11
El regaño del director
Sirius se acomodó el cabello, como cada vez que lo hacía cuando estaba nervioso. Peter sudaba a chorros, imaginaba que los enviarían a Azkaban, sin embargo, ocultaba celosamente la capa de invisibilidad de James, pues éste se la había confiado. Severus no decía una sola palabra. La profesora McGonagall permanecía detrás de ellos, con una mirada asesina. Hagrid estaba de pie cerca de la puerta, aún llevaba la escoba de James.
—Y bien Poppy, ¿qué diagnosticas en el señor Snape? —preguntó Albus Dumbledore sentado en su sillón escarlata.
—¡Oh, nada! —exclamó la señora Pomfrey, como si hubiese espantado una mosca—. No es nada, Albus. No hay heridas, ni torceduras, ni fracturas.
—¡Perfecto! —exclamó Albus, mientras se levantaba del asiento—. Ahora, Hagrid, será mejor que lleves la escoba de James a su dormitorio.
Eso parecía ser el fin, James estaba segurísimo de que sus cosas estarían empacadas para regresar a casa. Sería expulsado y sólo aguardaba el momento en que Albus Dumbledore lo dijera.
—Profesora McGonagall, entréguele las varitas de estos muchachos a Hagrid.
Imaginaron lo peor: Hagrid haría añicos las varitas.
—Si me disculpa, profesor —interrumpió la enfermera—, yo debo irme… ya sabe, tendré que preparar una poción especial.
—Gracias Poppy —dijo Albus, mientras miraba por la ventana.
Hagrid, McGonagall y la señora Pomfrey salieron del despacho, y sólo quedaron los chicos, sentados, esperando el terrible final.
—Tienen suerte de que hoy hace una estupenda Luna llena —dijo Dumbledore, suspirando a través de la ventana —hizo un largo silencio y continuó—. Remus John Lupin no está incapacitado para estudiar en Hogwarts. A decir verdad, sus registros muestran un excelente rendimiento académico.
—Profesor, yo no quería hacer nada de esto. Pero ellos me obligaron y… —interrumpió Severus, su voz sonaba como si estuviese a punto de llorar.
—¿Te obligamos? —exclamó Sirius, furioso sin poder creer las palabras de Severus.
James pensaba que Dumbledore se pondría furioso por esa repentina interrupción de Sirius, pero no lo hizo, permaneció en silencio, mientras Sirius seguía gritoneando.
—Cállate, Black —susurró Snape, con el rostro rojizo.
—¡Anda, dilo! ¡Di más mentiras! ¿Por qué siempre eres tan cobarde? ¡Admite que tuviste la culpa!
—Bien, Sirius —se levantó Dumbledore, llegó hasta él y le colocó una mano en el hombro—. Creo que te sientes mejor, ahora ve a tu dormitorio. No cuentes a nadie lo que pasó, tu sala común debe estar llena, pero no digas nada a nadie, ¿entendido?
—Pero profesor, yo… —comenzó Sirius.
—Tú sabes lo que ocurre con Remus, ahora ve a tu dormitorio —dijo Albus con una mirada que tranquilizó al muchacho.
Sirius se levantó y fue hacia la puerta, no sin antes mirar a Severus que seguía con la mirada cabizbaja. Peter era incapaz de hablar así que se limitó a seguir temblando. Sirius cerró la puerta tras de sí y el director se dirigió a los tres muchachos.
—Ahora, Peter —dijo Albus sonriendo—. Ve a la enfermería y dile a la señora Pomfrey que necesitas una poción tranquilizante. Dormirás esta noche ahí. Por la mañana sigue las mismas indicaciones que di a Sirius —Peter se levantó con una mirada nerviosa—. Estarás bien. Recuerda: nada a nadie.
El chico salió con paso apresurado y torpe, ya sólo quedaban James y Severus y el director se volvió a pasear tranquilamente por la habitación. James tenía las gafas desacomodadas y el cabello más enmarañado que de costumbre. Por su parte, Severus seguía lívido.
—Creo que Sirius habló por todos ustedes, James —dijo Albus de pronto, parándose frente a los dos chicos—. Así que todo lo que dijo se quedará sólo en esta habitación, en los muros de Hogwarts no debe haber ni un solo rumor, ¿entendido, Severus? —se dirigió tranquilamente a él.
Snape asintió y Dumbledore volvió a tomar asiento, parecía muy relajado.
—Hace cinco años —comenzó Albus—, cuando Remus recibió su carta para venir a Hogwarts, sus padres vinieron personalmente a hablar conmigo. Primero rechazaron la solicitud, creían que él no podía estudiar aquí por su condición de licántropo. Me sorprendí mucho, pero por el mismo motivo rogué a los Lupin que Remus se quedara en el colegio y que le permitieran vivir estos años escolares como cualquier otro chico —Albus miraba a James, ya que Snape seguía agachado—. Les aseguré que tomaríamos todas las medidas posibles. Asumí la responsabilidad de vigilar sus pasos y de las personas con quienes se relacionara. Así fue como llegó el Sauce Boxeador a los campos del colegio. La más discreta y segura guarida donde el chico podría refugiarse en Luna llena.
James siempre había pensado que el sauce se había plantado muchos años atrás y que Remus sólo lo utilizaba como refugio.
—Pensamos que no habría ninguna persona interesada en arriesgar su vida como para acercarse al sauce —continuó Albus mirando fijamente a Snape—. Hasta esta noche.
—Profesor… —comenzó James.
—Permíteme un momento, James —dijo Albus con amabilidad—. Primero, quiero dejar claros varios puntos. Como el hecho de que los amigos de Remus estuvieran cerca del lugar de los acontecimientos. Comprendo que son leales a él, pero Remus pierde el control de su personalidad cada vez que se transforma y no recuerda quiénes son sus amigos y quiénes son sus enemigos.
¡Eso era maravilloso! Albus no sabía que los muchachos podían convertirse en animagos. James se sintió aliviado.
—Severus, sé que en el colegio siempre existen rivalidades. Pero nunca había conocido a un estudiante tan obsesionado como para querer arriesgar su vida —dijo Albus, con la mirada profunda—. Comprenderás que como director, estoy a cargo de todos los alumnos del colegio. Son mi responsabilidad y como tal, sostengo que hay riesgos en Hogwarts, pero cada año establezco normas —Dumbledore fue directo a Severus y posó una mano sobre su hombro—. No quiero que se vuelva a repetir. Sé que ahora no comprendes, sé que debes estar furioso por todo lo ocurrido esta noche. Pero disfruta tu estadía en Hogwarts, después de todo faltan dos años para que enfrenten a la verdadera vida difícil de un mago.
Albus se volvió a James. Él permanecía callado y con la mirada fija en la chimenea de Albus, la cual alumbraba débilmente el despacho.
—James, desde ahora tú y Severus tienen una conexión —dijo Albus, al instante los chicos se miraron—. Cuando un mago le debe la vida a otro, es un lazo muy importante el que se forja entre ellos. Pero por ahora, sólo te resta darle las gracias a James, Severus. Y quedarás en deuda hasta que costees el favor de salvar tu vida —Snape posó sus fríos ojos en James, sin poder creer lo que el director decía.
Albus miró su reloj de arena. Después echó un último vistazo a los muchachos.
—Bien, Severus —dijo Albus—. Supongo que deberás por lo menos musitar esas palabras, se hace noche y deben dormir.
Snape miró a James de reojo.
—Gracias. Te lo pagaré —dijo Snape de mala gana y salió rápidamente del despacho.
Dumbledore esbozó una sonrisa, James también se levantó. El sólo pensamiento que Snape le debía algo lo hacía sentirse extraño.
—Profesor, ¿Remus estará bien?
— Mientras ustedes sigan guardando este secreto. No intenten pasearse con Remus cuando haya peligro de Luna llena. Él no se sentiría nada bien lastimando a sus amigos sólo por tener aventuras disparatadas.
—Sí, profesor —dijo James—. ¿Y… habrá… castigo?
—Cartas —dijo Albus sonriendo—. A sus padres. Claro que a excepción de todos quienes estuvimos en el despacho, creerán que el castigo será por merodear en el bosque prohibido. Ahora a dormir, James.
…
—Casi lo hice…
—No fue tu culpa. Quejicus se lo buscó.
Los chicos habían salido temprano por la mañana hacia la Casa de los Gritos, transformados como animagos. Peter seguía en la enfermería, pero James y Sirius salieron de la sala común en cuanto amaneció. Habían dormido poco. Encontraron a Remus cabizbajo, escondido sobre sus rodillas, como resguardándose de todo cuanto pasara a su lado. Tenía la cara demacrada y llena de rasguños. Sin sus amigos, la noche había sido muy pesada, no había ninguna presencia con la cual convivir, su angustia había vuelto y nuevamente se había lastimado a sí mismo, como en los inicios.
—No debería seguir en Hogwarts —dijo Remus de pronto.
—¡No digas eso! —exclamó Sirius, indignado—. ¡Ese pelo grasiento ya tiene su merecido!
—No te preocupes, Remus —dijo James—. Él no volverá a molestarnos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Remus con un hilo de voz, parecía un niño indefenso.
—Simplemente lo sé —contestó James, sonriendo.
…
Desde que se había levantado, Dian no paró de firmar pergaminos, banderas y bufandas de los chicos de la torre Gryffindor. Todo mundo la apodaba la Ráfaga de Oro, eso se lo debía a Sirius. Por lo menos unos quince muchachos se habían acercado pidiéndole una firma. Desayunaba en el Gran Comedor con Lily, pero no había señas de los tres. Y Peter, que estaba cabizbajo en otro extremo de la mesa, ya había sido interrogado por ellas y no habían obtenido muchas respuestas.
—Deben estar planeando alguna otra barbaridad —dijo Lily, mientras comía tostada—. Pero qué raro que no te hayan dicho nada.
—En eso tienes razón —respondió Dian, mientras unos chicos Hufflepuff la saludaban desde lejos. Ella ni siquiera los conocía.
—¡Adivinen! —exclamó Alice, apareciendo de pronto en la mesa, con ojos brillantes.
—¿Qué pasa? —preguntó Dian, entretenida con unos panqueques.
—¡Frank Longbotton me ha invitado a salir! —exclamó Alice, aplaudiendo ligeramente.
—¿En serio? —preguntó Lily, sorprendida.
—¿El prefecto? —intervino Dian mientras comía un pedazo de panqueque y era interrumpida por un alumno de Ravenclaw. El muchacho le pidió una firma en su mochila.
—¡Me invitó a Hogsmeade! —exclamó Alice.
Lily y Dian dejaron de pensar en el grupo ausente. Se enfrascaron en la conversación de Alice, igual que cualquier chica de quince años.
La campanilla sonó, tenían Transformaciones a primera hora. Remus, James y Sirius llegaron antes que nadie al aula de McGonagall.
—Buenos días —saludó la profesora.
—Buenos días, profesora —respondieron al unísono.
—Abran sus libros, merodeadores.
