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Los huéspedes

Entre Donovan y Dian no había existido nada real. Durante los últimos tres años que él había estado en Hogwarts sólo fueron buenos amigos. Salían juntos a caminar, daban largos paseos por los campos algunas veces y también solían frecuentarse en Hogsmeade, en cuanto Dian tuvo permiso para ir; también, ella le acompañaba en sus entrenamientos en algunas ocasiones. Se encontraban casualmente por los pasillos y siempre se saludaban con fascinación. Donovan siempre tenía una sonrisa y el tiempo que ella quisiera.

FLASHBACK—

¿Qué hay con esos chicos con los que te juntas? —preguntó alguna vez Donovan a Dian, en una tarde después del almuerzo.

¿Qué hay con ellos? —preguntó Dian—. No sé a qué te refieres.

A Black, Potter y Lupin —respondió él.

Son mis amigos. Algunas veces… otras me sacan de quicio.

Bueno, me refiero a… —Donovan carraspeó un poco, sin mirarla— supongo que alguno de ellos te interesa, o al menos estará interesado en ti.

¿Qué? —replicó la chica—. ¿Ellos?, ¿yo? –rio—. ¡Imposible! Sólo son mis amigos.

Esas cosas no son muy comunes, ¿sabes? Las chicas no comprenden las cosas de hombres.

Con ellos es distinto —Dian se encogió de hombros—, los comprendo más de lo que yo misma puedo creer. Además, no creo que ese tipo de relaciones sean extrañas. Tú eres mi amigo, yo soy tu amiga, entre nosotros pasa la misma cosa.

No creo que sea la misma cosa entre tú y yo —los ojos celestes de Donovan se habían iluminado repentinamente.

Él se acercó al rostro de ella, sin temor. Dian, con el corazón en la garganta, podía escuchar sus palpitaciones en los oídos. Él estaba tan cerca. Sus ojos, su nariz, su boca. Con un movimiento suave, la besó.

FLASHBACK—

Dian tenía la mirada perdida en el platón de cereal durante el desayuno, casi sin probar bocado. El beso había sucedido hacía un año. Donovan se encontraba en el séptimo curso cuando ocurrió, un par de días antes de su graduación. Ella había estado esperando entusiasmada que algo más sucediera, pero después de ese fugaz y repentino beso, nada más pasó. Donovan escribió un par de cartas, cortas, insignificantes y casi sin mención a lo que había sucedido durante el verano y después de que la chica regresara a Hogwarts él no volvió a comunicarse.

Ella repasaba esa escena en su mente, una y otra vez, y ahora que estaba muy cerca de volver a verlo, su corazón estaba vuelto loco: él estaría de visita en Hogwarts para el baile de primavera, lo decía su carta.

Dian estaba muy inquieta, pensaba que posiblemente esta sería una ocasión diferente, que Donovan al fin se resolvería a aclararle todo. Pero otras, se abatía y se desconsolaba, intentaba alejar el pensamiento de que para él quizá ella no era otra cosa más que una niña.

—¿Dian? —Lily la sacó de sus pensamientos, mostrándole un pedazo de tostada con jalea—, ¿estás bien?

— Sí —asintió ella, abrumada.

—Necesitas comer —dijo Lily, mirando distraídamente hacia un extremo de la mesa.

James y Sirius hacían sonidos ruidosos, imitaban con las manos una nariz gigante.

—Casi no tengo hambre —dijo Dian, sin saber exactamente lo que sentía.

—Tienes que comer —dijo Lily, enfadada observando a James y Sirius—, para que le des con la escoba al cabezota de Potter.

Dian esbozó una sonrisa, muy desanimada. Las designaciones del quidditch ya se habían hecho: Ravenclaw contra Hufflepuff y Slytherin contra Gryffindor. James estaba entusiasmado, se pasaba todo el tiempo luciéndose junto con Sirius. Dian casi no había pensado en su primer partido, tan sólo faltaban algunas horas para que Donovan Juk hiciera aparición en el colegio y hasta esa mañana todos eran enterados. En el desayuno, Dumbledore se levantó de su asiento.

—Bien, tengo noticias que darles —dijo el director sonriendo tranquilamente—. Con motivo de la celebración del baile de primavera, hemos invitado a otros colegas para que también compartan esa noche con nosotros —sonrió Dumbledore una vez más—. Estarán presentes los equipos de quidditch que comenzarán a jugar profesionalmente para los mundiales. Será una cena de gala para festejar su futuro triunfo en sus respectivos equipos.

Se escucharon cuchicheos y algunos gritos de emoción.

—La sorpresa es —continuó Dumbledore y se hizo el silencio—, que nuestros invitados llegan hoy por la tarde, casi al anochecer y estarán hasta el siguiente lunes por la mañana.

—Hoy por la tarde —repitió Dian, preocupada.

—Sólo relájate —dijo Lily—. Todo saldrá bien.

Los chicos no se mostraron emocionados por los próximos visitantes, de hecho, detestaban a Donovan Juk. En cuanto se volvió el jugador estrella de Gryffindor el ego se le subió a la cabeza. Por lo que no se molestaron en prestar atención, siguieron haciendo el mismo ruido, soltando risitas que enfadaban a Lily, pero Dian estaba tan preocupada y distraída que no tenía la menor intención de defender a Lily esta vez.

Después del desayuno volvieron a sus habituales clases. Dian no podía concentrarse, todo el tiempo se le iba en pensar en Donovan y en lo que le diría cuando lo tuviese enfrente. Lily tenía sus propios problemas: Severus Snape se había levantado durante el desayuno sin dirigirle la mirada siquiera

—¿Sabes?, quizá venga alguna chica guapa de uno de los equipos de quidditch —dijo Sirius a James, como consuelo. Ambos seguían sin pareja para el baile.

La profesora McGonagall les indicó que debían llegar temprano a su clase, pues tenían algunos trabajos pendientes qué hacer. Los chicos se apresuraron y tomaron los primeros asientos. Dian, con paso lento, se sentó al lado de Lily. La profesora les entregó unos pergaminos y dijo:

—Escriban un ensayo, de dos pergaminos de extensión, sobre lo que saben o han leído de la animagia.

James sintió un balde de agua fría sobre su cabeza, Sirius procuró no inmutarse, pero Peter y Remus parecían nerviosos.

La clase entera puso las plumas en marcha. James no quería causar sospechas, así que escribió las características de un caballo; pero Sirius, para aparentar su inocencia, escribió lo primero que se le ocurrió.

—¿Un escarabajo? —exclamó James—, ¿quién quisiera ser eso?

—Si lo piensas bien —dijo Sirius en voz baja—, tienen mayor facilidad para ocultarse. Vuelan y pueden llegar al lugar que deseen. Sería ideal para espiar a la gente, y también chicas… ¡Oye, creo que un escarabajo es mejor que un perro!

Remus estaba escribiendo sobre ser un halcón. Peter tenía algunas dificultades, pero escribió sobre un pez. Cuando toda la clase terminó, entregaron sus pergaminos a McGonagall. Ella los recogió sin mirar las descripciones y los dejó libres.

—¿Para qué querría McGonagall ese trabajo? —se preguntó Remus, nervioso.

—El siguiente tema es animagia, relájate —respondió Sirius, confiado.

Por otro lado, Dian también estaba tremendamente nerviosa. La hora en que los huéspedes llegarían se acercaba.

Dumbledore les indicó que aguardarían todos en el Gran Comedor y después los invitados irían a incorporarse con ellos. Los chicos ocuparon la misma mesa de siempre de Gryffindor y lamentaron no poder comer en ese mismo momento. Dian se había sentado al lado de Lily, en un lugar muy visible. Dumbledore esperaba contento y sonriente en la silla de director.

Unos ruidos se escucharon fuera del castillo, los invitados llegaban. La profesora McGonagall los recibió en la entrada del colegio y los condujo hasta el vestíbulo.

En ese instante Hagrid entró en el comedor, Dian sintió que el corazón le saltaba cuando entró un hombre con capa y ropa deportiva: Ludo Bagman, del Departamento de Deportes y Juegos mágicos. Lo reconocía perfectamente, tantas veces había cenado en su casa, pues su padre y él eran socios y amigos. Bagman estaba a punto de retirarse de los juegos de quidditch, pues ya se le consideraba un veterano del juego. Después de Bagman entraron los jugadores, caminaron a lo largo del Gran Comedor. Ahí estaba Donovan, unos centímetros más alto. Su cabello negro había crecido un poco más debajo de las orejas, sus ojos azules no se distinguían muy bien entre un mechón de cabello que le rozaba en la cara. Pero Dian pudo ver perfectamente su sonrisa cuando la miró.

Cuando Bagman y Dumbledore se saludaron, los jugadores tomaron asiento en la mesa de los profesores. James miró con desgana al jugador de quidditch. Remus, indiferente a todo lo que ocurría, sacó un libro y comenzó a leerlo.

Pasaron unos minutos en los que Dumbledore dio un breve discurso y ordenó la cena. El gran banquete apareció en cada mesa.

—¿Sabes?, deberías tratar de no morirte de hambre —dijo Sirius a Dian.

—Déjame en paz, Black —decía Dian, un poco nerviosa.

—Él ni siquiera está mirándote, está atragantándose de ensalada —dijo James.

—Fingiré que no los escuchó y en otro momento los golpearé —dijo Dian sonriente.

Sin más remedio, Sirius puso los ojos en blanco y terminó de comer su platillo. Media hora después, Dumbledore volvió a hablar y deseó buenas noches a todos.

Dian se levantó rápidamente de la silla, tenía que ir a ver a Donovan. Sirius estuvo a punto de hacer un comentario burlón, pero se detuvo en cuanto un muchacho de Slytherin chocó el hombro con él. Sirius dio vuelta y se encontró con el juvenil rostro de Regulus Black, su hermano.

—Ah, hola —dijo el chico Slytherin, un poco azorado.

—Hola —respondió Sirius—. Buen banquete, ¿no?

—Sí, eso parece —respondió Regulus.

Enseguida el grupo de amigos de Regulus lo llamó y éste volvió a las filas de Slytherin. Sirius miró a James y resopló.

—Rarísimo —admitió el hermano mayor Black—. Te lo juro.

—¿En serio?, ¿luego de tres años? —preguntó James.

—Nunca me acostumbraré —dijo Sirius, mosqueado—. Mira: Hogwarts es como mi verdadero hogar. Aquí se supone que no debería haber nada de Blacks locos o trastornados, como mis primas; estoy lejos de mis padres, pero Regulus se encarga de informarlos de todo lo que hago. ¿Sabes cuánto vociferadores recibo cada semana?

James esbozó una sonrisa. A lo lejos divisó a Lily, quien conversaba con Severus Snape, muy entretenida.