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Aquelarre

Horas después, los tres se encontraban en el bar de un hotel en el que se habían alojado, cerca de Times Square. Habrían aceptado la oferta que Carter Lewis les había hecho, pero preferían ir por libre, así como tampoco levantar demasiadas sospechas. Los aquelarres eran independientes unos de los otros, únicamente se relacionaban para asuntos mayores o que implicasen un peligro inminente o futuro. Por eso preferían no decir nada más a los magos de la oficina de enlace con el extranjero, porque cuanto menos supieran, mejor.

Ron miraba todo el rato a la calle. Nunca había estado en una ciudad tan grande. Él era un hombre de campo, y apenas caminaba por Londres. Por eso estaba tan fascinado con Nueva York y con sus ciudadanos tan extravagantes.

―Entonces, ¿a dónde vamos? ¿Al Aquelarre de Salem? ―quiso saber Harry.

―Sí, es quizás el único sitio donde podemos empezar. Es uno de los aquelarres más poderosos del país. Tengo entendido que están al tanto de todo lo mágico que sucede en Estados Unidos. Y la Academia de Salem está allí, igualmente podemos ir, me gustaría ver a una vieja amiga.

―Entonces, a Salem ―sentenció Harry.

Tomaron un tren desde la estación Grand Central de la ciudad. Como si de una especie de King's Cross se tratase, la estación Grand Central de Nueva York tenía un nivel oculto, sólo visible para los brujos y brujas de la ciudad y de todo el país. Al igual que servía como estación de tren y metro para los muggles, los brujos tenían sus propias líneas de tren que enlazaban con otras partes del país, así como su propia línea de metro, que llevaba mágicamente a cualquier lugar de la ciudad.

Harry, Ron y Hermione tomaron un tren con dirección a Salem.

―Dime, Hermione, ¿por qué Salem resulta ser el lugar más importante para los brujos americanos? ―le preguntó Harry a su mejor amiga.

―1692 se convirtió en un año clave. No sólo para Salem y sus habitantes, sino también para todos los habitantes mágicos de las Trece Colonias Inglesas, pues en aquel entonces todavía no existían los Estados Unidos de América. Y también fue un año clave para todos los seres mágicos del mundo entero. ¿Sabes por qué?

―Fue el año de la promulgación del Estatuto Internacional del Secreto ―contestó Harry.

―Exacto. Naturalmente, aunque a muchos les gusta pensarlo, ambos hechos no tienen relación alguna, sólo una semejanza, la caza de brujas. El Estatuto se confeccionó en 1689. Por aquel entonces, Salem era una pacífica población al norte del territorio que conformaban las Trece Colonias. Pero en 1692, varios hombres y mujeres de Salem fueron acusados de brujería. Se llevaron a cabo, entonces, los famosos Juicios de Salem, que ajusticiaron a los acusados, ahorcándolos. Fue en ese momento que representantes de todos los aquelarres del país se reunieron en Philadelphia, el mismo año de los Juicios, y decretaron el secreto absoluto. Se mantendrían alejados de los muggles para siempre, para así asegurar su propia existencia.

―¿Y lo cumplieron? ―quiso saber Ron.

―Naturalmente, hay contadas excepciones. Los casos más notables fueron la Guerra de Independencia, donde representantes de los aquelarres asistieron a la Declaración de Independencia en 1776 y proveyeron de hombres y mujeres a las tropas independentistas. Y después estuvieron las dos guerras mundiales.

―¿Y actualmente?

―Bueno… Los muggles americanos son muy creyentes. Los brujos y brujas están en el imaginario popular. Todo lo que hayas oído sobre ellos de boca de un norteamericano es cierto: los aquelarres, su dominio de la magia… A ellos no les importa, pues no les hace daño. Más bien les da fama y algo de dinero, ya que algunos Jefes de los Aquelarres Mayores son tan famosos que no pueden escapar a la atención de importantes muggles del mundo de las finanzas o Hollywood.

―Espera ―le detuvo Ron ―. ¿Me estás diciendo que hay actores y actrices que han firmado… pactos con brujos?

―Sí, eso mismo ―confesó Hermione, con una sonrisa.

Al rato, habían llegado a Salem.

―¿Dónde se encuentra la Academia? ―quiso saber Harry.

―La Academia se sitúa en el número 115 de la Calle Derby, en la famosa Casa Derby. Es un edificio que, a simple vista, parece una casa, pero los brujos y brujas de Salem lo han hechizado para ocultar su verdadero uso.

Minutos después, estaban frente a la llamada Casa Derby.

―¿Esto es? Si parece una casa normal y corriente ―comentó Ron.

―Ya os dije que la educación mágica en este país se desarrolla, principalmente, en los aquelarres. Las academias como esta dan cobijo a aquellos que no pueden aprender en sus propios hogares. Es por aquí.

Hermione los llevó hasta la puerta principal, donde llamó. Un hombre ataviado con traje de mayordomo les recibió.

―¿Sí?

―Estoy buscando a Laura Higgs.

―¿Y quién pregunta por ella? ―el mayordomo, un hombre alto y entrado en años, parecía arisco.

―Me llamo Hermione Weasley, aunque ella me conoció con el apellido Granger. Necesito hablar con ella urgentemente.

El mayordomo miró a Hermione de arriba abajo durante un momento, pero finalmente les dejó pasar a los tres.

―Esperen aquí.

Al rato, una mujer bajita, de tez oscura y el pelo afro apareció en lo alto de una escalera.

―¿Hermione? ¿Hermione Granger?

La mujer bajó las escaleras mientras sonreía. Cuando estuvo por fin delante de Hermione, la rodeó en un abrazo, al igual que Hermione.

―Hola, Laura. Me alegra volver a verte después de tantos años. Pero ya no soy Hermione Granger. Me he casado y ahora me apellido Weasley.

―Vaya, vaya, ¿y quién es el afortunado, querida? ―Hermione señaló a Ron. Laura silbó largamente ―. Te felicito por tu buen gusto. Pero dime, ¿qué haces aquí, en Salem?

―Lamento no haberte avisado de mi llegada, pero ha ocurrido algo y hemos tenido que venir lo antes posible. Dime… ¿Cass sigue siendo la Jefa del Aquelarre de Salem?

Laura ensombreció el semblante.

―Cass dejó de ser Jefa del Aquelarre hace un par de años. Fue desplazada por otro. Más joven y más fuerte.

―Suena como si no te gustase ―indicó Hermione.

―Hay que estar loco para estar de acuerdo con la forma en que David Van Garrett está llevando el aquelarre, querida. No se da cuenta de que el Aquelarre de Salem, uno de los más poderosos del país, está perdiendo poder. Y el resto de Aquelarres Mayores nos miran con ambición. Si sienten que somos débiles, entonces aprovecharan el momento. Pero Van Garrett es un brujo muy poderoso. No ha surgido nadie, aún, que pueda apartarle.

―Pero… ¿y tú? Creía que Cass te tenía entre sus favoritos para sucederle.

―No soy lo bastante fuerte, Hermione. Y prefiero estar aquí, en mi pequeño santuario, enseñando a futuras generaciones.

―Señorita, perdóneme que le interrumpa. ¿Es posible hablar con el tal David Van Garrett? ―preguntó Harry.

Laura se quedó mirando a Harry.

―¿Y usted es?

―Harry Potter.

La joven evaluó a Harry mientras esbozaba una mirada curiosa.

―¿El famoso Harry Potter que derrotó al mago tenebroso más grande de Inglaterra?

―Sí… soy yo ―Harry nunca se acostumbraría a su fama ―. No sabía que se me conociese aquí.

―A los Aquelarres Mayores siempre llegan noticias del exterior. Como la de que un bebé despojó a un mago oscuro de sus poderes y, dieciséis años después, le derrotó de una vez por todas. Naturalmente, muchos de los Jefes de los Aquelarres consideran al tal Voldemort un mago de pacotilla. Más de uno habría podido derrotarlo.

―Sinceramente, no lo sé y tampoco es de mi interés evaluar el poder de un Jefe de Aquelarre. Voldemort murió hace años, para alivio mío y descanso de mi familia y amigos. Dígame, por favor, si podemos hablar con el tal Van Garrett.

Laura les pidió que le acompañasen. Los llevó fuera y caminaron por la calle.

―David Van Garrett es un hombre orgulloso, tenedlo presente. Pero es también curioso. Querrá recibir a tres magos venidos de Inglaterra, máxime si uno de ellos es el famoso Harry Potter. Por aquí ―torcieron la calle y llegaron hasta una casa enorme, apartada de las demás. Con paredes blancas, la casa parecía lo más normal posible. ―. Bienvenidos al Aquelarre de Salem.

Entraron en la mansión. En el vestíbulo, vieron a varias personas, de edades comprendidas entre los diez y los sesenta años. Laura condujo a Harry, Ron y Hermione hasta un pequeño salón, tras hablar con un joven. Minutos después, un hombre entró en el salón, seguido de otro hombre y una mujer.

―Laura Higgs, veo que te has dignado a salir de la Academia por un rato.

―David, he venido a verte porque hay unas personas que quieren hablar contigo. Te presento al matrimonio formado por Ronald y Hermione Weasley… y a Harry Potter.

David Van Garrett miró a los recién llegados. Van Garrett era un hombre alto, joven. En la flor de la vida, se podía decir. Vestía ropas muggles: pantalón vaquero, una camisa morada y un suéter negro por encima. Nadie diría que era la cabeza principal de un aquelarre tan famoso como el de Salem, sino que más bien parecía un treintañero que trabajase en una pequeña empresa y estuviese casado y con un hijo.

―Ah, sí, el famoso Harry Potter. Supongo que ahora me explicará porque se ha desplazado hasta aquí, hasta mi casa, pero antes, le presento a Michael Lowell, mi segundo al mando. Y a mi esposa, Melissa Van Garrett ―todos se saludaron ―. Bien, señor Potter, por favor, siéntense. ¿Puedo saber a qué ha venido? ―preguntó mientras se sentaba en un sillón.

―Señor Van Garrett, gracias por recibirme. Soy auror del Ministerio de Magia inglés. Estamos tras la pista de un peligroso asesino en serie. Creemos que ha venido a los Estados Unidos para buscar algún tipo de magia que le permita resucitar a un poderoso mago oscuro.

―¿Se refiere a Rodolphus Lestrange y sus intentos por resucitar a Lord Voldemort? ―preguntó Van Garrett.

Harry, Ron y Hermione se miraron, confusos, ante lo que Van Garrett acababa de decir.

―¿Cómo…? ―quiso saber Ron.

―¿Cómo se tal cosa? Por favor… Soy David Van Garrett, Jefe del Aquelarre de Salem, uno de los más famosos y poderosos de los Estados Unidos de América. Si hay algo que sé, es todo lo que pasa en este país. Y Rodolphus Lestrange ya ha pasado por aquí. Les lleva algo de ventaja, ¿sabían?

―¿Y a donde ha ido? ―preguntó Harry, ansioso.

Van Garrett soltó una risa que a Harry le pareció desagradable.

―No lo dijo. Su petición era irrealizable para mí, por varias razones. No resucitamos a la gente porque sí, eso es magia negra. Sólo lo hacemos en contadas ocasiones y si de verdad es necesario. Caso de que haya juicios, por ejemplo. La magia negra nunca trae nada bueno. Aquello que vuelve de la Muerte nunca es lo mismo que aquello que lo dejó. En fin, alguien que ha visto a la Parca con sus propios ojos… ¿cómo puede volver a ser el mismo? No… Sería un ser oscuro, antinatural… Ya sé que su mago oscuro era todo eso, pero resucitarlo, créanme, sería peor. Por eso le dije a Lestrange que no le ayudaría.

―¿Y qué pasó después? ―quiso saber Harry.

―Le ofrecí quedarse en el aquelarre durante un tiempo, pero él me dijo que no, que sabía que lo estaban buscando. Me dijo que buscaría en otros aquelarres, que habría alguno que cumpliría con su deseo. Así que le dejé irse.

―¿Ha permitido a ese hombre marcharse, sabiendo lo que planea hacer? ―Harry estaba indignado.

―Primero. Esto es un problema suyo, señor Potter. De los magos ingleses, más bien. Francamente, no vi que Lestrange llevase un cadáver consigo, y eso que parecía viajar con lo puesto. Lo más seguro es que quiera aprender la manera de traer a los muertos a la vida y, después de eso, volver por donde vino y resucitar a su Señor. Y segundo. Por si no se ha dado cuenta ya, se lo digo ahora. La relación entre los aquelarres no es… precisamente buena. Hay competencia desleal, si podemos llamarlo así. Rivalidades ancestrales, enfrentamientos… Por no decir que también tenemos que lidiar con los aquelarres menores. Existen muchas familias a las que les gustaría llamar a la puerta de la casa de un Aquelarre Mayor y liquidar a toda la línea familiar. Así que no, perdone que no hiciese nada por detener a aquel hombre.

Los tres se miraron un momento.

―¿Puede darnos alguna pista de a dónde ha podido ir? ―preguntó Harry.

―Todos los aquelarres son importantes a su medida. Pero algunos destacan por encima de otros: Los Ángeles, Nueva Orleans, Washington… Podría ser que Lestrange se haya paseado por los cincuenta Aquelarres Mayores, pero esa es tarea difícil. Miren, si quieren, quédense esta noche a descansar. Mañana les proporcionaré información útil. ¿Les parece bien?

Finalmente, los tres asintieron. Al parecer, pasarían la noche en Salem.