la pasó caminando de arriba abajo sin dejar de comprobar los monitores. Para cuando se anunció que el avión había aterrizado, tenía los nervios destrozados y seguía sin encontrar el mejor modo de decirle lo de Edward.

Quería contárselo inmediatamente, a pesar de que sabía que no sería muy considerado por su parte después del largo viaje de Jacob. Seguramente llegaría cansado y somnoliento por la diferencia horaria. Tal vez debería darle la oportunidad de que se relajara un poco antes de darle la noticia.

Cuando lo vio aparecer, sintió que se le hacia un nudo en el estómago. A pesar de las largas horas en el avión, tenía un aspecto sorprendentemente fresco. Iba muy bien vestido, como siempre, y llevaba su maletín en una mano y el abrigo que había utilizado en Suiza en la otra. Al llegar a su lado, le dio un fuerte abrazo.

—¡Estás estupenda! —exclamó—. ¿Te has cambiado el color del cabello o algo así?

—No, nada —respondió ella. Esperaba que siguiera hablando y que no tratara de besarla—. Venga, vamos a por tu equipaje. Luego, pararemos en algún sitio a tomar algo. Estoy segura de que tendrás hambre.

—No especialmente —dijo, antes de darle un duro beso en los labios—. Solo tengo ganas de que me cuentes qué tal te ha ido.

Al menos el beso no había sido largo. Se dio cuenta en aquel momento de que, en realidad, nunca le había gustado besar a Jacob. Lo había hecho porque era lo que se esperaba de ellos. Eran besos previsibles, que terminaban rápidamente. Sin embargo, Edward… No. No debía pensar en aquel momento en él.

—¿Ha ido bien tu viaje? —preguntó ella, mientras se dirigían a recoger el equipaje de Jacob.

—Muy bien. Creo que Emory y Cecil estarán contentos —comentó. Siempre llamaba a Traynor y a Sizemore por sus nombres de pila.

Cuando llegaron a la cinta transportadora del vuelo de Jacob, el equipaje no había llegado aún. Eso los dejó allí de pie, sin hacer nada, lo que hizo que Isabella se sintiera muy nerviosa. Sin nada que hacer, tenían que hablar. Sabía que había llegado la hora de la verdad, pero tenía miedo.

—No me puedo creer lo fantástica que estás. ¿Te has apuntado a un gimnasio esta semana?

—No…

—Parece que vamos a estar aquí un rato —comentó Jacob mientras la estrechaba entre sus brazos—, así que venga, no me tengas más en ascuas. Sé que tu contrato de alquiler está a punto de terminar así que creo que es mejor que lo hagas oficial y me digas que te vas a venir a vivir conmigo.

—Hay algo que debo decirte —dijo ella apartándose de su lado.

—Lo sé —replicó él—. No tengas miedo. Lo queremos y necesitamos —añadió. Isabella tragó saliva.

—Mientras estabas fuera, tuve una aventura.


A que no se lo esperaban verdad? llego el momento de las decisiones ustedes que creen?

Nos leemos el fin de semana portense bien y cuidense.