Los personajes son de la magnífica Sthepenie Meyer y la historia es completamente mía.


Capítulo veintiséis.

-¿Debería de leer los subtítulos que tiene esa sonrisa?

Edward soltó una carcajada mientras subía las escaleras por delante de Emmet.

-¡Vamos, siempre nos hemos contado todo!

-¡Esa es una de las cosas que me arrepiento, Emmet!

Alcanzó a gritarle desde arriba. Entró cuidadosamente en el cuarto del bebé y allí estaba, aún dormido en su cuna alta. Esperaría a que despertara, aún era temprano. Hoy tenía un largo día y quería tenerlo con él.

Había llamado previamente para pedir un turno. Esperaba encontrar lo que estaba buscando. Anthony parecía haberse percatado de su ansiedad y estaba igual de inquieto.

-¿Señor Cullen?

Fue reconocido apenas entraba en la joyería.

-Si, buenos días.

-Tengo lo que me pidió.

La encargada le enseñó dos cajas negras aterciopeladas y las abrió por él.

Dentro de la primera había una bellísima reliquia que él les había dejado encargado. Había pertenecido a su familia por más de cuatro generaciones y ahora, le pertenecería a Bella. El anillo de compromiso era completamente de plata pura, una banda fina dejaba lucir el óvalo con incrustaciones de pequeñísimas piedras brillantes. Brillaba como nuevo, habían hecho un gran trabajo.

La segunda caja tenía dentro lo que a futuro vería más a diario. Dos anillos de boda. Dos bandas doradas de diferentes tamaños y dentro tenían un grabado con sus nombres. Tomó el más pequeño y vio en una preciosa letra cursiva el nombre de Bella.

Estaba fascinado.

-¿Los quiere?

Pregunta que rayaba lo absurdo.

-Por supuesto.

Mientras la mujer envolvía los regalos miró al pequeño.

-¿Te agradan? Espero que mami le agraden.

Besó su frente y lo acomodó en sus brazos.

-¡Oh, es hermoso! ¿Cuánto tiene?

Una mujer entrada en edad se acercó a él. Esperaba que su cadena de plata fuera entregada. Edward se giró para verla mejor y sonrió.

-Un mes y medio.

-Felicitaciones.

Miró al pequeño bebé que estaba interesado en el nuevo rostro.

-Gracias…

Susurró mientras acariciaba su frente con cuidado.

-¿Cómo se llama?

-Anthony.

La mujer le enseñó una sonrisa.

-Es perfecto, es delicado y fuerte. Buena elección.

Recordó la escena del mercado y casi se echó a reír.

-Sobre todo cuando su madre es quién lo ha elegido.

La anciana ríe y decide que es hora de irse. Parece que el pequeño es foco de atención donde quiera que vaya. Bella tenía razón, le atraen los colores brillantes y los rostros nuevos.

Entró en el hospital con el niño en sus brazos y subió las escaleras de dos en dos hasta la habitación de Bella.

La encontró almorzando, lentamente levantaba los cubiertos y los dejaba a un lado dolorosamente, peor así, repetidamente lo había logrado. Leía uno de sus libros favoritos y tenía el cabello recogido de forma desprolija.

Edward no podía enamorarse más de ella.

Ella levantó la mirada y tragó en seco.

¿Cómo se atrevía a ser tan cruel?

-¿Edward?

Solo ese susurro fue suficiente para que Anthony deseara correr a sus brazos, comenzó a gemir molesto y a removerse sin control. Ella hizo un esfuerzo sobre humano y estiró sus brazos. Inseguro, pero decidido dejó al bebé en sus brazos y la ayudó a sostenerlo. En ningún momento la dejó sola ante el contacto.

-Ey… yo soy Anthony… mamá…

Susurró de forma tranquilizadora sin poder evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas, Edward acarició una lágrima solitaria sobre su mejilla y se acercó para darle un beso sobre los labios. El pequeño se calmó mirando sus ojos y se entretuvo con mechones de su cabello, enredando sus manitos y comenzando a bostezar.

-Te extrañó.

-No tienes una idea de lo que yo los extrañé a ambos…

Susurró perdiendo su mirada en los ojos más hermosos del mundo. Los de Edward, esos que la envolvían y todo su alrededor parecía tan insignificante. Solo eran ellos y su amor.

-Bella… quiero terminar de decirte lo que empecé antes de que abandonáramos el hotel…

Ella asintió y él acarició la frente del bebé dormido de sus brazos. Por más que hubiera deseado resistirse, el peso estaba haciendo mella en él. Había aumentado su peso saludablemente y era agradable ver sus mejillas más rellenas al igual que sus pequeñas extremidades. Edward se arrodilló en el suelo y quedó a la altura de su rostro.

-Bella, mi amor… quiero esto para nosotros. Eres la mujer que mi corazón, mi cuerpo y mi mente ha elegido. Te amo y no podría seguir viviendo sin ti. Ni sin nuestro pequeño bebé. Quiero que estemos juntos para siempre, no puedo explicar cómo es que siento esto por ti pero se que está allí para nunca irse. Bella…

En su mano había una pequeña cajita de terciopelo negro y la abrió cuidadosamente. Ahogó un grito cuando la tapa dejó de cubrir el interior y le enseñó un bello anillo plateado con un óvalo en el centro.

Su corazón se detuvo, su respiración lo hizo con él y su mente se nubló.

Se mordió el labio inferior y soltó la sonrisa que se escondía en sus labios. Su brazo se hizo más fuerte y sostuvo al bebé muy cerca de ella.

-Si… si quiero…