Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella.
Capítulo 19
—A ver si lo entiendo —dijo Edward, atónito—. ¿Estás diciendo que no quieres casarte conmigo porque soy demasiado bueno en la cama?
—Sé que suena ridículo, pero piénsalo…
—¡Es tan ridículo que ni siquiera puedo pensarlo! ¿Cómo puede ser que no quieras que nos pasemos el resto de nuestras vidas disfrutando de un sexo tan maravilloso? ¿Se puede saber qué tiene eso de malo?
—¿Has oído lo que acabas de decir? ¿Crees que eso deja sitio para las cosas verdaderamente importantes, como cuidar de los hijos, ganarse la vida…? ¿Es que no te das cuenta? Nos parecemos demasiado. Cuando estamos juntos, nos convertimos en un par de niños que se animan el uno al otro para pasarse todo el tiempo jugando. ¿Quién de los dos sería el sensato, el que dijera que es suficiente y pusiera la comida en la mesa?
—¡Estoy seguro de que sabríamos cómo hacerlo! No dejaríamos que nuestro mundo se fuera al garete solo por el sexo. Estaríamos al tanto de las cosas y…
—¿De verdad? Entonces, ¿por qué se te está rebosando el agua del jacuzzi? ¿Cómo ha ocurrido eso?
—¡Maldición!
Edward se dirigió al cuarto de baño, caminando sobre la moqueta húmeda y salpicando sobre los charcos para poder ir a cerrar los grifos, que estaban abiertos al máximo. A continuación, cubrió el suelo de toallas para que absorbieran el agua. ¿Cómo podía ser posible que todo se hubiera estropeado en tan pocos minutos? Lo que Isabella le decía no tenía ningún sentido, pero aún no había terminado con la discusión.
—Muy bien —dijo, mientras salía del cuarto de baño—. Evidentemente, hemos tenido una falta de comunicación, pero… ¿te estás vistiendo?
—Sí. Creo que será mejor que me vaya a casa.
—Habla por ti misma. Yo estaba pensando en un fin de semana de escándalo.
—Exactamente. Eso es lo que ocurre cuando estamos juntos. Es un escándalo.
—Se suponía que era algo bueno… —replicó él. Rápidamente, agarró los pantalones del suelo y se los puso—. Disfrutar el uno del otro —añadió, mientras salía del dormitorio detrás de ella abrochándose los botones por el camino.
—Hasta cierto punto. Nunca he conocido a ninguna pareja tan salvaje como nosotros —comentó ella, poniéndose el sujetador cuando lo encontró en la escalera.
—Estoy seguro de que perderemos algo de intensidad a medida que vaya pasando el tiempo.
—Eso creía yo que ocurriría cuando Jacob hubiera quedado al margen —añadió, mientras se colocaba la blusa—, pero nada. Esta noche creo que te deseo todavía más…
—¡Un momento! Está bien. Quieres que uno de nosotros sea el responsable en esta relación. Yo lo seré y no te imaginas lo responsable que voy a ser…
—No —repuso ella. Encontró los zapatos al pie de la escalera—. Voy a serlo yo y voy a empezar ahora mismo. Voy a tener las agallas de terminar con esto cuando aún es posible.
—¿Significa eso que, si te quedas, crees que no te podrás marchar?
—Tal vez… No me malinterpretes. Creo que lo nuestro ha sido maravilloso —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Pero no es la vida real. Yo quiero tener una casa, hijos…
—¡Y yo también, maldita sea!
—Yo creo que lo estropearíamos todo. Adiós, Edward —concluyó. Tomó su chaqueta y su bolso y se dirigió hacia la puerta.
—Isabella, por favor. No te vayas. Por favor, no te vayas…
—Es por nuestro bien…
—¡Isabella! Escúchame, no te vayas —Insistió él, desesperado. Sin embargo, no pudo detenerla. Ella abrió la puerta y se marchó—. Isabella, yo… te amo.
Edward se pasó el fin de semana ocupándose de los asuntos que había descuidado durante la semana. No dejaba de repasar una y otra vez lo que Isabella le había dicho con la esperanza de encontrar una manera para convencerla de que se había equivocado. Por primera vez en muchos años, se encontraba con un desafío que no sabía resolver.
Aparentemente, había hecho un estupendo trabajo para convencerla de que le encantaban las aventuras sexuales y ella lo había creído a pies juntillas, tanto que no sabía lo que podía hacer para borrar esa impresión. Necesitaría meses, quizá años, para demostrarle que podían tener una vida que incluyera sexo maravilloso y el resto de los elementos que ambos deseaban.
Cuando llegó el lunes por la mañana a su despacho, se puso a trabajar como loco. No podía entregarle así las cosas a Heidi y, además, el trabajo lo ayudaba a olvidar. El tiempo contribuiría para olvidar a Isabella y, entonces, podría seguir con su plan de volver a tener una vida privada. Sin embargo, debía reconocer que el plan carecía ya de atractivo para él. Solo deseaba hacer hueco en su vida para Isabella. Si ella no quería ocuparlo, no había razón alguna para hacerlo.
Para cuando Heidi llegó al despacho, se había tomado ya una cafetera entera y estaba nervioso e irritable.
—Me sorprende verte aquí tan temprano —dijo ella.
—Pues es mejor que te vayas acostumbrando. La chica ha dicho «no».
—¿Cómo dices? —preguntó Heidi, sentándose en una silla—. ¿Le has pedido ya que se case contigo?
—Más o menos…
—La mayoría de las mujeres no reacciona muy bien si se lo piden «más o menos»…
—De lo que no hay duda es de que lo he estropeado todo, aunque no habría importado de todos modos. Ella no cree que seamos buenos el uno para el otro.
—¿Te importa que te pregunte por qué?
—Bueno, nuestra relación comenzó de un modo muy… físico —admitió—. Con mucha química. Isabella piensa que esa química será precisamente lo que nos impida llevar una vida normal.
Heidi lo miró atónita. Entonces, apartó los ojos y frunció con fuerza los labios. Finalmente, se le escapó una carcajada y luego otra.
—Lo siento —susurró, entre risas—, sé que lo estás pasando muy mal…
—No te culpo, Heidi. Ojalá yo también me pudiera reír. En mi vida me he sentido tan ridículo.
—¿Tan indisciplinado cree que eres?
—Supongo que sí.
—Pues se equivoca. Eres el hombre de treinta y tres años más disciplinado que conozco.
—De eso precisamente se trata. Esta semana… no me he comportado así exactamente. Y no es que nuestra relación sea muy larga.
—Entiendo…
—Bueno, Heidi, no deseo hablar más del tema por el momento. Dame un poco de tiempo y estaré bien.
—Sé que eres un hombre fuerte y que te pondrás bien —afirmó ella. Con eso, se levantó y salió del despacho.
Edward deseó tener la misma confianza que su secretaria. Sentía que tenía un enorme agujero negro en el lugar que hasta entonces había ocupado su corazón.
El lunes por la tarde, la determinación de Isabella por comportarse con normalidad estaba flaqueando. No había dormido muy bien desde hacía tres noches y, por lo tanto, no se encontraba en muy buena forma para enfrentarse con Jacob. A pesar de todo, se había comportado con normalidad cada vez que se había encontrado con su ex novio. Por su parte, él la había tratado con indiferencia.
El único momento de satisfacción que había tenido en todo el día había sido cuando su vecina Jessica había llegado al bufete para dejar al descubierto la infidelidad de Isabella. Ella se la había encontrado en el pasillo, cuando iba al despacho de Jacob, y había tenido gran placer en anunciarle que su ex ya lo sabía todo.
Al principio, Jessica había parecido desilusionada, pero enseguida se había animado al darse cuenta de que Jacob era un hombre libre. Con la excusa de pedirle consejo para el contrato de su nuevo piso, había ido a verlo de todos modos. Isabella estaba segura de que ella seria la pareja perfecta para Jacob.
Estaba mirando las flores que Edward le había regalado cuando el teléfono comenzó a sonar. No creía que fuera Edward, aunque casi esperaba que fuera él. Estaba segura de que la llamaría. Sin embargo, era Linda.
—Hay aquí una mujer llamada Heidi Ferguson que quiere verte. No tiene cita. ¿Puedes hablar con ella ahora o prefieres que le dé cita para más tarde?
¿Heidi? Era imposible que fuera la Heidi de Edward. A pesar de todo, sintió un cosquilleo por la espalda.
—La veré ahora. Hazla pasar.
Momentos después, una mujer pelirroja, de unos cincuenta y tanto años, entró en su despacho. Isabella se puso de pie para recibirla.
—Me llamo Heidi Ferguson —dijo la mujer, al tiempo que le extendía una mano.
—Isabella Swan —replicó ella, estrechándosela—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Escucharme un rato.
—Por supuesto. Siéntese.
—Gracias —repuso ella, tomando asiendo al mismo tiempo que Isabella. Entonces, miró a su alrededor—. Estoy segura de que ha tenido que trabajar mucho para conseguir esto.
—Sí…
—Yo admiro el trabajo duro. No resulta fácil marcarse objetivos y luego hacer lo necesario para conseguirlos. Hace falta carácter.
—Gracias.
—Me alegra comprobar que usted lo tiene, pero no me sorprende. Me la recomendaron mucho.
—¿De verdad? ¿Conoce a uno de mis clientes?
—Soy la secretaria de Edward Cullen.
—¿Y tiene algún asunto legal del que quiere que me ocupe? —replicó, a pesar de que sabía que se estaba sonrojando.
—En realidad, dentro de unas pocas semanas, así será. Edward y yo estamos redactando un nuevo contrato para mí puesto de trabajo en el que se detallan mis nuevos deberes, dado que él va a delegar más responsabilidad en mí. Yo confío plenamente en él, pero ha insistido en que me consiga un abogado por si le ocurre algo a él y alguien empieza a cuestionar mi autoridad. Sin embargo, esa no esa la razón por la que he venido hoy a verla. De hecho, Edward me mataría si supiera que estoy aquí. No me ha gustado tener que mentirle para poder venir, pero sé que si se hubiera enterado, me habría despedido. Supongo que eso le dará idea de lo mucho que se habría disgustado.
—Yo no se lo diré, pero le advierto que si ha venido para que yo reconsidere mi relación con él, está perdiendo el tiempo.
—Ya me imaginé que diría algo así. Escúcheme. Usted es abogada y sé que en su profesión solo se mueven con pruebas. Por lo que sé, sé que solo ha escuchado un lado del caso en lo que se refiere a Edward. No se preocupe —dijo Heidi, al ver que Isabella se sonrojaba—. Yo no conozco los detalles, pero lo que sí sé es que usted piensa que la combinación de Edward y de usted tiene como resultado el caos, algo que no desea.
—Así es.
—Por eso, yo quiero darle más pruebas. Solo conoce a Edward desde hace unos días, y yo desde hace ocho años. No creo que pueda tomar la decisión que ha tomado con tan poca información.
—Muy bien —dijo Isabella, sorprendida—. La escucho.
Heidi le explicó cómo Edward, con poco capital, había trabajado día y noche para levantar Mercury Communications, cómo trataba a sus clientes y cómo, a lo largo de aquellos ochos años había conseguido que la empresa creciera hasta convertirse en un negocio muy boyante.
—¿Cree usted que es así como se comportaría un hombre irresponsable? —concluyó.
—No. No, claro que no, pero ¿y si ha cambiado?
—No ha cambiado. Cuando Edward hace algo, lo hace a conciencia. No hay nada que le guste más que un desafío. Al principio, a él solo le interesaba conquistarla. Esa fue la parte que vio.
—Sí, pero…
—Deje que consiga su objetivo y verá cómo vuelve a recuperar el equilibrio. De hecho, eso es precisamente lo que está tratando de hacer al delegar ciertas responsabilidades en mí. Sabe que ha perdido el control de su vida. Desea tener una familia y la desea desesperadamente a usted. No lo castigue por haberse entregado en cuerpo y alma a su objetivo. Quiere tenerla a usted, tener una familia… Le aseguro que entonces será un hombre feliz. Dele una oportunidad.
Isabella sintió que se le formaba un nudo en la garganta. Había castigado a Edward porque él había hecho todo lo posible para conquistarla. Tragó saliva y aguantó las lágrimas. Pobre Edward. Debía de sentirse tan confuso…
—Veo por la expresión de sus ojos que la he hecho entender —concluyó Heidi poniéndose de pie—, así que es mejor que me vaya. Mi cita con el dentista debe de haber terminado ya.
—Yo… —susurró Isabella, levantándose también— no sé lo que tengo que hacer ahora. ¿Cuál es el mejor modo de decirle que…?
—¿Ha estado usted alguna vez en su despacho?
—No.
—Entonces, le sugiero que vaya a última hora. Le garantizo que estará trabajando hasta muy tarde, como siempre hace… a excepción de la semana pasada.
—Lo haré, aunque solo sea para disculparme.
—Es un comienzo —afirmó Heidi, con una sonrisa en los labios.
Con eso, se marchó del despacho.
Edward se alegraba de que Heidi hubiera tenido que ir al dentista aquella tarde. Cuanto más lo pensaba, más se lamentaba de haberle contado su problema con Isabella. Nunca olvidaría cómo se había reído…
Tal vez, algún día, conseguiría reírse él también. En realidad, comprendía que la situación era muy divertida… aunque solo si no se estaba implicado en ella. Por el momento, prefería concentrarse en su trabajo para poder olvidar a Isabella Swan.
Cuando Heidi regresó del dentista, lo hizo de muy buen humor, tanto que Edward se preguntó si se habría enamorado de su dentista. No obstante, considerando la atención que no dejaba de prestarle, se alegró mucho cuando llegaron las cinco y se marchó a su casa. Así se quedaba a gusto para poder solazarse en su desgracia.
Quince o veinte minutos más tarde, oyó que la puerta volvía a abrirse. Esperaba que no hubiera decidido llevarle la cena. No quería que lo tratara como si fuera un ser desvalido.
—Trabajas demasiado duro —dijo una voz desde la puerta, la voz que llevaba escuchando en sueños desde hada tres noches.
Cuando se volvió a mirarla, dedujo que había ido a verlo después del trabajo. Iba vestida elegantemente, con un traje de falda de color verde y unos zapatos de tacón. Aquel atuendo resaltaba sus maravillosas piernas. No se podía decir que los tres últimos días le hubieran resultado duros. Estaba radiante.
—Hola, Isabella. ¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó. Había decidido controlar sus impulsos para demostrarle que no era el maníaco que ella creía.
—Perdonarme.
—¿Por qué? —replicó él.
El pulso se le aceleró sin que pudiera evitarlo.
—Por sacar conclusiones sobre la clase de hombre que eres. Por pensar que el sexo es lo único que te importa.
—Y me importa mucho.
—A mí también, pero no conseguí superar mis estudios de Derecho sin disciplina. Igual que tú con esta empresa. En eso también nos parecemos mucho. Los dos hemos trabajado muy duro…
Edward apretó la mandíbula. Podía oler su perfume desde allí. Se estaba excitando, pero quería demostrarle que sabía controlarse. En aquel momento, Isabella se acercó a la mesa y se inclinó sobre ella. La blusa se le abrió un poco.
—Saqué unas conclusiones muy estúpidas de los días que pasamos juntos. Tienes todo el derecho del mundo a estar disgustado conmigo, pero me preguntaba si… si la oferta sigue en pie.
—¿Qué oferta? —preguntó Edward.
En lo único que podía pensar en aquellos momentos era en hacerle el amor hasta que los dos cayeran agotados.
—Tienes razón —susurró ella, desilusionada—. Tenía que haber imaginado que lo había estropeado todo… No debería haberte molestado —añadió, y se alejó del escritorio con la intención de marcharse.
—Espera —dijo, y le agarró la muñeca.
—Edward, lo siento mucho —musitó ella, mirándolo a los ojos—, me diste la oportunidad de la que toda mujer desearía disponer y yo te la tiré a la cara. A pesar de mi respuesta entonces, quiero que sepas que… que me siento muy honrada de que una vez pensaras que…
—¿Que te amo? —murmuró él—. Y sigo amándote. No me puedo imaginar una vida mejor que estando casado contigo.
—¿Me… me amas?
—Sí —respondió Edward.
Se levantó de su sillón y, sin soltarle la muñeca, rodeó el escritorio.
—¿Lo he estropeado todo?
—No, pero yo tampoco quiero estropearlo todo ahora. ¿Estabas tratando de ver si saltaba al verte apoyada sobre mi escritorio de esa manera?
—¡No! ¿Creíste que te estaba poniendo a prueba?
—Se me pasó por la cabeza. Después de todo, tú me dijiste que…
—Debes de pensar que soy horrible.
—Creo que eres maravillosa, y tan sexy que algunas veces pierdo el control. Lo admito.
—Yo siento lo mismo por ti y me alegro de que los dos pensemos igual —susurró, con los ojos llenos de alegría—. Fui una idiota que no supo reconocer que… que se había enamorado.
—¿Estás segura? Tiene que haber más que sexo entre nosotros, Isabella. Si crees que eso es lo único…
—Claro que hay mucho más que sexo entre nosotros. Tenemos confianza. No podríamos haber disfrutado de ese mismo sexo sin confiar el uno en el otro. Nunca le había confiado a nadie mis fantasías… Resulta extraño que pudiera hacerlo y que luego no me diera cuenta de que también podía confiarte mis sueños.
—Claro que puedes.
—Ahora lo sé… ¿Quieres… casarte conmigo?
—Por supuesto —contestó él, embargado por la emoción.
Entonces, la estrechó con fuerza entre sus brazos.
—Y tendremos una casa, e hijos… Y mucho, mucho sexo.
—¿Seguro? ¿No creerás que eso es lo único que…?
—Mira las pruebas. Llevo en tu despacho más de diez minutos y aún no me has sugerido que hagamos el amor encima de la mesa.
—Me he estado conteniendo…
—Pues no lo hagas…
—¿Quieres hacer el amor encima de la mesa?
—Sí, y en el jacuzzi, en la mesa de la cocina, en la de picnic y…
—¿En la de picnic? Yo no tengo mesa de picnic —replicó él, mientras la colocaba encima del escritorio, entre sus piernas.
—Pensaba pedírsela a mis padres como regalo de boda —susurró ella, estrechándolo entre sus brazos.
Una boda. Se iban a casar. Edward la besó ansiosamente. Se sentía tan feliz que estaba dispuesto a olvidarse del sexo en aquella ocasión. Les quedaban cincuenta o sesenta años para disfrutar de sus cuerpos…
—Te amo tanto —susurró.
—Y yo también, Edward. Desesperadamente. Con todo mi corazón, pero lo que más deseo es que me metas la mano por debajo de la falda.
Tal y como ella le había pedido, Edward le deslizó la mano entre las piernas. Entonces, descubrió que no llevaba ropa interior.
—¿Isabella?
—Deja que la aventura continúe, cariño —contestó ella riendo suavemente.
Bueno mis queridas lectora este es el penultimo capitulo de esta excitante historia espero que les haya gustado mucho, Nos leemos en el ultimo capitulo. Cuidense
