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La historia del mortífago

Llegaron hasta una enorme mansión hecha de ladrillos. La mujer que le había guiado hasta ahí, la misma que le había recibido nada más llegar. En cuanto llegó a la puerta, esta se abrió. La mujer se detuvo y le ofreció pasar. Rodolphus entró, seguido de la misteriosa mujer.

A pesar de ser de día, en aquella mansión no parecía vivir nadie, pues se encontraba en penumbra.

―Sígame por aquí ―indicó la mujer.

Le llevó hasta una sala cerrada, una especie de despacho. En cuanto Rodolphus entró, la mujer se quedó fuera.

―¿Hola?

―Bienvenido… ―saludó alguien desde una silla, tras un escritorio.

Rodolphus evaluó el despacho. Era todo lo contrario a lo que estaba acostumbrado en Inglaterra. Acostumbrado a aquel parón en el tiempo, con decoración chapada a la antigua, el mobiliario de aquel despacho era demasiado moderno para su gusto.

―¿Quién es usted?

El hombre se levantó. Era alto, de pelo negro. Vestía ropas muggles que no harían sospechar que, en realidad, se trataba de un brujo.

―Me presentaré. Soy David Van Garrett, líder del Aquelarre de Salem. Bienvenido a Salem, y a los Estados Unidos de América.

―¿Por qué estoy aquí? ―Rodolphus no entendía nada.

Van Garrett sonrió.

―Veo que usted es el más joven de los Lestrange. Claro, claro… Yo estuve hablando con Rabastan, el cerebro de la operación. No es que quiera menospreciarle, señor Lestrange, pero Rabastan temía que el plan fuese descubierto por esos a los que ustedes llaman aurores. ¿Su hermano no le dejó alguna carta o algo que pudiese usted considerar como unas instrucciones?

Rodolphus se quedó pensativo un momento, hasta que sacó un frasco del interior de su túnica. Van Garrett sonrió mientras tomaba el frasco.

―Por aquí, por favor.

Le guió hasta una pequeña sala donde había una especie de pedestal, con un objeto circular plateado, una especie de plato reluciente.

―Su hermano le dio a usted un recuerdo. Sabía que yo tenía un pensadero, así que no tiene más que introducir la cabeza ahí. Yo le esperaré aquí, ya me conozco la historia.

Rodolphus echó un último vistazo a Van Garrett antes de centrar su atención en el pensadero e introducir la cabeza. Se vio envuelto en una negrura, como si hubiese caído a un lago de agua negra. Al rato, una habitación se materializó a su alrededor. Era la antigua habitación que su hermano y él utilizaban para esconderse, en Londres.

―Rodolphus ―saludó alguien.

Reconoció esa voz al instante. Se dio la vuelta y vio a Rabastan, de pie tras una tosca mesa de madera.

―Hermano… ―saludó Rodolphus, pero al instante se dio cuenta de que no podía oírle. Un Pensadero servía sólo para visionar recuerdos de una persona, no para interactuar con ellos.

―Si estás aquí, viéndome, es que yo no he conseguido nuestro propósito. Lamento no haberte hecho partícipe de mis planes, hermano, pero los aurores nos seguían los talones. Si ahora estás sólo es porque nos descubrieron. Por eso te di el recuerdo ―Rodolphus escuchaba atentamente ―. Si mis cálculos son correctos, ahora mismo estarás en el Aquelarre de Salem, en Estados Unidos. Y habrás sido recibido por su líder, David Van Garrett ―empezó a pasear por la habitación ―. Van Garrett es un líder ambicioso, y nuestro contacto en ese país. Nos ayudará a buscar lo que necesitamos.

Rodolphus veía cómo su hermano se frotaba las manos. Parecía buscar las palabras adecuadas acerca de lo que iba a decir.

―La magia de ese país… es distinta, ¿sabes? Es otro estilo. Han ahondado en otros asuntos con los que nosotros ni soñaríamos. Como la resurrección. ¿Lo entiendes, verdad? He ahí mi plan… Vamos a resucitar a nuestro Señor.

Salió, por fin, del Pensadero. Se dio la vuelta y miró a Van Garrett, que le observaba con los brazos cruzados y una sonrisa maliciosa en la cara.

―Ahora que lo sabes… ¿Qué tal si hablamos?

Volvieron al despacho.

―No se puede resucitar a alguien. Leyes de la Magia, es imposible traer a alguien de vuelta a la vida ―soltó Rodolphus.

Van Garrett, no obstante, rió.

―Aquí hacemos las cosas de manera distinta, señor Lestrange. Hemos explorado la magia de formas que ustedes los ingleses ni siquiera podrían soñar. Y el estudio de la resurrección… Oh, sí, eso también lo hemos hecho.

―¿Me está diciendo que puede usted resucitar a un muerto?

Van Garrett se rió nuevamente. Todo aquello le hacía mucha gracia.

―No todos pueden hacerlo. Es magia negra, eso lo primero. Y no a todos les gusta jugar con la magia negra. Pero hay aquelarres que sí lo hacen. Aquelarres que han explorado otras formas de magia.

―Como por ejemplo…

Van Garrett se levantó y caminó hasta un mapa de los Estados Unidos que tenía colgado.

―Nuestra historia está manchada de sangre. Nuestro primer siglo de existencia como país, aproximadamente, se caracterizó por la existencia de la esclavitud. Los estados del sur fueron esclavistas, lo que para nosotros, los brujos, significó la entrada de otras corrientes mágicas venidas de África… La magia vudú.

―¿Vudú? ―preguntó Rodolphus, sin entender.

―El vudú es una religión. Una magia basada en rituales y creencias en deidades… Lo cierto es que no la comprendo demasiado, los estados del Norte nunca hemos gustado de esa magia. Es más, siempre hemos tenido rivalidades con los practicantes de vudú y sus líderes, los Reyes y Reina Vudú. Pero los estados del Sur… sí, esos les miran con otros ojos.

―Oiga, ¿qué quiere de mí? ―Rodolphus empezaba a cansarse.

―Existe un aquelarre en el sur, el de Nueva Orleans. Mantiene contactos con practicantes de magia vudú… Y creemos que, por ello, conocen vías para resucitar a alguien.

Rodolphus se levantó, asqueado.

―Todo esto es una sarta de estupideces. Mi hermano estaba loco, siempre lo estuvo. Me vuelvo a Inglaterra. O iré a algún sitio donde pueda vivir en paz, ya que aquí no parece importaros que un mortífago ande suelto.

Caminó hasta la puerta, dispuesto a irse, pero algo le detuvo. Van Garrett, con un simple movimiento de su mano, hizo que Lestrange saliese despedido hacia un lado. Se golpeó contra una pared y cayó al suelo. El líder del aquelarre caminó hasta él y, con otro elegante movimiento de su mano, elevó al mortífago por los aires.

―¿Cómo… cómo…?

―¿Cómo lo hago? Así es como funcionan las cosas aquí, Rodolphus, no somos tan dependientes de las varitas como vosotros los ingleses. Esa es una de las cosas que aprendieron los colonos del Mayflower cuando llegaron por primera vez aquí, a Massachusetts. A librarse de toda atadura inglesa ―bajó la mano y, con ella, el cuerpo de Lestrange, que cayó fuertemente al suelo ―. Ahora me escucharás. Me da igual si tu señor acaba viviendo o vuelve a morir. Los líderes supremos de los aquelarres, los Cincuenta Mayores, podríamos derrotar a ese mago de pacotilla sólo con proponérnoslo. Bueno, algunos más que otros… ―sonrió con malicia ―. No, lo que yo quiero es información. Y tu Señor es el único que puede ayudarme. Quiero saber su secreto. Quiero ser inmortal. Y él es el único que puede ayudarme.

Rodolphus rió, aún tirado sobre el suelo.

―¿Qué te pasa? ¿Naciste ayer? ¿O nunca oíste hablar de Lord Voldemort, el mayor mago oscuro que este mundo ha conocido? Lord Voldemort… Nunca compartía sus secretos, ni siquiera con sus fieles súbditos. Aunque logres tu propósito, ¿crees que se sentará aquí y te contará todo lo que sabe? Antes te matará.

Van Garrett sonrió.

―Te guste o no, ahora estás aquí. Y si tratas de huir, te mataré.

Rodolphus se levantó y se encogió de hombros.

―Siempre es mejor que esconderse a esperar a la Muerte. ¿Qué quieres que haga?

―Empezamos a entendernos… Irás al sur, a Nueva Orleans. Te reunirás con Alice Laurie, la líder del aquelarre. Y le pedirás la forma para resucitar a alguien ―de repente, la puerta del despacho se abrió. Una mujer de pelo negro entró ―. Te presento a Linda Grant, una bruja del aquelarre. Te acompañará hasta Nueva Orleans y de vuelta aquí. Para ver si cumples tu cometido y… para adiestrarte.

―¿Adiestrarme?

―Sí. En nuestra forma de realizar la magia. Hay gente que ya viene a por ti, Rodolphus. He sido informado de que Harry Potter llegará pronto a los Estados Unidos. Debes ir un paso por delante ―se levantó y caminó hasta él, hasta tenerle delante y estrecharle la mano ―. Buena suerte.

Al rato, Rodolphus y la tal Linda salieron de la mansión. Él miró a ella y sonrió sarcástico.

―Lo siento, pero… me gusta ir por libre.

Se desapareció y apareció en mitad de una carretera solitaria.

―Lo siento, pero… te guste o no, iré contigo.

Linda era una mujer de mediana estatura, pelo y ojos negros. Tenía una mirada penetrante. A Rodolphus le pareció que habría sido una excelente mortífaga.

―¿Cómo sabes a dónde he ido?

―Un sencillo conjuro de seguimiento, Lestrange. Allá donde vayas, iré yo. Así que te recomiendo que te dejes de gilipolleces y vayas a Nueva Orleans. En el camino te enseñaré aspectos básicos de nuestra magia.

―¿Cómo cuales?

―Telequinesia, piroquinesis, control mental, adivinación…

―Ya puedo hacer todo eso.

Linda movió una mano y atrajo la varita de Rodolphus hacia ella.

―Cierto, pero… ¿Puedes hacerlo sin esto?

Lestrange, incapaz de hacer magia del estilo de Linda, caminó hasta ella, pero Linda se limitó a mover la mano nuevamente. Rodolphus retrocedió unos pasos.

―No es justo…

―Así es como hacemos las cosas aquí. Ya no estás en Inglaterra ―caminó de nuevo hacia ella, pero Linda volvió a mover la mano. Esta vez, Rodolphus cayó al suelo ―. Levántate. Ahora estás en un sitio distinto, aprenderás cómo funcionamos.

Rodolphus se levantó a duras penas. Demasiadas veces le habían hecho volar por los aires.

―Está bien, ¿qué tengo que hacer?

Linda posó la varita sobre su mano abierta.

―Telequinesia. La capacidad para mover los objetos con la mente. Ahora, recupera tu varita. Sin moverte.

Rodolphus se quedó mirando a Linda, hasta que alzó la mano hacia la varita. Un minuto después, la bajó.

―Esto es una estupidez.

―Concéntrate, Lestrange. No querrás mover un piano la primera vez, ¿verdad? Ahora escucha atentamente. La telequinesia es una manifestación de la magia que corre por nuestras venas. Vosotros, los magos ingleses, utilizáis las varitas para canalizar esa magia, mientras que nosotros, principalmente, utilizamos nuestro propio cuerpo. Así pues, no pienses que puedes mover el objeto con tu mente… Simplemente, muévelo.

Rodolphus se concentró nuevamente en la varita. Y esta vez, consiguió moverla, aunque finalmente acabase cayendo al suelo.

―No está mal ―sentenció Linda ―. No está nada mal. No esperaba que volviese a ti a la primera, pero la has movido y eso es lo que importa. Recupérala ―Rodolphus la cogió ―. Nos espera un largo viaje hasta Nueva Orleans. Tendremos tiempo de practicar más la telequinesia… y otras cosas.

―¿Qué más puedo aprender?

―Todo lo que te propongas, Lestrange. Todos los brujos y brujas pueden desarrollar varios poderes, aunque normalmente se centran en un par. Tú y yo nos centraremos en la telequinesia y la piroquinesis. Y, de ser posible, el control mental. Si vas a enfrentarte a esos magos que te persiguen, será mejor que aprendas magia ofensiva.

―Sea así pues ―dijo Lestrange.

―Perfecto, pues. Ahora, debemos viajar a Nueva Orleans y ver a Alice Laurie.

―¿Ella nos dará lo que estoy buscando? ―quiso saber Rodolphus.

―Puede que sí o puede que no. No conozco a Laurie, pero si no nos quiere dar la fórmula… Le obligaremos a ello. Y si no lo conseguimos, siempre están los practicantes de magua vudú de la ciudad. Siempre podemos recurrir a ellos… como último recurso.

――

A los pocos días, Rodolphus y Linda llegaban a Nueva Orleans. La ciudad estaba de celebración. Había gente disfrazada, mucho colorido, música y luces.

―¿Qué es esto?

―Bienvenido a Nueva Orleans, Rodolphus Lestrange. Hemos llegado justo para las celebraciones del Mardi Gras. El Carnaval. La gente sale a la calle, se disfraza… Es el momento ideal del año para que una persona sea quien realmente quiere ser.

―¿Vamos a disfrazarnos y bailar en medio de la calle?

Linda sonrió.

―No, vamos a ir a ver a Alice Laurie.

Abandonaron los festejos que había en el centro de la ciudad y llegaron a una zona residencial, plagada de mansiones. Llamaron a la puerta de una de ellas. Un hombre ataviado con un traje de mayordomo les recibió.

―¿Sí?

―Queremos hablar con Alice Laurie, líder del aquelarre ―dijo Linda.

―¿Quién pregunta por ella?

―Soy Linda Grant, representante del aquelarre de Salem. Tengo derecho a una audiencia con ella.

El hombre les dejó pasar y les guió hasta un despacho, donde esperaron. Al rato, Alice Laurie entró. Era una mujer alta, de pelo castaño y rizado, e iba ataviada con chales. A Rodolphus le recordó a esa adivina que había en Hogwarts y que él conoció en sus años escolares, Sybill Trelawney. Pero Alice Laurie no parecía estar tan loca.

―Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudar a una hermana bruja del aquelarre de Salem?

―Madame Laurie, es un honor estar aquí. Este es Rodolphus Lestrange, un mago inglés. Nos envía mi líder, David Van Garrett ―comentó Linda.

Alice Laurie se sentó.

―¿Van Garrett? Creí que la líder de Salem era Cassandra Monroe.

Linda bajó la cabeza mientras meditaba sus palabras. Aunque David llevaba siendo líder de aquelarre durante un tiempo, se veía que las noticias no llegaban al mismo tiempo a todos los sitios del país.

―Cass Monroe ya no podía hacerse cargo del aquelarre, así que nombró a David su sucesor.

Alice sonrió irónica.

―Era una prueba. Por supuesto, los Cincuenta Mayores conocemos a nuestros iguales. Y Cass es amiga mía. Sé muy bien que David Van Garrett usurpó el puesto de líder. Para mí al menos… No es un líder legítimo.

Rodolphus y Linda se miraron.

―Empezamos bien…

―¿Qué quieren? ―preguntó Alice.

Rodolphus se levantó.

―Quiero la fórmula que tengan para resucitar a un muerto.

Alice miró a Lestrange. Se rió.

―¿Cree que soy idiota? La resurrección es un tema complicado. Sólo los mejores brujos y brujas pueden hacerlo. Y no es un tema banal, la gente que vuelve de la Muerte… No es la misma.

―¿Va a ayudarnos o no? ―quiso saber Rodolphus.

Alice se quedó mirando a Lestrange.

―No, no voy a ayudaros.

Linda se levantó, echa una exhalación. Levantó una mano, pero Alice fue más rápida y, al instante, Linda estaba volando por los aires.

―Fuera de aquí. Los dos.

Rodolphus ayudó a Linda a levantarse y, juntos, abandonaron la mansión.

―Bueno, ¿qué hacemos ahora? ―quiso saber el mortífago.

―Pasamos al plan B.