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El nuevo equipo de Gryffindor

—¡Gryffindor, por aquí!

El campo de quidditch era el lugar más concurrido del castillo aquel día de audiciones. Alumnos de las cuatro casas, y de diferentes grados, se reunieron para hacer las pruebas y entrar en sus equipos correspondientes. James caminaba entre la multitud, con la escoba en mano.

—Hola, Wood, ¿llego tarde? —preguntó a un chico de séptimo grado quien se encargaba de reunir a todos los alumnos de Gryffindor.

—¡Potter! —exclamó Wood—. Apenas comenzamos —dijo señalando a un jugador que ya se encontraba volando.

—¡Vaya, es bueno! —exclamó James sorprendido.

El chico montaba la escoba a una altura muy elevada; casi nadie le prestaba atención, pero con unos cuantos trucos, todos, hasta los jugadores de las otras casas, lo miraron con la boca abierta: volaba casi al nivel del césped, y después, en pocos segundos, ascendía de repente. Algunos exclamaron gritos de asombro, impresionados. Bien podría ser un jugador profesional.

James no alcanzaba a reconocer quién era ese muchacho, sin duda pertenecía a Gryffindor, pero jamás había visto a alguien con tales cualidades, no desde que Donovan Juk había estado en el equipo y estaba seguro que ni siquiera él hubiese igualado o superado aquellos prodigiosos movimientos.

Terminó el tiempo para el chico que hacía la prueba y descendió de forma rápida sobre el césped, algunos curiosos se aproximaron para conocerlo. Desmontó la escoba y se quitó los lentes protectores, entonces James reconoció su rostro.

—¿Tú? —exclamó perplejo.

Horas más tarde, Sirius y Remus terminaban algunos deberes para la clase de Transformaciones; Peter tenía problemas con los mapas de Adivinación, pero no había nadie que quisiera pasar horas explicándole, ni siquiera sus amigos.

—¿Crees que la práctica ya haya terminado? —preguntó Remus a Sirius.

—Supongo que sí, ya es tarde, la cena estará lista.

—Fueron muchos a hacer la prueba, aunque dudo que todos se queden —dijo Remus observando el campo, que poco a poco comenzaba a desocuparse, a través de la ventana.

—Potter seguramente conseguirá un puesto —dijo Sirius, confiado.

La entrada de la sala común se abrió e ingresaron muchos alumnos, algunos venían de Hogsmeade y otros del campo de quidditch, todos exhaustos y hablando aceleradamente lo que habían hecho en el transcurso de la tarde. Lily estaba entre ellos, cargando bolsas de compras.

—¿Qué hay, Lily? —saludó Remus.

—Ah… hola, Remus —contestó la chica, deteniéndose en el camino, intentando no prestar atención a Sirius.

—¿Qué tal Hogsmeade? —siguió Remus, con amabilidad.

—Bien, como siempre —contestó la chica, casi con indiferencia.

—Espero que no siga así, qué aburrido —intervino Sirius, irritando más a la pelirroja, a propósito.

—Pensé que ustedes estarían en el entrenamiento apoyando a Potter —respondió Lily, a la defensiva.

—Bueno, él no necesita apoyo —dijo Sirius, un poco arrogante.

Lily rio sarcástica, casi burlona, por el cabezota de James Potter

—¿Sabes, Evans? —dijo Sirius de pronto, sonriendo, como si hubiese obtenido una victoria—. Te desagrada tanto James que terminarás enamorada de él.

—¿Qué? —exclamó ella, completamente asustada—. ¡No digas tonterías!

—Oh, no, no son tonterías —dijo Sirius—. Esas cosas generalmente suceden. Del odio al amor sólo hay un paso.

—¡Adiós, Black! —gritó Lily furiosa.

Remus miró a Sirius con un poco de desaprobación. El retrato de la Dama Gorda volvió a abrirse y James entró por ella rápidamente con la escoba en mano y una expresión extraña. Tenía lodo hasta las orejas y las gafas ligeramente empañadas. Se tumbó en el sitio donde se encontraban Remus y Sirius. Lily desvió la mirada, pues Sirius continuaba divertido por haberla hecho sonrojar.

—¡Vaya día! —exclamó James cuando se azotó sobre el sofá.

—¿Y qué te picó, Potter? —preguntó Sirius—. ¿Te fue mal en la prueba?

—No —dijo malhumorado.

—¿Entonces? —preguntó Remus, confundido—. ¿Por qué esa cara?

—¡Wood aún no decide si me quedo o no! Hubo otro jugador que calificó a la primera.

—Vaya, eso sí que debió doler —dijo Lily, sarcásticamente, pero James estaba tan abatido que no lo notó.

—¡¿Imaginan quién es ese jugador?! —exclamó James con las gafas chuecas-. ¡Ni siquiera a mí se me hubiese ocurrido! ¡Jamás!

—¿Qué?, ¿quién? —preguntó Sirius, exasperado.

—¡Dian! —respondió James.

—¿De verdad? —preguntó Remus, extrañado.

James arrojó su escoba hacia un extremo del gran sofá, y se cruzó de brazos, molesto y furibundo.

—Cuando llegué al campo había un chico haciendo la prueba —dijo James—, bueno pensé que se trataba de un chico, jamás creí que una chica pudiera hacer algo así. Cuando bajó de la escoba… ¡era Dian! Wood quedó maravillado y de inmediato le dio uno de los puestos, mientras que todos la aclamaban. Así que hice mi prueba y Wood dudó. ¡Dudó!

—No lo puedo creer —dijo Lily, divertida—. Así que te dieron una lección, ¿eh, Potter?

La chica se alejó del grupo sonriente, había logrado humillar a James. Pero éste no se daba por enterado.

—Tranquilo. Seguramente Wood te dará un puesto —dijo Sirius—, seguro que su noviecillo ése, Juk, le enseñó.

—Su padre fue un gran jugador de quidditch —dijo Remus ante las miradas desaprobatorias de James y Sirius—. ¿Qué?, ¿no lo recuerdan?

—Ah, vaya, vas defenderla —suspiró James.

—James, no te enfades —dijo Remus, ligeramente ruborizado—. Tú nos quisiste matricular a todos nosotros en el equipo, ¿por qué no ella?

—Porque…—James pensaba en un buen pretexto, pero no encontró ninguno.

Se dirigieron a la cena, caminaron por el vestíbulo cuando se toparon con Severus Snape.

—¡Quejicus! —James se detuvo en seco y se llevó una mano a la frente—. Ten más cuidado. Casi me sacas un ojo con tu narizota.

Sirius soltó una risotada, mientras Severus se alejó con la mirada cabizbaja. Remus no aprobaba del todo aquellas burlas, pero tampoco hacía nada por terminarlas.

Dian y Lily estaban en el comedor, James no pudo evitar sentir cierto recelo hacia la chica rizada, sobre todo cuando la vio satisfecha y con una amplia sonrisa en la cara.

—¿Adivina qué, Potter? —dijo Dian entusiasmada.

—Has quedado en el equipo, ¿no? —dijo James con cierto tono de sorna que todos notaron.

—¿Qué te pasa, cuatrojos? —preguntó Dian, a la defensiva—. Pensé que era buena noticia para ti—la chica sacó un sobre escarlata y lo lanzó de un extremo de la mesa al otro, hacia James.

James tomó el sobre y lo abrió receloso. Conocía a Roosevelt y estaba seguro que le jugaría una broma pesada, pero en lugar de sus sospechas encontró una carta firmada por McGonagall en la que lo nombraba uno de los cazadores oficiales del equipo.

—¿Qué dice? —preguntó Sirius.

—¡Soy cazador! —exclamó James.

—¡Eso es! —gritó Sirius.

—¿Qué te parece eso, Roosevelt? —preguntó James, jactancioso.

—Come babosas, Potter —respondió Dian, le guiñó un ojo y continuó comiendo la cena junto a Lily.

Después de la cena, las chicas se dirigieron a la lechucería. Lily quería enviar una carta a sus padres y Dian la acompañó.

—Ahora Potter estará todavía más insoportable —dijo Lily, de pronto.

—Seguro que sí —respondió Dian—. Pero no será problema, puede ser un cabezota muchas veces, pero en el fondo es agradable.

—Si tú lo dices…

—Cuando pasaba tiempo con ellos eran muy divertidos. Lástima que ahora anden con ese Pettigrew con ellos.

—Contrario a Potter, Peter no me desagrada —dijo Lily.

—Ah, Evans, te falta un tornillo.

Lily sujetó la carta en la patita de su lechuza. Dian miró de reojo a la suya que ya dormía apaciblemente.

—Quién diría que este es el quinto año, ¿no? —dijo Lily de pronto, ensimismada—. Estoy un poco nerviosa por los TIMOS.

—¿Nerviosa tú? Eres uno de los mejores promedios, Lily. ¿Por qué crees que somos amigas? —bromeó Dian.

Ambas salieron de la lechucería con los brazos entrelazados, jugando a no pisar las líneas del suelo de roca.

—¿Tú no sientes un poco de miedo por lo que sucederá después de Hogwarts? —preguntó Lily, vacilante.

—Un poco —respondió Dian, despreocupada—. Pero, ¿qué tan malo puede ser?