Los personajes son de la magnífica Sthepenie Meyer y la historia es completamente mía.
Capítulo nueve.
-Dime que no es…
Isabella corrió hasta la canasta y se arrodilló. Apartó la manta y descubrió al pequeño bebé que lloraba a todo pulmón. El corazón se le encogió y los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió rabia y enojo. Edward estaba tan estupefacto que le costó reaccionar, corrió detrás de ella y se quedó de piedra.
-Dios mío…- susurró Edward a su lado.
Con manos temblorosas Isabella lo acarició despacio y el niño fue dejando de llorar. No tendría más que unos días, su aspecto era saludable aunque descuidado y necesitaba urgente de un médico. El color de sus ojos aún no era definitivo, la borrosa película aún estaba sobre ellos. Instintivamente, lo tomó en sus brazos con cuidado. Lo acercó a su pecho y lo meció mientras se ponía de pie.
-Edward... ¿Qué hacemos ahora?
Abrió su boca para responder, pero ninguna respuesta era lo suficientemente tranquilizadora en ese momento. Menos luego de haber escuchado la manera en la que ella pronunciaba su nombre con delicadeza, como si se tratara de un artilugio forrado en terciopelo. Su mente quedó en blanco y bajó la mirada para enternecerse con la imagen frente a sus ojos. Sentía que no podía enamorarse más de ella.
-Si está aquí, quiere decir que su madre podría estar cerca o que estamos cerca de la ruta de salida.
Isabella se volvió hacia Edward con la mirada alarmada y él solo deseó prometerle que todo estaría bien, pero en ese momento, dudaba de eso.
-Vamos, tenemos que irnos de aquí.
Suabemente la guió desde la espalda baja hacia algún rumbo. Ella acomodó el pequeño bebé en sus brazos y Edward llevó la canasta mientras la seguía de cerca. Comenzaron a deambular en línea recta, pero estaban realmente perdidos.
-Tiene que haber una salida…
Un sonido familiarmente humano les llamó la atención. Edward lo detectó casi de inmediato.
-¡Por allí!
Casi corriendo se dirigieron hacia un guardabosque. El hombre paseaba distraídamente y apenas los vio llegar agitados con un niño en las manos, pensó que sería otra de las trampas que le tenían asignadas. Aunque estos, no parecían adolescentes. Sin embargo, fue preparándose para mandarlos al demonio.
-Necesitamos ayuda, encontramos a este…
-¿Ah si?- rió- Pues déjeme decirle que no soy un cuidador y no caeré en la trampa. Si tuvieron un hijo, háganse cargo.
Ambos se miraron con el ceño fruncido.
-No entiende, nosotros no…
-Cállese, por favor. Seguro es uno de esos padres que quiere librarse de la responsabilidad o jugarme una mala pasada como las otras veces, pero déjenme decirles algo, esta vez, no voy a caer.
-Señor- dijo Bella, apenas más apacible- No es nuestro…
-He escuchado esa excusa miles de veces. Lárguense si no quieren que llame a la policía estatal…
El guardabosques comenzó a darles la espalda y ambos estaban atónitos. Era un chiste gracioso para los niños de la zona decirle que habían encontrado un niño cuando le metían a un muñeco dentro de mantas. De nuevo, no caería en los catalogados estúpidos juegos de niños.
-Pero…
-Edward, es inútil. No sé de qué demonios hablaba, pero si no va ayudarnos. Tenemos que irnos.
Caminaron hacia la ruta principal y tardaron en ponerse de acuerdo hacia qué lado dirigirse. Por su puesto, Bella siempre llevaba la razón. Estaba en ventaja. Ella era la que recordaba el camino, Edward se había dormido mientras su amigo hacía el último tramo.
Isabella miró la hora por enésima vez. Había estado tratando de calmar nerviosamente al bebé en sus brazos mientras su mente parecía engranar como una máquina productora sin aceite. De momento a otro colapsaría.
Si ella no llegaba a tiempo no confiaba en que Rosalie le dejara sus cosas. Si tenían suerte, ella todavía estaría ordenando su desastre y estarían salvados. De lo contrario, ella no tenía nada. No llevaba nada encima. Ni su billetera, ni un abrigo más que la camisa a cuadros de franela que llevaba puesta. No podía asegurarle nada al niño que mecía en sus brazos. Comenzaba a desesperarse y rogaba por un poco de sensatez en su hermana.
La incertidumbre estaba volviéndolo loco. Isabella parecía sumida en la burbuja de sus pensamientos. Él también lo estaba. Emmet debería de haberse ido, en una remota de las posibilidades se hubiera quedado a esperarlo, pero lo dudaba, lo conocía demasiado bien y podía sacar conclusiones acerca de lo que podría estar pensando. Intentó acercarse más a Bella y ella fruncía el ceño, desde allí podía oír su mente trabajar.
Había caminado en silencio durante casi media hora hasta que divisaron el costado del campamento. La cabaña más cercana era la de Bella, la de Edward se encontraba a medio kilómetro más al sur, más cerca del asentamiento.
Ambos entraron en la cabaña de las mujeres.
-Perfecto.
Estaba vacía. Vacía por completo.
Isabella estaba indignada. No tenía nada y Rosalie se lo había llevado consigo. Sin abrigo, ni dinero ni su teléfono. Edward había descubierto que en lo posible, Emmet hubiera intercambiado los lugares. Se iba con Rosalie y le dejaba a Bella. La idea le agradaba, pero nos sabía qué tanto le agradaría teniendo un bebé desconocido a su cargo.
Caminaron hacia la cabaña de Edward, que de por cierto, estaba cerrada. Su auto seguía aparcado a un lado. Abrió la puerta y encontró las llaves en el contacto. Un sudor frío le recorrió el cuerpo. Iba a matarlo cuando lo encontrara. Abrió el portamaletas y encontró sus cosas y un mapa. Si, ahora que se lo agradecía podría golpearlo un poco menos. Detrás había una chaqueta que no era suya y una mochila no era de él. Cerró el capó y caminó hasta ella.
-Vas a tener que irte con migo.
