Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.


Capítulo 18

Isabella se preparó para ser testigo de la incredulidad de Jacob, de su ira o de su enojo. Entonces, se quedó atónita al comprobar que tenía un cierto brillo en los ojos.

—¿Y por eso has estado tan tensa desde que nos hemos reunido? ¿Por una estúpida aventura?

—Intento decirte que no puedo vivir contigo por…

—¿Porque te has divertido un poco mientras yo estaba fuera? No seas ridícula. Yo hice exactamente lo mismo —confesó, para asombro de Isabella—. No pongas esa cara tan sorprendida. Después de todo, tú fuiste la que decía constantemente que nuestra relación no era exclusiva, pero me imaginé que lo sería cuando yo regresara. Como se me presentó la oportunidad, pensé: ¿Por qué no?

Estaba atónita. Jacob había hecho precisamente lo mismo que ella, aunque su aventura no habría puesto su mundo patas arriba como le había ocurrido a ella, dado que, si no, no se habría mostrado tan dispuesto a comprometerse.

—Mira, no sé lo que ocurrió en Suiza ni quiero saberlo, pero, en mi caso, he descubierto que no estoy preparada para irme a vivir contigo, ni para comprometerme ni para nada más.

—Claro que lo estás —afirmó él, agarrándola de los hombros y mirándola a los ojos con expresión benevolente.

—No. Ya no.

—Venga, no hagamos de esto un melodrama. Tenemos un gran futuro por delante. Los dos nos hemos pasado un poco durante unos pocos días. ¿Y qué? Estoy seguro de que es saludable.

—Jacob, ¿tú me amas? —le preguntó ella, sin poder evitarlo, al ver que no parecía estar tomándola en serio.

—¿Quieres la verdad? —replicó Jacob.

—Por favor.

—Nunca he estado muy seguro de lo que significa eso de enamorarse de alguien. Me gusta estar contigo y creo que serás una buena esposa y madre. Les caigo bien a tus padres y estoy seguro de que tú les caerás bien a los míos cuando te lleve a Connecticut para conocerlos. Somos la elección lógica para el otro y yo estoy dispuesto a pasar mi vida a tu lado. ¿Es eso amor? No lo sé.

—Yo sí lo sé. Eso no es amor, Jacob, y has descrito exactamente lo que yo siento por ti, a excepción de lo de pasarme la vida a tu lado.

—Mira, sé que nuestra vida sexual no ha sido muy apasionada últimamente. Me he dado cuenta después del viaje a Suiza. Seguramente tú has ampliado tu repertorio al igual que yo. Resulta mucho más fácil hacerlo con una completa desconocida. Además, pensar que has estado con otro hombre me excita. Sinceramente, creo que podemos…

—¿Cómo puedes decir que te gusta el hecho de que yo haya tenido una aventura? Es asqueroso.

—No he dicho exactamente que me gustara. Estoy intentando sacar lo positivo de esta situación —replicó Jacob, como futuro buen político.

—Claro que lo has dicho. Dijiste que te excitaba…

—En ese caso, tal vez sea porque soy algo más sofisticado que tú —le espetó, con altivez—. En algunos círculos…

—Solo porque yo haya tenido una aventura no significa que me quiera mover en esos círculos, pero el hecho de que estés hablando de ello me indica que podría haberme visto obligada a hacerlo para encajar en el perfecto futuro que me has descrito… —repuso, pensando que Jacob tal vez no necesitara fantasías para excitarse sino algo mucho más concreto, como los tríos o los cambios de parejas.

—¿Sabes una cosa? Siempre has tenido algo de provinciana, Isabella, pero esperaba que, con el tiempo, consiguieras pulirte lo suficiente. Aparentemente, me he equivocado.

—Igual que, aparentemente, yo me había equivocado sobre ti. Creía que solo eras aburrido. Ahora veo que eres también algo retorcido. Y, para que conste, a mí no me excita en absoluto saber que te divertiste en Suiza.

—Evidentemente, aunque, si tú no me hubieras dado tu noticia, yo nunca te lo habría contado. Me daba la sensación de que no podrías asimilarlo.

—Mira, Jacob —dijo ella, deseando alejarse de él lo más rápidamente que le fuera posible—, creo que es mejor que esperes tú solo tu equipaje. Iré a por mi coche y lo llevaré a la puerta.

—No te molestes —le espetó él—. Tomaré una limusina.

Isabella lo miró, atónita de que hubiera podido imaginarse una vida a su lado, aunque se alegraba de haber tenido aquella conversación con él en aquel momento que diez años más tarde.

—Muy bien. Adiós, Jacob.

—Adiós, Isabella.

Ella se dirigió hacia las puertas automáticas que llevaban al aparcamiento. Antes de atravesarlas, se dio la vuelta solo para ver si él la estaba observando. Seguramente se sentiría algo triste por lo ocurrido… Sin embargo, si era así, no lo demostraba. Ya estaba hablando y riéndose con una atractiva morena que parecía encantada de contar con su atención.

Aunque Edward había dejado el móvil encendido por si Isabella lo llamaba a ese número, decidió no salir de su piso por si ella lo llamaba. Incluso podría ser que tuviera suerte y que fuera a verlo. No quería ni pensar que estaba con Jake. Lo odiaba mucho más de lo que había imaginado. Aunque se decía que jamás podría ocurrir, se torturaba con imágenes en las que Isabella decidía quedarse con él. Si lo hacía, aquella noche ellos… No. Era impensable.

No hacía más que pasear de arriba abajo de su apartamento, comiendo patatas fritas y bebiendo un refresco de cola. Cuando llegaron las nueve, era un completo desastre, lleno de cafeína, de azúcar y de sal. Ya no tenía duda alguna de que Isabella estaba en el piso de Jake, completamente desnuda. Si aquello estaba ocurriendo, era mejor que se pasara a la cerveza. Emborracharse sería el mejor modo de enfrentarse al problema…

El sonido del timbre lo sobresaltó. Fue corriendo a abrir a puerta, sin dejar de rezar para que fuera Isabella la que llamaba. Así era. Seguía llevando el traje gris que se había puesto en la cabaña aquella mañana.

—Gracias a Dios —dijo—. No tienes ni idea de lo que estaba pensando. Entra, por favor.

—Gracias —susurró. Entró directamente al salón y miró a su alrededor—. Menos mal que sé que eres el dueño de Mercury. Si no, diría que estás viviendo por encima de tus ingresos.

—¿Te apetece tomar algo? ¿Qué ocurrió? ¿Se disgustó? ¿Le…?

—Sí —concluyó ella, al tiempo que se acercaba a él para abrazarlo—. Jacob y yo hemos terminado —añadió. Lleno de felicidad, Edward la abrazó con todas sus fuerzas. Se sentía muy feliz —. Habría venido antes, pero tenía que pasar por casa de mis padres.

—¿Se lo has dicho a ellos?

—Les dije que había roto con Jacob, pero no les di detalle alguno de por qué. Mi madre cree que soy una estúpida.

—¿Y qué sabe tu madre? —preguntó Edward, estrechándola un poco más contra sí.

—Más de lo que piensas. Sospecha que he conocido a otro hombre y que esa es la razón de que le haya costado localizarme.

—Pero tú no se lo has confirmado, ¿verdad?

—No. No admití nada. Lo más interesante de todo vino de mi padre. Resulta que ha estado tratando de sentir simpatía por Jacob solo porque creía que me gustaba y por el entusiasmo de mi madre, pero nunca le ha caído muy bien. ¡Oh, Edward! Estuve tan cerca de cometer un error…

—Pero no lo hiciste. Supongo que Jacob se disgustó mucho…

—Eso es lo más raro de todo. Le pareció muy bien que me hubiera acostado con otro hombre. Él hizo lo mismo en Suiza. Creo que pensar en mí con otro hombre lo excitaba. Odio pensar lo que podría haber sido nuestra vida en común. Tal vez a mí me vayan las fantasías, pero no ese tipo de cosas…

—Lo sé. ¿Te apetece algo de comer o de beber?

—No. Cené en casa de mis padres antes de marcharme.

—En ese caso, solo me queda una cosa que ofrecerte…

—¿El qué? —quiso saber ella, con una sonrisa.

—Donuts…

—¿Dónde? —replicó ella, inmediatamente. Edward no se lo tenía que pedir dos veces. Él se echó a reír.

—Eres la única mujer que conozco que no asumiría inmediatamente que subiríamos al dormitorio.

—Los dormitorios están bien —susurró, recordando la vez que lo habían hecho en una cama en la cabaña. De repente, se sintió toda cálida y líquida por dentro.

—¿Qué te parece si te enseño la casa y tú decides dónde?

—De acuerdo. Parece divertido.

—Muy bien. Este es mi salón —comentó, señalando a su alrededor—. No sé si te has dado cuenta, pero el sofá es muy grande y se puede disfrutar del sexo sobre él…

—¿Lo sabes por experiencia? —preguntó, algo celosa de que lo hubiera hecho allí con otra mujer.

—Sé que puedo colocar la cabeza encima del reposabrazos y que tú me podrías montar sin problemas… Si lo que me estás preguntando es si lo he probado, la respuesta es «no». Ya sabes que, últimamente, no he tenido vida personal por mi trabajo.

—Y ahora, tu vida personal está estropeando tu trabajo —dijo ella, llena de culpabilidad, recordando su actitud y el modo en el que ella podía distraerlo.

—No. En absoluto —replicó, mientras la ayudaba a quitarse la chaqueta—, pero podremos hablar de eso mas tarde. En resumen. Opción A: el sofá —añadió, antes de darle un beso.

Eso sí que era un beso. Cuando los labios de Edward la tocaban, era el comienzo de algo especial, de algo que despertaba su más íntimo deseo y la llevaba a desear quitarse la ropa y hacer el amor con él…

—Sexo en el sofá —murmuró él—. ¿Te apetece?

—Sí.

—Pero si aún no has tenido la oportunidad de considerar la mesa de la cocina, la encimera, la escalera, el jacuzzi o…

—¿Tienes un jacuzzi?

—Sí. Arriba, en el cuarto de baño. ¿Quieres subir a verlo?

—Claro que sí. De hecho, no sé ni dónde empezar.

—En ese caso, pleguémonos a la tradición y empecemos con la cama. Tengo el cajón de la mesilla de noche lleno de preservativos. A partir de ahí, podremos variar.

—Me da la sensación de que me va a encantar este apartamento…

—Cuento con ello. Subamos mientras aún puedo caminar.

Subir las escaleras les llevó un rato, porque Edward se detenía a cada paso para besarla y para ayudarla a despojarse de una prenda o para quitársela él. Cuando llegaron al dormitorio, Isabella estaba en braguitas y él con los vaqueros y los calzoncillos.

Muy pronto comenzaron a retozar en la cama, que era enorme, y Isabella ya no fue consciente de nada más que de sus caricias, sus besos y lo que más necesitaba de todo, la firmeza de su pene. Alcanzó el orgasmo casi inmediatamente y él la siguió poco después, murmurando su nombre y temblando entre sus brazos.

El sexo entre ellos era magnífico, pero decidió que, en algún momento, tendría que empezar a controlar aquella desenfrenada pasión. Si no lo hacía, sus vidas serían un caos. Tal vez él estaba dispuesto a rendirse completamente a la aventura, pero ella no. A pesar de la decepción con Jacob, seguía necesitando un hombre sensato en el que pudiera apoyarse. Al igual que le ocurría a su padre con su madre, necesitaba un compañero que la ayudara a controlar sus impulsos. Le gustaba estar con Edward, pero se parecían demasiado. Algún día, tendría que dejarlo, aunque no en aquel momento. El fin de semana se extendía ante ellos ofreciéndoles infinitas posibilidades en aquel apartamento. Se dejaría llevar por su pasión un poco más. Solo un poco más.

—No te muevas —susurró Edward, antes de levantarse de la cama—. Volveré enseguida.

—¿Vas a llenar el jacuzzi, por casualidad?

—Puede que sí. Nunca he utilizado ese jacuzzi del modo en que tú crees que debe utilizarse.

—Mmm… —ronroneó ella. Se sentía de nuevo muy excitada—. En lo que se refiere al sexo en un jacuzzi, soy virgen, así que serás tú el que me tenga que mostrar las cuerdas.

—¿Cuerdas? —repitió Edward, con una sonrisa en los labios—. ¿Has dicho cuerdas?

—Ve al cuarto de baño y abre el grifo del agua caliente…

—A su servicio, milady. Los chorros de agua que producen orgasmos estarán en funcionamiento en breve.

Rápidamente, Edward desapareció por la puerta del cuarto de baño. A los pocos segundos, se escuchó el chorro del agua, acompañado por los silbidos de él. Isabella sonrió. Enseguida, Edward regresó al dormitorio y se tumbó en la cama al lado de ella.

—Tarda un rato en llenarse, pero es entonces cuando comienzan a funcionar los chorros. Eso es lo quiero para que goces. Nos quedaremos aquí un rato.

—Estoy encantada de tenerte a ti.

—No, soy yo el que está encantado de tenerte aquí. En serio.

—Yo no tengo ningún plan en particular para el fin de semana, pero tal vez tú…

—Si estás preguntándome si puedes pasar el fin de semana conmigo, la respuesta es que me encantaría.

—Sin embargo, no hago más que pensar en tu trabajo. Antes dijiste que no habías tenido vida personal por tu empresa, y eso significa que has estado trabajando noches y fines de semana. No comprendo cómo puedes dejar de hacerlo de repente.

—Porque lo he resuelto.

—¿Cómo?

—Tengo que darte las gracias a ti por hacer que me diera cuenta. Al principio, iba a vender la empresa…

—¡Dios mío! ¡No!

—Tranquila. Ya no la vendo. Heidi, que es mucho más que una simple secretaria, pensó el plan perfecto. Voy a dejar que ella se ocupe prácticamente de la empresa para que yo pueda tener una vida privada.

—Eso parece demasiado sencillo —dijo Isabella, frunciendo el ceño—. Si puedes hacer eso, ¿por qué no se te había ocurrido antes?

—Acabas de hablar como una abogada. La razón es porque no se me da muy bien delegar en otras personas, lo que significa que la mayoría de los clientes esperaba que me ocupara personalmente de ellos. Temía que hubiera algunos que abandonarían la empresa si dejaba de hacerlo.

—¿Y qué ha cambiado?

—Tú —susurró, antes de inclinarse sobre ella para besarla—. La posibilidad de poder pasar más tiempo contigo me hace estar deseando aprender a delegar. Además, Heidi ha pensado en un modo para conseguir cambiar la mentalidad de mis clientes.

—¿De qué se trata?

—Bueno, hasta ahora me han visto como un tipo soltero, sin vida privada. Sin embargo, si se dan cuenta de que voy en serio con alguien, si saben que tengo otras obligaciones aparte del trabajo…

—Edward, ¿qué estás tratando de decirme? —preguntó. Algo le decía que no le iba a gustar la respuesta.

—Bueno, no quería decírtelo así. Quería que todo fuera muy romántico y no comenzar así un momento especial…

«Va a pedirme que me case con él», pensó Isabella, incorporándose presa del pánico.

—Escúchame. Tenemos que dejar algo muy claro. El sexo ha sido fantástico, pero eso no significa que esté dispuesta a transformarlo en un compromiso permanente.

—Has dejado a Jacob y has venido aquí —dijo él, incorporándose también con un gesto duro en el rostro—. Acabas de decir que quieres pasar el fin de semana conmigo…

—¡Lo sé! Sin embargo, nunca hubiera creído ni en un millón de años que tú querrías casarte.

—¿Y por qué no?

—Porque… porque… ¡Los casados no tienen aventuras sexuales como las nuestras, Edward! ¿Qué quieres? ¿Estropearlo todo?


Cada vez esta mas emocionante verdad? que creen que pasara? Ya nos acercamos al final. Felices fiestas nos leemos la proxima semana cuidense.