13
Los galeones

Los meses pasaron rápidamente, pronto se acercaban los exámenes finales, los famosos TIMOS. Todos los alumnos de quinto año se esforzaban por estudiar y así obtener buenas puntuaciones. A finales del mes de abril, cuando los exámenes estaban muy cerca, El grupo se encontraba estudiando en la sala común. Los nervios los invadían y pasaban tardes enteras repasando las lecciones.

—No, no, no, Sirius —decía James, cansadamente—. Lo que tienes que hacer es colocar el mapa al revés, después marcar los puntos que hay entre…

—¡Es inútil, James! —exclamó Sirius, alborotándose el sedoso pelo—. No podré aprobar Adivinación, todo el año estuve platicando contigo.

—Les dije que después lo lamentarían —dijo Remus, sin alzar la vista de un libro de Aritmancia.

—No es tan difícil, Sirius —decía Lily, observando su mapa estelar—. Sólo busca las coordenadas.

—Si tan sólo supiera de qué diablos hablas —dijo Sirius, fastidiado.

—No serás el único que repruebe—decía Peter, mirando su mapa con confusión, estoy seguro de que no conseguiré ni un solo TIMO.

—Qué consuelo —susurró Sirius.

Dian entró en la sala común con la escoba en la mano, parecía confundida. Llegó con paso apresurado hacia donde estaban los demás estudiando.

—¡James! —exclamó Dian, arrebatadamente—. ¿Qué demonios haces aquí?

—Estudio —respondió James, encogiéndose de hombros.

—¿Estudias!? —repitió Dian, molesta—. ¿Tienes idea de qué hora es? ¡Despierta! —exclamó Dian, a punto de lanzarle la escoba—. ¡Tenemos práctica de quidditch! ¡Te hemos estado buscando por todos lados!

—¡Qué! —exclamó James, levantándose frenéticamente—. ¡Lo olvidé!

—¡Hemos perdido tiempo buscándote y Wood está como loco! —dijo Dian, dando media vuelta y saliendo furiosa por el retrato de la Dama Gorda.

—Lo siento, Sirius —se disculpó James, mientras se acomodaba las gafas—. Estudiaremos más tarde.

—Ni que lo digas —dijo Sirius, desganado.

—¡Accio escoba! —dijo James y su escoba llegó hasta sus manos.

Sirius recogió su mapa y libros de Adivinación, Lily se dirigió al dormitorio de chicas, estaba exhausta de las largas horas de estudio, quería descansar un momento. Mientras que Peter seguía sumido en la confusión de las estrellas y planetas.

—Ya cambia de cara, Lunático —dijo Sirius, codeándolo—. Pensé que se te saldría el corazón cuando ella llegó.

—¿Eh?, ¿qué? —preguntó Remus, nervioso.

—¿Lo ves? —dijo Sirius, con picardía—. Tus ojos brillan más que las tontas estrellas del mapa.

—No sé de qué hablas—dijo Remus, volviendo la vista al libro de Aritmancia.

—No intentes hacerte el desentendido conmigo —le dijo Sirius, con malicia—. Sé perfectamente qué pasa por tu mente cuando la ves. No te culpo.

—Dian es mi amiga —dijo Remus, con el ceño fruncido.

—Sí, claro —dijo Sirius, sonriendo irónico—. Amigos…

—Te has vuelto loco —dijo Remus, perturbado.

—Vamos, admítelo —dijo Sirius, sonriendo—. ¿A que es linda, no? Además, fueron al baile juntos y ambos lo pasaron bien.

—Pero eso no significa nada —dijo Remus, a la defensiva.

—Pues significa mucho, como el que estás enamorado de ella —dijo Sirius, codeándolo.

—¿Qué? —exclamó Remus, incrédulo—. ¡Por supuesto que no!

—Por supuesto que sí. No falta mucho para que te vea detrás de ella. Dian y Remus, sentados en un árbol… tomados de la mano… besándose —sonrió Sirius malicioso.

—¡Shhh! —exclamó Remus, temiendo que alguien de la sala los escuchara.

—Sí, así se comienza —siguió Sirius, con tono de experiencia—. Primero es el noviazgo, cuando menos te des cuenta el matrimonio… vienen los hijos… imagínate un montón de pequeñas niñas con cabelleras rizadas dándote órdenes todo el día…

—No me causa gracia —musitó Remus, volviendo a su lectura.

—Ya verás, Lunático —dijo Sirius, riendo—. Pronto Roosevelt te tendrá dominado —suspiró—. ¡Ay, el amor, el amor! Nos vemos, tórtolo —salió rápidamente antes que Remus le lanzara un puntapié.

Una hora después, en los vestidores del campo de quidditch, los jugadores Gryffindor estaban reunidos con su capitán, Oswald Wood, quien dirigía unas palabras aburridísimas y tediosas. El entrenamiento ya había terminado, Wood tuvo que pararlo en cuanto comenzó a llover. James, lleno de lodo, estaba exhausto. Dian, recargada sobre el palo de su escoba, luchaba por no quedarse dormida, también llevaba el uniforme de quidditch enlodado y el cabello hecho un lío.

—Así como los Hufflepuff vencieron a Ravenclaw, podría pasar con nosotros —decía Wood, que con la idea se estremecía—, si no tenemos cuidado con las jugadas rápidas. Debemos ser un equipo resistente, sólido como acero. Trabajaremos en conjunto, si uno cae, caemos todos, es por eso que procuraremos hacer el mejor esfuerzo. Si el enemigo nos ataca, sólo debemos resistir. El rendimiento en el campo debe ser al cien por ciento, mientras más…

—Mientras más hable me dormiré —masculló Dian a James.

—¿Es necesario que escuchemos esto? —preguntó James, con la voz baja y aburrida.

—Lo mismo digo —dijo Dian, bostezando—. Pero temo que Wood entre en colapso nervioso si me pierdo de esta ceremonial conferencia.

—Quiero dormir, mañana tenemos examen de Adivinación —dijo James, cansado.

—Adivino que voy a reprobar —dijo Dian, con tedio.

Al final de veinte minutos de la entretenida conversación de Oswald Wood, pudieron irse. James llevaba casi a arrastras a Dian, estaba cansadísima y sentía que las piernas no le respondían. Con mucho trabajo llegaron al retrato de la Dama Gorda. La sala común estaba vacía y Dian subió con dificultad al dormitorio de chicas. James esperaba encontrarse con Sirius, pero no estaba ahí, así que también fue a dormir. Dian llena de barro se cambió por el pijama y luego se tumbó sobre su cama, incapaz de decir más de dos palabras. Lily se acercó a ella con una sonrisa.

—¿Cómo les fue en el entrenamiento? —preguntó la pelirroja, pero Dian no respondía.

Alice entró en la recámara y saludó a Lily. Comenzaron a conversar, Alice contó de su cita con Frank Longbottom.

—¿Y tú sales con James? —preguntó Alice a Lily.

—¿Yo? —se sorprendió Lily.

—Vale, se nota que se gustan —dijo Alice, riendo.

—Bueno, Potter ha cambiado, pero… —decía Lily—. Dian dice que es distinto ahora, ¿verdad? —se dirigió a Dian quien susurró lo que parecía ser un "sí".

—Vaya, tú y James hacen linda pareja, sin duda —dijo Alice, maravillada.

—Eh…

—¡Con todo esto no podremos dormir! —exclamó Alice, con entusiasmo.

—Bueno, Dian será la excepción —dijo Lily, mirándola divertida.

—Lástima, yo quería saber sobre Remus y ella —rio Alice.

—Ni dormida lo admitiría…

Soltaron una carcajada pero Dian estaba profundamente dormida y no podía escucharlas.

A finales de mayo, los chicos entregaron una cantidad enorme de trabajos y deberes. Al igual que los TIMOS que los traían de cabeza, habían presentado casi todos. Ya sólo quedaban unas semanas para terminar el ciclo escolar y estarían a punto de regresar a casa, con sus familias y esperar a que el próximo año llegara. Unos días antes de las vacaciones de verano, disfrutaban del aire libre en los campos del castillo. Lily y Dian estaban debajo de un árbol, cerca del lago, leyendo algunos libros. Sirius llegó corriendo hacia ellas, traía una bolsita llena de algo que sonaba como monedas. Se sentó al lado de las chicas, feliz.

—¿Qué traes ahí, Black? —preguntó Dian, curiosa.

—Si no anotas por lo menos cincuenta puntos, te arrepentirás —dijo Sirius, abriendo la bolsita y efectivamente tenía monedas dentro, eran puñados de knuts, sickles y lo que parecían ser tres galeones.

—¿Has estado haciendo apuestas? —preguntó Lily, con desaprobación.

—Cuarenta knuts, cincuenta sickles y un galeón a que Dian anota diez goles o más —contestó Sirius, entusiasmado.

—¡Estás loco! —exclamó Dian, incrédula—. ¿Qué te hace suponer que yo jugaré el sábado?

—Tienes que jugar —respondió Sirius, confundido—. Prácticamente eres la estrella.

—Deja eso, Black —dijo Dian, con indignación.

—Tranquilízate —respondió Sirius, mirando las monedas relucientes de la bolsita—. Tómalo de la mejor manera: hay gente que está fascinada con tus jugadas. Es más, tu club de admiradores me ha dado un galeón por ese lance especial que hiciste en el último tiempo. Tienes que volver a hacerlo.

—¡No! —gritó Dian, enfadada.

—Será mejor que devuelvas ese dinero —dijo Lily, mirando a Dian asustada.

—Mira, Dian, no te molestes… es una fortuna que tengas tantos admiradores —dijo Sirius, resuelto—. También hice apuestas con James, me han dado más o menos la cantidad que pagan por ti, pero él en cambio no se enojó.

—¡Porque es un lunático como tú! —exclamó Dian, fuera de control

—¿Me llamaban? —preguntó Remus con inocencia, acercándose con Frank Longbotton.

—No, tú no —dijo Dian, enfadada—. ¡Así que soluciona esto cuanto antes, Black!

—No puedo —se disculpó Sirius—. Es muy tarde... Ya he gastado un poco.

—¿Sabes lo que te va a pasar por apostar a mis espaldas? —dijo Dian, amenazadoramente. En ese momento, James Potter se acercó con otra bolsita parecida a la de Sirius.

—¿Qué sucede? —preguntó James, agitando más monedas.

—¡Genial! —exclamó Sirius, contento—. ¡Más apuestas! ¡Potter eres una minita de oro! Igual que Dian, aunque se resista.

—Olvídalo —dijo Dian, levantándose frenéticamente—. Porque no jugaré.

—Vamos Dian—rogó Sirius—. ¿Te gustaría tener parte del dinero?, ¿qué dices? Te daré un porcentaje… un alto porcentaje.

—¿Quién crees que soy? —preguntó Dian, incrédula.

—No, no, no… lo que quiero decir es que… —dijo Sirius, pero Dian dio media vuelta y se fue furiosa.

Todos miraron a Sirius con el ceño fruncido. James le entregó las monedas.

—Creo que de verdad la hiciste enojar —dijo preocupado.

—¡Por favor! —bufó Sirius—. Ella tiene que jugar, Oswald no le permitirá faltar. No tiene ningún reemplazo… ¿o sí?

Horas más tarde, Sirius tenía tres costalitos repletos de dinero. James pulía su escoba, mientras que Remus y Lily estudiaban para el examen de Aritmancia; eran los únicos que tomaban esa asignatura y por lo tanto se hacía más difícil concentrarse mientras los demás estaban en sus asuntos. Peter había regresado del examen de Estudios Muggles y no parecía muy contento. Sin embargo, Dian se había ausentado todo ese tiempo. Sirius comenzaba a pensar que quizá estaba en problemas, pues ya había utilizado una parte del dinero para hacer un pedido de bombas fétidas. Incluso, James también había hecho uso de ese dinero. Aunque no lo admitía, Sirius estaba preocupado, tanto que cuando nadie lo vio, averiguó a través del Mapa del Merodeador (que habían creado semanas antes) dónde se encontraba Dian. La motita con su nombre aparecía en el campo de quidditch. Respiró aliviado, pues supuso que estaría entrenando o practicando algunas jugadas especiales. Pero en ese mismo momento, entró Oswald Wood, el capitán del equipo, con una cara de preocupación, parecía que había visto un fantasma. Se sentó en el sofá grande de la sala común, mientras que John, el otro cazador del equipo le daba aire abanicando su mano.

—¿Qué sucede? —preguntó Lily, preocupada, acercándose a Oswald.

—D-d-d… esa chica —dijo Oswald muy pálido.

—Fue Dian —contestó John por él.

—¿Qué? —exclamó James, asustado. Remus agudizaba el oído desde otra ala de la sala común, Sirius que estaba a su lado contenía la respiración.

—Ha sido lo más horrible de mi vida —dijo Oswald con voz trágica—. ¡No jugará el sábado!

—¡QUÉ! —gritó Sirius desde su lugar, se aproximó preocupado hacia Oswald, rogando que hubiese escuchado mal—. ¡Ella no puede hacer eso!

—Sí puede —dijo Oswald con la voz cortada—. Con el permiso de McGonagall, la profesora ha firmado la renuncia de Dian al equipo… se fue… la más rápida… ¿cómo pudo suceder?

Algunos chicos de primer año escucharon lo que decía Oswald, se acercaron para oír mejor. Sirius los miró horrorizado, todo ese dinero estaba prácticamente en la basura.

—¡Sirius! –exclamó Lily, enojada.

—Perderemos… —masculló James.

Todos los estudiantes lanzaron miradas asesinas a Sirius. En el último partido, Gryffindor estaba a un paso de la copa de quidditch, era mal momento para que Dian renunciara.

—Al menos tenemos a James… —dijo Sirius y todos se abalanzaron sobre él.

Entrada la noche, regresaron de la cena, nadie había visto a Dian, así que Lily subió al dormitorio de chicas. Alice bajaba las escaleras de caracol hacia la sala.

—Alice, ¿has visto a Dian Roosevelt? —preguntó Sirius a la chica.

—Sí, está durmiendo —respondió Alice.

—¿Durmiendo? —preguntó Sirius, incrédulo—. ¡Estamos al borde del fin del mundo y ella durmiendo!

—En realidad, fue tu culpa —dijo Remus, como si no pasara nada.

Sirius lo miró de soslayo, enfadado, ya sabía que era su culpa. Estuvo a punto de ponerse a la defensiva con Remus, pero de pronto fue como si una luz se posara sobre la cabeza del muchacho castaño.

—Tú… —dijo Sirius estupefacto—. ¡Eres mi salvación!

—¿Qué? —inquirió Remus, confundido.

—¡Lunático! —exclamó Sirius sobre él—. Tienes que convencer a Dian de que vuelva al equipo. Sólo tú podrás.

—¿Yo? –exclamó Remus, sin entender—. ¿Por qué yo?

—¡Está claro! —dijo Sirius, esperanzado—. Dian no echará por la borda tus súplicas. Aunque sea muy difícil de convencer a ti no se te resistirá.

—¿Qué quieres con 'resistirá'? —preguntó Remus y Sirius sonrió maliciosamente.

Dian pensaba que le había dado una buena lección a Sirius, y al día siguiente cuando se dirigía al aula de Defensa contra las Artes Oscuras, para presentar el TIMO, Remus se cruzó en su camino. Se veía distinto, se había peinado como en el baile de primavera, tenía la corbata de Gryffindor perfectamente arreglada y llevaba una flor en la mano.

—Hola —saludó Remus, sonriente. Dian se extrañó, pero también le sonrió.

—Hola, Lupin, ¿estudiaste para el TIMO? —preguntó Dian, caminando a su lado.

—Ah, sí claro… —dijo Remus distraído, de pronto le extendió la flor que llevaba en la mano—. Para ti.

—¿Para mí? —preguntó Dian extrañada—. Gracias, pero, ¿a qué se debe?

—Bueno —se sonrojó Remus—, es para desearte suerte en el partido.

—Ah… Gracias —respondió Dian, no sabía qué más decir, se quedó muda mirando a Remus—. Bueno, vamos al examen.

Remus sonrió. Dian se sentía muy torpe. Ambos caminaron por el pasillo en completo silencio. Remus, a su lado, sonreía nervioso. Cuando llegaron al aula vieron a todos sentados por separado; la primera parte del examen sería teórica y la segunda práctica. Dian se despidió de Remus con una sonrisa, él le contestó de la misma manera y se apartaron para presentar el examen. Ninguno de los dos se había percatado de que Sirius los miraba satisfactoriamente desde su lugar.

El profesor Flitwick era el encargado de hacer la guardia durante el examen teórico. Así que comenzaron. Peter parecía muy apurado, demasiado tenso. James en cambio contestaba las preguntas con mucha confianza. La clase de Defensa contra las Artes Oscuras no era tan mala, siempre había algo de interesante. Lily era buena para los encantamientos y estaba segura de que en el examen práctico le iría muy bien. Para Remus, las Artes Oscuras era su clase favorita y era bastante bueno, así que daba por hecho que sus puntuaciones serían altas.

Sorprendentemente, en un tiempo récord, Dian terminó su examen, con todas las respuestas llenas, sin dejar espacio y en letras muy pequeñas. El profesor Flitwick sonrió satisfecho cuando Dian le entregó la prueba y después la hizo pasar a un aula más grande, donde harían la práctica. Poco a poco, otros estudiantes fueron alcanzando a Dian, hasta que finalmente el grupo estaba completo. Los de Slytherin también estaban ahí y por supuesto Severus Snape, quien desde el incidente del Sauce Boxeador no se acercaba en lo absoluto a Lily. Al aula de práctica entraron unos funcionarios del Ministerio de Magia, quienes eran los encargados de hacerles las pruebas a los estudiantes. La profesora McGonagall y el profesor Flitwick vigilaban desde las esquinas del aula, mientras los alumnos pasaban uno por uno con sus respectivos observadores.

Después de dos largas horas del TIMO, finalmente eran libres. Salieron a los campos para disfrutar del caluroso verano. Dian platicaba con Lily, quería contarle sobre el extraño comportamiento de Remus, así que fueron a la orilla del lago. Hacía un sol radiante.

Por su parte, los chicos se tiraron bajo la sombra del árbol de haya, sin percatarse que Severus Snape estaba detrás de ellos, oculto en unos matorrales. Comenzaron a charlar y James sacó una snitch dorada de su bolsillo, jugueteando con ella.

—¿Eso hizo? —preguntó Lily, incrédula.

—Sí, lo hizo —respondió Dian—. Dijo que era para desearme suerte en el próximo partido, pero a estas alturas comienzo a sospechar que es una jugarreta de Black.

—O no… —dijo Lily ante la mirada confundida de su amiga—. Vamos Dian, debes sospechar ya lo que sucede, ¿no?

—No sé de qué hablas —dijo Dian, muy sonrojada—. Iré por algo de jugo de calabaza, ¿quieres?

—No, aquí te espero.

Lily comprendió que Dian había tratado de desviar la conversación. En cuanto la chica rizada se fue, Lily se puso a leer, pero de pronto escuchó risas y carcajadas escandalosas. Giró hacia el árbol de haya y vio la escena. Se sobresaltó y al mismo tiempo su corazón se sintió abatido: James Potter apuntaba con la varita hacia Severus Snape que estaba tirado en la hierba. Sirius y Peter reían a carcajadas, junto con otros estudiantes más. Remus sostenía un libro, y no estaba interesado ni en molestar a Severus, ni en ayudarlo.

Lily se dirigió a ellos, con furia y decepción, queriendo aniquilar a James con la mirada, apartándolo de su pensamiento y su corazón.*

—¿Eso le dijo el narigón grasiento? —decía Dian, indignada.

—Sí, lo dijo —repitió Remus, también molesto—. Después de que ella lo defendió

—No me sorprende de Quejicus, mira que llamarla sangre sucia —replicó Dian—. Yo le hubiese dado su lección.

—Oh, ellos lo hicieron, no te preocupes —sonrió Remus.

—Entonces, ¿Potter y Evans ya no se hablan? —preguntó Dian, extrañada.

—No. Creo que no.

Se encontraban cerca del lago. Remus explicó a Dian lo que había sucedido en su ausencia: James y Sirius habían molestado a Snape una vez más, Lily, furiosa, intentó detenerlos. Snape hirió a James en la mejilla con un hechizo muy extraño, Lily defendió a Snape, pero éste la había llamado sangre sucia. Lily se había marchado muy enojada. Dian se quedó callada y caminó con Remus hacia el lago. Ambos sabían lo grave que era llamar sangre sucia a un mago o bruja. Ese adjetivo no sólo era despectivo y discriminatorio, también era usual entre la gente que defendía la pureza de la sangre mágica. Remus vio a Dian afectada por Lily, así que quiso cambiar de conversación.

—Me enteré que dejaste el equipo —dijo Remus.

—Ah, sí —respondió Dian, saliendo de sus pensamientos.

—¿Sabes? —dijo Remus, cuando se detuvieron cerca del lago—, sería fabuloso que regresaras, a todos les gustaría, a mí por ejemplo—dijo Remus, cabizbajo.

—Gracias —respondió Dian. Le gustaba más que Remus se comportara como siempre y no de la forma que lo hizo por la mañana—. ¿Por qué lo hiciste?

—¿Hmm? —dijo Remus, saliendo de sus pensamientos—. ¿Hacer qué?

—¿Por qué me diste esa flor? Sospecho que no fue sólo por el juego. Ya sabías que había renunciado.

—Bueno, yo… —comenzaba Remus, nervioso—. No sé cómo decírtelo, incluso cuando lo pienso me siento… estúpido. Y sé que lo fui esta mañana. Sólo quería impresionarte… no sé.

—No fue estúpido —dijo Dian, sonriente—. Fue un noble gesto.

—Es lo menos que podría hacer —dijo Remus, sonrojándose completamente.

—Bueeeno... ya que nos sinceramos —dijo Dian, divertida—. Te confesaré algo: no dejé el equipo de quidditch exactamente.

—¿Ah, no? —preguntó Remus, sorprendido.

—No. De hecho no lo dejé. Me puse de acuerdo con Wood para que mintiera por mí, en realidad he estado entrenando todo este tiempo que me ausenté. Sólo lo hice para darle una buena lección a Sirius. Espero que nadie lo haya lastimado significativamente.

—Bueno, nadie lo hizo, pero él estaba a punto de matarse —dijo Remus, riendo—. Se sentía culpable por tu supuesta salida del equipo, pero su remordimiento no lo dejaba tranquilo, lamentaba tanto como nosotros que no jugaras el último partido de la temporada.

—Pensé que sería buena idea —sonrió Dian, encogiéndose de hombros—. De hecho, James lo sabía, pero tenía que fingir también.

—Aunque Wood resultó muy buen actor —sonrió Remus.

Dian se alegró de que Remus estuviese con ella, era una excelente compañía. Desde la ventana de la Sala Común de Gryffindor, Sirius sonreía contento.

—Creo que Remus la está convenciendo —dijo Sirius, entusiasmado.

—¿Qué quieres decir? —preguntó James, aproximándose.

—Hice que Remus le diera un regalo esta mañana a Dian, para convencerla de regresar al equipo —dijo Sirius, volviendo a espiar—. Parece que resulta, mira.

—Fue una jugada muy sucia —le reprochó James.

—Nada de eso —rio Sirius, convencido—, a los dos les hice un favor. Remus no se atrevía a acercarse a Dian desde el baile. Por otra parte nos beneficia a todos, así ella estará convencida de volver al equipo.

James suspiró resignado.

—Tengo práctica, nos vemos después —dijo el muchacho de gafas y salió de la sala común con la escoba en la mano. No quería admitir que se sentía abatido por haber defraudado a Lily.

Sirius miraba sonriente aquella escena: Remus hablaba con Dian, estaba seguro que la convencía de algo; hablaban y hablaban… Remus se acercó a ella, Dian sonreía, las manos de Remus sujetaron gentilmente el rostro de la chica: Remus besó a Dian. Sirius se quedó boquiabierto, incapaz de articular palabra.

—¿Qué pasa? —preguntó Alice asomándose a la ventana, ella los vio, también perpleja—. ¡Oh, Dios! ¿Ellos están…?

—Ese no era el plan —masculló Sirius.

James bajó rápidamente por el vestíbulo, con la escoba en mano. Estaba ansioso por subirse a la escoba y sacarse el malhumor. Todavía le ardía la sangre cuando recordaba a Snape diciéndole Sangre Sucia a Lily.

James no entendía el significado de tener un lazo que unía a magos por el simple hecho de salvarles la vida. Pero pensándolo mejor, salvarle la vida a alguien era algo muy arriesgado. Estaba seguro de que él lo había hecho por hacer lo correcto, pues Snape no le agradaba en lo absoluto. No se dio cuenta cuando ya estaba en el campo de quidditch y casi tropieza con Dian, quien estaba con la mirada perdida y una sonrisa ausente.

—¿Qué bicho te picó? —preguntó James, divertido, Dian apenas si reaccionó.

—¿Hmm?, ¿qué? —preguntó la chica, despistada.

—¿Por qué te ríes sola?

—Ah… sucedió algo muy bueno —dijo Dian, con los ojos brillosos.

—¿Quién se cayó de la escoba?

Lily regresó a la sala común. Había discutido con Severus Snape, poco después de que la llamó sangre sucia. En cuanto la pelirroja entró por el retrato de la Dama Gorda, Alice, completamente eufórica, le contó cómo ella y Sirius habían visto a Dian y a Remus besándose en el lago. Lily cambió su humor, incluso olvidó que estaba molesta con Sirius, quien seguía sin poder creer lo que acababa de ver. El retrato de la Dama Gorda volvió a abrirse y por él entró Remus, Sirius se abalanzó sobre él, ganándoles el lugar a Lily y Alice.

—¡Remus! —exclamó Sirius, atónito—. ¿Acaso eso fue lo que yo vi?

—¿Viste qué? —preguntó Remus, confundido.

—¿Acaso tú y Dian son novios? —intervino Alice, frenética.

—¡Remus, ese no era el plan! ¡Tenías que convencerla!—exclamó Sirius—. La convenciste, ¿verdad?

—No —sonrió Remus—, ella no jugará mañana.

Sirius se fue de espaldas y, por lo menos, diez galeones salieron rodando de su bolsillo.

—Escena ligada al pasaje del capítulo El peor recuerdo de Snape, Harry Potter y la Orden del Fénix.