10
El misterio del Sauce Boxeador

—¡GRYFFINDOR!

Los alumnos aplaudían el triunfo del equipo, a pesar de que la mitad eran novatos, habían jugado como nunca. Inmediatamente, los nombres de James y Dian comenzaron a rondar por los pasillos, junto con las descripciones de sus jugadas. La profesora McGonagall los felicitó, volvía a retomar la confianza en su casa. Slytherin era un equipo muy difícil de derrotar, pero lo habían hecho y extraordinariamente. Los Slytherin no habían soportado la derrota y se habían encerrado en su sala común en un silencio sepulcral. En cambio, en Gryffindor festejaban con cerveza de mantequilla, caramelos y la bandera encantada que todavía emitía breves rugidos. Gryffindor estaba muy cerca de obtener la copa, sólo faltaba enfrentarse a Ravenclaw o Hufflepuff, quien resultara ganador en su propio enfrentamiento.

—¡Estuvo increíble! —exclamaba Peter—. ¡Fabuloso, James! Creí que estabas a punto de caer cuando esa bludger te pasó rozando.

—¡Oye, Roosevelt! —llamó Sirius desde una mesa llena de caramelos—. ¿Quieres más cerveza de mantequilla? ¡Hay demasiada!

—No, Sirius. Estoy satisfecha —decía Dian, mientras reposaba en el sofá grande de la Sala Común.

Verla ahí era gracioso, estaba rodeada de muchachos que habían quedado sorprendidos con sus acrobacias en el aire, los más pequeños, de primer grado, no paraban de preguntarle cómo lograba hacer las piruetas.

—¡Vamos, Dian! —exclamó Sirius abriéndose paso entre los chicos, llevándole un tarro muy grande de cerveza de mantequilla espumosa—. ¡Eres la heroína!

—No… creo que ya he tomado suficiente —decía Dian confundida con todos los chicos a su alrededor.

—¡No, no, no! Lo que quiera la Gran Cazadora —gritó Sirius levantando una mano con el puño cerrado.

—¡La Gran Cazadora! –gritaron unos chicos de primero al unísono.

Dian los miró extrañada y confundida, pero estaban demasiado entusiasmados. Sirius se partió de risa.

—¿Gran Cazadora? —preguntó Dian, divertida.

—¡Lo sabía! No era un buen apodo —exclamó Sirius, llevándose la mano al mentón—. ¿Ustedes qué piensan, chicos? Pongan sus pequeñas mentes a trabajar —dijo Sirius a los chicos que comenzaron a hablar entre ellos—. ¡Lo tengo! ¿Qué te parece… la Ráfaga de Oro?

—Sirius, no quiero un apodo.

—¿Qué dices? —exclamó Sirius, sorprendido—. ¡Pero si eres el ejemplo a seguir de estos niños!

—Y no quiero saber quién los animó —dijo Dian levantándose del sofá.

—Vamos, Ráfaga de Oro —dijo Sirius siguiéndola con la vista—. ¿Me darás regalías por formar tu club de fervientes admiradores?

—Adiós —dijo Dian abriéndose paso gentilmente entre ellos.

—¡Ráfaga de oro! —exclamaron ellos levantando sus puños, viéndola con una gran admiración y respeto.

—¿No quieres la cerveza? —exclamó Sirius, decepcionado.

En el otro extremo de la Sala Común Lily, Remus y Alice se encontraban muy lejos de la escena. James llevaba bolsas de grageas que algunos Hufflepuff le habían dado. Dian se alejó de su grupo de fanáticos y se dirigió hacia Lily con Sirius siguiéndole el paso y apartando a los chiquillos como si fuese un guardia de seguridad.

—Basta, Sirius. Me avergüenzas —le susurró Dian entre dientes.

—Es por tu seguridad, Dian. No querrás que uno de estos chicos te arranque tu rizada cabellera —dijo Sirius cubriéndole la espalda—. Aunque Lupin lo haría mejor que yo, de eso no hay duda.

—Ehm… yo iré por más jugo de calabaza, ¿alguno de ustedes quiere? —dijo Remus apresurado.

—Todos —sonrió James mirando la expresión de la cara de cada uno.

—Está bien —dijo Remus y salió rápidamente hacia la mesa central.

—Sirius… –lo llamó Dian.

—A sus órdenes —dijo Sirius imitando la posición de un soldado.

—Ya que eres tan servicial conmigo, ¿por qué no le ayudas a Lupin con las bebidas?

—¡Ah, no! —exclamó Sirius—. Como presidente y autor intelectual de tu club de admiradores estoy encargado de servirte pero…

Sirius de mala gana fue hacia la mesa donde Remus servía las bebidas. Lo notó nervioso.

—Lupin, no te molestes, son sólo bromas —decía Sirius ayudándole con las bebidas.

—No estoy molesto —dijo Remus con un hilo de voz viendo el atardecer por la ventana principal de la sala.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sirius con un leve tono de preocupación.

—Sirius, tengo que salir—contestó Remus, lívido.

—¿Qué pasa? —preguntó Sirius seriamente.

—La Luna —señaló Remus.

De inmediato Sirius soltó el vaso que sostenía, Remus echó a correr, podía sentir esa extraña sensación en el cuerpo. Abrió el retrato de la señora gorda con las manos temblorosas. Sirius lo siguió con el mismo paso acelerado. En la Sala Común se dieron cuenta, inevitablemente.

—Miren qué buen asistente resultó ser Black —exclamó Dian con ironía—. ¿A dónde va?

—Sirius perseguía a Remus —dijo James extrañado.

—Bueno alguien tendrá que ir por las bebidas —dijo Alice mientras se levantaba de su asiento.

—Yo te acompaño —dijo Lily.

—Ya qué… —refunfuñó Dian, levantándose con ellas.

James iba a decir que él lo haría por ella, pero de pronto vio la Luna llena que salía poco a poco en el cielo de la tarde. Fue corriendo hacia el dormitorio, tomó la capa de invisibilidad de su baúl y la guardó en la bolsa izquierda de su pantalón. Peter aguardaba temeroso en la sala, él también había visto la luna. James llegó corriendo a su encuentro.

—¡Ahora regresamos! —dijo James a Dian, tomando frenéticamente a Peter por la túnica.

—¿Qué les sucede? —preguntó Dian, confundida, volvía con un par de bebidas en ambas manos.

Pero James y Peter ya estaban fuera de la sala común. Lily y Alice se dieron cuenta.

—¿Dijeron adónde iban? —preguntó Lily con ligera preocupación.

—No tengo idea —contestó Dian encogiéndose de hombros.

Sirius llegó a trompicones al vestíbulo. Remus tenía que ir a la enfermería con la señora Pomfrey, ella se encargaba de llevarlo hasta el sauce boxeador para su transformación. Sirius tuvo que esperar, en alguna parte de los terrenos del colegio, escondido.

—¡Remus! —exclamó la señora Pomfrey, bastante preocupada—. Casi llegas tarde, ¡mírate! ¡Vamos, no hay tiempo que perder!

—Lo s-siento mucho —dijo Remus agitado.

La señora Pomfrey corrió con él hacia el bosque prohibido. Se dirigieron al enorme sauce boxeador por el cual Remus se escapaba cada noche de Luna llena. La señora Pomfrey utilizó un encantamiento para dejar inmóvil el árbol y Remus entró por un orificio que estaba debajo cerca de la raíz. La señora Pomfrey se alejó inmediatamente de ahí, aliviada: si hubiesen llegado unos minutos más tarde Remus habría quedado a la deriva de todos.

Cuando la señora Pomfrey entró de vuelta al castillo, Sirius salió de su escondite cerca del campo del quidditch. Iba a comenzar a correr hacia el sauce para luego transformarse en perro, cuando una voz se escuchó tras él.

—¿Jugando a las escondidas, Black? —preguntó Severus Snape que cruzaba a zancadas el campo.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Sirius a la defensiva.

—¿Acaso te sorprendí en algo? —preguntó Severus con sarcasmo.

—¿Por qué no metes tu narizota en tus propios asuntos, Snape? —dijo Sirius, mosqueado.

—Vamos Black, ¿cuál es el gran misterio?, ¿por qué Lupin va cada noche de luna llena al sauce?

—Vete de aquí si no quieres que… —comenzó Sirius, pero Severus lo interrumpió.

— Si no… ¿qué? —preguntó con cara de malicia.

En ese momento Snape sacó la varita e iluminó su paso, Sirius temía lo peor. Se quedó unos segundos pensando, Snape se aproximaba, el sauce daba de golpes contra sus propias ramas.

—¡Espera! —gritó Sirius detrás de Severus—. ¿Has visto alguna vez a Remus?

—Hoy lo haré, Black —dijo Severus con una mirada fría, su nariz resaltaba en las sombras—. Todo este tiempo lo he estado observando, será muy divertido ver cómo expulsan a su querido amigo Lupin de Hogwarts. Después de todo, no puede ser normal…

—Tienes que tocar el nudo del sauce —dijo Sirius, sin inmutarse.

—¿Qué? –exclamó Severus sin comprender.

—¿Quieres descubrir a Remus? Esa es la forma: ve al sauce y dale de lleno al centro del nudo del tronco. Remus estará muy contento de verte —dijo Sirius con una sonrisa amplia.

—Bien hecho, Black —dijo Severus con una voz grave—. No sólo he estado espiando a Lupin, si no también he hallado la forma en que puedo acabarlo.

—Vamos, Quejicus —animó Sirius—. Ve y rétalo. Aquí esperaré.

La peor forma de hacer enojar a Severus Snape era subestimarlo. Sirius se cruzó de brazos, como esperando un espectáculo. Se le había ocurrido la peor forma de vengarse de Snape. Éste, con paso firme, se acercó al sauce. Con un hechizo cortó la rama más larga de otro árbol y la sujetó frente a las ramas golpeadoras del sauce que se agitaba con el aire, su forma amenazante no le importó, estaba decidido en acabar con la reputación de los Gryffindor.

—Aquí se acabó todo —dijo Severus para sí mismo, sonriendo.

De pronto, Severus encajó la rama en el nudo del sauce, o al menos eso era lo que creía: alzó la vista y se percató de que el sauce alzaba sus enormes y golpeadoras ramas en dirección a él. Quiso correr, pero la rama había quedado atorada en su túnica, sólo podía agacharse cada vez que el sauce trataba de golpearlo, pero no pensaba resistir mucho.

—¡Sujétate, Severus! —gritó la voz de un chico.

Snape seguía atascado, giró hacia la corteza y vio la gran dentadura de un lobo feroz, pero no pudo hacer nada, fue arrojado por una rama del sauce hacia la copa del árbol, su cuerpo débil se mecía entre las hojas; el sauce parecía estar furioso. Snape no hacía nada más que aferrarse y cerrar los ojos y sólo pudo escuchar algunas palabras, algunos hechizos. De pronto, sintió que una mano lo sostenía fuertemente por la capa y era atraído hacia una escoba. Severus abrió los ojos y se encontró con el cabello revuelto y las gafas de James Potter. James esquivó las ramas golpeadoras y voló con destreza entre ellas. Severus se sujetaba de la capa de James. Tenía miedo, temblaba. En unos instantes ya no sentía el frío viento correr por su túnica, ni los arañazos de las puntitas de las ramas.

James dejó a Severus sobre la mata, jadiando de terror. Sirius sonreía, triunfante, con los brazos cruzados.

—¿Disfrutaste del vuelo, Quejicus? —preguntó Sirius, burlón—. Fue espectacular desde aquí.

—No es gracioso, Sirius —reprimió James.

Severus permanecía tumbado en el pasto, estaba avergonzado, pero el odio hacia Sirius y James se había vuelto más profundo. Se sentía humillado. Peter Pettigrew también estaba ahí con la capa invisible oculta en su bolsillo. James, contrario a Sirius, no estaba divertido.

—Hay que regresar, Peter —dijo James con voz recelosa—. No perjudiquemos más a Remus.

—¿Qué dices, Potter? —exclamó Sirius volviéndose hacia ellos—. ¿Qué acaso no odias a este patán tanto como yo?

—Estuvo a punto de morir —dijo James a regañadientes.

—¡Por favor! —bufó Sirius con incredulidad—. No iba a morir.

—Lamento no reírme esta vez, Sirius —dijo James sosteniendo la capa invisible contra su pecho.

—¡Quería hacerle daño a Remus! –gritó Sirius muy enfadado.

—¡Nos meterás en grandes problemas! —respondió James, con el mismo tono—. ¡Remus jamás te habría pedido que mataras a alguien para ayudarlo!

—Buenas noches —saludó la voz incisiva de una mujer.

La profesora McGonagall, Hagrid y la señora Pomfrey los miraron tajantes, llevaron a Sirius, James, Peter y Severus al castillo. Los condujeron al despacho del director. Hagrid sostenía la escoba de James. Se notaba decepcionado. La profesora McGonagall cargaba con las varitas de todos y encabezaba la fila con paso firme. La señora Pomfrey había echado un vistazo a los chicos, para corroborar que estaban en perfectas condiciones, miró a Severus y observó que sólo tenía algunos rasguños en la cara.

—Tuviste suerte, chico —dijo la enfermera de mala gana.

La profesora McGonagall dijo la clave a la gárgola que estaba al pie de la entrada, y ésta le abrió paso con unas escaleras muy pequeñas y apretujadas que subían al despacho de Dumbledore. Detrás de la puerta de caoba, el director los esperaba.