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Manifestaciones

Por la noche, Harry, Ron y Hermione habían sido instalados en una de las múltiples habitaciones de la mansión. Laura les trajo mantas y sábanas, pues las noches empezaban a ser frías. Cuando terminó de traer todo lo que los invitados precisaban, encendió las velas de la habitación con un simple movimiento de su mano. Ron y Harry parecían impresionados.

―Piroquinesis ―comentó Harry. Laura asintió con la cabeza ―. La habilidad para crear fuego ¿Cómo lo haces?

―No es tan difícil, cuando por fin lo has controlado. Pero es una habilidad que requiere práctica, nada más.

―¿Quieres decir que cualquiera de nosotros podríamos realizarla? ―preguntó Ron, curioso.

Laura rió.

―Cualquiera podría realizar la piroquinesis, Ron, no es una habilidad que se aprenda. Es la magia que está dentro de todos nosotros. La piroquinesis no es más que una manifestación de nuestra magia. Igual que cualquier otra habilidad: telequinesis, control mental, teletransporte…

―Pero nosotros también podemos hacer todo eso ―contrarrestó Ron.

―Sí, pero precisáis de una varita. Vuestro mundo, vuestras habilidades, giran en torno a ellas. Si no tuvieseis vuestras varitas… ¿qué sería de vosotros? Bien, pues eso es lo que hemos estado haciendo nosotros durante siglos, aprender la magia sin valernos de objetos ―miró su reloj de pulsera ―. Es tarde. Descansad un poco. Mañana David os hará partícipes de lo que sabe. Buenas noches.

Laura cerró la puerta tras de sí, dejándoles solos.

―Todo eso son tonterías. ¿Magia sin varitas? ―Ron estaba incrédulo.

―No todos funcionan igual, Ron ―dijo Hermione ―. Los brujos y brujas estadounidenses han vivido en condiciones normales a los ingleses durante mucho tiempo. Esto no es más que otra forma de ver las cosas. Vayamos a dormir, mañana podremos determinar qué hacer ―vio que Harry no parecía dispuesto a irse a dormir ―. Harry, ¿vas a alguna parte?

―No tengo sueño, Hermione. Creo que iré a dar un paseo por la mansión.

―Está bien, pero no vuelvas demasiado tarde. Además, hay algo que me da mala espina ―comentó Ron, preocupado.

Harry sonrió y abandonó la habitación. Aunque los pisos superiores de la mansión estaban en penumbra y un silencio relativo, Harry podía ver luz y oír sonidos que provenían del piso más bajo. Bajó con cuidado hasta llegar al vestíbulo de entrada. De ahí, fue al salón.

Por lo que pudo ver, el Aquelarre de Salem estaba muy concurrido. En el salón había una considerable cantidad de personas, todas brujas y brujos, ataviados con curiosos vestidos algunos, los más mayores. Los jóvenes llevaban ropa muggles. En una esquina nada más entrar, a un lado, había un grupo de niños. Intentaban mover varios objetos. Algunos lo conseguían. Otros no. Harry los observaba desde una distancia prudencial, hasta que una niña le miró.

―¿Quiere probar?

Harry sonrió mientras bajaba la cabeza, avergonzado.

―Gracias, pero esto no es lo mío. Nunca he efectuado la telequinesis.

―Eso no quiere decir que no pueda hacerlo. No es más que magia… Una manifestación de la magia que corre por nuestras venas ―explicó la niña.

Harry recordó las palabras que Laura les acababa de decir hacía tan sólo unos minutos. Al parecer, aquello era parte de su enseñanza. Se encogió de hombros y se acercó a los niños, que se le quedaron mirando.

―¿Qué tengo que hacer?

―¿Ve esa cucharilla de allí? Trate de atraerla hacia usted.

―¿Qué tengo que hacer? ¿Mover la mano o algo así?

La educada niña, de rubios y rizados cabellos, rió.

―Si quiere… O puede hacerlo sólo con la mente, no hacen falta florituras. Adelante.

Harry miró la cucharilla. Era una simple cucharilla de plata, depositada en el suelo. Se concentró todo lo que pudo, porque pensó que eso era lo que tenía que hacer… Pero la cucharilla siguió en su sitio.

―Es imposible…

―No lo es. No piense que quiere mover esa cucharilla, señor. Muévala. Es su magia quien mueve la cucharilla. Haga que su magia la mueva.

Harry miró a la niña, poco convencido, aunque trató de hacer lo que le decía. A los pocos segundos, consiguió atraer la cucharilla hacia él.

―Lo hice… Lo hice ―sonrió Harry.

La niña sonrió y aplaudió, igual que el resto de niños.

―Bravo… Bravo ―David Van Garrett se aproximó a ellos, dando unos pequeños aplausos ―. Para ser alguien que nunca ha practicado la telequinesis sin varita, es todo un logro. Niños, ¿no creéis que ya es tarde para estar jugando a la telequinesia? Dejad descansar a nuestro invitado e id a dormir.

Los niños se levantaron y se despidieron de Harry. Este se puso también en pie y le tendió la cucharilla a Van Garrett.

―Creo que esto es suyo.

―Puede quedársela, señor Potter. Como recordatorio de lo que hoy ha hecho. Normalmente, cada niño guarda el primer objeto que consiguió mover con su mente ―Harry se guardó la cucharilla ―. Por favor, le invito a sentarse con nosotros ―caminaron hasta un grupo de personas sentadas frente a una chimenea encendida ―. Ya conoce a mi mujer, Melissa. Y a Laura, profesora en la Academia. Mi segundo, Michael Lowell. Creo que sólo le falta por conocer a ella ―le señaló a una mujer anciana, que sostenía un bastón con una mano y vestía como si viviese permanentemente en los años 20 ―. Le presento a Cassandra, Cass, Monroe. Cass era nuestra anterior líder.

Cass, la famosa Cass de la que Harry le había oído preguntar, hacía unas horas, Hermione a Laura. La famosa Cass que debía haber regido el Aquelarre de Salem durante años, por lo que se veía de su avanzado estado de edad. Por eso, al parecer, a Van Garrett le resultó tan fácil librarse de ella. A decir verdad, Harry pudo ver como Cassandra Monroe le dedicaba una mirada llena de veneno a su sucesor en el cargo.

―Encantado de conocerle ―confesó Harry a Cassandra.

―El famoso Harry Potter. Así que las noticias de nuestros informadores eran ciertas ―reveló Cassandra.

―¿Disculpe? ―Harry no entendía lo que la anciana quería decirle. ¿Informadores?

―Cass, no deberías revelar esas informaciones ―dejó caer Van Garrett mientras sonreía.

―Bueno, ahora que no mando aquí, creo que puedo hacer lo que me dé la gana, ¿no crees, David? ―Cass sonrió como si lo estuviese haciendo ante un niño. Laura bajó la mirada y sonrió, pero no escapó a la mirada seria de David.

―Perdona, pero, ¿a qué se refiere con informadores? ―quiso saber Harry.

David Van Garrett se repuso.

―Durante sus guerras mágicas perpetradas por Lord Voldemort, señor Potter, algunos aquelarres mandamos espías a Inglaterra, para que nos informasen de movimientos por parte de ambos bandos y dilucidar si era conveniente intervenir o no.

―¿Intervenir? ¿No son ustedes aislacionistas? ―repuso Harry.

―Oh, sí, lo somos. Pero eso no quiere decir que, si hay un conflicto, tengamos que no intervenir. Máxime un conflicto de gran calado como el que supusieron los ascensos de Voldemort. Seamos serios, señor Potter, ¿alguna vez pensó en qué ocurriría si Voldemort hubiese ganado la guerra?

Harry meditó su respuesta. En cierto modo, Voldemort ya dio un anticipo durante su alzamiento cumbre, cuando tomó el Ministerio. Aquellos fueron los momentos más dudosos acerca del futuro de la guerra. Fueron momentos de persecuciones, de encarcelamiento de personas inocentes, de asesinatos en masa… A decir verdad, en aquellos momentos, se podría decir que Voldemort estaba barriendo su propia casa. Pero, ¿qué pasaría con los territorios más allá de las fronteras de Inglaterra?

―No estará diciendo que Voldemort tenía pensado expandirse ―dijo él, incrédulo.

―¿Y por qué no? ¿No es el deseo de todo hombre poderoso tener más poder? ―argumentó Cass Monroe mientras miraba a Van Garrett, quien se dio por aludido, pero no dijo nada ―. En cuanto ese mago oscuro hubiese dejado atadas y bien atadas las cosas en Inglaterra, nada le impedía expandirse. Europa sería su primer objetivo, seguro. Y después… Por eso considerábamos seriamente un plan de defensa y ataque. Derrocar a ese villano.

Harry sintió un escalofrío. No sabía si habría sido peor el remedio que la enfermedad.

―Bueno, pero no tuvieron que hacerlo al final.

―Por suerte, señor Potter. Por suerte, el Niño que vivió, el Elegido, le paró los pies a ese loco homicida. Mis felicitaciones. Usted es ahora una estrella y no hay nada de qué preocuparse ―terminó Cass con una sonrisa mientras alzaba una copa que estaba bebiendo ―. Por Harry Potter.

―Por Harry Poter ―dijeron todos.

―Gracias… Gracias. He de irme a dormir, mañana será un largo día.

―Cierto, cierto. Vaya a descansar, señor Potter. Mañana tenemos mucho de qué hablar ―comentó Van Garrett.

Harry se despidió de los presentes y subió hasta la habitación que compartía con Ron y Hermione. Cuando entró, apenas pudo ver que los dos estaban profundamente dormidos. Sin embargo, notó, de repente, que la habitación se oscureció más de lo que estaba.

―¿Hola? ¿Ron? ¿Hermione?

―No se preocupe, no podrán oírle.

De repente, una parte de la habitación se iluminó, como si un foco hubiese sido encendido. Cass Monroe apareció entonces, pero a Harry no le parecía la anciana que acababa de ver abajo tan sólo hacía un momento, sino que parecía haber rejuvenecido. Ni siquiera llevaba su bastón.

―¿Señora Monroe? ¿Qué hace aquí?

―Cass, querido, por favor. He venido a advertirte.

―¿Advertirme de qué?

Cass sonrió de forma irónica.

―Los informadores tenían razón acerca de que usted no era demasiado… despierto ―era como si otra Cass Monroe se hubiese aparecido ante él. Como si una Cass más fuerte y enérgica le hablase, en vez de aquella vieja decrépita y cansada que se encontraba en el salón.

―¿Perdone?

―No te hagas ahora la víctima, chico, era algo cierto. Eras joven, impulsivo… Yo estaba convencida de que ganarías. En fin, conocí personalmente a Dumbledore en mi juventud y mantuve contacto con él durante los años de la guerra y… él estaba igual de convencido que yo. Harry Potter, debes darte cuenta de lo que está pasando. Ya has conocido a David Van Garrett, ya sabes cómo es él. Si yo hubiese estado al mando de este aquelarre, ¿crees que habría dejado escapar a Lestrange?

―¿Cree que Van Garrett dejó que Lestrange escapase? ¿Por qué?

―Piénsalo. Van Garrett es un hombre ambicioso, aunque no demasiado listo. Está llevando a este aquelarre a la ruina, pero no parece importarle. Y a parte, es el líder de un aquelarre mayor. Y como todos los hombres que buscan poder… también busca mantener ese poder durante mucho tiempo.

―¿Está diciendo que Van Garrett busca ser inmortal? ―Cass asintió con la cabeza, decidida ―. Pero… ¿ustedes no han hallado la forma de prolongar la vida?

La anciana rió. Aquello le producía mucha gracia.

―Ay, chico… La inmortalidad es algo que aún no hemos dominado. Y creo que nunca dominaremos. Tenemos métodos para prolongar nuestras vidas, pero los más radicales implican la absorción de la vida de otros. No, no somos inmortales ni nunca lo seremos… Pero la historia mágica de este país, la historia de cada aquelarre está manchada de brujos y brujas que hicieron lo imposible, Potter, por vivir eternamente. Pero cuando a nuestros oídos llegan noticias de que un mago ha conseguido atar su alma a este mundo…

Harry fue entonces quien rió.

―¿Me está diciendo que nunca han oído hablar de los Horrocruxes?

―La magia no es internacional, chico. Cada país tiene sus formas. Y nuestro aislacionismo ha provocado dos cosas: que ni salgamos más allá de nuestras fronteras ni tampoco queramos dejar entrar nuevas ideas. Pocos, realmente muy pocos, tan pocos que podrías contarlos con los dedos de tus manos, saben de métodos como esos Horrocruxes o la Piedra Filosofal. Son métodos europeos que a nosotros nos suponen grandes sacrificios, grandes dependencias o, simplemente, nos parecen anticuados o no nos atraen. Pero Van Garrett es un hombre desesperado.

―Lestrange le ha hablado de los Horrocruxes.

―Bingo. Pero Van Garrett no comprende la magia extranjera. Es más, le desagrada. Por eso prefiere dejar que otros la hagan. Y quien mejor para mostrarle los Horrocruxes y enseñarle cómo hacerlos que…

―Voldemort.

―Bingo, otra vez. Vamos aclarando el asunto.

―Van Garrett ha ayudado a Lestrange a buscar en otros aquelarres. Y cuando Voldemort resucite, tendrá que ayudar a Van Garrett a crearse sus propios Horrocruxes.

―Aquelarres en plural no, señor Potter. Aquelarre. Sólo hay uno en todo Estados Unidos que puede ayudar a Lestrange y estaría dispuesto a hacerlo. El Aquelarre de Nueva Orleans, al sur del país. Es un aquelarre que mantiene contactos aislados con practicantes de magia vudú.

―Entiendo... ¿Pero de verdad cree que Van Garrett obtendrá ayuda de Voldemort?

―Van Garrett es idiota, señor Potter. Y nunca conocí al tal Voldemort, pero oí lo suficiente de él como para saber que nadie podría doblegarle. Van Garrett es poderoso, sí… Pero Voldemort lo era más.

―Gracias por la información, ahora sé a dónde tengo que ir.

―No hay de qué. Mañana compórtate como un inepto en este tema, Potter. Acepta el consejo de Van Garrett. Con toda seguridad, te mandará a otros aquelarres, para que des rodeos por el país, pero ignóralo. Por supuesto, mandará espías para que te sigan. Deberás librarte de ellos.

―Gracias, de nuevo. Dígame, ¿alberga esperanzas de recuperar el aquelarre?

Cass rió de nuevo.

―No chico, no las albergo. Para mí ya es tarde, pero eso no quiere decir que haya otros candidatos. Otros que yo haya estado preparando.

―¿Cómo Laura Higgs?

―Puede…

―Me alegra haberla conocido, Cass Monroe.

―Y a mí a usted, Harry Potter. Buena suerte a partir de ahora, pues la va a necesitar. Se va a adentrar usted en el mundo de la magia en Estados Unidos y en el oscuro mundo de los aquelarres. Buena suerte.