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La carta

Al día siguiente, James Potter y Dian Roosevelt acudieron al primer entrenamiento oficial del equipo de quidditch. El partido de inicio temporada sería el siguiente fin de semana, un día después del baile de primavera.

Sirius, Remus y Peter, desde las gradas, apoyaban a James. La profesora Hooch se encargó de vigilar el entrenamiento, mientras que Wood, el líder del equipo llevaba consigo las bludgers, la quaffle, los bates y la snitch.

El entrenamiento comenzó puntualmente. Dian jugaba muy bien, dominaba la escoba mejor que nadie del equipo. James era muy bueno para esquivar las bludgers y para escurrirse entre los jugadores.

Wood, entusiasmado por tener a dos nuevos jugadores tan buenos, conservaba la ligera esperanza de conseguir la copa ese año. La profesora Hooch marcó sólo dos faltas y felicitó al equipo al final de la práctica, por jugar limpiamente.

En cuanto terminó la práctica, el equipo se dirigió al Gran Comedor. El vestíbulo tenía más concurrencia que de costumbre, pues otros equipos querían iniciar con su práctica y Slytherin interfería con sus planes. Los Hufflepuff exclamaban muy molestos porque no querían compartir el campo con otro equipo.

—Parece que Slytherin quiere meterse en la vida de todos —dijo Sirius malhumorado.

El silencio del comedor se vio interrumpido por las lechuzas que entraron rápidamente con los paquetes y cartas de la mañana. A James le habían mandado un pulidor nuevo para su escoba, de parte de sus padres, su lechuza negra se posó sobre su hombro esperando una recompensa y el chico le dio un trozo de tostada. La lechuza de Dian también había dejado un sobre en sus manos.

—¿Quién lo enviaría? —preguntó Dian intrigada, sabía que habitualmente sus padres no mandaban cartas, si no era exclusivamente para regaños, notas importantes o felicitaciones.

—¿Eso es un sobre rosa? —preguntó Sirius muy interesado.

—Sí… —dijo Dian, indiferente—. ¿Qué?

—Si es un sobre rosa es una carta de amor —dijo Sirius con la boca llena de pan tostado.

James hizo unos ruiditos de burla. Dian se puso muy roja. Abrió la carta: había sido escrita con tinta que olía a frutas. Bastó leer el saludo y dos líneas para que Dian supiera quién era el autor. Los chicos querían saber, recargados sobre la mesa, esperaban poder leer algo. Dian sonrió abiertamente y luego guardó la carta con habilidad en su túnica.

—¿De quién es, Roosevelt? —preguntó Sirius, ansioso—. Dime, dime.

—No te interesa, Black —respondió ella—. La correspondencia es privada.

—Ah, seguro es del jugador ése —dijo Sirius, indiferente.

Dian lo miró con fastidio y siguió con el desayuno, del otro lado de la mesa, Remus se había quedado callado, incapaz de decir algo.

Pasaron el resto del domingo en los jardines del colegio. James lanzaba al aire una pequeña quaffle de juguete, Sirius apareció una tornamesa encantada y puso su disco favorito de Led Zeppelin, una banda de rock muggle. Remus echaba una hojeada a un libro. Peter Pettigrew se les unió y permaneció tendido sobre el césped, observando el inmenso cielo azul.

Un grupo de chicas pasó muy cerca de ellos, sonriendo, saludaron a Sirius; éste, poco interesado, les devolvió el saludo, James se revolvió el cabello y luego se sentó al lado de Remus. Estaban silenciosos, algo inusual. En el fondo tenían el mismo problema en la cabeza.

—¿Y ya saben a quiénes invitarán al baile? —preguntó James.

Remus y Sirius se miraron intrigados.

—Peter ya tiene pareja —dijo Remus de pronto.

—¿De veras? —inquirió James, notablemente sorprendido.

—Sí, es una chica de Hufflepuff —respondió Peter—. La conocí en la biblioteca.

—Tengo varias candidatas Gryffindor, de cuarto y quinto año —interrumpió Sirius, olvidándose de Peter—. Aunque también están las de Ravenclaw que son muy lindas. Pero no tengo nada decidido.

—Bueno, desde hace tiempo eres popular con las chicas —dijo James.

—No es para tanto —respondió Sirius, fingiendo indiferencia—. ¿Tú con quién irás, Lupin?

Remus estaba demasiado callado, parecía concentrado en su libro.

—¿Crees que alguien quiera salir con un hombre lobo? —preguntó Remus con una voz sombría.

—¡Vaya! —exclamó Sirius—. Claro que hay muchas chicas que quisieran salir contigo. Por ahí hay muchas chicas raras.

—Vamos Remus, anímate —dijo James, pensativo—. No habrá luna llena hasta dentro de un mes.

—Creo que no tengo ninguna cualidad que me haga distinto a los demás, excepto ser hombre lobo y con eso las chicas saldrían huyendo.

—¿No pensabas invitar a…? —comenzó a decir James, vacilante.

—No —respondió Remus tajante.

—Se trata de un baile, Lupin, sólo un baile. No es que vayas a pedirle matrimonio —sonrió Sirius, divertido.

Cuando se trataba del tema de "hombre lobo", Remus era muy pesimista consigo mismo.

En clase de Pociones, con los Slytherin, el profesor Slughorn dictó una serie de materiales que debían conseguir el fin de semana en Hogsmeade. Además, recalcó la importancia de los próximos TIMOS que habrían de tomar como todos los estudiantes de quinto año. El mismo profesor Slughorn sería uno de los inspectores de los exámenes y tenía sumo interés en que los miembros del Club de las Eminencias (en el cual estaban Lily Potter, Dian Roosevelt, Remus Lupin y Severus Snape), obtuvieran las puntuaciones más altas.

—¿Ya tienes pareja para el baile, Roosevelt? —preguntó Sirius a Dian.

—¿Por qué?, ¿quieres invitarme? —respondió ella, con sarcasmo.

—¿Tengo posibilidad?

Dian lo miró con una expresión divertida, sabía que Sirius no hablaba enserio, luego le puso la capucha de la túnica sobre la cabeza.

—Sí, cómo no —dijo ella, incrédula.

—Entonces, ¿tienes pareja?

—No.

—He escuchado que Snape quiere invitarte —dijo Sirius, burlón.

Dian golpeó a Sirius en el brazo, divertida. Remus los miraba desde la otra mesa, parecía un poco nervioso. Sirius le devolvió la mirada y levantó el pulgar. El corazón de Remus dio un vuelco.